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Espaciopuerto de los Jaguares

Lootera, Huntress

Región estelar Kerensky, Espacio de los Clanes

12 de marzo de 3056

Los quince guerreros siguieron al instructor del sibko al asfalto del espaciopuerto donde se hallaban el comandante galáctico Benjamín Howell y Trent. Era media tarde, la única hora en la que el sol conseguía atravesar las interminables brumas del cielo de Huntress. La Maestra de Cachorros, una guerrera más vieja que Trent con mechones canos en los negros cabellos, tenía el rango de capitán estelar.

Era una guerrera que ahora pasaba sus días entrenando un sibko de cadetes. Trent se preguntó si se sentía amargada por haberse visto privada de lo único para lo que había nacido y había sido educada: una vida de combates. Nunca entendería que eso era todo lo que podía esperar un guerrero de los Clanes si no conseguía un Nombre de Sangre ni moría en combate. ¿Qué otra cosa podía hacer un guerrero, sino la guerra?

La mujer sostenía un pequeño ordenador de bolsillo, al frente de la formación de guerreros recién graduados.

—Soy la capitán estelar Glenda, Maestra de Cachorros de estos supuestos guerreros.

Trent conocía bien los matices del ritual de los Jaguares de Humo en la transferencia del mando de un oficial a otro.

—Soy el capitán estelar Trent —contestó—, y ahora me corresponde a mí dirigir a estos guerreros.

—El mando no se asume, sino que se toma por la destreza de sangre demostrada en la batalla —replicó ella.

Trent inclinó la cabeza en reconocimiento a sus palabras. El ritual exigía el derramamiento de sangre. A veces era un simple gesto, otras una prueba completa de habilidad en el combate. Trent ya había decidido lo que iba a ser. Se adelantó y lanzó un furioso puñetazo con la diestra. Su ataque, potenciado por los músculos de miómero, fue más rápido de lo que habría sido el de cualquier guerrero, aunque Glenda intentó esquivarlo. El puño golpeó su mejilla y le giró la cara. Glenda perdió el equilibrio y cayó sobre la caliente superficie del asfalto. Se incorporó enseguida, mientras un fino rastro de sangre caía de la comisura de su boca.

—Se ha derramado sangre —dijo, recogiendo el ordenador y entregándoselo—. Deber cumplido.

Frotándose la mandíbula una sola vez, dio media vuelta y se alejó, dejando a Trent la Trinaría de guerreros.

Trent miró fijamente a los guerreros y luego ladró su orden con claridad.

—¡Trinaría, mar… chen!

Con rapidez y precisión, se dirigieron hacia la Nave de Descenso Dhava, que los estaba esperando a lo lejos. Trent observó cómo se alejaban y se volvió hacia Benjamin Howell, que se había puesto a su lado.

—Tiene los nombres de mis contactos en la Esfera Interior, ¿quiaf? —dijo Howell.

Trent asintió con la cabeza.

—Excelente. Ésta Trinaría se compone de reemplazos de la Galaxia Delta. Dentro de unos meses, el coronel estelar Moon se enterará de que le he denegado su petición de que usted sea destinado a Huntress, pero puedo encargarme de que el mensaje se pierda en la transmisión. Sea como sea, debe partir de inmediato.

»Algún día, Trent —prosiguió—, puede que regrese como solahma. Si llega ese día, estaré orgulloso de tenerlo bajo mi mando.

Trent ni siquiera pensaba en volver a ver a Benjamin Howell, pero no dijo nada. Si volvía a Huntress, lo haría al frente de una fuerza enemiga, y nunca para luchar en defensa de los Jaguares de Humo.

Saludó a Howell con un gesto marcial y echó a caminar hacia la Nave de Descenso.

* * *

En la gravedad próxima a cero de la sala de ejercicios de la Dhava, Trent hacía jogging en la pista especialmente diseñada al efecto. Gotas de sudor relucían sobre su piel natural mientras se esforzaba por recorrer otro kilómetro. Tenía la camiseta bañada en sudor, al igual que los pantalones cortos, pero sabía la importancia de mantenerse en forma, sobre todo en un viaje tan largo. Levantó la mirada y vio que Judith entraba en la sala y, usando los asideros, avanzaba hasta las correas del equipo de resistencia de peso.

—¿Puedo estar con usted? —preguntó la mujer.

Trent asintió mientras resoplaba de forma regular. Pulsó un botón para reducir la velocidad y bajó la tensión en las cintas de sujeción que lo mantenían sobre el aparato.

Judith acabó de ajustarse las correas, marcó la cantidad de resistencia que deseaba y empezó a correr sobre los cojines de resistencia.

—No lo he visto en la sala de observación durante el despegue —dijo, recobrando el aliento tras la primera serie—. Durante la última semana, ha permanecido muy callado y retraído. ¿Va algo mal?

Trent desconectó el aparato y se detuvo. Se apoyó en los antebrazos e inspiró varias veces.

—Estamos regresando a la Esfera Interior. Tengo mucho en que pensar.

—Lo que hemos conseguido en las últimas semanas es importante. Está de acuerdo, ¿quiaf?

Af —dijo Trent.

Judith tenía razón. Los datos que habían reunido sobre el sistema Huntress y sus defensas no tenían precio. Habían descubierto varios detalles interesantes gracias a sus contactos en las castas de guerreros y técnicos: desde información sobre la base submarina, hasta pistas del proyecto secreto de entrenamiento con un sibko en la selva.

—Tenemos información más que suficiente para tus contactos de ComStar. Deberían estar satisfechos con nuestro trabajo.

Ella esperó a ver si decía algo más y luego preguntó:

—¿Quiere hablar?

Trent se enjugó el sudor del lado izquierdo de la cara con una toalla y se desabrochó las correas.

—No estoy reconsiderando mi decisión, Judith. Se trata sólo de que no estoy pensando en nuestras acciones, sino en las consecuencias.

—No lo entiendo —gruñó ella, levantando la barra de resistencia con todas sus fuerzas.

—Lo que estamos haciendo es lo correcto. Una vez que llegué a esta decisión, jamás la he puesto en duda. Pero ¿qué hará la Esfera Interior con las coordenadas y emplazamientos que vamos a proporcionarles? Soy un guerrero. Sólo puedo suponer que los usarán para organizar un ataque contra los Jaguares de Humo.

Judith se detuvo un segundo y se sentó observando a Trent, que salió del aparato.

—Sí, eso espero.

—Si la Esfera Interior lleva la guerra a Huntress, morirán muchos inocentes, personas que no tienen ni idea del estilo de guerra de la Esfera Interior.

La tradición de los Clanes exigía a los guerreros luchar sólo contra otros guerreros. No se realizaban incursiones contra centros industriales. Si un oficial quería ocupar una ciudad, sólo tenía que emitir un desafalla, se libraba un combate y el vencedor controlaba la ciudad.

Las cosas eran distintas en la Esfera Interior, donde los Jaguares y los otros Clanes se habían enfrentado a un enemigo que atacaba no sólo a los guerreros enemigos, sino también instalaciones. El estilo recto y sencillo de los Clanes se perdía en la Esfera Interior. No parecían aborrecer el derroche si con ello alcanzaban la victoria, mientras que, para los Clanes, la destrucción de los recursos era casi inimaginable.

Judith asintió, comprensiva.

—Por lo que he visto aquí —dijo—, las castas inferiores y los Jaguares en general quedarían aterrados al ver cómo se combate en la Esfera Interior. Los habitantes de los planetas natales viven muy alejados de los acontecimientos de la Esfera Interior. La información que reciben es cuidadosamente filtrada y arreglada. Lo que consideran propio de «bárbaros» es la norma de los ejércitos de la Esfera Interior, incluida la Fuerza de Defensa de la Liga Estelar, a partir de la cual evolucionaron los Clanes.

Al oír sus palabras, Trent cerró los ojos y se frotó el círculo metálico de circuitos plateados que le rodeaban el ojo derecho, como si así pudiera tranquilizar su mente.

—La cuestión sobre la que he estado reflexionando es si estoy llevando a los Jaguares de Humo a un posible genocidio.

—Trent… —dijo Judith, dirigiéndose a él por su nombre en lugar de su rango por primera vez—, está haciendo lo que se debe hacer. Tiene sentimientos humanitarios. Cuando los habitantes de Chinn iban a ser exterminados, arriesgó la vida por salvarlos. Por lo que me han enseñado y he leído, los grandes Kerensky nunca imaginaron a su pueblo como unos exterminadores. Pero en eso nos han convertido nuestros Khanes. Piense en los que fueron asesinados en Edo, Chinn, Beaver Falls… Todo en nombre del desquite, de la venganza, del castigo. Eran inocentes, que fueron ejecutados en nombre de la justicia del Jaguar.

—Ésa es la cuestión, Judith. He tenido mucho tiempo para pensar en el resultado de nuestro plan, y me temo que haré a mis congéneres lo mismo que mis superiores han hecho a inocentes de la Esfera Interior.

Neg —replicó Judith—. La casta de los guerreros hace la guerra porque ha sido criada para eso. Es lo que son, lo que conocen. Sus jefes juegan a la política con las vidas de sus oficiales, pero al mismo tiempo condenan esas acciones si se los desafía.

»La verdad, Trent, es que nuestro plan está en el lado de la justicia. Si la Esfera Interior ataca a los Jaguares de Humo, si llevan la lucha a todos los miembros de todas las castas, tal vez terminen esta invasión y estas matanzas.

Trent se puso la toalla alrededor del cuello y dio la vuelta para salir. La lógica de Judith era convincente. Lo había meditado millares de veces y había llegado a la misma conclusión.

—Haremos lecturas a lo largo del viaje de regreso —dijo—. Las compararemos con el análisis espectral y de neutrinos del viaje de ida. A veces, las naves siguen rutas de salto diferentes a lo largo de la Ruta del Éxodo y hemos de tener esto en cuenta. Si vamos a completar este acto de honor, lo haremos bien.