Bernardo debía comprobar aquella mañana que, para un espíritu tan generoso como el suyo, no existe mayor alegría que alegrar a otro ser. Este goce le estaba vedado. Acababa de ser aprobado con nota en su examen, y, como no tenía a nadie a su lado a quien comunicarle aquella grata noticia, ésta le pesaba. Bernardo sabía muy bien que a quien más le hubiese alegrado aquello era a su padre. Pensó incluso un momento en ir en seguida a decírsele; pero le detuvo el orgullo. ¿A Eduardo? ¿A Oliverio? Era realmente dar demasiada importancia a un diploma. Era bachiller. ¡Valiente cosa! Ahora es cuando empezaba lo difícil.
En el patio de la Sorbona vio a uno de sus compañeros, aprobado como él, que se apartaba de los otros y lloraba. Aquel compañero iba de luto. Bernardo sabía que acababa de perder a su madre. Un gran impulso de simpatía le empujaba hacia el huérfano; se acercó a él; y luego, por un pudor absurdo, pasó de largo. El otro, que le vio acercarse y luego pasar, se avergonzó de sus lágrimas; estimaba a Bernardo y le dolió lo que él creyó desprecio.
Bernardo entró en el jardín del Luxemburgo. Se sentó en un banco, en aquel mismo sitio del jardín donde fue a buscar a Oliverio la tarde en que buscaba cobijo. El aire era casi tibio y el azul le sonreía a través de las ramas, ya desnudas, de los grandes árboles. Dudaba uno si se iba realmente hacia el invierno; unos pájaros arrulladores se engañaban allí. Pero Bernardo no miraba el jardín; veía extenderse ante él el océano de la vida. Dicen que hay caminos en el mar; pero no están trazados y Bernardo no sabía cuál era el suyo.
Meditaba desde hacía unos instantes cuando vio acercarse a él, deslizante y con un paso tan leve que se sentía que hubiese podido posarse sobre las alas, un ángel. Bernardo no había visto nunca ángeles, pero no vaciló un momento, y cuando el ángel le dijo: «Ven», se levantó dócilmente y le siguió. No se sorprendía como no se hubiera sorprendido en un sueño. Intentó más tarde recordar si el ángel le había cogido de la mano, pero en realidad no se tocaron e incluso conservaban entre ellos cierta distancia. Volvieron ambos a aquel patio donde Bernardo había dejado al huérfano, decidido a hablarle; pero el patio estaba ahora vacío.
Bernardo se encaminó, acompañado del ángel, hacia la iglesia de la Sorbona, donde el ángel entró primero y en la que Bernardo no había entrado nunca. Circulaban otros ángeles por aquel sitio; pero Bernardo no poseía los ojos que se necesitaban para verlos. Una paz desconocida le envolvía. El ángel se acercó al altar mayor y Bernardo, al verle arrodillarse, se arrodilló igualmente junto a él. No creía en ningún Dios, de modo que no podía rezar; pero su corazón estaba henchido de una amorosa necesidad de entrega, de sacrificio; se ofrecía. Su emoción seguía siendo tan confusa que no hubiese podido expresarla palabra alguna; pero, de pronto, el canto del órgano se elevó.
—De igual modo te ofrecías a Laura —dijo el ángel; y Bernardo sintió correr las lágrimas por sus mejillas—. Ven, sigúeme.
Bernardo, mientras el ángel le arrastraba, chocó casi con uno de sus antiguos compañeros que acababa de examinarse también del oral. Bernardo le tenía por un mal estudiante y se extrañaba de que hubiese aprobado. El mal estudiante no había visto a Bernardo: éste le vio deslizar unas monedas en la mano del sacristán para comprar un cirio. Bernardo se alzó de hombros y salió.
Cuando se encontró de nuevo en la calle, notó que el ángel le había abandonado. Entró en una cigarrería, precisamente en aquella donde Jorge, ocho días antes, había pasado su moneda falsa. Otras muchas había pasado desde entonces. Bernardo compró una cajetilla y fumó. ¿Por qué se había marchado el ángel? ¿No tenían nada que decirse Bernardo y él?… Dieron las doce. Bernardo tenía hambre. ¿Volvería al pensionado? ¿Iría a buscar a Oliverio y a compartir con él el almuerzo de Eduardo?… Vio si tenía bastante dinero en el bolsillo y entró en un restaurante. Cuando terminaba de comer, una voz dulce murmuró:
—Ha llegado el momento de que hagas tus cuentas. Bernardo volvió la cabeza. El ángel estaba de nuevo a su lado.
—Vas a tener que decidirte —decía—. Has vivido únicamente a la ventura. ¿Dejarás que disponga de ti el azar? Quieres servir de algo. Importa saber para qué.
—Enséñame; guíame —dijo Bernardo.
El ángel llevó a Bernardo a un salón lleno de gente. En el fondo del salón había un estrado y sobre aquel estrado una mesa cubierta con un paño carmesí. Sentado detrás de la mesa, un hombre, joven todavía, hablaba.
—Es una gran locura —decía— pretender descubrir nada. No tenemos nada que no hayamos recibido. Cada uno de nosotros debe comprender, por joven que sea, que dependemos de un pasado y que este pasado nos obliga. Él nos traza todo nuestro porvenir.
Cuando acabó de desarrollar este tema, otro orador ocupó su puesto, empezó por aprobarle y luego se alzó contra el presuntuoso que pretende vivir sin doctrina o guiarse él por sí mismo y conforme a sus propias luces.
—Nos ha sido legada una doctrina —decía—. Ha durado ya muchos siglos. Es seguramente la mejor y es la única; cada uno de nosotros debe probarlo. Es la que nos han transmitido nuestros maestros. Es la de nuestro país que, cada vez que reniega de ella, tiene que pagar muy caro su error. No se puede ser buen francés sin conocerla, ni conseguir nada bueno sin adherirse a ella.
A este segundo orador le sucedió un tercero, que agradeció a los otros dos el haber trazado tan bien lo que él llamó la teoría de su programa; luego explicó que aquel programa tendía nada menos que a la regeneración de Francia, gracias al esfuerzo de cada uno de los miembros de su partido. Él se decía hombre de acción; afirmaba que toda teoría encuentra en la práctica su fin y su prueba y que todo buen francés estaba obligado a ser combatiente.
—Pero ¡ay! —añadía—, ¡qué de fuerzas aisladas, perdidas! ¡Cuál no sería la grandeza de nuestro país, la brillantez de las obras, el realce de la valía de cada cual, si estas fuerzas estuviesen ordenadas, si esas obras celebrasen la regla, si todos se afiliasen!
Y mientras continuaba, empezaron a circular unos jóvenes entre la concurrencia, repartiendo boletines de adhesión, en los cuales no faltaba más que la firma.
—Querías ofrecerte —dijo entonces el ángel—. ¿Qué esperas?
Bernardo cogió una de aquellas hojas que le tendían, cuyo texto empezaba con estas palabras: «Me comprometo solemnemente a…» Leyó y luego miró al ángel y vio que éste le sonreía; dirigió la vista después hacia la concurrencia, y reconoció entre los jóvenes al nuevo bachiller de antes, que, en la iglesia de la Sorbona, encendía un cirio en agradecimiento a su triunfo; y, de pronto, divisó, un poco más lejos, a su hermano mayor, a quien no había vuelto a ver desde que abandonara la casa paterna. Bernardo no le quería y envidiaba un poco la consideración que parecía tenerle su padre. Estrujó nerviosamente el boletín.
—¿Crees que debo firmar?
—Sí, evidentemente, si dudas de ti —dijo el ángel.
—No dudo ya —dijo Bernardo, que arrojó lejos de sí el papel.
Entretanto, el orador continuaba. Cuando Bernardo volvió a escucharle enseñaba un medio seguro de no equivocarse nunca, que consistía en renunciar para siempre a juzgar por uno mismo, remitiéndose, en cambio, al juicio de sus superiores.
—¿Y quiénes son esos superiores? —preguntó Bernardo; y de pronto se apoderó de él una gran indignación.
—Si subieras al estrado —dijo al ángel y luchases con él, le vencerías sin duda…
Pero el ángel le contestó, sonriendo:
—Lucharé contra ti. Esta noche, ¿quieres?
—Sí —dijo Bernardo.
Salieron. Llegaron a los grandes bulevares. La multitud que se apiñaba en ellos estaba compuesta únicamente de gente rica; cada cual parecía seguro de sí, indiferente a los demás, aunque preocupado.
—¿Es la imagen de la felicidad? —preguntó Bernardo, que sintió su corazón rebosante de lágrimas.
Luego el ángel condujo a Bernardo a los barrios pobres, cuya miseria no había sospechado antes Bernardo. Caía la tarde. Vagaron largo rato entre largas casas sórdidas habitadas por la enfermedad, la prostitución, la vergüenza, el crimen y el hambre. Sólo entonces cogió Bernardo la mano del ángel, y el ángel se apartaba de él para llorar.
Bernardo no cenó aquella noche; y cuando volvió al pensionado, no quiso ir en busca de Sara, como había hecho las otras noches, sino que subió directamente al cuarto que ocupaba con Boris.
Boris estaba ya acostado, pero no dormía aún. Releía a la luz de una vela, la carta que había recibido de Bronja, aquella misma mañana.
«Temo, le decía su amiga, no volver a verte jamás. Me he resfriado al regresar a Polonia. Toso; y aunque el médico me lo oculte, siento que no podré vivir mucho.»
Al oír acercarse a Bernardo, Boris escondió la carta debajo de su almohada y apagó precipitadamente la vela.
Bernardo avanzó en la oscuridad. El ángel había entrado en el cuarto con él, pero, aunque la noche no era muy cerrada, Boris no veía más que a Bernardo.
—¿Duermes? —preguntó Bernardo en voz baja. Y como Boris no respondiera, Bernardo se convenció de que dormía.
—Ya estamos los dos solos —dijo Bernardo al ángel.
Y durante toda aquella noche, hasta que amaneció, lucharon.
Boris veía, confusamente, agitarse a Bernardo. Creyó que era su manera de rezar, y cuidó de no interrumpirle. Y, sin embargo, hubiese querido hablarle, porque sentía una gran angustia. Se levantó y se arrodilló al pie de su lecho. Hubiese querido rezar, pero no lograba más que decir sollozando:
—¡Oh, Bronja, tú que ves a los ángeles, tú que debías abrirme los ojos, me abandonas! Sin ti, ¿qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mí?
Bernardo y el ángel estaban demasiado ocupados para oírle. Lucharon ambos hasta el alba. El ángel se retiró, sin que ninguno de los dos quedara vencedor.
Cuando, más tarde, salió Bernardo a su vez del cuarto, se cruzó con Raquel en el pasillo.
—Tengo que hablarte —le dijo ella.
Su voz era tan triste que Bernardo comprendió en seguida lo que tenía que decirle. No contestó nada, bajó la cabeza, y compadecido de Raquel, sintió de pronto odio hacia Sara y le horrorizó el placer que gozaba con ella.