En las umbrías cámaras que había por debajo de la Ópera reservadas a los Materazzi que estaban a punto de salir a matarse entre sí, estaba Cale sentado en silencio, junto con Kleist y Henri el Impreciso, dándole vueltas a lo que iba a suceder. Hasta dos días antes, sus pensamientos habían sido solo de rabia y deseos de venganza, sentimientos potentes pero completamente familiares. Sin embargo, todo había cambiado tras dormir desnudo, bajo lujosas sábanas de algodón, con Arbell Cuello de Cisne, y comprender por primera vez en su vida el sorprendente poder de la felicidad. Imaginad lo que fue para Cale (Cale, el que pasaba hambre, el que sufría tratos inhumanos: Cale el asesino) ser envuelto por los brazos y piernas de aquella hermosa mujer, desnuda y enormemente apasionada, que le acariciaba el pelo y le cubría de besos. Y ahora aguardaba en una oscura cámara que olía ligeramente a humedad, mientras por encima de él, la Ópera estaba abarrotada con treinta mil espectadores que habían ido a verlo morir. Hasta dos días antes, lo que le movía era la voluntad de supervivencia, una voluntad intensa, animal, llena de rabia; pero siempre había una parte de él a la que le resultaba indiferente vivir o morir. Ahora, sin embargo, morir le preocupaba, y mucho, y por eso, por primera vez en su vida, tenía miedo. Amar la vida es, desde luego, algo maravilloso, pero no lo era precisamente aquel día.
Así que los tres estaban sentados, Kleist y Henri el Impreciso captando de manera semejante aquella sensación de terror completamente extraña, proviniendo de alguien a quien habían llegado a ver, les gustara o no, como intocable. Ahora, con cada aclamación o grito apagado, con cada golpe sordo de puertas y montacargas, de máquinas nunca vistas que sonaban y retumbaban, la expectación y la seguridad se veían reemplazadas por la duda y el miedo.
Cuando faltaba media hora, se oyó un suave golpe en la puerta. Abrió Kleist para dejar pasar al Señor Vipond e IdrisPukke. Le hicieron preguntas con voz suave, intimidados por el extraño clima que se respiraba en la oscura cámara.
¿Estaba bien?
—Sí.
¿Necesitaba algo?
—No. Gracias.
Y entonces se hizo un silencio mortuorio. IdrisPukke, testigo de la terrible matanza de redentores que había contradicho todas las posibilidades en el paso de la Cortina, estaba desconcertado. El Canciller Vipond, tan sabio y astuto, que sabía que nunca había conocido una criatura semejante a Cale, veía ante él a un joven que acudía a una horrible muerte ante el griterío de la multitud. Aquellos duelos le habían parecido siempre insensatos e injustificados, pero ahora le parecían grotescos e inaceptables.
—Dejadme que vaya a hablar con Solomon Solomon —le pidió a Cale—. Esto es una estupidez criminal. Presentaré disculpas. Dejadlo de mi cuenta.
Se levantó para irse, y Cale sintió algo sorprendente, algo que pensaba que no iba a volver a sentir nunca.
«Sí, déjale. Yo no quiero esto, no lo quiero».
Pero cuando Vipond estaba llegando a la puerta, otra cosa que no era orgullo, sino la honda comprensión de la realidad, le hizo llamarlo.
—Por favor, Canciller Vipond. Eso no serviría de nada. El tiene más ganas de quitarme la vida que de conservar la suya propia. Nada de lo que podáis decirle le hará cambiar de opinión. Le daréis sobre mí una ventaja a cambio de nada.
Vipond no discutió con él, porque comprendió que tenía razón. Se oyó un golpe fuerte en la puerta.
—¡Quince minutos!
Entonces se abrió.
—¡Ah, el vicario ha venido a veros!
Un hombre sorprendentemente pequeño y de amable sonrisa entró en la cámara vestido con traje negro y con una banda blanca alrededor del cuello que parecía un alzacuellos.
—He venido —dijo el vicario— para daros la bendición. —Se detuvo—. Si queréis que lo haga.
Cale miró a IdrisPukke, que evidentemente esperaba que echara al vicario con cajas destempladas. Viendo aquello, Cale sonrió y dijo:
—Daño no me hará.
Le tendió la mano a IdrisPukke, y este la estrechó.
—Buena suerte, muchacho —dijo él, y salió rápidamente. Cale inclinó la cabeza ante Vipond, y el Canciller respondió con el mismo gesto, dejando solos a los tres muchachos y el vicario.
—¿Empezamos? —preguntó el vicario con simpatía, como si estuviera oficiando una boda o un bautismo. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita de plata. Abrió la tapa y le mostró a Cale el polvoriento contenido.
—Son cenizas de la corteza de un roble —explicó—. Se piensa que representan la inmortalidad —añadió, como si ese fuera un punto de vista al que él, naturalmente, daba poco crédito—. ¿Puedo? —Metió el índice en la ceniza y lo extendió en una breve línea que trazó en la frente de Cale—. Recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo volverás —entonó con alegría—. Pero recuerda también que aunque tus pecados sean como escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean tan rojos como el carmesí, serán de lana. —Cerró la tapa de la cajita de plata y se la volvió a guardar en el bolsillo, con el aire del que ha concluido un trabajo bien hecho—. Eh… hum… buena suerte.
Cuando se dirigía a la puerta, Kleist le preguntó:
—¿Le habéis dicho lo mismo a Solomon Solomon?
El vicario se volvió y miró a Kleist como haciendo un esfuerzo por recordar.
—¿Sabéis? —dijo, sonriendo de manera extraña—. Me parece que no.
Y diciendo eso, se fue.
Recibieron otra visita. Oyeron un golpe flojo en la puerta, abrió Henri, y entró Riba en la cámara. Henri se puso colorado cuando ella le apretó brevemente la mano antes de entrar. Cale miraba al suelo, como perdido. Ella aguardó un instante hasta que él levantó la vista, y se sorprendió.
—He venido a desearte buena suerte —dijo ella, hablando de manera nerviosa y apresurada—, y a pedirte perdón y a darte esto. —Le ofreció una nota. Cale la cogió y rompió el elegante sello:
«Te quiero. Por favor, regresa conmigo».
Durante un minuto, nadie dijo nada.
—¿Por qué me pedías perdón? —preguntó Cale.
—Es culpa mía que estés aquí.
Kleist lanzó un resoplido desdeñoso, pero no dijo nada. Cale la miró mientras le pasaba la nota a Henri para que se la guardara.
—Lo que pretende decir mi amigo es que la culpa solo es mía —terció Cale—. No trato de ser amable: es la verdad.
Como podría pasarle a cualquiera de nosotros en aquella situación, ella quería estar segura de su perdón, y por eso llevó su angustia demasiado lejos:
—Sigo pensando que es culpa mía.
—Está bien, como tú quieras.
Ella dio la impresión de quedarse tan entristecida al oír esto, que Henri el Impreciso se compadeció de ella al instante, volvió a ponerle la mano entre las suyas, y la acompañó al oscuro corredor que había tras la puerta.
—Soy una idiota —dijo ella, con lágrimas y enfadada consigo misma.
—No te preocupes. El no cree que sea culpa tuya, lo que pasa es que en este momento no quiere pensar en eso.
—¿Qué va a ocurrir?
—Cale vencerá. Siempre vence. Tengo que volver. —Ella le apretó nuevamente la mano y le dio un beso en la mejilla. Henri el Impreciso la miró fijamente, sintiendo cosas extrañas, y regresó a la cámara.
Cuando le quedaban diez minutos, Cale comenzó a hacer, en silencio y de forma automática, los ejercicios para prepararse a la lucha. Kleist y Henri el Impreciso se le unieron, moviendo los brazos, estirando las piernas, resoplando suavemente con el ejercicio, en la penumbra. Entonces se oyó un golpe fuerte en la puerta.
—¡Es el momento, caballero, por favor!
Los muchachos se miraron unos a otros. Hubo un breve silencio, y entonces sonó un golpe cuando se descorrió el pestillo de una segunda puerta en el otro extremo de la cámara. Se abrió lentamente con un chirrido, y apareció un rayo de luz en la penumbra, como si el mismo sol lo aguardara al otro lado de la puerta. El resplandor trazó un arco en la cámara antes oscura con toda la fuerza de una ráfaga de viento que quisiera hacerlo retroceder de nuevo a la seguridad de la penumbra.
Al empezar a avanzar, Cale pudo oír las últimas palabras de ella: «Huye. Vete. Por favor, ¿qué más te da? Escapa».
Unos pasos después, estaba en el umbral, y a continuación fuera, bajo el sol de las dos en punto.
Junto con la segunda explosión de luz, asaltó sus sentidos el bramido alocado de la multitud, como proveniente del fin del mundo. Al avanzar tres, luego cuatro, luego seis metros, y mientras los ojos se acostumbraban, distinguió no el muro de rostros de los treinta mil espectadores que se agitaban y abucheaban, cantando y gritando, sino al principio tan solo al hombre que lo esperaba en el centro de la arena, sujetando dos espadas enfundadas en sus vainas. Intentó no mirar a Solomon Solomon, pero no pudo evitarlo. Solomon Solomon, veinticinco metros a su izquierda, caminaba derecho, con los ojos fijos en el hombre que lo aguardaba en el centro de la arena. Era enorme, mucho más alto y ancho de lo que recordaba Cale, como si hubiera doblado el tamaño desde la última vez que lo había visto. Cale se asombró de cómo el terror lo dejaba sin las fuerzas que lo habían hecho invencible durante la mitad de su vida. La lengua, seca como arena, se le pegaba al paladar; le dolían los músculos de los muslos, que apenas parecían capaces de soportarlo; sus brazos, fuertes como robles, parecían incapaces de la proeza de levantarse a sí mismos, y en los oídos notó un extraño ardor, más fuerte incluso que el clamor de la multitud, los vítores y los abucheos y los retazos de canciones. A lo largo del perímetro del anfiteatro, varios cientos de soldados estaban firmes, cada menos de cuatro metros de distancia, mirando alternativamente a la multitud y a la arena.
Los aborrecidos cabezas de gamuza cantaban alegremente:
NADIE NOS QUIERE, NO NOS PREOCUPA,
NADIE NOS QUIERE, NO NOS PREOCUPA.
¿NOS PIRRAN LAS LOLARDAS Y HUGONOTES?
AAAAAAAH PUES NO, NO TENEMOS AMIGOTES.
¡NI CON LUPA, NI CON LUPA, NI CON LUPA!
DE MENTIS, LA BRONCA Y LA PUPA…
Entonces levantaron las manos en alto sobre la cabeza, y dieron palmadas al compás de una nueva canción, alzando las rodillas a la vez:
¡TENDRÁS QUE MATAR, A MENOS QUE PRETIERAS MORIR!
¡TENDRÁS QUE MATAR, A MENOS QUE PRETIERAS MORIR!
¡TENDRÁS QUE MATAR, A MENOS QUE PREFIERAS MORIR!
¡TENDRÁS QUE MATAR, A MENOS QUE PREFIERAS MORIR!
Al mismo tiempo, las lolardas, con sus sombreros de copa, canturreaban muy contentas:
¡HOLA, HOLA, HOLA, PERO ¿QUIÉN ERES?
¡HOLA, HOLA, HOLA, PERO ¿QUIÉN ERES?
¿ERES MANCO, ERES CIEGO, ERES TUERTO?
¡DENTRO DE UN RATO ESTARÁS MUERTO!
¡HOLA, HOLA, HOLA, PERO ¿QUIÉN ERES?
¡HOLA, HOLA, HOLA, PERO ¿QUIÉN ERES?
A NOSOTRAS NO NOS GUSTA HABLAR,
A NOSOTRAS NO NOS VA COTORREAR,
PERO DENTRO DE POCO ESTARÁS ENTRE LOSAS,
CUBIERTO CON UNA CORONA DE ROSAS,
PERDIENDO LOS DIENTES, PERDIENDO TUS COSAS,
¡AUNQUE NO NOS GUSTA COTORREAR!
A cada paso que daba, Cale se hundía más, como si la debilidad y el miedo, vivos en él por primera vez en muchos años, invadieran descontroladamente sus tripas y su cerebro.
Por fin estaba allí, al lado de Solomon Solomon, con su ira y su fuerza que ardían como un segundo sol.
El Maestro de Armas les hizo un gesto a derecha e izquierda. Entonces exclamó:
—¡BIENVENIDOS A LA ÓPERA ROSSO!
Y al decirlo la multitud, todos a una, se puso en pie gritando. Todos, salvo la parte reservada a los Materazzi, donde los hombres vitoreaban y las mujeres aplaudían con indiferencia. Allí no estaba, de todas maneras, el peldaño superior de la sociedad Materazzi, cuyos integrantes no se asociaban con algo tan vulgar como aquel espectáculo, y tampoco con Solomon Solomon, al que no consideraban completamente uno de los suyos, pese a ser respetado por su puesto en la jerarquía militar, pues era biznieto de un hombre que había hecho su fortuna con los salazones de pescado. Eso no quiere decir que no hubieran acudido unos pocos de los más selectos Materazzi, incluyendo a un Mariscal que había ido muy a pesar suyo. Estos observaban la escena desde palcos privados empotrados en el graderío, mientras comían la captura matutina de langostinos. En el espacio reservado para el Mond, el encendido odio que sentían por Cale estalló en un mar de brazos que lo apuntaban, coreando con burla y desprecio:
—¡BUUM LACALACALACA BUUM LACALACALACA TAC TAC TAC!
Desde lo alto del graderío occidental, algún gamberro habilidoso que había conseguido burlar los registros de los policías arrojó un gato muerto que describió en el aire un enorme arco. Haciendo un ruido sordo, el cuerpo del gato cayó en la arena, a solo siete metros de Cale, ante un rugido de la multitud que expresó su aprobación y alegría.
El pánico se apoderó de los escasos ánimos de Cale, como si durante todos aquellos años hubiera estado conteniendo un enorme embalse de miedo que en aquellos momentos rompía los muros de contención desbordando nervios y agallas, osadía y voluntad. Su misma columna vertebral tembló de cobardía en el momento en que el Maestro de Armas le entregó la espada. Apenas podía ya levantar la mano para sacarla de la vaina, tan débil se encontraba de repente. La espada le resultaba tan pesada que la dejó caer para que colgara a su costado, floja. No había ya más que sensaciones: el amargo gusto de la muerte y el terror en la lengua, el sol ardiente y brillante, el ruido de la multitud y el muro de rostros. Y entonces el Maestro de Armas levantó las manos. Entre la multitud unos mandaron callar a otros. El dejó caer los brazos a ambos lados, como muertos. La multitud gritaba como una sola bestia, y Cale observó cómo el hombre que estaba a punto de matarlo levantaba la espada y, con cautela, se acercaba a aquel muchacho tembloroso, invadido por el pánico.
Desde lo más profundo de Cale, algo imploraba protección, rogando que lo salvaran: «IdrisPukke, sálvame; Leopold Vipond, sálvame; Arbell Cuello de Cisne, sálvame». Pero nadie podía ayudarlo salvo aquel a quien más odiaba en el mundo: el Padre Bosco, que acudió a rescatarlo de su escalofriante espera y de la sangre roja que caería sobre la arena, volviendo a entregarle el producto de tantos años de violencia y terror cotidiano. Las aguas del terror empezaron a congelarse, empezando en su pecho. Mientras Solomon Solomon daba vueltas con rapidez, la frialdad se extendió hacia abajo, a través del corazón y las entrañas, y de allí a los brazos y las piernas. En tan solo unos segundos, como una droga milagrosa que suprimiera un dolor insoportable, regresó, familiar, salvadora, anestésica, la vieja indiferencia al terror y la muerte. Cale volvía a ser él mismo. Solomon Solomon, al principio cauteloso ante la inmovilidad de Cale, se movía rápidamente preparando el ataque, con la espada en alto, los ojos concentrados, como el diestro emisario de una muerte violenta. Se movió, cubriendo una distancia sorprendente, y después se detuvo por un instante. Se miraron a los ojos, la multitud guardaba y exigía silencio. Todo lo que Cale veía parecía llegarle a través de un túnel: una mujer anciana en medio de la juventud, que le sonreía como una abuela bondadosa mientras se pasaba el dedo por la garganta, el gato muerto, tan rígido en el suelo que parecía un juguete mal hecho, la joven bailarina en el borde de la arena, con la boca abierta en gesto de alarma y terror. Y su enemigo arrastrando los pies en la arena, cuyo sonido chirriante resultaba más estruendoso que la multitud, que parecía tan lejana. Entonces Solomon Solomon hizo acopio de fuerzas y atacó.
Cale se agachó y se movió bajo su brazo, acuchillando hacia abajo al tiempo que la espada de Solomon Solomon trataba de partirlo en dos. Después se intercambiaron los papeles. La multitud bramó, excitada y confusa. Ninguno de ellos había resultado herido. Entonces algo empezó a gotear de la mano de Cale y, después, a manar con más fuerza. El dedo meñique de su mano izquierda había sido seccionado y yacía en la arena, pequeño y ridículo.
Cale retrocedió, acometido por un dolor horrible, intenso, atroz. Solomon Solomon se detuvo, observando detenidamente la sangre y el dolor de su contrincante, consciente de que el trabajo de matar no había concluido, pero había tenido un concienzudo comienzo. Cuando la multitud empezó a distinguir la sangre en la arena, surgió de ella un sordo bramido que fue creciendo muy poco a poco. Parte del vulgo abucheaba al favorito, animando al que tenía menos posibilidades; los Materazzi lanzaban vítores, y desde el Mond seguían con sus comentarios burlones. Entonces, poco a poco, la multitud se quedó en silencio mientras Solomon Solomon, sabiendo que ya lo tenía todo bajo control, aguardaba a que la pérdida de sangre, el dolor y el miedo a la muerte hicieran su labor.
—Quedaos quieto —dijo Solomon Solomon—, y puede que termine rápidamente con vos. Aunque no puedo prometeros nada.
Cale lo miraba algo perplejo. Entonces movió la espada en la mano, aparentemente comprobando su peso, y atacó la cabeza de su oponente de manera lenta y perezosa. El hábito adquirido durante años de entrenamiento, en los que siempre respondía al ser atacado por embestidas tan flojas como aquella, impulsó a Solomon Solomon a arremeter contra Cale. Como a un corredor, sus poderosos muslos lo propulsaron al ataque. Pero, al dar el segundo paso, cayó como si hubiera sido alcanzado por una de las saetas de Henri el Impreciso, y pegó con la cara y el pecho en la arena.
Tal fue la sorpresa que la multitud ahogó un grito, todos al mismo tiempo, como si se tratara de un solo ser.
La cuchillada que Cale había lanzado hacia abajo en el primer ataque no había errado en absoluto su destino. Al mismo tiempo que el primer golpe de Solomon Solomon le cortaba el dedo, Cale había atacado el pie, seccionando el tendón del talón. Era por eso por lo que, mientras sufría los terribles dolores de la mano, se extrañaba de que Solomon Solomon hubiera resultado aparentemente indemne. Por eso había atacado después de manera tan perezosa: lo único que pretendía era comprobar cómo se movía.
Pese al desconcierto y el terror, Solomon Solomon había girado al instante para sostenerse sobre la rodilla de la pierna buena, blandiendo la espada para mantener a Cale a distancia.
—¡Asqueroso montón de mierda! —exclamó sin que le brotara de la garganta poco más que un susurro. Pero a continuación lanzó un descomunal grito de ira y frustración.
Cale se mantuvo fuera de su alcance, aguardando. Se oyó otro estallido de rabia y humillación procedente de Solomon Solomon. Cale se limitó a observar mientras su contrincante empezaba a aceptar la derrota.
—Muy bien —dijo Solomon Solomon, con rabia y amargura—. Habéis vencido. Me rindo.
Cale miró al Maestro de Armas.
—Me dijeron que esto debía proseguir hasta que uno muriera —dijo Cale.
—Siempre es posible el perdón —explicó el Maestro de Armas.
—¿Es posible ahora? Porque no recuerdo que nadie lo mencionara en su momento.
—El vencido puede implorar compasión. Eso no implica nada, y nadie puede hacerle ningún reproche al vencedor si no la otorga. Pero el perdón siempre es posible. —El Maestro de Armas dirigió la mirada al arrodillado—. Si queréis aspirar al perdón, tenéis que implorarlo, Solomon Solomon.
Solomon Solomon negó con la cabeza, como debatiéndose atrozmente en su fuero interno. Lo que tenía lugar dentro de él era, primero, desconcierto y, después, una indignación tremenda y creciente.
—Imploro vuestro…
—¡Callaos! —gritó Cale, mirando tan pronto a su contrincante como al Maestro de Armas—. ¡Hipócritas! Me arrastráis aquí a la fuerza y, cuando las cosas no salen como esperabais, pensáis que podéis cambiar las reglas a vuestra conveniencia. Eso es todo cuanto significa el montón de mierda de vuestra nobleza: la posibilidad de hacer lo que os venga en gana. Todo lo que os rodea no son más que malditas mentiras.
—Él está obligado —explicó el Maestro de Armas— a pagaros diez mil dólares a cambio de su vida.
Cale arremetió, y, lanzando un grito, Solomon Solomon se derrumbó en el suelo con un profundo tajo en el brazo.
—Decidme —pidió Cale—, ahora ¿valéis más o menos? Me golpeabais sin motivo y sin compasión, pero ahora miraos. Esto es infantil. ¿Cuántas docenas de hombres habéis matado sin pensároslo dos veces? Y ahora que os toca el turno, lloriqueáis que se haga una excepción con vos. —A Cale le faltaba el aire para hablar a causa del disgusto y la estupefacción—. ¿Por qué? Este es vuestro destino; un día será el mío. ¿Cuál es la carne que os corresponde, amigo?
Y diciendo esto, Cale se plantó ante Solomon Solomon, le levantó la cabeza tirándole del pelo y lo despachó con un simple golpe en la nuca. Dejó caer en la arena el cuerpo ahora inerte, boca arriba. Tenía los ojos abiertos y ciegos, y de la nariz le manaba todavía un hilo de sangre. Pronto dejó de salir, y aquel fue el final de Solomon Solomon. Durante los últimos segundos de vida de su enemigo, Cale no había sido consciente de nada más, ni del dolor de la mano izquierda ni de la multitud. La ira le volvía sordo a todo lo demás. Pero entonces regresaron a la vez el dolor y la presencia de la multitud. El sonido de esta era extraño. No eran vítores lo que escuchaba, salvo de unos pocos sectores que se encontraban demasiado borrachos para saber qué era lo que presenciaban. Había gritos y abucheos, pero, sobre todo, sorpresa e incredulidad.
Desde el banco en que les habían dicho que aguardaran, Kleist y Henri el Impreciso observaban anonadados. Fue Henri el Impreciso el que se dio cuenta de lo que Cale se proponía hacer a continuación.
—Aléjate de ahí —susurró para sí. Y entonces le gritó a Cale—: ¡No! —Intentó acercarse a su amigo, pero se lo impidieron un policía y uno de los soldados. En medio de la Opera Rosso, Cale puso el cuerpo boca arriba, le metió la espada en el vientre, le juntó los pies desparramados y empezó a arrastrar su cuerpo por la arena, en dirección a los palcos cerrados de los Materazzi.
Eso le costó unos veinte segundos, durante los cuales el cadáver abrió los brazos hacia atrás, la cabeza rebotaba en aquel suelo no lo suficientemente liso y su sangre dejaba un rastro rojo, irregular y brillante. El Maestro de Armas hizo seña a los guardias que había ante la multitud para que se acercaran unos a otros, cerrando el paso. Las mujeres y los hombres Materazzi, y los jóvenes del Mond, observaron imbuidos en silenciosa estupefacción.
Entonces Cale, sujetando todavía bajo los brazos los pies de Solomon Solomon, observó a la multitud como si ninguno valiera diez centavos, y dejó caer los pies, que hicieron un ruido sordo al llegar al suelo. Extendió los brazos en alto, por encima de la cabeza, y lanzó a la multitud gritos de malévolo triunfo. El Maestro de Armas hizo seña al policía para que permitiera a Kleist y Henri acercarse a Cale y llevárselo. Mientras corrían hacia él, Cale empezó a caminar de un lado para otro, delante de los soldados y de la multitud a la que estos protegían, como un turón que buscara un agujero por el que meterse en el gallinero. Entonces se golpeó tres veces el pecho fuertemente con la mano derecha, gritando con emoción a cada golpe:
—¡Mea culpa! ¡Mea culpa! ¡Mea máxima culpa!
La multitud no podía comprenderlo, pero tampoco necesitaban traducción. Se encendieron en cólera, y parecía que se hacían hacia delante como si fueran un solo ser viviente, aullando la respuesta de su propio odio. Entonces los dos muchachos llegaron donde él estaba y lo agarraron por los hombros.
—Vale ya, Cale —dijo Kleist, apretándolo con cuidado—. Ahora, ¿por qué no nos vamos?
—Es el momento de irse, Thomas. Ven con nosotros.
Sin dejar de desafiar a la multitud, permitió que se lo llevaran de vuelta hasta la puerta de la cámara en la que habían estado esperando antes de la lucha. Treinta segundos después, la puerta se cerraba y ellos se quedaban sentados en la penumbra, aturdidos por la horrible sorpresa. Habían pasado diez minutos desde que salieran a la arena.
En su palacio, Arbell Cuello de Cisne esperaba las noticias inmersa en un terror insoportable. No había sido capaz de acudir a la Opera para verlo morir, pues estaba segura de que era eso lo que sucedería. Toda su intuición le decía a gritos que ya había visto a su amante por última vez. Entonces se oyó un extraño ajetreo al otro lado de la puerta. La puerta se abrió de golpe, y entró en la estancia Riba, sin aliento y con los ojos como platos.
—¡Está vivo!
Podéis imaginar la escena que tuvo lugar aquella noche, cuando los dos amantes se quedaron solos: los mil besos de satisfacción ofrecidos como una lluvia al exhausto muchacho, las caricias, el torrente de declaraciones de amor y adoración. Si aquella tarde él había atravesado el Valle de las Sombras de la Muerte, aquella noche era premiado con una visión del cielo. Aunque el infierno seguía también con él, y el dolor de su dedo perdido era intenso, mucho peor que el ocasionado por otras heridas más serias que había sufrido. Solo pudo concentrarse en la delirante recepción que le ofrecían cuando Henri el Impreciso consiguió encontrar, aunque muy cara, una pequeña cantidad de opio que rápidamente redujo el dolor a su mínima expresión. Más tarde, aquella noche, cuando Arbell dio por concluida su intensa adoración de cada centímetro de su cuerpo, intentó explicarle lo que le había sucedido antes de la lucha con el difunto Solomon Solomon. Tal vez fuera el opio, o tal vez la tensión y horror vividos aquel día, la cercanía a la muerte, el caso es que se esforzó por encontrar el sentido de lo ocurrido. Quería explicarse ante ella, pero al mismo tiempo temía hacerlo. Al final, ella le hizo callar, apiadada de su confusión y horror. Y tal vez también por ella misma: no quería volver a acordarse del extraño pacto que su amante había establecido con el asesinato.
—Cuantas menos palabras, más rápida será la cura.
Tras muchos más besos y votos de amor, Cale salió de sus aposentos antes de que llegara la guardia del alba. Encontró a Henri el Impreciso vigilando, solo.
—¿Qué tal te encuentras? —le preguntó Henri.
—No lo sé. Raro.
—¿Quieres una taza de té? —Cale asintió con la cabeza—. Ve a tomarla: el agua está hirviendo. Yo iré en cuanto me releve la nueva guardia.
Diez minutos después, Henri el Impreciso se encontraba con Cale en el cuarto de guardia, justo cuando ya estaba preparado el té. Se quedaron sentados en silencio, bebiendo y fumando, placer este último que Cale había hecho conocer tanto a Henri el Impreciso como a Kleist, al que ahora casi siempre se veía con un cigarrillo en los labios.
—¿Qué es lo que iba mal? —preguntó Henri el Impreciso al cabo de cinco minutos.
—Me entró canguelo. Mala cosa.
—Pensé que iba a matarte.
—Lo hubiera hecho si no hubiera sido tan cauteloso. Creyó que la razón de que yo no me moviera era una especie de truco.
Volvieron a quedarse en silencio.
—¿Y qué cambió?
—No lo sé. Me recobré en unos segundos. Fue como si alguien me echara agua helada.
—Pues tuviste suerte. —Sí.
—¿Y ahora?
—Realmente no he pensado en ello.
—Pues harías bien en pensar.
—¿Por…?
—Aquí hemos acabado.
—¿Por qué? —preguntó Cale, cambiando de postura y haciendo como que se concentraba en liar otro cigarrillo.
—Has matado a Solomon Solomon, y después les presentaste a los Materazzi su cadáver y los desafiaste.
—¿Los desafié?
—A hacerte todo el daño que pudieran, ¿no fue así? —Cale no respondió—. Me imagino que eso puede ser bastante daño. Y la próxima vez no será cara a cara. Alguien dejará caer un ladrillo sobre tu cabeza.
—De acuerdo, lo he pillado.
Pero Henri el Impreciso no había terminado.
—¿Y qué pasará cuando se enteren de lo que hay entre tú y Arbell Materazzi? Las únicas defensas que tienes son Vipond y su padre. Y ¿qué crees que hará él cuando se entere? ¿Preparar la boda? Arbell Materazzi, ¿deseas, con toda tu pompa y circunstancia, a este porquero y gamberro, Thomas Cale, como legítimo esposo?
Cale se levantó con cansancio.
—Necesito dormir. No puedo pensar en eso ahora.