Puede que los árboles estuvieran muertos, pero sus ramas tiraban de la ropa de Thomas y le arañaban la piel. La madera blanca resplandecía a la luz de la luna y las rayas y charcos de sombra por el suelo conferían un aire embrujado a todo el lugar. Teresa siguió caminando en silencio. Parecía flotar por la ladera de la montaña como una aparición.
Al fin, Thomas encontró el valor para hablar:
—¿Adónde vamos? ¿De verdad esperas que me crea que todo ha sido puro teatro? ¿Por qué no paraste cuando todas las demás estaban de acuerdo en no matarme?
Pero su respuesta fue extraña. Sin apenas girar la cabeza, le preguntó:
—Has conocido a Aris, ¿no?
No dejó de caminar, siguió avanzando; pero Thomas se detuvo un segundo, totalmente perplejo.
—¿Aris? ¿Cómo le conoces? ¿Qué tiene que ver con todo esto?
Se apresuró a alcanzarla de nuevo, curioso, pero, por algún motivo, temiendo la respuesta.
Teresa no respondió enseguida y continuó avanzando a través de un peculiar grupo de ramas apretadas; una salió disparada hacia atrás y le dio a Thomas en la cara después de que ella la soltara. En cuanto las dejaron atrás, Teresa se detuvo y se volvió hacia él, justo allí donde un rayo de luna iluminaba su rostro. No parecía contenta.
—Da la casualidad de que conozco a Aris muy bien —dijo con voz tensa—. Mucho más de lo que te va a gustar. No sólo formaba una parte muy importante de mi vida antes del Laberinto, sino que él y yo hablábamos mentalmente, igual que lo hacíamos nosotros. Incluso cuando estaba en el Claro, nos comunicábamos todo el rato. Y sabíamos que al final volverían a reunirnos.
Thomas buscó una respuesta. Lo que Teresa acababa de decir era tan inesperado que pensó que debía de ser una broma. Otro truco de CRUEL.
Teresa esperó de brazos cruzados, como si disfrutara al ver cómo se esforzaba el chico por hablar.
—Estás mintiendo —replicó al final—. Lo único que haces es mentir. No entiendo por qué ni lo que ocurre, pero…
—Oh, vamos, Tom —espetó—. ¿Cómo puedes ser tan estúpido? Después de todo lo que te ha pasado, ¿cómo puedes seguir sorprendiéndote? Todo lo nuestro formó parte de una ridícula prueba. Y ya se ha acabado. Aris y yo vamos a hacer lo que nos dijeron, y la vida continuará. CRUEL es todo lo que importa ahora. Ya está.
—¿De qué estás hablando?
No podía sentirse más vacío. Teresa miró más allá de él, por encima de su hombro. Oyó el chasquido de unas ramitas al romperse en el suelo y tuvo que recurrir a toda su dignidad para no girarse y ver quién aparecía de improviso.
—Tom —dijo Teresa—, Aris está justo detrás de ti y tiene un cuchillo muy grande. Si intentas algo, te cortará el cuello. Vas a venir con nosotros y vas a hacer exactamente lo que te digamos. ¿Comprendes?
Thomas se la quedó mirando y esperó que la rabia que sentía se reflejara claramente en su cara. No había estado tan enfadado en su vida… o en lo que podía recordar de ella.
—Di hola, Aris —ordenó Teresa, y luego hizo lo peor que podía haber hecho: sonrió.
—Hola, Tommy —habló el chico desde atrás. Sin duda era él, aunque no parecía tan simpático como antes—. ¡Qué emoción volver a estar contigo!
La punta de su cuchillo rozó su espalda. Thomas se quedó callado.
—Bueno —dijo Teresa—, al menos estás actuando como un adulto. Sígueme, ya casi hemos llegado.
—¿Adónde vamos? —preguntó Thomas con voz dura.
—Lo sabrás muy pronto.
La chica se dio la vuelta y volvió a caminar entre los árboles, usando su lanza como un bastón.
Thomas se apresuró a seguirla antes de que Aris tuviera la satisfacción de empujarlo. Los árboles se adensaron y el fulgor de la luna se alejó. La oscuridad le oprimía, absorbiendo la luz y su vitalidad.
• • •
Llegaron a una cueva cuya entrada tapaba el espeso bosquecillo de árboles como un muro compacto. No avisaron a Thomas. Estaban caminando entre unas ramas espinosas y de pronto se hallaban dentro de un alto y estrecho agujero en la falda de la montaña. Una fuente de luz pálida brillaba al fondo, un rectángulo de horrible luz verde que hizo que Teresa pareciera un zombi cuando se apartó para que entraran ellos dos.
Aris rodeó a Thomas al pasar, con la hoja apuntándole al pecho como una pistola, mientras retrocedía hasta la pared frente a Teresa, en la que se apoyó. Thomas no dejaba de mirarlos. Eran dos personas a las que su instinto había tenido por amistosas. Hasta ahora.
—Bueno, ya hemos llegado —dijo Teresa, mirando a Aris.
El muchacho no apartaba los ojos de Thomas.
—Sí, estamos aquí, muy bien. ¿De verdad consiguió convencer a las otras para que le perdonaran la vida? ¿Qué es, una especie de superpsicólogo?
—En realidad, eso nos ha ayudado. Ha sido más fácil traerle hasta aquí —Teresa lanzó una mirada condescendiente a Thomas y luego cruzó la cueva hasta Aris. Mientras Thomas observaba, se puso de puntillas, le dio un beso a Aris en la mejilla y sonrió abiertamente—. Estoy muy contenta de que por fin estemos juntos.
Aris sonrió. Le dirigió a Thomas una mirada de advertencia y después se arriesgó a apartar la vista lo bastante para inclinar la cabeza hacia Teresa. Y la besó en los labios.
Thomas apartó los ojos y los cerró. Las veces que le había pedido que confiara en ella, el rápido susurro indicándole que se quedara… todo había sido para llevarlo hasta allí. Para que le costara menos atraerlo a aquel punto. Para que ella pudiera cumplir algún malvado propósito preparado por CRUEL.
—Acabad ya —dijo al final, sin atreverse a abrir los ojos de nuevo. No quería saber lo que estaban haciendo, porque se encontraban callados. Pero quería que supieran que se había rendido—. Acabad ya.
Al no responder, no pudo evitar echar un vistazo. Susurraban entre sí, robándose besos entre palabra y palabra. Algo parecido al aceite hirviendo inundó el estómago de Thomas.
Volvió a apartar la mirada, centrándose en la extraña fuente de luz al fondo de la cueva. Un gran rectángulo de color verde pálido, incrustado en la oscura piedra, latía con un resplandor etéreo. Era tan alto como un hombre y, tal vez, de un metro de ancho. Unas manchas surcaban su superficie desvaída; era una ventana sucia que daba a algo que parecía lodo radiactivo, resplandeciente y peligroso.
Por el rabillo del ojo, vio que Teresa se apartaba de Aris; parecía que habían dejado de besuquearse. La miró, preguntándose si sus ojos mostrarían lo mucho que le había hundido.
—Tom —dijo—, si te sirve de algo, siento mucho haberte hecho daño. Hice lo que tenía que hacer en el Laberinto. Ser colegas me pareció la mejor manera de conseguir los recuerdos que necesitábamos para descifrar el código y escapar. Y aquí en la Quemadura no he tenido muchas opciones. Lo único que teníamos que hacer era traerte hasta aquí para superar las Pruebas. Es tú o nosotros —Teresa se calló un momento y hubo una extraña chispa en su mirada—. Aris es mi mejor amigo, Tom —añadió con calma, sin alterarse.
Y eso fue lo que le hizo estallar.
—¡No… me… importa! —gritó, aunque no había nada más lejos de la verdad.
—Tan sólo digo que si te importo, entonces deberías entender por qué haría todo lo necesario para superar esto y mantenerlo a salvo. ¿No habrías hecho tú lo mismo por mí?
Thomas no podía creer lo lejos que se sentía de la chica a la que una vez consideró su mejor amiga. Incluso en todos sus recuerdos, siempre estaban los dos juntos.
—¿Qué es esto? ¿Estás intentando herirme de todas las formas posibles? ¡Cierra el fuco pico y haz lo que sea que tengas que hacer!
El pecho se le hinchaba por la respiración agitada que había provocado su enfado y su corazón latía a un ritmo mortal.
—Muy bien —respondió Teresa—. Aris, abramos la puerta. Es hora de que Tom se marche.