Thomas despertó en la oscuridad y tuvo la sensación de que le habían colocado en algún tipo de aparato de tortura antiguo, donde unos clavos se hundían lentamente en su cráneo desde todas las direcciones.
Gruñó con un terrible y entrecortado sonido que sólo le intensificó el dolor de cabeza. Se obligó a permanecer en silencio e intentó levantar la mano para frotar…
No podía mover las manos. Algo las mantenía bajadas, algo pegajoso que le apretaba las muñecas. Cinta adhesiva. Intentó dar patadas, pero también las tenía atadas. El esfuerzo le envió otra oleada de dolor que retumbó en su cabeza y todo su cuerpo; relajó los músculos al tiempo que gemía en voz baja. Se preguntó cuánto tiempo llevaría allí.
—¿Brenda? —susurró.
No hubo respuesta.
Se encendió una luz brillante y punzante. Cerró con fuerza los ojos y luego abrió uno lo suficiente para poder ver. Delante de él había tres personas, pero sus rostros estaban en sombras, pues la luz venía de atrás.
—¡Vamos, despierta! —exclamó una voz ronca.
Alguien se rio por lo bajo.
—¿Quieres más zumo de ese que quema? —dijo una mujer.
La misma persona volvió a reírse.
Thomas acabó por acostumbrarse a la luz y abrió los ojos del todo. Se hallaba en una silla de madera; unas anchas bandas de cinta adhesiva gris le sujetaban las muñecas a los apoyabrazos y los tobillos a las patas de la silla. Dos hombres y una mujer estaban de pie delante de él: Rubiales, Alto y Feo, Coleta.
—¿Por qué no me habéis dado una paliza en el callejón? —preguntó Thomas.
—¿Darte una paliza? —respondió Rubiales. Antes no le había parecido que tuviera la voz ronca; parecía como si hubiera pasado las últimas horas gritando en la pista de baile—. ¿Qué crees que somos, un clan de la mafia del siglo XX? Si quisiéramos darte una paliza, ya estarías muerto, sangrando por las calles.
—No te queremos muerto —interrumpió Coleta—. Eso estropearía la carne. Nos gusta comernos a nuestras víctimas mientras siguen respirando. Nos comemos todo lo que podemos antes de que se desangren. No te creerías lo jugosas y… dulces que saben.
Alto y Feo se rio, pero Thomas no supo si Coleta lo decía en serio o no. Fuera como fuera, le sacó de quicio.
—Está de broma —dijo Rubiales—. Tan sólo hemos comido hombres cuando la situación era muy desesperada. La carne humana sabe a boñiga de cerdo.
Se oyeron otras risitas de Alto y Feo. No se reía por lo bajo ni a carcajadas, se trataba de una risita tonta. Thomas no creía que hablaran en serio. Le preocupaba más que sus mentes parecieran… apagadas.
Rubiales sonrió por primera vez desde que Thomas le había visto.
—Era otra broma. No somos tan raros todavía. Pero me apuesto lo que sea a que la gente no sabe muy bien.
Alto y Feo y Coleta asintieron.
«Estos tíos están empezando a perder la chaveta», pensó Thomas.
Oyó un gemido apagado a su izquierda y miró en aquella dirección. Brenda estaba en un rincón de la habitación, atada igual que él. Pero también le habían tapado la boca con cinta adhesiva, lo que le hizo preguntarse si se habría resistido mucho más antes de desmayarse. Parecía como si estuviera despertando y, cuando advirtió la presencia de los tres raros, se movió y agitó en la silla, gimiendo a través de la mordaza. Tenía los ojos encendidos de ira.
Rubiales la señaló. Su pistola había aparecido como por arte de magia.
—¡Cállate! ¡Cállate o salpicaré la pared con tu cerebro!
Brenda paró. Thomas esperaba que empezara a gimotear o a llorar o algo; pero no lo hizo, y enseguida se sintió estúpido por haberlo pensado. La chica ya había demostrado lo fuerte que era.
Rubiales bajó el arma a su costado.
—Mejor. Dios mío, teníamos que haberla matado cuando empezó a gritar allí arriba. Y a morder.
Se miró el antebrazo, donde había un verdugón al rojo vivo que describía un largo arco.
—Está con él —dijo Coleta—. No podemos matarla.
Rubiales cogió una silla de la pared del otro lado para sentarse delante de Thomas. Los otros hicieron lo mismo, aliviados, como si llevaran horas esperando su permiso. Rubiales apoyó el arma sobre el muslo, con el cañón apuntando directo a Thomas.
—Vale —asintió el hombre—, tenemos mucho de que hablar. No voy a andarme con tonterías contigo. Si me fastidias o te niegas a contestar u otra cosa, te disparo a una pierna. Luego a la otra. A la tercera, la bala atravesará la cara de tu novia. Creo que por algún sitio entre los ojos. Y me apuesto lo que quieras a que sabes lo que ocurrirá la cuarta vez que me cabrees.
Thomas asintió. Quería pensar que era fuerte, que podía hacer frente a aquellos raros. Pero venció el sentido común. Estaba atado a una silla, no tenía armas ni aliados, nada. Aunque, francamente, no tenía nada que ocultar. Respondería a todo lo que le preguntara aquel tío. Pasara lo que pasara, no quería terminar con una bala en la pierna. Y dudaba que el tipo estuviera tirándose un farol.
—Primera pregunta —dijo Rubiales—: ¿quién eres y por qué está tu nombre en los carteles de esta ciudad de mierda?
—Me llamo Thomas —en cuanto lo dijo, Rubiales torció el gesto, enfadado. Thomas se dio cuenta de su estúpido error y se apresuró a continuar—. Eso ya lo sabéis. Bueno, cómo llegué aquí es una historia muy extraña y dudo que os la creáis. Pero juro que digo la verdad.
—¿No llegaste en un iceberg como la mayoría de nosotros? —preguntó Coleta.
—¿En un iceberg? —Thomas no sabía qué significaba aquello, pero negó con la cabeza y prosiguió—. No. Salimos de un túnel subterráneo a unos cincuenta kilómetros al sur de aquí. Antes de eso atravesamos algo llamado Trans Plano. Antes de eso…
—Espera, espera, espera —le interrumpió Rubiales, con una mano alzada—. ¿Un Trans Plano? Te dispararía ahora mismo, pero no es posible que te hayas inventado eso.
Thomas frunció el ceño por la confusión.
—¿Por qué?
—Serías estúpido si intentaras zafarte con una mentira tan obvia como esa. ¿Llegaste por un Trans Plano?
La sorpresa de aquel hombre era evidente. Thomas miró a los otros raros; ambos tenían la misma expresión atónita.
—Sí. ¿Por qué es tan difícil de creer?
—¿Sabes lo caro que es el Transporte Plano? Lo acababan de hacer público justo antes de las erupciones solares. Tan sólo los gobiernos y los multimillonarios podían permitirse usarlo.
Thomas se encogió de hombros.
—Bueno, sé que tienen mucho dinero y así lo llamó aquel tío. Un Trans Plano. Una especie de pared gris que arde como el hielo cuando la atraviesas.
—¿Qué tío? —preguntó Coleta.
Thomas apenas había comenzado y ya le daba vueltas la cabeza. ¿Cómo se contaba una historia como aquella?
—Creo que era de CRUEL. Nos están haciendo pasar por un experimento o una prueba. No conozco los detalles. Nos… nos borraron los recuerdos. Algunos vuelven a mi mente, pero no todos.
Rubiales no reaccionó durante un segundo, tan sólo se quedó allí mirándole fijamente. Casi como si le atravesara y clavara los ojos en la pared de atrás. Al final, dijo:
—Era abogado. Antes de que las erupciones y esta enfermedad lo arruinaran todo. Sé cuándo alguien está mintiendo. Era muy bueno en mi trabajo.
Curiosamente, Thomas se relajó.
—Entonces sabes que no estoy…
—Sí, lo sé. Quiero oírlo todo. Empieza a hablar.
Así lo hizo Thomas. No supo por qué, pero le parecía bien. Su instinto le decía que aquellos raros eran como todos los demás, que les habían enviado allí para pasar el resto de sus últimos horribles años sometidos al Destello. Tan sólo intentaban tener una oportunidad para salir, como cualquiera. Y el hecho de conocer a un chico que tenía carteles especiales por toda la ciudad era un primer paso excelente. Si Thomas hubiera estado en su piel, probablemente habría hecho lo mismo. Sin apuntar con una pistola ni atar a nadie… o eso esperaba.
Le había contado a Brenda la mayor parte de la historia el día anterior y así la relataba ahora. El Laberinto, la huida, los dormitorios. La misión de cruzar la Quemadura. Puso especial énfasis en que sonara muy importante, haciendo hincapié en la cura que les esperaba al final. Puesto que había perdido la ocasión de que Jorge le ayudara a atravesar la ciudad, quizá podría empezar de nuevo con esa gente. También expresó su preocupación por los demás clarianos, pero cuando les preguntó si los habían visto, a ellos o a un grupo grande de chicas, la respuesta fue negativa.
Una vez más, no habló mucho de Teresa. No quería arriesgarse a ponerla en peligro de ninguna manera, aunque no tenía ni idea de cómo podría provocar esa situación. También mintió un poco sobre Brenda. Bueno, no mintió directamente. Tan sólo hizo como si llevara con él desde el principio.
Cuando terminó, justo en el momento en que se encontraron con aquellos tres en el callejón, respiró hondo y se colocó bien en la silla.
—Por favor, ¿podéis quitarme ahora esta cinta adhesiva?
Un movimiento en la mano de Alto y Feo atrajo su atención y vio un cuchillo muy afilado y brillante.
—¿Qué opinas? —le preguntó a Rubiales.
—Sí, por qué no.
Había mantenido una expresión estoica durante la narración, sin darle ninguna pista acerca de si se la creía o no.
Alto y Feo se encogió de hombros y se levantó para acercarse a Thomas. Se estaba agachando, con el cuchillo extendido, cuando arriba se oyó un alboroto. Unos fuertes golpes en el techo, seguidos de un par de gritos. Entonces sonó como si un centenar de personas echara a correr. Pasos desesperados, saltos, más golpes. Más gritos.
—Debe de habernos encontrado otro grupo —dijo Rubiales, de pronto muy pálido.
Se levantó y les hizo una señal a los otros dos para que le siguieran. Unos segundos más tarde, ya no estaban, habían desaparecido por las escaleras hacia las sombras. Una puerta se abrió y se cerró. El caos continuaba arriba.
Todo aquello le dio a Thomas un susto de muerte. Miró a Brenda, que estaba sentada, totalmente quieta, escuchando. Sus ojos por fin se encontraron con los suyos. Aún llevaba la mordaza, así que lo único que pudo hacer fue enarcar las cejas.
No le gustaba que las cosas hubieran terminado así, atado a una silla. Los raros que habían conocido aquella noche no tenían nada que hacer contra el señor Nariz.
—¿Y si ahí arriba hay un grupo de raros totalmente idos? —preguntó.
Brenda farfulló algo a través de la cinta adhesiva.
Thomas tensó todos los músculos de su cuerpo y empezó a saltar en la silla para avanzar poco a poco hacia donde ella estaba sentada. Había recorrido un metro cuando de pronto cesaron los ruidos de la pelea. Se quedó helado, mirando al techo.
No sonó nada durante varios segundos. Luego se oyeron unos pasos, tal vez dos, de pies arrastrándose en la planta de arriba. Un golpazo. Otro. Luego, otro más. Thomas imaginó que lanzaban cuerpos al suelo.
La puerta del final de las escaleras se abrió. Se oyeron unos pasos, fuertes y pesados, que corrían hacia abajo. Todavía estaba todo en penumbra y un frío pánico invadió el cuerpo de Thomas mientras esperaba a ver quién bajaba.
Por fin, alguien entró en la zona iluminada.
Minho. Sucio y ensangrentado, con marcas de quemaduras en la cara y cuchillos en ambas manos. Minho.
—Tíos, parecéis muy cómodos —dijo.