SESIÓN CATORCE

Discúlpeme por no haber venido a las dos últimas sesiones, pero le agradezco encarecidamente lo comprensiva que se mostró conmigo cuando llamé para anularlas, y tengo que decirle que me dejó de piedra cuando llamó la semana pasada para preguntarme cómo estaba… no sabía que los psicólogos hacían esas cosas. Fue todo un detalle.

Después de nuestra última sesión, necesitaba estar unos días sin ver a nadie. Parece ser que al final he caído en una depresión, o mejor dicho, me ha caído ella encima. Y no con suavidad, precisamente. No, la muy jodida me ha aplastado contra el suelo y ahí me tiene, sin dejarme levantar cabeza. Nunca hasta ahora he hablado de mis sentimientos sobre la muerte de mi hija; la policía sólo quiere hechos, y me niego rotundamente a hablar de ella con la prensa. La mayoría de la gente intuye que no debe preguntarme por ella, supongo que hay quienes todavía tienen un poco de sensibilidad, pero de vez en cuando algún periodista desgraciado se pasa de la raya.

A veces se me pasa por la cabeza que, si la gente no me pregunta, es porque no se les ocurre pensar que a lo mejor la quería. Cuando volví y estuve viviendo en casa de mi madre, una tarde las oí a ella y a la tía Val cuchichear en la cocina. La tía Val dijo algo sobre mi niña y mamá le respondió: «Sí, es muy triste que muriera, pero en el fondo, seguramente fue lo mejor para ella».

¿Había sido lo mejor? Me dieron ganas de irrumpir en la estancia y decirle lo equivocada que estaba, pero no habría sabido por dónde empezar. Me tapé los oídos con la almohada y me eché a llorar hasta quedarme dormida.

Me siento como una hipócrita, dejando que todos crean que él la mató y que yo soy la víctima inocente… cuando sé perfectamente que su muerte fue culpa mía. Y sí, ya hemos hablado usted y yo de esto por teléfono, y me gustó mucho ese artículo que me envió por correo electrónico sobre el complejo de culpa de los supervivientes. Todo tenía mucho sentido, pero a pesar de eso, pensé: «Qué bien le vendrá esto a la gente que esté en esa situación». No importa la cantidad de libros o artículos que me lea, yo ya me he juzgado y condenado por no haberla protegido lo suficiente.

He intentado escribirle una carta a mi hija, tal como usted me sugirió, pero cuando hube sacado hoja y bolígrafo, me quedé allí sentada a la mesa, mirando el papel en blanco. Al cabo de unos minutos, miré por la ventana el ciruelo de mi jardín y vi a los colibríes revoloteando alrededor de su comedero, y luego volví a mirar la hoja en blanco. Todos aquellos pensamientos que tenía al principio de mi embarazo, sobre lo de que el bebé era un monstruo, ¿debió de percibirlos ella cuando estaba en mi vientre? Intenté concentrarme en los recuerdos felices que tenía de ella, en lugar de pensar sólo en cómo murió, pero mi cerebro se negaba a colaborar, rememorando una y otra vez aquella noche. Al final me levanté y me preparé una taza de té. La maldita hoja de papel y el bolígrafo siguen ahí encima de la mesa. Tengo la sensación de que no basta con un «lo siento».

Los primeros días después de nuestra última sesión, no hacía otra cosa más que llorar. No me hacía falta ningún motivo en concreto para que me entrara la llorera. Emma y yo podíamos estar paseando por el bosque cuando, de repente, el dolor me asestaba tal golpe que me obligaba a doblarme sobre mi estómago, impidiéndome respirar. Durante uno de nuestros paseos, me pareció oír el llanto de un bebé, pero cuando corrí sendero arriba, vi que era una cría de cuervo en la rama de un abeto. Acto seguido, me hinqué de rodillas en mitad del sendero, clavando las uñas en el suelo, un torrente de lágrimas anegando la tierra que me rodeaba, mientras Emma trataba de acercarme el hocico al cuello y lavarme la cara a lametones.

Como compitiendo en una carrera con mi dolor, eché a correr en dirección a casa, y la sensación de pisar la tierra con movimiento firme me pareció sólida y reconfortante. El tintineo del collar de Emma corriendo delante de mí me trajo recuerdos de otros tiempos, cuando salíamos juntas a correr por las mañanas, otra cosa que había olvidado que me gustaba. Ahora salgo a correr todos los días. Corro hasta tener todo el cuerpo empapado en sudor, sin concentrar el pensamiento en nada más que no sea mi respiración.

Luke me llamó una semana después de nuestra última sesión; antes me dejaba mensajes diciéndome que lo llamase si me apetecía, pero yo no se los devolvía. Al fin renunció a dejarme mensajes, pero seguía llamando al menos cada dos semanas a pesar de que yo nunca respondía al teléfono. Hacía ya casi un mes desde su última llamada, justo antes de que lo viera con aquella chica, y no creía que fuese a intentar llamarme de nuevo.

Cuando sonó el teléfono, estaba abajo, en el cuarto de la lavadora, y tuve que correr para buscar el inalámbrico. En cuanto vi su número, mi corazón, que ya estaba acelerado, se aceleró aún más, y estuve a punto de devolver el auricular a su sitio, pero pulsé al botón de hablar y oí su «¿Hola?» antes de saber lo que hacía. Luego no me di cuenta de que no le había contestado hasta que lo oí decir:

—¿Annie?

—Hola.

—Has contestado. No sabía si me ibas a…

Hizo una pausa y supe que yo debería decir algo, alguna frase que sonase amigable, algo que quisiese decir: «Me alegro de que hayas llamado».

—Estaba haciendo la colada.

Joder… Para eso, más me valía haberle dicho que estaba en el baño.

—¿Te he interrumpido?

—No… quiero decir, sí, pero no pasa nada. Puede esperar.

—Te vi hace unas semanas y quise llamarte entonces, pero no sabía si querías que lo hiciera o no.

—¿Me viste?

—Estabas saliendo del supermercado. Intenté alcanzarte, pero ibas demasiado rápido.

Me ardía la cara. Mierda… Me había visto saliendo de la tienda.

Esperé a que dijese algo sobre la chica, pero como no decía nada, exclamé:

—¿Ah, sí? Pues yo no te vi. Paré un momento a comprar una cosa, pero no la tenían.

Los dos nos quedamos en silencio unos instantes, y luego dijo:

—Bueno, ¿y qué tal te va últimamente? Siempre acostumbro a observar por si veo tus carteles en el jardín de alguna casa.

Resistí la tentación de ser mala y contestarle que el último cartel que había clavado en el jardín de alguien había sido en la casa donde me habían raptado. Sabía que no lo había dicho con mala intención.

—Pues creo que tendrás que esperar una buena temporada.

—Echo de menos ir por ahí con el coche y verlos; tus tréboles de cuatro hojas siempre me hacían sonreír.

Y yo que me había creído tan lista incorporando tréboles de cuatro hojas a mis carteles, mis tarjetas de visita y hasta en la puerta de mi coche… Mi lema distintivo era: «Annie O’Sullivan: la suerte de los irlandeses». La suerte era la base de toda mi puta campaña de marketing. A eso lo llamo yo ironía.

—Tal vez algún día. O tal vez me dedique a otra cosa.

Como tirarme por un puente.

—Tendrás éxito hagas lo que hagas, pero si alguna vez vuelves a dedicarte al negocio inmobiliario, no tardarás nada en llegar de nuevo a la cima. Se te daba de fábula.

No tan bien como a mí me habría gustado, no tan bien como mi madre creía que debería haberlo hecho: durante todo el tiempo que había trabajado en el sector inmobiliario, mi madre se dedicaba a enseñarme los anuncios de los otros agentes y a preguntarme por qué no me había quedado yo con tal propiedad o tal otra. Y no se me daba tan bien como a Christina, que era una de las principales razones por las que me había dedicado a aquello, para empezar. Después del instituto, había tenido una serie de trabajillos de mierda —camarera, cajera, secretaria—, pero luego me había salido uno que me gustaba de verdad, trabajando en la parte técnica de un periódico, en la creación del diseño de anuncios. Pero me pagaban una miseria, y para cuando estaba a punto de cumplir los treinta, ya estaba harta de no tener nunca dinero, sobre todo viendo que Christina y Tamara ganaban una fortuna, cosa que mi madre siempre se encargaba de sacar a relucir, y… ¡qué narices! Yo también quería conducir un buen coche.

—He estado yendo al psicólogo.

Joder, primero la colada y ahora la terapia… lo único que quería era dejar de hablar del tema de la inmobiliaria.

—¡Eso es genial!

Sí, ahora ya puedo ir a mear con más asiduidad durante el día, y comer cuando tengo hambre, y hasta que me tocó hablar de mi hija muerta, había conseguido reducir eso de encerrarme a dormir en el armario a un par de veces por semana. ¿A que era genial? Pero me tragué mis amargos comentarios; el pobre sólo estaba tratando de ser amable, y además, ¿a quién coño quería engañar? Lo cierto es que necesitaba un psicólogo.

—¿Sigues ahí? —Y entonces, dando un suspiro, añadió—: Mierda… lo siento, Annie. No hago más que decir cosas que no debo, ¿verdad?

—No, no, si no eres tú… Es sólo… bueno, ya sabes… cosas mías. Bueno, y ¿cómo te van las cosas en el restaurante?

—Hemos variado la carta. Deberías venir alguna vez, ¿te apetecería? A los clientes parece gustarle.

Estuvimos charlando un rato sobre el restaurante, pero era como mantener una de nuestras viejas conversaciones a través de uno de esos laberintos con espejos de los parques de atracciones: todo estaba distorsionado, y ninguno de los dos sabía qué puerta era la correcta. Yo abrí una que no era segura.

—Luke, nunca te lo he dicho, y sé que debería haberlo hecho antes, pero de verdad lamento mucho cómo me comporté contigo la primera vez que viniste a verme al hospital. Es que…

—Annie.

—El tipo que me secuestró… me dijo cosas, y yo…

—Annie…

—Yo no supe la verdad hasta más tarde.

Cuando seguí negándome a ver a Luke, mamá quiso saber por qué. Luego me dijo que Luke no sólo no tenía ninguna novia nueva, sino que había estado organizando recaudaciones de fondos en su restaurante para financiar las partidas de búsqueda hasta una semana antes de mi regreso. Mi madre también me contó que la policía había estado interrogándolo varios días, pero él demostró que estaba en el restaurante cuando se produjo el secuestro. Me dijo que incluso después de que lo soltaran, mucha gente siguió tratándolo aún como si hubiera tenido algo que ver con todo aquello.

Recordé mi reacción cuando el Animal me dijo que Luke había pasado página y había empezado a salir con otra chica… cuando en realidad había sido acusado de hacerme daño y luego había seguido intentando encontrarme incansablemente. Lo menos que podía hacer era acceder a que fuera a visitarme.

—Pero entonces monté todo aquel jaleo con tu visita —dije.

—¡Annie! Chsss… No pasa nada, no tienes por qué hacer esto…

Pero lo hice.

—Y luego, cuando viniste a casa de mamá…

Ni siquiera sé por dónde empezar a explicar lo que pasó ese día. Sólo hacía dos semanas que me habían dado el alta en el hospital, estaba dormitando en mi vieja habitación en casa de mi madre cuando oí voces en la cocina y salí para pedirles a ella y a Wayne que no hicieran tanto ruido.

Mamá estaba de espaldas a mí delante de la cocina, con una enorme cazuela al fuego, frente a ella, y un hombre a su lado. El hombre, que también me daba la espalda, se inclinó para que ella le diera a probar algo con un cucharón. Empecé a retroceder para salir de la cocina, pero el suelo emitió un crujido. Luke se volvió.

Oí a mamá decir a lo lejos:

—¡Caramba, te levantas justo a tiempo! Luke estaba probando mis espaguetis Surprise, y quiere la receta para su restaurante, pero yo le he dicho que, si la quiere, tendrá que ponerles mi nombre. —Su risa bronca inundó el aire ya espeso con orégano, albahaca, salsa de tomate y tensión.

La expresión sincera de Luke era uno de los rasgos que más me gustaban de él, y en esos momentos tenía la cara completamente pálida, de la impresión. Me había visto en el hospital, y estoy segura de que había visto mi foto en los periódicos, pero había perdido más peso y seguramente, con el viejo chándal de Wayne aún parecía más flaca de lo que estaba. Tenía unas profundas ojeras y no me había lavado ni cepillado el pelo en varios días. Naturalmente, Luke estaba aún más guapo de lo que recordaba, y su camiseta blanca le resaltaba el bronceado de los antebrazos y le marcaba los pectorales. El pelo oscuro, que llevaba más largo que cuando me secuestraron y perfectamente despeinado, le relucía bajo la luz brillante de la cocina.

—Te he traído flores, Annie. —Gesticuló con la mano en dirección a un jarrón que había en la encimera, lleno de rosas. Rosas de color rosa, nada menos.

—Te las he puesto en agua, Annie tesoro.

Mamá examinaba las rosas entrecerrando los ojos… sólo un poco, no lo suficiente para que alguien más lo notara, pero conozco a mi madre. Las estaba comparando con sus propias rosas y no daban la talla.

—Gracias, Luke —dije—. Son muy bonitas.

Durante unos segundos que se me hicieron eternos, el único ruido que se oía en la cocina era el chup-chup de la salsa, luego apareció Wayne, con su aire arrogante, y le dio una palmada a Luke en la espalda.

—¡Luke! ¡Cuánto me alegro de verte, hombre! ¿Te quedas a cenar?

Mamá, Wayne y yo miramos a Luke y sus mejillas se tiñeron de rojo. Me miró y dijo:

—Si Annie…

—Pues claro que Annie quiere que te quedes a cenar —dijo Wayne—. Joder, a esta chica no le vendría mal tener amigos en casa. —Antes de que pudiera decir algo en uno u otro sentido, Wayne lo tenía rodeado por los hombros y lo estaba dirigiendo hacia el salón—. Quería que me dieras tu opinión con respecto a un asunto…

Mi madre y yo nos quedamos mirándonos la una a la otra.

—Podrías haberme avisado de que estaba aquí, mamá.

—¿Y cuándo se supone que iba a hacerlo? Nunca sales de tu habitación. —Se tambaleó ligeramente y apoyó una mano en la encimera.

Y entonces me percaté: mamá no tenía la cara sonrosada sólo del calor de la cocina. Tenía los párpados ligeramente caídos, y uno —el derecho, como siempre— más caído que el otro, además. Mi mirada encontró lo que buscaba detrás del recipiente para la pasta pero al alcance de la mano, un vaso que sabía que contenía vodka.

Ya me había dado cuenta de que la predilección de mamá por lo «borroso» parecía haber alcanzado cotas nuevas en mi ausencia. Apenas llevaba un par de días en su casa, asomé la cabeza fuera de mi dormitorio cuando me pareció oler que algo se quemaba. Descubrí una bandeja de lo que supuse eran galletas de mantequilla de cacahuete en el horno y a mamá traspuesta delante del televisor, donde estaban emitiendo una reposición de una entrevista conmigo, una que me habían hecho cuando acababa de salir del hospital y no debería haber hablado con nadie. Tenía la cara vuelta hacia un lado para que el pelo me cayera y me protegiera de la cámara. Apagué el televisor.

Llevaba la bata rosa —o, tal como ella la llamaba, en un francés pésimo, el peignoir— entreabierta, dejando al descubierto la piel de su cuello y la porción superior de sus pechos menudos. Advertí que su piel, siempre motivo de orgullo y satisfacción para ella —aunque lo cierto es que no había demasiadas partes de su cuerpo que no constituyeran un motivo de orgullo y satisfacción para ella— había empezado a arrugarse. Sujetaba con la mano una botella de vodka, el primer indicio para mí de que las cosas habían cambiado: hasta entonces, al menos siempre solía mezclarlo con algo. Debía de haberse quedado dormida, porque el cigarrillo que sostenía entre sus labios carnosos aún estaba encendido. La ceniza de la punta medía más de dos centímetros, y mientras yo la miraba, tembló un instante, cayó y aterrizó en su pecho desnudo. Hipnotizada por el ascua del cigarrillo, cada vez más cerca de sus labios, me pregunté si llegaría a despertarse siquiera cuando empezara a quemarle, pero se lo quité con delicadeza. Sin tocarla, me incliné y le quité la ceniza de un soplo, y luego tiré las galletas a la basura y me volví a la cama. Supuse que iría perdiendo el hábito conforme hiciese más tiempo que había vuelto a casa.

En ese momento, de pie en su cocina, siguió mi mirada hasta la copa y se desplazó un palmo para esconderla con su cuerpo. Con la mirada me desafiaba a que le dijese algo.

—Tienes razón. Perdona.

Era más fácil darle la razón, simplemente.

Sin que se me ocurriera modo alguno de salir airosa de aquella situación, no tardé en verme llevando la cena a la mesa al tiempo que trataba de evitar la mirada de Luke. Extendió las manos para recoger un tazón de sopa que le ofrecía yo y recordé aquellas mismas manos recorriendo mi cuerpo, luego recordé las manos del Animal recorriendo mi cuerpo, y se me cayó el tazón de sopa. Los rápidos reflejos de Luke lo atraparon justo antes de que cayera en la mesa, pero no antes de que mamá lo advirtiera.

—¿Estás bien, Annie tesoro?

Asentí, pero no estaba bien, ni de lejos. Me senté enfrente de Luke y empecé a empujar la pasta de mi plato hacia los lados. Estaba demasiado pendiente del tictac del reloj de mi cabeza, que me decía que no me estaba permitido comer a esa hora, y mi estómago vacío se cerró en banda.

Durante la cena, mi padrastro estaba intentando explicarle a Luke su última idea para un posible negocio cuando mi madre lo interrumpió para preguntar a Luke si había notado que le había echado perejil fresco al pan de ajo que ella misma había horneado. Ah, y ¿le había dicho ya que el perejil lo cultivaba ella misma en su jardín? Wayne logró inserir un par de frases más y luego hizo una pausa para tomar un bocado. Mamá había cogido la directa. Explicó los pasos esenciales para crear la salsa de espaguetis perfecta, que por lo visto, incluían tocar el brazo de Luke cada veinte segundos y sonreírle para animarlo a continuar cada vez que hacía una pregunta.

Cuando los platos de los demás estuvieron vacíos, se hizo una pausa en la conversación mientras todos se concentraban en el mío, que aún estaba lleno. A continuación, Wayne dijo:

—Annie está ya mucho mejor.

Mamá, Luke y yo nos lo quedamos mirando y pensé: «¿Comparado con cuándo?».

—Lorraine, estaban exquisitos. Y tienes razón, los nuestros en el restaurante no tienen punto de comparación —comentó Luke.

Mi madre le dio un golpecito en el brazo y dijo:

—Ya te lo había dicho, ¿no? Y si te portas bien tal vez te enseñe alguno de mis trucos.

Otra risa ronca.

—Sería un honor para mí que compartieses conmigo tu receta, pero ahora me gustaría estar unos minutos a solas con Annie, si os parece bien.

Se volvió hacia mí, pero la idea de quedarme a solas con Luke me había helado la sangre en las venas y, al parecer, también en los labios, porque por mucho que quisiese, no conseguían articular las palabras: «No, no me parece bien. No me parece nada bien».

No era yo la única a quien la propuesta había pillado por sorpresa. Mamá y Wayne levantaron la cabeza al unísono, como un par de marionetas de cuerda. Mi madre tenía la mano apoyada en el brazo de Luke, y la retiró como si acabara de quemarse.

—Bueno, en ese caso, supongo que ya puedo empezar a despejar un poco la cocina.

Cuando nadie hizo nada por detenerla, retiró su silla hacia atrás con tanta fuerza que hizo un arañazo en el suelo de linóleo, y se llevó un par de platos. Wayne se levantó para ayudarla, y cuando ya estaban en la cocina, lo oí decir algo acerca de dejar cierta intimidad a los jóvenes mientras él y mi madre salían al porche a fumar un cigarrillo. Por el tono lánguido de la respuesta de ella, la idea no parecía hacerle mucha gracia, pero al poco oí abrirse y cerrarse la puerta de la cocina y los pasos de ambos en el porche de fuera. Durante una fracción de segundo, mamá asomó la cabeza por la puerta corredera de cristal que comunicaba el comedor con la terraza del porche, pero cuando la vi, se escondió enseguida.

Seguí enredando los espaguetis en mi tenedor. Luego, Luke me dio un golpe en el pie por debajo de la mesa y se aclaró la garganta. Se me cayó el tenedor en el plato con un ruido metálico, y la salpicadura de la salsa de tomate me manchó entera y, lo que era aún peor, le manchó a él la camisa blanca como si fuera un reguero de sangre.

Me levanté de un salto a por un trozo de papel de cocina, pero Luke se me adelantó y me sujetó de las manos.

—Sólo es salsa de espagueti. —Me quedé mirando sus manos, alrededor de mis brazos, y luego intenté zafarme de él. Me los soltó al instante—. Mierda. Lo siento, Annie.

Me froté los brazos con las manos.

—¿Es que no puedo tocarte en absoluto?

Me puse a pestañear desesperadamente para contener las lágrimas, pero no pude evitar que una de ellas se me escapara cuando vi el brillo de la respuesta a esa pregunta en sus propios ojos. Volví a sentarme de golpe.

—No puedo. Todavía no…

Su mirada suplicante me imploraba que me sincerase con él, que compartiese con él mis sentimientos como había hecho siempre, pero no podía.

—Lo único que quiero es ayudarte a superar todo esto, Annie… me siento tan increíblemente inútil… ¿Es que no hay nada que pueda hacer por ti?

—¡No!

La palabra salió disparada llena de rabia y rencor, y su rostro se estremeció como si le hubiese pegado. Él no podía hacer nada, nadie podía hacer nada. Ser consciente de eso era lo que me hacía odiarlo en ese preciso instante, y odiarme a mí misma por sentirme así un instante después.

Sus labios esbozaron una sonrisa amarga. Negó con la cabeza y dijo:

—Soy un auténtico idiota, ¿verdad? Creía que si hablábamos, entonces entendería…

Víctima de mi propio dolor, sólo quería hacer daño.

—Tú no puedes entenderlo. Nunca podras entenderlo.

—No, tienes razón. Seguramente no puedo entenderlo, pero quiero intentarlo.

—Y yo sólo quiero que me dejéis en paz.

Mis palabras quedaron suspendidas en el aire como moscas alrededor de los restos de la que había sido nuestra relación. Tras asentir con la cabeza, se levantó. Por dentro, quise gritar: «Lo siento. Olvida lo que he dicho. No lo decía en serio. Por favor, quédate».

Pero él ya había abierto la puerta corredera de cristal. Estaba dándole las gracias a mi madre por la cena, excusándose porque tenía que volver al restaurante y que se aseguraría de conseguir esa receta, mostrándose tan cortés. Tan cortés. Mientras yo seguía ahí sentada, roja como la grana de vergüenza, lamentándome.

Luego se detuvo un momento en la puerta y, con la mano en el pomo, se volvió y dijo:

—Lo siento mucho, Annie.

La sinceridad de su voz me dolió muy adentro, en recovecos que creía ya tan llenos de dolor que no sabía que cupiese más dolor aún, y le di la espalda, le di la espalda a su belleza y su amabilidad, y me fui pasillo abajo, pasando por su lado, sin dignarme siquiera mirarlo a los ojos. Desde mi dormitorio, oí el ruido de la puerta principal al cerrarse y de su camioneta al arrancar y alejarse. Ni siquiera rápidamente, llena de ira como habría hecho yo, sino despacio. Con tristeza.

Y en esos momentos, meses más tarde, me interrumpió por teléfono y dijo:

—Por favor, Annie, déjalo. No me debes ninguna disculpa, a mí menos que a nadie. Lo fastidié todo. No debería haber aparecido así, sin más. Te presioné. He estado maldiciéndome por ello todo este tiempo. Por eso no he dejado de llamarte, porque sabía que estarías culpándote a ti misma.

—Te dije cosas horribles. Fui muy mala contigo.

—Tenías todo el derecho, fui un capullo insensible. Por eso he intentado mantenerme a distancia, pero a lo mejor todavía no estás preparada para hablar conmigo. No me enfadaré si es así. Te lo prometo.

Eso era lo que nos decíamos siempre; él me decía «te quiero» y yo, reacia todavía a decírselo a él también a pesar de que ya llevábamos un año juntos, le contestaba: «¿Me lo prometes?».

—Sí quiero hablar contigo, pero no puedo hablar de lo que pasó.

—No tienes que hacerlo. ¿Qué tal si te voy llamando de vez en cuando y, si te apetece, respondes al teléfono y hablamos de lo que quieras? ¿Te parece eso bien? No quiero presionarte, como antes.

—Eso me parece bien. Quiero decir que lo intentaré, que quiero intentarlo. Empiezo a estar un poco cansada de hablar sólo con mi psicóloga y con Emma.

Su risa suave quebró la tensión.

Después de eso estuvimos hablando de Emma y de Diesel, su labrador negro, un buen rato. Al final, dijo:

—Te llamo dentro de unos días, ¿de acuerdo?

—No te sientas obligado a llamarme.

—No me siento obligado. Y tú no te sientas obligada a contestar cuando te llame.

—No me sentiré obligada.

Me llamó al día siguiente y otra vez a principios de esta semana, doctora, y sólo hemos charlado de cosas intrascendentes, sobre todo del restaurante y de nuestros perros, pero todavía no sé cómo me siento al respecto. Me gusta, pero a veces siento rabia hacia él. ¿Cómo puede ser todavía tan bueno conmigo? No me lo merezco. Ese hombre no es normal. Su bondad misma me hace quererlo y odiarlo al mismo tiempo. Quiero odiarlo.

Soy como una herida que alguien acaba de coser, y cada vez que hablamos, se saltan los puntos, la herida se reabre y yo tengo que volver a coserla.

Y para colmo, su amabilidad conmigo me hace sentirme aún más estúpida, porque mi mayor temor ante la idea de volver a verlo de nuevo es que intente tocarme. Sólo de pensarlo empiezo a sudar de puro pánico. ¿Y que tenga esta reacción con Luke, precisamente…? Luke, que es capaz de sacar arañas del fregadero y llevarlas a la calle sólo para no matarlas… Es completamente absurdo. Si no puedo ser capaz de sentirme cómoda al lado de una persona como Luke, entonces es que estoy oficialmente para que me encierren. Para eso, más vale que haga una maleta con todas mis cosas y me vaya derecha a la suite más cara que tengan en Chez Manicomio.