Sábado, 31 de agosto de 2013
60 kg (¡aún! Milagro); novios: 0; hijos: 2 (preciosos); amigos: montones; vacaciones: 3 (contando la escapada); trabajos de guionista: 0; posibilidad de trabajar de guionista (escasa); días que quedan para que empiece el colegio: 4; sustos importantes: 1.
Ha sido un verano genial. Llamé a Brian el representante y le pedí que me librara de Las hojas en su pelo, y él se rió y repuso: «¡Por fin! ¿Cómo es que has tardado tanto?» Brian cree que deberíamos probar con una idea nueva que tengo para un guión: El tiempo se detiene aquí, que es una actualización de Al faro, de Virginia Woolf, sólo que con un poco más de «estructura» y ambientada en un antiguo faro y en un complejo vacacional de casitas de guardacostas sacado del folleto Refugios rústicos. En mi versión, la señora Ramsay tiene una aventura con un amigo de su hijo James.
Magda y Jeremy nos invitaron a pasar una semana en la isla de Paxos, donde tenían montones de amigos con niños; y Woney, que se ha hecho una liposucción, iba pavoneándose por ahí con trajes de baño de colores vivos y pareos a juego, moviendo las extensiones del pelo y asustando a Cosmo. Y aunque Rebecca y los niños estaban fuera acompañando a Jake en una gira, quedamos para jugar con Jeremiah y su madre, y con Farzia y Bikram, y con Cosmata y Thelonius. E intentamos hacer algo en el jardín, que consistió en plantar tres begonias.
Fuimos a pasar tres noches con mi madre en una casita junto al mar en Devon, y nos lo pasamos fenomenal. Ahora mi madre viene mucho por casa para cocinar y disfrutar de Billy y de Mabel, y ya no critica mi forma de llevar las cosas y de educar a los niños, así que estamos todos encantados. Y de vez en cuando se los lleva para que duerman con ella, y a ellos les encanta, aunque esto llega un poco tarde, porque, ahora que la casa está vacía, no tengo a nadie a quien tirarme.
Pero intento ser como un gran árbol, y coger la vara con lo de Roxster —¡el amor que no pudo seeeeeeeeer!, como lo llaman dramáticamente Tom y Arkis—, y alegrarme de que, aunque nadie me quiera o vuelva a echarme un polvo en la vida, al menos sé que no es algo imposible.
Ahora, sin embargo, intento enfrentarme a la creciente inquietud de la vuelta al colegio: deberes distintos que probablemente escapen a mis capacidades, días diferentes de actividades escolares y espinilleras. Y, lo más inquietante, me sorprendo recordando todos mis encuentros con el señor Wallaker —el árbol, la nieve, el día de las competiciones, el bótox, el concierto, todos sus intentos de ser agradable conmigo—, y me siento superficial, y creo que quizá no intentara hacer que me sintiese idiota. Puede que se preocupara de verdad. PERO ESTABA CASADO, JODER, aunque fuera con una señora borracha a la que se le había ido la mano con la cirugía plástica. Tenía hijos. ¿En qué estaba pensando cuando casi me besó y me dejó hecha un lío? Y le eché la bronca, y él me vio con Roxster, y piensa que soy una cougar superficial que compra condones y tiene sífilis, y ahora tendremos que vernos a diario en el colegio.
16.00. Acabo de pasarme a ver a Rebecca, que ha vuelto de la gira, y le he soltado lo de la confusión con el señor Wallaker, y el concierto del colegio, y el parque.
—Mmm… —ha replicado—. Nada de eso tiene sentido. Él no tiene sentido. ¿Tienes una foto? ¿Más información?
Me he puesto a buscar en el móvil y he encontrado una foto del concierto, del señor Wallaker acompañando a Billy al piano.
Me he quedado mirando mientras Rebecca escrutaba la foto frunciendo un tanto el ceño. Luego ha examinado alguna más.
—Esto es Capthorpe House, ¿no? Ese sitio donde se celebran festivales y cosas por el estilo.
—Sí.
—Sé exactamente quién es. No es profesor.
La he mirado consternada. Ay, Dios, era un tío raro.
—¿Toca un poco el piano, jazz?
He asentido.
Rebecca se ha acercado al armario —descolocándose un poco la parra de jardín de plástico que llevaba en el pelo— y ha sacado una botella de vino tinto.
—Se llama Scott. Fue a la universidad con Jake.
—¿Es músico?
—No. Sí. No. —Me ha mirado—. La música es un pasatiempo. Se metió en el SAS.
¡El Servicio Aéreo Especial! ¡Era James Bond! Aquello lo explicaba todo: el «¡Uno, dos, uno, dos!», lo de Billy saltando del árbol y echando a rodar, el reflejo al oír la pistola el día de las competiciones. Bond.
—¿Cuándo empezó en el colegio?
—El año pasado. ¿En diciembre?
—Estoy segura de que es él. Fue a la academia militar de Sandhurst y pasó mucho tiempo en el extranjero, pero Jake y él siguieron en contacto… aunque no con asiduidad, son hombres, ya sabes. Jake se topó con él hace unos meses. Había estado en Afganistán y le había pasado algo chungo. Dijo que había vuelto y que procuraba «no complicarse la vida». —Rebecca se echó a reír de pronto—. ¿Cree que dar clases en un colegio privado de Londres es «no complicarse la vida»? ¿Ha visto tus «cuadrantes»?
—Y ¿está casado?
—No, si es él. Tiene dos hijos, eso sí, en un internado. Estuvo casado, pero ya no. Su mujer era una pesadilla.
—¿Está muy operada…?
—Ajá. Acabó siendo una manirrota de cuidado: ropa, almuerzos benéficos, todas esas gilipolleces… Es la reina absoluta de la cirugía plástica. Cuando él se fue al extranjero, ella empezó a acostarse con su entrenador personal, solicitó el divorcio e intentó desplumarlo. Ese sitio, Capthorpe Hall, es el caserón familiar. Creo que es posible que haya intentado volver con él ahora que se parece a la novia de Wildenstein. Le preguntaré a Jake. La próxima vez que lo vea.