3

Pasó una noche entera antes de que él la volviera a ver. Alexandr se despertó, y allí estaba ella, sentada a su lado. Se miraron el uno al otro.

—Shura, no empieces. No te enfades conmigo.

—Oh, Dios mío —exclamó Alexandr—. Eres implacable.

—Implacablemente casada —afirmó Tatiana, en voz baja.

—No. Sólo implacable.

Tatiana se inclinó sobre su marido.

—Implacablemente enamorada. Me necesitabas y vine.

—No te necesitaba aquí —protestó Alexandr—. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Necesito que estés segura.

—¿Y quién se encargará de que tú estés seguro? —Cogió la mano de su marido entre las suyas, con una sonrisa. Después de mirar a un lado y al otro para comprobar que no hubiera ningún médico o enfermera a la vista, le besó la mano y la apoyó contra su rostro—. Te pondrás bueno del todo, grandullón. Sólo tienes que aguantar.

—Tania, en cuanto salga de aquí, pediré el divorcio. —No estaba dispuesto a soltarle la cara por nada en el mundo.

—Lo lamento mucho, pero no podrás —afirmó Tatiana—. ¿No querías una alianza con Dios? Pues la tienes.

—Tatiasha…

—¿Sí, cariño, sí, Shura? Me hace tan feliz escuchar tu voz, escuchar tus palabras…

—Dime la verdad. ¿Estuve grave?

—No diría tanto —contestó Tatiana con una sonrisa, pero con el rostro muy pálido.

—¿En qué estaría pensando cuando fui a socorrer a Marazov? Tendría que haber dejado que sus hombres se ocuparan de él. Pero se habían quedado pasmados. No avanzaban, ni tampoco lo traían de vuelta. —Hizo una pausa—. Pobre Tolia.

—Recé una oración por Tolia —le dijo Tatiana, sin dejar de sonreír, aunque en sus ojos había una expresión de pena.

—¿También rezaste una por mí?

—No, porque tú no ibas a morir. Recé por mí. Rogué: «Dios, por favor, ayúdame a curarlo». —Le apretó la mano—. Alexandr, tú no podías evitar ir en ayuda de Marazov, de la misma manera que no pudiste evitar gritarle en inglés al médico, lanzarte al agua y arrastrarlo hasta el camión blindado. No pudiste evitarlo de la misma manera que no dejaste de ir a buscar a Yuri Stepanov. Recuerda, Shura, que todos somos la suma de nuestras partes. ¿Qué dicen de ti tus partes?

—Que soy un maldito loco. Siento como si tuviera fuego en la espalda. —Sonrió—. ¿Son los cortes, Tania?

—Te quemaste —respondió Tatiana, que vaciló un segundo—. Pero te curarás. —Apretó la mano de su marido contra su rostro—. Dime la verdad, dime que no estás feliz de verme.

—Lo diría, pero sería una mentira. —Le acarició las pecas, mientras la miraba sin parpadear.

Tatiana sacó una ampolla de morfina y la añadió a la bolsa de suero.

—¿Qué haces?

—Es una dosis de morfina para que no te duela la espalda.

El comandante se sintió mejor en cuestión de segundos. Tatiana volvió a apoyarse en su mano.

Alexandr no dejaba de mirarla. Tatiana irradiaba una tibieza evanescente pero duradera por todos los poros; su presencia, la sensación de su piel satinada en la palma de la mano hacía que no le doliera tanto la espalda. El brillo de sus ojos, las mejillas arreboladas, sus preciosos labios entreabiertos. Alexandr la miró, con los ojos bien abiertos, el alma bien abierta, su corazón henchido de amor.

—Eres un ángel venido del cielo, ¿verdad?

Una sonrisa eléctrica iluminó el rostro de la muchacha.

—Y ni siquiera sabes la mitad de la historia —susurró—. No tienes idea de las cosas que tu Tania ha imaginado. —Estaba tan feliz y orgullosa, que casi gritó de deleite.

—¿Qué has estado imaginando? No, no te levantes. Quiero sentir tu rostro.

—Shura, no puedo. Estoy casi encima de ti. Debemos ser cuidadosos. —La sonrisa se borró un poco—. Dimitri aparece por aquí continuamente. Entra, sale, pregunta como estás, se marcha, vuelve. ¿Por qué se preocupa tanto? Se sorprendió mucho al verme aquí.

—No fue el único. ¿Cómo llegaste aquí?

—Todo forma parte de mi plan, Alexandr.

—¿Qué plan es ese, Tatiana?

—Estar contigo cuando muera de vieja —susurró ella.

—Ah, ese plan.

—Shura, tengo que hablar contigo. Necesito hablar contigo cuando estés lúcido. Necesito que me escuches con toda tu atención.

—Dímelo ahora.

—Ahora no puedo. Dije cuando estés lúcido. —Sonrió—. Además, ahora tengo que irme. Estuve sentada aquí una hora, esperando a que te despertaras. Volveré mañana. —Echó una ojeada a la cama—. Conseguí que te pusieran en este rincón, para que tuvieras una pared a un lado, y un poco de intimidad. —Señaló la ventana—. Sé que está un poco alta, pero se ve un trozo de cielo y dos árboles. Creo que son pinos boreales. Pinos, Shura.

—Pinos, Tania.

—El hombre que tienes al costado está ciego y sordo. —Tatiana se levantó—. Incluso sería un milagro que pudiera hablar. —Sonrió—. Además, está metido en una tienda con oxígeno para que respire mejor. Yo misma instalé la tienda para ayudarlo, pero al mismo tiempo, te oculta de la mitad de la sala. Casi dispones de más intimidad que en Quinto Soviet.

—Por cierto, ¿cómo está Inga?

Tatiana se mordió el labio inferior.

—Inga ya no está en el apartamento de Quinto Soviet.

—Ah, ¿finalmente se ha mudado?

—Sí —dijo Tatiana—. La mudaron.

Se miraron el uno al otro, y asintieron al unísono. Alexandr cerró los ojos. No quería, no podía dejar que se fuera.

—Tania, ¿es verdad que te lanzaste a cruzar el hielo? ¿Te arrastraste por el hielo, en medio de la feroz batalla por Leningrado?

Tatiana se inclinó para darle un beso en la mejilla.

—Sí, mi buen valiente soldado de mi corazón. Por Leningrado.

—Tatia —dijo Alexandr, conmovido—. Mañana no esperes una hora para despertarme.