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Regalos de la familia

En el camino de regreso de Nauvoo se detuvieron en Davenport y encontraron a su madre sentada en medio de cajas y embalajes sin abrir, en la pequeña rectoría de ladrillos que se encontraba cerca de la iglesia baptista. Lucian ya había salido a hacer sus visitas pastorales. Chamán vio que Sarah tenía los ojos enrojecidos.

—¿Ocurre algo, mamá?

—No. Lucian es un hombre muy bueno y nos adoramos. Y es aquí donde quiero estar, pero… es un cambio muy grande. Todo es nuevo y me asusta, y yo soy una tonta.

Pero se sentía feliz de ver a sus hijos.

Volvió a llorar cuando le contaron lo de Alden. Parecía que no podría parar.

—Lloro por Alden y también porque me siento culpable —dijo cuando intentaron consolarla—. Nunca me cayó bien Makwa-ikwa, y no fui amable con ella. Pero…

—Creo que sé cómo animarte —intervino Alex.

Empezó a abrir las cajas, y Chamán lo ayudó.

Al cabo de unos minutos, Sarah se unió a ellos en la tarea.

—¡Ni siquiera sabéis dónde guardaré las cosas!

Mientras abrían cajas, Alex le habló de su decisión de estudiar medicina, y Sarah respondió con admiración y placer.

—Eso habría hecho muy feliz a Rob J.

Les enseñó la pequeña casa. El escaso mobiliario estaba un poco estropeado.

—Le pediré a Lucian que lleve algunos muebles al granero y traeremos algunas cosas mías de Holden’s Crossing.

Preparó café y lo sirvió con tarta de manzana que le había llevado una de «sus» señoras de la iglesia. Mientras la comían, Chamán garabateó algunos números en el dorso de una factura vieja.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Sarah.

—Tengo una idea. —Los miró, sin saber cómo empezar, y simplemente planteó la pregunta—: ¿Qué os parecería donar veinte acres de nuestras tierras al nuevo hospital?

Alex estaba a punto de dar un bocado de tarta, y detuvo el tenedor a mitad de camino y dijo algo. Chamán le bajó el tenedor con la mano, para poder ver los labios de su hermano.

—¿Una dieciseisava parte de toda la granja? —preguntó Alex incrédulo.

—Según mis cálculos, si donáramos esa tierra el hospital podría tener treinta camas en lugar de veinticinco.

—Pero Chamán…, ¿veinte acres?

—Hemos reducido el rebaño. Y quedaría un montón de tierra para la granja, incluso si alguna vez quisiéramos volver a tener más animales.

Su madre frunció el ceño.

—Tendrías que tener cuidado de no instalar el hospital demasiado cerca de la casa.

Chamán lanzó un suspiro.

—La casa está en los veinte acres que le daríamos al hospital. Podría tener su propio muelle en el rio, y un derecho de paso por el camino.

Ellos se limitaron a mirarlo.

—Tú ahora vas a vivir aquí —le dijo a su madre—. Yo voy a construir una casa nueva para Rachel y los niños. Y tú estarás fuera durante años —le dijo a Alex—, estudiando y preparándote. Yo convertiría nuestra casa en una clínica, un sitio al que los pacientes que no estén tan enfermos como para ser hospitalizados puedan acudir a consultar a un médico. Allí tendríamos salas suplementarias para hacer reconocimientos, y otras salas de espera. Tal vez el despacho del hospital, y una farmacia. Podríamos llamarla Robert Judson Cole Memorial Clinic.

—Oh, eso me gusta —dijo su madre, y cuando Chamán la miró a los ojos supo que la había convencido.

Alex asintió.

—¿Estás seguro?

—Si —le aseguró Alex.

Era tarde cuando abandonaron la rectoría y cogieron el transbordador que los llevó a la otra orilla del Mississippi. Había caído la noche cuando recogieron el caballo y el carretón del establo de Rock Island, pero conocían a la perfección el camino, y regresaron a casa en medio de la oscuridad. Cuando llegaron a Holden’s Crossing, ya no era hora de hacer ninguna visita al convento de San Francisco de Asís.

Chamán sabía que aquella noche no dormiría, y que iría al convento a primera hora de la mañana. Estaba impaciente por comunicarle la noticia a la madre Miriam Ferocia.

Cinco días más tarde, cuatro topógrafos visitaron la parcela de veinte acres, cargados con teodolitos y cintas métricas de acero. En la zona que se extendía entre los ríos no había ningún arquitecto, pero el contratista de obras con mejor reputación era un hombre llamado Oscar Ericsson, de Rock Island. Chamán y la madre Miriam Ferocia se reunieron con Ericsson y hablaron largo y tendido. El contratista había construido un ayuntamiento y varias iglesias, pero sobre todo había hecho casas y tiendas. Esta era la primera oportunidad que tenía de construir un hospital, y escuchó con atención lo que ellos le decían. Cuando Chamán y la madre Miriam Ferocia estudiaron los croquis que él les mostró, supieron que habían encontrado a su constructor.

Ericsson comenzó levantando un mapa del emplazamiento y sugirió rutas, caminos de entrada y senderos. Habría un sendero entre la clínica y el embarcadero para los barcos de vapor, y pasaría exactamente junto a la cabaña de Alden.

—Será mejor que tú y Billy la desmontéis y hagáis leña con los troncos —le indicó Chamán a Doug Penfield, y empezaron de inmediato.

Cuando llegó el primer equipo de trabajo de Ericsson para limpiar el terreno donde se instalaría el hospital, fue como si la cabaña jamás hubiese existido.

Esa tarde, cuando Chamán iba a hacer sus visitas en el carretón tirado por Boss, vio que un coche de alquiler de los establos de Rock Island avanzaba en dirección opuesta. Junto al conductor viajaba otro hombre, y Chamán los saludó con la mano mientras pasaban. Le llevó sólo unos segundos identificar en su mente al pasajero, e hizo girar a Boss trazando una U cerrada, y se apresuró a adelantarlos.

Cuando los alcanzó, le indicó con la mano al cochero que se detuviera, y bajó enseguida del carretón.

—Jay —lo llamó.

Jason Geiger bajó del coche. Había adelgazado; no era extraño que Chamán no lo hubiera reconocido a primera vista.

—¿Chamán? —dijo—. ¡Dios mío, eres tú!

Jason no llevaba maleta, sólo una bolsa de tela con cuerdas, que Chamán pasó a su carretón.

Jay se echó hacia atrás en el asiento y pareció aspirar el paisaje.

—He echado esto de menos. —Miró el maletín de médico y asintió—. Lillian me escribió contándome que eres médico. No sabes lo orgulloso que me sentí al saberlo. Tu padre debe de haber sentido… —No pudo continuar. Luego añadió—: Yo estaba más unido a tu padre que a mis propios hermanos.

—Él siempre se sintió afortunado de que fueras su amigo.

Geiger asintió.

—¿Te esperan en casa?

—No. Sólo me enteré hace muy pocos días de que regresaba. Las tropas de la Unión entraron en mi hospital con su propio equipo de médicos, y simplemente dijeron que podíamos irnos a casa. Me puse ropa de paisano y cogí un tren. Cuando llegué a Washington, alguien comentó que el cuerpo de Lincoln estaba en la rotonda del Capitolio, y allí fui. Había una multitud impresionante. Estuve en la cola todo el día.

—¿Viste su cadáver?

—Durante unos segundos. Tenía una gran dignidad. Si uno quería detenerse y decirle algo, le hacían avanzar. Se me ocurrió pensar que si algunas de las personas que estaban allí hubieran visto el uniforme gris que llevaba en la bolsa, me habrían hecho pedazos. —Suspiró—. Lincoln habría sido un apaciguador. Supongo que los que están ahora en el poder van a valerse de su asesinato para acabar con el Sur.

Se interrumpió, porque Chamán había hecho girar el caballo y el carretón en el sendero que conducía a casa de los Geiger, y siguió hasta la puerta lateral que solía usar la familia.

—¿Quieres entrar? —le preguntó Jay.

Chamán sacudió la cabeza y sonrió. Esperó mientras Jay cogía la bolsa y subía rígidamente los escalones de la entrada. Era su casa y entró sin llamar, y Chamán hizo chascar la lengua mientras tiraba de las riendas y se alejaba.

Al día siguiente, Chamán terminó de atender a los pacientes en el dispensario y recorrió a pie el Camino Largo hasta la casa de los Geiger.

Cuando llamó a la puerta, Jason salió a abrirle. Chamán observó su expresión y se dio cuenta de que Rachel había hablado con él.

—Entra.

—Gracias, Jay.

Los niños reconocieron la voz de Chamán y llegaron corriendo desde la cocina; Joshua se cogió de una de sus piernas y Hattie de la otra. Lillian llegó corriendo tras ellos y los apartó, al mismo tiempo que saludaba a Chamán con un movimiento de cabeza. Se llevó a los niños a la cocina mientras estos protestaban.

Jay condujo a Chamán hasta la sala y señaló una de las sillas de crin.

Chamán se sentó, en actitud obediente.

—Mis nietos me tienen miedo.

—Aún no te conocen. Lillian y Rachel les han hablado de ti constantemente. El abuelo esto, y Zaydeh aquello. En cuanto logren identificarte con ese abuelo fantástico, cambiarán de actitud. —Se le ocurrió que tal vez en esas circunstancias a Jay Geiger no le gustara ser tratado con aire protector con relación a sus propios nietos, e intentó cambiar de tema—. ¿Dónde está Rachel?

—Salió a caminar. Está… perturbada.

Chamán asintió.

—Te habló de mi.

Jason asintió.

—La he amado toda mi vida. Gracias a Dios, ya no soy un niño… Jay, sé de qué tienes miedo.

—No, Chamán. Con el debido respeto, nunca lo sabrás. Esos dos niños llevan en sus venas la sangre de dos sumos sacerdotes. Deben ser educados como judíos.

—Y así será. Hemos hablado mucho de este tema. Rachel no renunciará a sus creencias. Joshua y Hattie pueden aprender contigo, que eres quien educó a su madre. A mi me gustaría aprender hebreo con ellos. En la escuela lo estudié un poco.

—¿Te convertirás?

—No… En realidad, estoy pensando en convertirme en cuáquero. —Geiger guardó silencio—. Si tu familia estuviera encerrada en una ciudad con tu gente, podrías pretender el tipo de pareja que quieres para tus hijos. Pero tú los has hecho vivir en el mundo.

—Si, asumo la responsabilidad. Ahora debo hacerlos regresar.

Chamán sacudió la cabeza.

—Pero no volverán. No pueden. —Jay no cambió de expresión—. Rachel y yo vamos a casarnos. Y si la herís mortalmente poniendo trapos en los espejos y entonando la oración por los muertos, le pediré que coja a los chicos y nos iremos muy lejos de aquí.

Durante un instante temió los legendarios arranques de ira de Jay, pero este se limitó a asentir.

—Esta mañana me dijo que se marcharía.

Fuiste amigo mi padre. Ayer tú me dijiste que tu corazón estaba más unido que a tus hermanos. Yo sé que adoras a su familia. Sé que me quieres. ¿No podemos querernos tal como somos?

Jason estaba pálido.

—Me parece que debemos intentarlo —dijo torpemente.

Se levantó y extendió la mano.

Chamán hizo caso omiso de la mano y lo envolvió en un fuerte abrazo. Un instante después sintió la mano de Jason que subía y bajaba por su espalda, dándole unas palmaditas.

Durante la tercera semana de abril, el invierno regresó a Illinois. Bajó la temperatura y empezó a nevar. Chamán se preocupó por los minúsculos brotes de los melocotoneros. Se interrumpieron los trabajos de construcción, pero Ericsson visitó la casa de los Cole y decidieron dónde debían construirse estanterías y vitrinas para el instrumental.

Afortunadamente, él y Chamán coincidieron en que para convertir la casa en clínica habría que modificar muy poco la estructura.

Cuando cesaron las nevadas, Doug Penfield aprovechó el frío para matar algunos animales, como le había prometido a Sarah. Chamán pasó por la puerta del matadero que se encontraba detrás del establo y vio tres cerdos atados y colgados en lo alto por las patas traseras. Se dio cuenta de que tres cerdos era demasiado: Rachel nunca utilizaría jamón ni paletilla ahumada, y sonrió al comprobar las interesantes complejidades que empezaba a tener su vida. Los cerdos ya habían sido de sangrados, destripados, sumergidos en tinas de agua hirviendo, y raspados. Tenían un color blanco rosáceo, y mientras los observaba sintió curiosidad por las tres aberturas pequeñas e idénticas de las venas del pescuezo por las que habían sido desangrados.

Marcas triangulares, como los agujeros dejados en la nieve por los palos de los esquíes.

No tuvo que tomar la medida para saber que estas marcas tenían el tamaño exacto.

Estaba paralizado, observándolas, cuando apareció Doug con la sierra de cortar carne.

—Estos agujeros. ¿Qué has usado para hacerlos?

—El cuchillo de matarife de Alden —dijo Doug con una sonrisa—. Es muy curioso. Desde la primera vez que trabajé en una matanza en esta granja le estuve pidiendo a Alden que me hiciera uno. Se lo pedí miles de veces. Siempre me decía que algún día me lo haría. Decía que sabía que era mejor clavarles este tipo de cuchillo en lugar de cortarles el cuello. Decía que había tenido uno, y que lo había perdido. Pero nunca me hizo uno igual. Después derribamos su cabaña y allí estaba, en una vigueta del suelo de madera. Debió de dejarlo allí mientras reparaba una de las tablas del suelo y se olvidó de él, y seguramente colocó la tabla encima. Ni siquiera hubo que afilarlo demasiado.

Un momento después Chamán lo tenía en la mano. Era el instrumento que había desconcertado a Barney McGowan cuando él intentó describírselo en el laboratorio de patología del hospital de Cincinnati, sólo a partir de una descripción de las heridas de Makwa. Tenía unos cuarenta y cinco centímetros de largo. El mango era redondo y suave, fácil de sujetar. Tal como su padre había supuesto al realizar la autopsia, los quince últimos centímetros de la hoja triangular se estrechaban, de modo que cuanto más se introducía la hoja en el tejido, más grande resultaba la herida. Los tres bordes resplandecían peligrosamente, poniendo de manifiesto que el acero estaba muy bien afilado. A Alden siempre le había gustado usar buen acero.

Vio el brazo que subía y bajaba. Subía y bajaba.

Once veces.

Seguramente ella no gritó ni lloró. Chamán pensó que se habría quedado muy dentro de sí misma, en el lugar en que no había dolor. Deseó profundamente que fuera verdad.

Dejó que Doug siguiera trabajando. Bajó por el Camino Corto, sujetando el instrumento cuidadosamente delante de su cuerpo, como si pudiera transformarse en una serpiente y retroceder para morderlo.

Caminó entre los árboles, pasó junto a la tumba de Makwa y el hedonoso-te en ruinas. Al llegar a la orilla del río, echó el brazo hacia atrás y lo lanzó.

El instrumento fue dando giros en el aire primaveral, brillante a la luz del sol, como una espada. Pero no era Excalibur. Ninguna mano enviada por Dios surgió de las profundidades para cogerlo y blandirlo.

En lugar de eso, acuchilló el profundo torrente sin rizar siquiera el agua. Chamán sabía que el río no lo devolvería, y el peso que había soportado durante tantos años —tantos que ya no era consciente de que lo llevaba— se elevó desde sus hombros y se alejó volando como un pájaro.