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El padre reservado

No lo permita Dios —susurró Lillian. Ninguno de los Geiger había mostrado síntomas de fiebre tifoidea, dijo. Chamán observó que el rostro de Lillian reflejaba el esfuerzo de llevar la granja, la casa y la familia sin la ayuda de su esposo. Aunque el negocio de boticario se había resentido, ella aún trabajaba en algunos aspectos del negocio farmacéutico de Jason, importaba medicamentos para Tobias Barr y Julius Barton.

—El problema es que Jay solía conseguir mucho material en la empresa farmacéutica que su familia tenía en Charleston. Y ahora, por culpa de la guerra, Carolina del Sur está apartada de nosotros, por su puesto —le comentó a Chamán mientras le servia el té.

—¿Has recibido alguna noticia de Jason?

—Últimamente no.

Lillian pareció incómoda cuando Chamán le hizo preguntas sobre Jason, pero él comprendió que se mostrara reacia a hablar demasiado de su esposo por temor a revelar algo que pudiera perjudicarlo, o a revelar información militar, o a poner en peligro a su familia. Para una mujer resultaba difícil vivir en un estado de la Unión mientras su esposo trabajaba en Virginia con los confederados.

Lillian se sintió más relajada cuando hablaron de la carrera médica de Chamán. Ella estaba al tanto de sus progresos en el hospital y de las ofertas que le habían hecho allí. Evidentemente, Sarah había comentado con ella las noticias que él transmitía en sus cartas.

—Cincinnati es un sitio muy cosmopolita —apuntó Lillian—. Sería fantástico que hicieras tu carrera allí, que enseñaras en la facultad de medicina, que ejercieras tu profesión. Jay y yo estamos muy orgullosos de ti. —Cortó rebanadas delgadas y perfectas de tarta de café y se las sirvió en el plato—. ¿Tienes idea de cuándo regresarás?

—No estoy seguro.

—Chamán. —Puso una mano sobre la de él y se inclinó hacia delante—. Regresaste cuando murió tu padre, y te has ocupado de todo maravillosamente bien. Ahora debes empezar a pensar en ti, y en tu carrera.

¿Sabes lo que tu padre habría querido que hicieras?

—¿Qué, tía Lillian?

—Tu padre habría querido que regresaras a Cincinnati y reanudaras tu carrera. ¡Debes volver allí lo más pronto posible! —dijo ella en tono solemne.

Sabía que Lillian tenía razón. Si iba a marcharse, sería mejor que lo hiciera sin demora. Todos los días tenía que visitar una casa diferente, porque la gente lo llamaba, como reacción al hecho de que en Holden’s Crossing volvía a haber médico. Cada vez que trataba un paciente era como si quedara atado por un finísimo hilo. Esos hilos podían romperse, ciertamente; cuando él se fuera, el doctor Barr podía ocuparse del tratamiento de cualquiera que siguiera necesitando cuidados médicos. Pero aumentaba su sensación de que había cosas allí que no deseaba dejar inconclusas.

Su padre guardaba una lista de nombres y direcciones, y Chamán la leyó cuidadosamente. Le comunicó la muerte de su padre a Oliver Wendell Holmes, de Boston, y a su tío Herbert, al que nunca había visto, y que nunca más tendría que preocuparse de que su hermano mayor regresara a Escocia a reclamar sus tierras.

Chamán dedicaba todos sus momentos libres a la lectura de los diarios, cautivado por las visiones momentáneas de su padre, que le resultaban interesantes y desconocidas. Rob J. Cole había escrito sobre la sordera de su hijo con angustia y ternura, y mientras leía, Chamán sentía todo su gran amor. El dolor de su padre al escribir sobre la muerte de Makwa-ikwa, y la muerte posterior de Viene Cantando y de Luna, reavivó sentimientos que habían quedado enterrados profundamente.

Volvió a leer el informe de su padre sobre la autopsia de Makwa-ikwa, por si había pasado algo por alto en las anteriores lecturas, y trató de determinar si su padre había omitido algo en su examen, y si él habría hecho algo diferente en caso de que hubiera realizado la autopsia.

Cuando cogió el volumen correspondiente al año 1853, quedó atónito. En el cajón del escritorio de su padre encontró la llave del cobertizo cerrado que había detrás del granero. La cogió y la llevó al granero, y una vez allí abrió la enorme cerradura y entró. Era simplemente el cobertizo, un sitio en el que había estado cientos de veces. En las estanterías de la pared había provisiones de medicamentos, tónicos y otros específicos, y ramilletes de hierbas secas colgados de las vigas, legado de Makwa. Aún seguía allí la vieja estufa de leña, no muy lejos de la mesa de las autopsias, donde tantas veces había ayudado a su padre. De unos clavos de las paredes colgaban cacerolas y cubos, y de otro que había en un tronco todavía colgaba el viejo jersey marrón de Rob J.

El cobertizo no había sido barrido ni limpiado desde hacía varios años. Había telarañas por todas partes, pero Chamán no hizo caso. Se acercó al lugar de la pared que le pareció el correcto, pero cuando tiró de la tabla, esta se mantuvo firme. En la parte de delante del establo había una palanca, pero no fue necesario ir a buscarla porque cuando tocó la tabla contigua se soltó fácilmente, junto con otras.

Fue como mirar dentro de una cueva. El interior estaba muy oscuro, y sólo entraba una luz natural grisácea por una ventana pequeña y llena de polvo. Primero abrió la puerta grande del cobertizo, pero la luz seguía siendo pobre, así que cogió la lámpara, que aún contenía un poco de aceite, y la encendió.

Cuando la acercó a la abertura, arrojó sombras vacilantes al interior de la habitación secreta.

Chamán se agachó y entró. Su padre la había dejado limpia. Aún había un bol, una taza y una manta pulcramente doblada que Chamán recordó haber visto en su casa durante mucho tiempo. El sitio resultaba pequeño para Chamán, que era tan corpulento como había sido su padre.

Sin duda algunos de los esclavos fugitivos también habían sido corpulentos.

Apagó la lámpara y se quedó a oscuras en ese espacio secreto. Intentó imaginar que la entrada estaba cerrada con los tablones, y que el mundo exterior era un sabueso ladrador que lo perseguía. Que sólo podía elegir entre ser un animal de carga o un animal cazado.

Cuando salió instantes después, cogió el viejo jersey marrón y se lo puso, a pesar de que ya hacia bastante calor. Conservaba el olor de su padre.

Pensó que todo ese tiempo, durante todos esos años en los que él y Alex habían vivido en la casa y se habían peleado y hecho travesuras, y se habían confiado sus necesidades y deseos, su padre había guardado este inmenso secreto, había vivido esta experiencia solo. Ahora Chamán sintió la abrumadora necesidad de hablar con Rob J., de compartir la experiencia, de hacerle preguntas, de expresarle su amor y admiración. En su habitación del hospital había llorado al recibir el telegrama que anunciaba la muerte de su padre. Pero se había mostrado imperturbable en el tren, y fuerte durante y después del funeral, pensando en su madre.

Ahora apoyó la espalda contra la pared del cobertizo, junto a la habitación secreta, y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo como un niño, y como un niño que llama a su padre se entregó a la pena con la convicción de que su silencio iba a ser más solitario que nunca.