Avanzaron por el cañón del Serpentine en fila india, cruzando varias veces el arroyo que fluía por el fondo. A ambos lados del cañón, la arena transportada por el viento había ido acumulándose sobre los precipicios de piedra en montículos, cubiertos por una miríada dispersa de hierbas y flores del desierto. De vez en cuando dejaban atrás algunos enebros, raquíticos y enroscados en formas fantásticas. En otros lugares los bloques de arenisca se habían desprendido de las paredes del cañón y, desperdigados por el fondo, formaban pilas de escombros que los caballos debían sortear con cuidado. Los carrizos del desfiladero revoloteaban entre las sombras, y las golondrinas aparecían de repente bajo los salientes colgantes de arenisca, sus nidos de barro como verrugas en la parte inferior de la roca. Unas cuantas nubes blancas vagaban por la cima del cañón, unos cuatrocientos metros por encima de la cabeza de los jinetes. El grupo seguía a Nora en silencio, perdido en aquel mundo nuevo y extraño.
Nora respiró hondo con todas sus fuerzas. El suave balanceo de Fiddlehead le resultaba familiar y reconfortante. Miró al animal; era una alazana de doce años, obviamente una veterana yegua de recreo, sabia y melancólica. Conforme avanzaban, demostraba saber muy bien dónde pisaba, bajando la nariz y escogiendo el camino que mejor obedeciese a su instinto de supervivencia. Si bien no era una yegua hermosa, era fuerte y sensible. Exceptuando a Huracán, el caballo de Sloane, Compañero, y las dos monturas de Swire, los demás eran similares a los de Nora; no muy hermosos pero sin duda sólida carne de rancho. Aprobó el juicio de Swire, pues a partir de su experiencia se había formado una mala opinión sobre los caballos caros y de raza, que tenían una apariencia fabulosa en los circuitos de exhibiciones ecuestres pero eran incapaces de cabalgar por las montañas sin matarse. Recordó a su padre comprar y vender caballos con su estilo y bravuconería habituales, rechazando a los animales más mimados diciendo: «No queremos a ninguno de esos caballos de club de campo por aquí, ¿verdad que no, Nora?».
Se volvió en la silla para mirar a los demás jinetes, que la seguían arrastrando a sus bestias de carga. Si bien algunos de ellos, sobre todo Black y Holroyd, parecían incómodos y a punto de perder el equilibrio, el resto cabalgaba de forma más que aceptable, en especial Sloane Goddard, que se desplazaba arriba y abajo por la fila con toda naturalidad, comprobando las cinchas y dando consejos.
Smithback resultó toda una sorpresa. Huracán era sin duda un caballo brioso y con temperamento, y al principio se produjeron algunos momentos de tensión, cuando los insultos y las imprecaciones de Smithback resonaron por todo el cañón, pero lo cierto es que sabía lo suficiente sobre caballos como para enseñarle al animal quién mandaba allí, y ahora montaba con plena seguridad. Puede que sea un engreído, pero la verdad es que esta muy atractivo a lomos de un caballo, pensó Nora.
—¿Dónde aprendiste a montar? —le preguntó.
—Pasé un par de años en una escuela secundaria privada de Arizona —contestó el reportero—. Era un niño mimado insoportable y repelente, y mis padres pensaron que allí me haría un hombre. Me matriculé tarde el primer trimestre y todos los caballos ya tenían asignado un jinete, excepto uno viejo y grandote llamado Turpin. Un día, se puso a comer una alambrada y se desgarró la lengua, por lo que siempre llevaba colgando aquella cosa rosa asquerosa, de modo que nadie lo quería. Sin embargo, Turpin era el caballo más veloz del colegio. Hacíamos carreras por los barrancos secos o saltando obstáculos de arbustos por el desierto y Turpin siempre ganaba. —Meneó la cabeza con aire melancólico, recordándolo y riéndose. De repente, la sonrisa se esfumó de su rostro y dio paso a una expresión de estupor—. Pero ¿qué demonios…? —Se volvió. Al seguir su mirada, Nora vio al animal de carga de Smithback, Perezoso, retroceder con rapidez. Un reguero de saliva resbalaba por la pierna del jinete—. ¡Ese asqueroso caballo ha intentado morderme! —Exclamó Smithback indignado. El caballo miró hacia atrás y sus ojos eran el vivo reflejo de la inocencia sorprendida.
—Ay el viejo Perezozo… — Dijo Swire, meneando la cabeza cariñosamente—. Desde luego tiene sentido del humor.
Smithback se limpió la pierna y repuso soltando un gruñido.
—Eso parece.
Después de otra media hora sin contratiempos, Nora decidió hacer un alto en el camino. Cogió un tubo de aluminio que llevaba atado a la montura y extrajo el mapa topográfico del D. E. M. G., en el que Holroyd había superpuesto los datos del radar. Lo examinó un momento y llamó al científico para que se acercara.
—Es hora de realizar una lectura del satélite —le indico. Sabía que diez kilómetros más arriba del cañón del Serpentine, éste se ramificaría y deberían seguir un desfiladero más pequeño señalado en el mapa con las palabras Recodo Tortuoso. El truco consistía en averiguar cual de aquellos miles de cañones secundarios que estaban dejando atrás era el Recodo Tortuoso. Allí abajo en el lecho del cañón, todos los recodos parecían iguales.
Holroyd hurgó en sus alforjas y extrajo la unidad de localización por satélite, un ordenador portátil en que había introducido los datos de navegación y posicionamiento. Mientras Nora esperaba, arrancó el ordenador y empezó a manipular el teclado. Al cabo de unos segundos, esbozó una mueca extraña e hizo un movimiento de negación con la cabeza.
—Me lo temía —dijo al fin.
Nora frunció el entrecejo.
—No me digas que no es lo bastante potente.
Holroyd se echó a reír con gesto burlón.
—¿Potente? Utiliza un lector por satélite de veinticuatro canales con control remoto por infrarrojos. Puede señalar posiciones, geodificar ubicaciones automáticamente, localizar caminos apenas perceptibles… cualquier cosa.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Ya esta roto?
—No es que esté roto, es que no puede establecer ninguna posición. Tiene que localizar al menos tres satélites geoestacionarios de forma simultánea para obtener una lectura. Con las paredes tan altas de este cañón no puede ni localizar a uno. ¿Lo ves?
Le mostró el ordenador a Nora y esta acercó su caballo. Un mapa aéreo de alta resolución del sistema de cañones de Kaiparowits inundaba la pantalla. Encima de él se abrían ventanas más pequeñas que contenían mapas ampliados del lago Powell, brújulas en tiempo real y datos. En una de las ventanas leyó una serie de mensajes:
MODO NMEA ACTIVADO
LOCALIZANDO SATÉLITES…
SATÉLITES LOCALIZADOS HASTA EL MOMENTO: O
POSICIÓN 3-D NO DISPONIBLE
LAT. /LONG.: NO DISPONIBLE
ELEVACIÓN: NO DISPONIBLE
DATOS EFEMÉRIDES NO DISPONIBLES
TRASLADAR UNIDAD Y REINICIALIZAR
—¿Ves esto? —Holroyd señaló una ventanilla de la pantalla en la que varios puntos rojos describían una órbita en trayectorias circulares—. Ésos son los satélites disponibles. El color verde significa buena recepción, el amarillo mala recepción y el rojo que no hay recepción. Todos son de color rojo.
—¿Ya nos hemos perdido? —preguntó Black desde la retaguardia con un tono a medio camino entre la aprensión y la satisfacción. Nora no le hizo caso.
—Si quieres una lectura —le explicó Holroyd—, tendrás que subir a lo alto del cañón.
Nora contempló las vertiginosas paredes rojas, imponentes, pintadas con el barniz del desierto, y volvió a dirigir la mirada a Holroyd.
—Tú primero.
Holroyd sonrió, apagó el ordenador y lo guardó en las alforjas.
—Cuando funciona, es una unidad estupenda, pero supongo que en estos parajes hasta la tecnología tiene sus límites.
—¿Queréis que suba y obtenga la lectura? —inquirió Sloane, adelantándose a lomos de su caballo con aire sonriente. Nora la miró con curiosidad—. He traído unas cosillas —añadió al tiempo que destapaba una de sus alforjas para mostrarles un equipo de montañismo compuesto por mosquetones, ganchos de resorte y clavijas. Escrutó atentamente las paredes de roca—. Podría hacerlo en tres tramos, quizá en dos. No parece demasiado difícil, seguramente podría subir haciendo escalada libre.
—Será mejor dejarlo para cuando de veras lo necesitemos —repuso Nora—. Ahora prefiero no perder tiempo, así que calculémoslo según el método tradicional: a ojo de buen cubero.
—Tú mandas —dijo Sloane con tono jovial.
—A ojo de buen cubero —murmuró Smithback—. Hummm… Nunca me gustó esa expresión.
—Puede que no tengamos satélites —explicó Nora—, pero tenemos mapas. —Desplegando el mapa de Holroyd encima de la montura, lo examinó minuciosamente y calculó la velocidad aproximada del grupo y el tiempo que llevaban avanzando Marco un punto en la posición donde probablemente se hallaban y escribió al lado la fecha y la hora.
—¿Has hecho esto muchas veces? —le preguntó Holroyd.
Nora asintió.
—Todos los arqueólogos deben ser buenos leyendo mapas es un requisito indispensable. A veces es una auténtica odisea encontrar algunas de las ruinas más lejanas, y lo que lo hace más difícil es esto. —Señalo una nota que había en la esquina del mapa y que rezaba: AVISO: LOS DATOS NO HAN SIDO CONTRASTADOS SOBRE EL TERRENO—. La mayoría de estos mapas se realizan a partir de imágenes estereogramáticas captadas desde el aire. A veces lo que se ve desde un avión es muy distinto de lo que se ve a pie. Como podrás observar, tu imagen del radar, que es del todo exacta no siempre se corresponde con lo que aparece impreso en el mapa.
—Eso es muy tranquilizador —oyó farfullar a Black.
Después de guardar el mapa Nora espoleó al caballo y la expedición prosiguió su marcha por el cañón. Las paredes se ensancharon y el riachuelo redujo su cauce, llegando incluso a desaparecer en algunos tramos y dejando tras de sí una estela de arena húmeda para señalar su curso subterráneo. Cada vez que pasaban junto a una garganta secundaria más estrecha, Nora se detenía y la señalaba en el mapa. Sloane montaba a su lado y durante un rato cabalgaron juntas.
—Piloto de avión —comentó Nora—, experta amazona, arqueóloga, alpinista… ¿hay algo que no sepas hacer?
Sloane se removió ligeramente en su silla.
—No sé limpiar cristales —respondió sonriendo tímidamente—. Supongo que el mérito, o la culpa, son de mi padre. Es un hombre de rigurosos principios.
—Es un hombre excepcional —señaló Nora tras percibir cierto tono mordaz en las palabras de Sloane.
—Sí —convino Sloane mirándola.
Doblaron un nuevo recodo y de pronto el cañón se ensanchó. Un grupo de álamos crecía cabeceando contra las paredes rojizas mientras la luz postrera del atardecer se colaba entre sus hojas. Nora consultó el reloj: eran poco más de las cuatro. Descubrió con satisfacción una ancha franja de tierra donde podrían acampar, lo bastante elevada como para quedar a salvo de cualquier riada repentina. Además, a orillas del arroyo había hierba abundante para los caballos. Haciendo honor a su nombre, el desfiladero Recodo Tortuoso torcía hacia la izquierda y giraba tan bruscamente que producía la ilusión óptica de ser una especie de callejón sin salida que terminaba en un muro de piedra. No podía ofrecer peor aspecto: atestado de rocas, tórrido y seco. Hasta entonces la travesía había resultado sencilla, pero Nora era plenamente consciente de que aquello no podía durar.
Hizo dar media vuelta a su caballo y esperó a que los otros la alcanzasen.
—Acamparemos aquí —anunció.
El grupo lanzó un grito de alegría. Swire ayudó a Black a desmontar y el científico empezó a renquear un poco, sacudiéndose las piernas y quejándose. Holroyd se apeó por sus propios medios, pero cayó al suelo nada más bajar del caballo. Nora le ayudó a encontrar un árbol en que apoyarse hasta que recuperase el control de sus piernas.
—No me gusta nada la pinta que tiene ese desfiladero —comento Sloane, acercándose a Nora—. ¿Qué te parece si doy una vuelta para explorarlo?
Nora miró a la joven Goddard. El viento le había alborotado el pelo negro, acentuando su belleza, mientras que la luz dorada del desierto confería a sus ojos ambarinos una claridad propia de los de un felino. Durante el día Nora había sorprendido a vanos miembros del equipo, en especial a Black, admirando a hurtadillas a Sloane, cuya blusa de algodón ceñida, desabotonada en el cuello y ligeramente húmeda por el sudor, dejaba más bien poco a la imaginación.
Nora estuvo conforme.
—Buena idea. Yo me ocuparé de todo esto mientras tanto.
Después de asignar las tareas del campamento, Nora ayudó a Swire a descargar y desensillar los caballos. Amontonaron las alforjas, las sillas y el equipo sobre la arena, con cuidado de mantener los aparatos de alta tecnología, enfundados en bolsas impermeables, separados del resto. Con el rabillo del ojo, Nora vio cómo Bonarotti, pertrechado con un gancho, una pala, un cuchillo y su descomunal pistola, se internaba cañón adentro con alguna misión secreta enfundado en sus pantalones que, milagrosamente, seguían impecables y sin una sola arruga.
En cuanto terminó de descargar los animales, Swire volvió a montar a lomos de Mestizo. Durante todo el camino había estado hablando y cantando a los caballos, inventando poemillas que se aviniesen con los pequeños sucesos del día, y se puso a entonar uno nuevo mientras Nora lo veía conducir a la silenciosa recua hacia el arroyo:
Ay, mi pobre caballo castrón
¿Ves aquella yegua?
Tan hermosa potranca
no tiene parangón.
Lástima que para tu herramienta
no haya ya reparación.
Una vez junto a la hierba, maneó las patas de algunos de los caballos y les ató un cencerro alrededor del cuello. Luego desensilló a Mestizo, lo ató con una cuerda de nueve metros de longitud y finalmente se sentó encima de una roca, se lio un cigarrillo, extrajo un cuadernillo mugriento y vio cómo los animales se entregaban por completo al pastoreo de la tarde.
Nora se volvió y examinó el campamento con satisfacción. El calor del día se había aplacado para dar paso a una brisa fresca procedente de las aguas murmurantes del arroyo. Las palomas sobrevolaban el cañón sin cesar y un leve aroma a humo de enebro impregnó el aire. El canto de los grillos se oía con insistencia bajo el crepúsculo inminente. Nora tomó asiento en una roca que se había desprendido de las paredes del cañón, consciente de que debería estar aprovechando la última luz del día para escribir en su diario pero saboreando el momento en lugar de escribir. Black estaba sentado junto a la hoguera de ramas de enebro aplicándose masajes en las rodillas mientras los demás, una vez acabadas las tareas de acampada, también se sentaban alrededor, esperando a que hirviera la cafetera.
Se oyó el sonido de unos pasos al pisar la arena y Bonarotti reapareció, balanceándose por el cañón con un saco cargado al hombro. Dejó el saco en la lona para cocinar que había junto a la hoguera. Colocó una parrilla en el fuego, echó un chorro de aceite en una sartén grande, arrojó un poco de ajo picado que había sacado de su armario y vertió bastante arroz en una cazuela con agua por separado. Extrajo del saco unas cuantas raíces y bulbos imposibles de identificar y de aspecto muy desagradable, manojos de hierbas y varias hojas espinosas de cactus. Mientras cocinaba, Sloane regresó al campamento con el rostro cansado pero aún sonriente, y se acercó sigilosamente para observar los últimos preparativos. Manejando los cuchillos con una velocidad extraordinaria, Bonarotti cortó las raíces en dados y las arrojó a la cazuela, junto con los bulbos y un manojo de plantas. Seguidamente, chamuscó las hojas de cactus en la parrilla, las peló, las cortó en tiras largas y finas y las echó en la sartén con el ajo crepitante. Le dio a su creación un último hervor, la mezcló con el arroz y la retiró del fuego.
—Risotto con cactus del desierto, ajo, patatas silvestres, bolitas y queso romano —anunció con gesto impasible.
Se produjo un grave silencio.
—¿A qué estáis esperando? —Exclamó Sloane—. A la cola y… ¡mangia bene!
Se pusieron en pie de un salto y cogieron los platos de la lona de la cocina. El cocinero llenó cada uno de los platos, espolvoreándolos con hierbas picadas. Volvieron a sentarse alrededor del fuego, sobre unos troncos.
—¿Seguro que esto se puede comer? —preguntó Black, medio en broma.
Sloane se echo a reír.
—Puede que corra más peligro si no se lo come, doctor. —E hizo un melodramático movimiento con los ojos señalando el revólver de Bonarotti.
Black soltó una risita nerviosa y lo probó. Luego tomó un segundo bocado.
—Caramba, esto está… pero que muy bueno… —dijo llenándose la boca con un tercer bocado.
—Que los ángeles del cielo nos asistan —entonó Smithback.
—Este invento está de rechupete —murmuró Swire.
Nora probó la comida y su paladar disfrutó del cremoso sabor del arroz arborio mezclado con el delicado regusto a champiñones, queso, hierbas aromáticas y otro sabor ácido e indefinible que sólo podía corresponder al cactus.
Bonarotti aceptó los cumplidos con su impasibilidad característica y todo el desfiladero se sumió en el silencio mientras comenzaba la solemne ceremonia de la cena.
Más tarde, mientras la expedición se preparaba para ir a dormir, Nora se acercó a los caballos para interesarse por ellos. Encontró a Swire en su postura habitual, con el cuaderno abierto.
—¿Cómo va todo? —le preguntó.
—Estupendamente —contestó, y Nora oyó un crujido cuando Swire extrajo una galleta de jengibre del bolsillo de su camisa, se la metió en la boca y empezó a masticarla—. ¿Quieres una?
Nora negó con la cabeza y se sentó junto a él.
—¿Qué escribes en ese cuaderno? —inquinó.
Swire se quitó de un manotazo unas migas del bigote.
—Bah, sólo unos poemillas de nada. Ripios de vaquero. Es otra de mis facetas.
—¿De verdad? ¿Puedo verlos?
Swire dudó unos instantes.
—Verás —empezó a decir— se supone que son para recitarlos, no para leerlos, pero… ten, aquí los tienes.
Nora hojeó el maltrecho diario, mirándolo detenidamente bajo la luz de las estrellas y el reflejo de la hoguera. Había fragmentos y estrofas de poemas que por regla general no se extendían más allá de diez o doce versos, con títulos como «El reposo del vaquero», «Ford F‐350» y «Sábado noche en Durango». Más adelante al final del cuaderno, encontró unos poemas de naturaleza completamente distinta, más largos y serios. Uno de ellos incluso parecía estar escrito en latín. Se fijó en uno titulado «Huracán».
—¿Es sobre el caballo de Smithback?
Swire asintió con la cabeza.
—Ese caballo y yo hace mucho tiempo que nos conocemos.
Apareció por la vereda una fría noche de tormenta
un brioso mustang de cola sucia y mirada inquieta.
Apuré la cerveza y con el lazo lo quise atrapar,
lo acorralé y bauticé con el nombre de Huracán.
Huracán. Huracán, duro depilar, color garnacha,
Corcel viejo, de quijada rota y lomo de escarcha,
sólo una yegua ciega de tus feos ollares se puede enamorar,
pero sabed todos que Huracán cualquier carrera ha de ganar.
Lo entrené para que volase, cual velero bergantín,
en Amarillo y Santa Fe nos llevamos un buen botín,
fue mi fiel rocín mucho tiempo, desde Salinas a El Paso,
pero el pobrecillo Huracán ahora sólo lleva a novatos.
—Tengo que trabajar más en la última estrofa —admitió Swire—. No suena bien. Termina demasiado bruscamente.
—¿De verdad lo atrapaste siendo un caballo salvaje? —se interesó Nora.
—Sí, es verdad. Un verano, estaba conduciendo una recua de animales de carga cerca de Dubois, en Wyoming, cuando oí hablar de un mustang zaino a quien nadie conseguía echar el lazo. Era un fuera de la ley, nunca lo habían marcado y huía en estampida hacia las montañas cada vez que veía a un grupo de jinetes. Esa misma noche lo vi. La luz lo asustó, le hizo huir más allá del barracón. Tardé nada menos que tres días en cazar a ese hijo de puta.
—¿Tres días?
—No dejé de cortarle el paso hacia las montañas, rodeándolo para que se quedase cerca del rancho. Cada vez utilizaba una montura nueva. Llegué a emplear hasta seis caballos antes de echar el guante. Es un caballo muy especial, sí señor. El muy hijo de puta es capaz de saltar una alambrada y le he visto pasar tranquilamente, sin saltar siquiera, por encima de una valla para resguardar al ganado.
Nora le devolvió el cuaderno.
—Los poemas me parecen muy buenos.
—Bah, sólo son delirios de un viejo vaquero —repuso Swire, que no obstante parecía complacido.
—¿Dónde aprendiste latín?
—Me lo enseñó mi padre —respondió—. Era predicador y siempre estaba pendiente de mí para que estudiase y leyese. Se le metió en la sesera que si sabía latín no haría tantas diabluras. Fue la tercera sátira del Libro I de Horacio la que me iluminó al fin. —Hizo una pausa, acariciándose el bigote y mirando al cocinero del grupo—. Ese cabrón cocina de puta madre, pero es un tío muy raro, ¿no te parece?
Nora siguió su mirada hasta la figura alta y corpulenta de Bonarotti. Una vez finalizadas las abluciones pertinentes después de la cena, el cocinero estaba preparándose para ir a dormir. Nora lo observó mientras, con meticuloso cuidado, Bonarotti hinchaba una colchoneta, se aplicaba varias cremas faciales nocturnas y preparaba lo que parecía una redecilla para el pelo y una mascarilla facial.
—¿Qué está haciendo ahora? —musitó Swire mientras Bonarotti se hurgaba las orejas con los dedos.
—Le molesta el croar de las ranas cuando duerme —dijo Sloane Goddard, surgiendo de la oscuridad y tomando asiento junto a ellos. Se echó a reír con su risa baja y ronca, y en sus ojos se reflejó la llama distante de la hoguera—. Por eso se ha traído tapones para los oídos. Y tiene una almohada de seda que si la viese mi tía abuela, se moriría de envidia.
—¡Será raro el cabrón! —exclamó Swire.
—Puede ser —repuso Sloane, volviéndose hacia el vaquero y mirándolo de arriba abajo con una ceja arqueada—, pero no es ningún blandengue. Lo he visto en Denah en medio de una ventisca con la temperatura a cincuenta bajo cero. No se arredra ante nada. Es como si no tuviese sentimientos.
Nora vio al cocinero deslizarse con cuidado en el interior de su tienda y bajar la cremallera. Luego se dirigió a Sloane:
—Bueno, ¿cómo ha ido el reconocimiento? ¿Qué te ha parecido ese cañón?
—Pues no muy bien. Verás, la vegetación es muy espesa, con un montón de sauces y cenizos, además de gravilla.
—¿Hasta dónde llegaste?
—Hasta unos tres kilómetros tal vez.
—¿Podrán pasar los caballos? —pregunto Swire.
—Sí, pero necesitaremos hachas y machetes. Tampoco hay mucha agua. —Sloane echó un vistazo a los miembros del grupo que aún seguían despiertos, repantigados junto al fuego y bebiendo café—. Algunos van a llevarse una desagradable sorpresa.
—¿Cuánta agua hay?
—Un manantial subterráneo de vez en cuando. Menos cuanto más avanzas. Pero eso no es todo. —Sloane rebuscó en uno de sus bolsillos y extrajo un mapa y una linterna—. He estado examinando el mapa topográfico. Tu padre encontró Quivira en alguna parte del interior del cañón, ¿no es así?
Nora frunció el entrecejo, pues ignoraba que Sloane hubiese traído sus propios mapas.
—Sí, eso es.
—Y estamos aquí. —Sloane movió la linterna—. Mirad lo que hay entre nosotros y Quivira.
Acercó la linterna a un punto del mapa donde las curvas de nivel se juntaban para formar una amenazadora masa negra: una cadena montañosa, muy elevada, difícil y peligrosa.
—Conozco esa cordillera a la perfección —aseguró Nora, consciente de que resultaba obvio que se había puesto a la defensiva—. Mi padre la llamaba la Espalda del Diablo, pero no veo por qué razón habríamos de alertar a nadie antes de tiempo.
Sloane apagó la linterna y plegó el mapa.
¿Qué te hace pensar que nuestros caballos lo lograrán?
—Mi padre encontró una forma de hacer que sus caballos atravesasen esas montañas. Si él lo consiguió, nosotros también podemos.
Sloane le dirigió una mirada larga y penetrante bajo la luz de las estrellas, sin que aquel mohín simpático abandonase su rostro un solo instante. Luego se limitó a asentir con la cabeza.