El palacio de Constantino recibió a los visitantes con gélida indiferencia. Sus fríos sótanos los protegieron contra el mal tiempo, pero, en contraste con las «zonas tropicales» de la red de metro, no eran un lugar adecuado para el descanso. Gleb había hecho una bola con todo el cuerpo para protegerse del frío y escuchaba la conversación de los adultos.
—Sí, antes de la catástrofe ese tío había trabajado en las obras del metro —explicaba Ksiva—. Una vez pilló una borrachera y me contó una buena: me dijo que había trabajado aquí mismo, en el subsuelo, en un búnker del gobierno. Según parece, eran muchos los que se dedicaban a ello. Hacían tres turnos para excavar las galerías. Sin pausa. Y su jefe era…
—¡Chorradas! —lo interrumpió Cóndor—. Aquí no hay ningún búnker. En cuanto hayamos regresado, mandaré que busquen a ese charlatán y lo cuadraré.
—Claro, yo pienso lo mismo; ese perro miente… —Ksiva, confuso, cambió de tema—. Dime, jefe, ¿no te parece que tendríamos que buscar una embarcación pequeña? Así nos ahorraríamos un montón de problemas. Subimos, ponemos en marcha el motor… ¡y en un momento llegamos a Kronstadt!
—Tú te piensas que eres muy listo, ¿verdad que sí? —Chamán colocó una lata de carne sobre el hornillo—. Hemos hecho varias salidas de reconocimiento, siempre sin resultado. Sólo maquinaria herrumbrosa y podrida. Se nos ocurrió buscar en los diques secos. Llegamos hasta los astilleros del norte y vimos que los diques ya no existían… todo estaba en ruinas. Como si una horda de rinocerontes hubiera pasado por encima. No tengo ni idea de qué sucedió allí, pero no quedaba nada que nos pudiéramos llevar.
—Habríais tenido que buscar en el Almirantazgo —dijo Ksiva con mucha seriedad.
Chamán se encogió de hombros.
—¡Cuidado con lo que dices! Los astilleros del Almirantazgo son territorio prohibido. Una maldición pesa sobre ellos. ¡Una cuadrilla de tíos competentes murió allí! Y hasta el día de hoy nadie ha sabido por qué.
—Corre el rumor de que la gente se vuelve loca nada más pasar por la garita del portero… —El rostro de Cóndor reflejaba la luz de las llamas y titilaba con un aire misterioso.
—¿Tú no has oído nada de todo eso, Martillo?
Gleb se volvió hacia su maestro. Éste se había recostado contra la pared y había cerrado los ojos. Tras un breve silencio respondió:
—Allí malviven los locos…
Hubo un momento de silencio. Los Stalkers miraban extrañados a su guía. Por fin, Nata exclamó:
—¿Cómo? ¿Qué locos son ésos? Es la primera vez que lo oigo.
—Esperemos que sea también la última —le respondió Martillo, se volvió y se echó a dormir.
Aquella noche, Gleb tuvo que montar guardia por primera vez en su vida. Cóndor pensó que aquel lastre en forma de niño podría servirles para algo y le indicó al muchacho que relevara a Okun. Gleb se había recostado contra un radiador cubierto de herrumbre y bostezaba de buena gana. La guardia nocturna se debía tan sólo a una cuestión de principio, porque los Stalkers habían tenido buen cuidado de levantar una barricada tras la puerta del sótano. Para que el tiempo le pasara más rápido, Gleb se decidió a entrar en las salas adyacentes. Llevado por la curiosidad, el muchacho agarró uno de los aparatos de visión nocturna. Era un juguete muy caro y pertenecía al comandante, pero Gleb no se había atrevido nunca a pedirle que le enseñara el maravilloso dispositivo. Cóndor no paraba de llamarlo «mocoso».
Gleb se puso el aparato de visión nocturna y se adentró en el laberíntico subterráneo. Los cristales crujieron bajo sus botas: buena parte del suelo había quedado cubierto de botellas hechas añicos. A lo largo de las paredes había una especie de casillas hexagonales, pero se habían salido de su lugar y estaban medio podridas. También encontró cierta cantidad de recipientes de madera rotos y haces de paja seca de color parduzco. Martillo había dicho el día anterior que aquellas salas se habían empleado en otro tiempo para almacenar vino, pero no le había explicado a Gleb qué era el vino. El Stalker se había contentado con entornar los ojos, como si estuviera hablando de algo tremendamente agradable.
Gleb llegó al último de los almacenes que se encontraban en el sótano. En el rincón estaba todo igual que en la primera visita. Había un rollo de cable en el suelo. Alguien había garabateado un tosco dibujo en la pared de enfrente: una calavera con las órbitas de los ojos pintadas de negro. Cóndor había aventurado la posibilidad de que hubieran pasado por allí salvajes como el de la Academia Makarov. Sin embargo, el aparato de visión nocturna descubrió algo muy significativo que anteriormente había pasado inadvertido a la luz de las linternas. Gleb descubrió un resquicio en el suelo de hormigón, medio oculto por el rollo de cable. Llevado por la curiosidad, se acercó al enorme carrete, hizo acopio de fuerzas y lo apartó a un lado.
Entonces quedaron a la vista una trampilla redonda y una anilla de metal. Con febril impaciencia, el muchacho sujetó la anilla y tiró con todas sus fuerzas. La pesada tapa se movió al primer intento. Pero el esfuerzo era tan grande que Gleb se puso a jadear. Por fin, logró abrirla del todo. Quedó al descubierto un pozo. Su linterna iluminó los peldaños metálicos de una escalerilla de metal. El muchacho se agachó sobre el pozo, pero por mucho empeño que pusiera en ello no lograba ver lo que había en el fondo. Le llegó a la nariz cierto olor a podredumbre, a duras penas perceptible. El muchacho sintió tal horror que los dientes le castañetearon. El vago presentimiento de un peligro inexplicable le provocó un agudo dolor en la nuca.
Tenía que despertar a los Stalkers y advertirlos. Aun cuando pudiera cerrar el acceso a la guarida, ésta debía de tener otras salidas. ¡Allí no había ningún lugar seguro!
Gleb estaba a punto de regresar cuando el mechero se le cayó del bolsillo. Trató de agarrarlo, pero el metal se le escurrió entre los dedos. El mechero tintineó brevemente en el borde del pozo y luego cayó al interior. El muchacho, desesperado, se asomó a la negrura. Entonces oyó un sonido lejano: el mechero había llegado al suelo. Faltó poco para que Gleb aullara. ¡Cualquier cosa menos eso!
El muchacho necesitó un minuto para reflexionar. Luego volvió a ponerse el aparato de visión nocturna, se ajustó la máscara de gas y entró con mucha cautela en el pozo. Sentía los latidos del corazón en la garganta, las manos le temblaban, pero descendió sin vacilar. Estaba a punto de llegar al fondo cuando uno de los oxidados peldaños cedió bajo su peso. El muchacho cayó al fondo del pozo a tal velocidad que no tuvo tiempo de asustarse.
El aterrizaje no fue nada suave. La violencia del choque dejó sin aliento a Gleb; en vez de un grito, lo único que escapó de su garganta fue una respiración ronca y doliente. El muchacho se incorporó y tanteó a la desesperada el suelo de granito en busca de su mechero. ¡Estaba allí! Se guardó su tesoro, se frotó los codos que se había contusionado e inició el ascenso. Pero llegó un momento en el que Gleb no encontró un peldaño al que agarrarse. Calculó la distancia hasta el siguiente y llegó a la conclusión de que no lo alcanzaría. Le daba vergüenza gritar para pedir ayuda, pero no le quedaba ningún otro remedio. El muchacho estiró el cuello y trató de gritar, pero entonces, en lo alto, la pesada tapa empezó a moverse. La trampilla se cerró con gran estrépito.
«Y yo que quería atarla a algo para que no se cerrara», pensó con tardía intuición. Gleb se consoló con el pensamiento de que, tarde o temprano, los demás iban a encontrarlo. Habían cegado la salida, y por lo tanto lo buscarían dentro del sótano. Pero no por ello fue menor su angustia. El muchacho reprimió un ataque de pánico, se puso en pie, quitó el seguro de la Pernatch, se colocó el aparato de visión nocturna y miró a su alrededor.
Descubrió un pasillo largo y recto que partía de allí en ambas direcciones. Reinaba en él la más absoluta quietud. Ni un roce, ni una corriente de aire, nada. Absoluta oscuridad y un desnudo corredor de hormigón que no se sabía adónde podía llevar.
Gleb no se contentó con quedarse allí sentado y aguardar pacientemente a que llegara la ayuda. Tal vez lograse encontrar otra salida. Empuñó la pistola con ambas manos y avanzó. Diez metros. Veinte. El pasillo terminaba en una robusta puerta de hierro. La mirilla de cristal estaba protegida con una reja herrumbrosa. No se alcanzaba a ver nada al otro lado. La rueda con la que se accionaba el cerrojo no se movía: era obvio que la puerta llevaba mucho tiempo sin abrirse.
El muchacho volvió hasta el pozo y siguió en la dirección contraria. Al cabo de diez metros, el corredor se desviaba ligeramente y quedaron a la vista varios pasillos laterales. Con todas las medidas de precaución necesarias, Gleb pasó por varias salas más grandes, repletas de todo tipo de objetos, así como por varias cámaras pequeñas. Aparte de los escombros que habían quedado por el suelo en absoluto desorden, estas últimas estaban vacías. Encontró una impresionante herramienta apoyada en una de las paredes. ¿Un taladro? ¿Un martillo neumático? Un grueso cable partía de la máquina, atravesaba la sala entera y desaparecía en el pasillo.
En el techo había guirnaldas de bombillas, escasas de todos modos, instaladas con descuido por todas las salas. La improvisada iluminación y la ausencia de una verdadera instalación eléctrica daban a entender que aquella parte del edificio no había llegado a terminarse. ¿De dónde podía venir la electricidad? Gleb siguió el cable que se prolongaba por el pasillo y, finalmente, desaparecía tras una esquina. En un pequeño nicho, tras un tabique de separación, había un generador diésel. Detrás de éste y de los contenedores de combustible, había otro pasillo estrecho que descendía.
Una escalera de peldaños desiguales conducía hacia abajo. Pronto comprobó que no eran muchos.
Abajo se oían ruidos incomprensibles.
El muchacho se agachó a la entrada de una sala, echó una mirada precavida al interior… y se estremeció. La imagen que se ofreció a sus ojos no se podría describir. Una escena de locura, una pesadilla hecha realidad. Paralizado por el horror, incapaz de volverse, el muchacho contempló lo que allí estaba pasando…
Entonces comprendió lo que había ocurrido con los hermanos del salvaje de la Academia Makarov. Entre numerosas cajas y paquetes se debatían criaturas medio humanas y medio cadáver. Tenían las barrigas hinchadas más allá de toda medida y hacían un ruido chasqueante. Sus rostros habían quedado desfigurados por la máscara de la demencia. Moviéndose torpemente, con los dedos ensangrentados, los barrigudos devoraban febrilmente latas de carne en conserva, cereales medio podridos y grumos de una sustancia húmeda, probablemente harina. Gleb sintió arcadas pero no dejó de mirarlos, observó cómo uno de los infortunados se llenaba la boca de arroz mohoso y, al mismo tiempo, hurgaba en un montón de trastos, sacaba otra lata de conservas y trataba de abrirla golpeándola contra un contenedor de hojalata.
¿Qué locura se había adueñado de las personas que se hallaban en aquella despensa, cuyas provisiones, visiblemente, estaban allí desde antes de la guerra? El muchacho trató de conservar la sangre fría frente a aquellas criaturas casi humanas que se debatían en las tinieblas, pero, poco a poco, se adueñó de él una angustia irracional. Además, las imágenes que le mostraba el aparato de visión nocturna habían perdido resolución.
Gleb notó cierta intranquilidad en la sala e hizo girar la rueda de ajuste del aparato… y en ese preciso momento el visor dejó de funcionar.
El muchacho encendió la linterna que llevaba en la frente. El rayo de luz alumbró el rostro hinchado y lívido del más cercano de los salvajes. La criatura cerró los ojos con fuerza y luego los volvió a abrir con el rostro transido de dolor. Por un instante, un destello de inteligencia brilló en sus ojos.
—¡Máaa… ta…! —berreó el panzudo. Sus ojos rasgados delataban el dolor que debía de sentir—. ¡¡Máaa… taaa… me…! ¡Mátaaaa meeee…!
«Quiere morir. Por Dios bendito…», pensó Gleb.
Gleb apuntó con la linterna al interior de la sala… y finalmente lo vio. Por una amplia grieta del techo, una masa intestinal de color oscuro se cernía sobre los cuerpos de los infortunados. Un espasmo sacudió aquella especie de tentáculos, y entonces vio cómo succionaba la sangre del cuerpo de los condenados. La desconocida criatura empleaba a los seres humanos de una manera perversa, como si hubieran sido vacas lecheras: sus terminaciones nerviosas se adherían al cerebro de los infortunados y estimulaban las partes que regulan el hambre. Y los humanos comían como animales. Engullían el alimento corrupto y tanteaban el suelo en busca de algo para seguir comiendo. Su cuerpo se movía en la frontera entre la vida y la muerte; ya no los guiaba la razón.
Sin pensarlo, y casi sin apuntar, el muchacho disparó contra el panzudo, que seguía frente a él y balbucía como si estuviera rezando. Su cuerpo se agitó y cayó pesadamente al suelo.
Un inconcebible, inimaginable resultado de las circunstancias en las que tenían que vivir. Brutal, repugnante, pero en definitiva, eficaz. ¿Cómo lo llamaban? Simbiosis.
Y aquello era una granja.
Fue en ese momento cuando el muchacho se fijó en las ratas con el cuerpo reventado que se encontraban por el suelo en gran cantidad. Cadáveres de ratas gordas, cebadas, con heridas abiertas en los costados. Ratas que la diabólica criatura había arrojado a modo de cebo para presas más grandes… Entonces, de pronto, Gleb comprendió el significado del dibujo que habían visto en el sótano. Era una advertencia de un salvaje que había escapado con vida.
Gleb sintió arcadas al contemplar aquella escena irreal. Habría querido marcharse lo antes posible de aquel horrible lugar.
El golpe que sintió en la mandíbula fue repentino y desmesuradamente fuerte. El muchacho se cayó por la escalera. La Pernatch se le escapó de las manos y desapareció en la oscuridad. La linterna que llevaba en la frente se hizo añicos contra el canto de un peldaño.
«Gracias a Dios que llevo la máscara», pensó Gleb. Tenía los dientes intactos.
Entonces sintió que algo se movía sobre la máscara.
La linterna que llevaba en el bolsillo de la pechera…, ¡rápido!
El rayo de luz alumbró un tentáculo húmedo que, frente a sus mismos ojos, se había adherido al disco de material sintético transparente que le cubría el rostro. Gleb, horrorizado, trató de conseguir aire, se arrancó la máscara de la cabeza y cortó el tentáculo con el machete. Luego buscó a tientas la pistola por el suelo y trató de subir por los escalones. Este segundo intento tampoco tuvo éxito. Gleb quedó tumbado de cara arriba. Gritó ante la angustia de quedarse a solas con la desconocida criatura en total oscuridad.
Por extraño que parezca, ese sentimiento obligó a su cerebro a pensar en la dirección correcta.
—Si esto funcionara… si esto… ¡Venga, trasto viejo, ponte en marcha!
Los largos turnos de noche en los generadores de la Moskovskaya no habían sido en vano. El muchacho habría sabido poner en marcha un motor diésel con los ojos cerrados. En ese preciso momento sus habilidades le fueron muy útiles. Aunque cueste creerlo, el viejo generador se puso en marcha de verdad. Durante unos segundos, su herrumbrosa vida interior zumbó sin ninguna finalidad definida, pero a continuación cobró fuerza y empezó a resollar. Un luz pálida se impuso gradualmente a la oscuridad que había reinado en el pasillo. Gleb se quedó como de piedra. A su lado se hallaba una de las hinchadas criaturas, que abría sus ávidas fauces y extendía el brazo hacia él. Como por sí mismas, las enseñanzas del maestro despertaron en el cerebro de Gleb. Por puro reflejo, el muchacho retrocedió y tiró del gatillo. Los disparos levantaron ecos apagados por todo el lugar. Las balas le destrozaron el costado al gordo. Como si se hubiera tratado de un saco repleto de agujeros, un intestino de color gris parduzco se desparramó por el suelo junto con grumos de comida a medio digerir. El pobre diablo seguía en pie y miró estúpidamente su propio estómago. Una sonrisa imbécil afloró a su rostro. Luego, el panzudo se arrancó un puñado de vísceras de su propia herida y se las metió en la boca.
—No eres humano —dijo Gleb en voz alta, para imponerse a su propio espanto y olvidar la visión de pesadilla—. No eres humano…
El segundo disparo hizo pedazos el cráneo del panzudo. De pronto, el tentáculo soltó el cadáver y volvió a esconderse en la cueva donde se hallaba el resto del cuerpo de la criatura. Gleb se sobrepuso a su angustia y avanzó. Sin perder de vista la grieta del techo, sacó el arma. La Pernatch cobró vida en sus manos y obsequió con el último reposo a los no muertos que aún seguían en pie.
Tan sólo cuando hubo terminado con el último, Gleb se fijó de repente en que el tentáculo había desaparecido. No era visible ni siquiera en el interior de la grieta maldita.
Sin embargo, oyó un chirrido en el pasillo principal. Gleb se volvió lentamente y la vio. La criatura.
Colgaba del techo. Se había adherido con sus tentáculos al hormigón del falso techo. Era un monstruo repugnante, imposible, increíble. Un híbrido de pulpo y de mantis religiosa. ¿De qué pantano habría surgido la criatura? ¿Cuál era el catalizador que había hecho nacer a aquel error de la naturaleza? Los instrumentos masticadores de su boca se movían rítmicamente, sus ojos oscuros y convexos miraban al muchacho sin moverse. El entendimiento de Gleb se negaba a percibirla como algo real.
Pero la bestia no pensaba desaparecer. Colgaba en medio del pasillo, sin moverse, y difundía un olor repulsivo e insoportable.
Gleb se quedó quieto como si hubiera echado raíces en el suelo, incapaz de hacer otra cosa que mirar a la cara a su propia muerte. Sintió algo cálido y húmedo que le bajaba por las piernas. La pistola se cayó de su mano temblorosa. Un cansancio traicionero lo obligó a ponerse de rodillas. El muchacho se rindió al destino y agachó la cabeza.
—¡Al suelo!
Como disparado por un resorte, Martillo salió de pronto de detrás de un rincón, empuñó en alto el Kalashnikov y tiró del gatillo. Pero el ruidoso fusil se le escapó de las manos y los disparos se perdieron en el vacío. El monstruo había resultado ser un enemigo extremadamente preciso y astuto, capaz de darse cuenta del peligro que representaba el arma. Martillo retrocedió. La extraña bestia lo siguió sin prisas y trató de capturarlo con una ventosa. El arma estaba demasiado lejos como para que Martillo pudiera recuperarla.
El Stalker echó a correr por el pasillo para forzar al mutante a salir de su madriguera. No vio venir el nuevo ataque de la criatura. Un violento golpe en la pierna lo hizo caer al suelo. El monstruo tomó impulso nuevamente y arrojó un tentáculo sobre el hormigón desnudo. El Stalker logró a duras penas saltar a un lado. Cobró fuerzas de nuevo, saltó al otro lado de la puerta y arrojó una granada de mano a sus espaldas. Tuvo lugar una ensordecedora explosión; un fragmento de hormigón saltó por los aires y lo golpeó en el costado. Se levantaron nubes de humo y de polvo en el pasillo.
El Stalker respiró hondo, se puso en pie y buscó la pistola que llevaba al cinto. El animal se arrastraba entre el humo y se agarró con los tentáculos al marco de la puerta. El cuerpo de la bestia estaba carbonizado por varios lugares. Algunos de los tentáculos colgaban como látigos en llamas, pero eran muchos más los que habían resultado arrancados. Martillo abrió fuego. Una y otra vez, las deslumbrantes explosiones iluminaron la pared. Los cartuchos de nueve milímetros que vomitaba la Nossorog levantaron cascadas de granito. El monstruo no habría podido sobrevivir a aquel infierno si no se hubiera apartado. El Stalker no vio hasta que fue demasiado tarde las sombras que se precipitaban sobre él. Un cuerpo humeante lo derribó, y ambos contrincantes se debatieron en el suelo entre gritos. Mientras se esforzaba por liberarse de las fauces castañeteantes de la bestia, Martillo arrojó a un lado el revólver ya descargado, echó mano del machete y hundió con todas sus fuerzas la hoja de metal en el cuerpo del monstruo. Sin embargo, la dura y viscosa criatura se agarró con más fuerza todavía a su presa con los restos de sus tentáculos y trató de llegarle a la garganta. El Stalker la apuñaló una vez más… y otra. Trató de atravesarle el cráneo, pero la hoja resbaló y no hizo nada más que arañar la cabeza del animal. Se le acababan las fuerzas. Las mandíbulas del monstruo castañeteaban con impaciencia frente a su rostro. El repulsivo hedor le impedía pensar bien.
Gleb se arrastró hasta allí temblando de horror. Sus pies a duras penas rozaban el suelo y su cuerpo se negaba a obedecerle, pero el muchacho, en su desesperación, reptó con las manos ensangrentadas hacia su maestro. La Pernatch había quedado atrás, no sabía muy bien dónde.
Martillo sacó fuerzas de flaqueza, gruñó por el esfuerzo y alejó de sí a la bestia. En cuanto estuvo en pie, cortó con el machete los trozos de carne que no paraban de moverse. Una y otra vez. La criatura no quería morir. Azotaba la coraza del Stalker con los muñones de los tentáculos y castañeteaba con sus fauces. Al retroceder ante un nuevo ataque, el Stalker resbaló sobre un lago de sangre y el monstruo lo atrapó una vez más. Su mano tocó frío material sintético. Con rostro desencajado y lloroso, Gleb había puesto el taladro en la mano a su maestro. La máquina que los constructores del edificio habían dejado allí. ¿Habría sido la providencia? ¿El destino? ¿La suerte? No era momento para hacer conjeturas.
Martillo atrajo el taladro hacia sí. Por motivos imposibles de saber, se dio cuenta al instante de que funcionaría. Empleó todas las fuerzas que le quedaban, oprimió contra la pared a la convulsa criatura con los talones de sus botas militares y pulsó el botón de puesta en marcha. La máquina empezó a aullar y el taladro largo, de gran calibre, giró a gran velocidad. La criatura se estremeció y trató de liberarse, pero el taladro se le había metido ya en la boca, desgarraba trozos de carne y, al final, se le hundió en el cerebro.
—¡Muérete! ¡Muérete! —gritaba el Stalker con los ojos cerrados—. ¡Muérete!
Cuando todo hubo terminado, se quedaron allí los dos, callados, sin fuerzas, contemplando el techo con mirada hueca. Fue el muchacho quien puso fin al silencio. Sollozando débilmente, se acurrucó, hundió el rostro en el hombro del Stalker, y se entregó al reconfortante sentimiento de protección. En aquel mismo instante, Gleb se dio cuenta de que algo había cambiado en la relación entre ambos. La tensión que en todo momento había atenazado al muchacho había desaparecido. Todo el miedo y la hostilidad que Martillo le había inspirado desaparecieron de pronto.