EL HAMBRE
HACÍA YA MUCHAS HORAS que era de noche y más de trece que la columna de prisioneros, antes de que clareara el amanecer, había salido del campamento rumbo al trabajo. El ladrido de los perros y las voces de los rusos —el eterno ¡Davai! ¡Davai!, que sonaba como latigazos en el rostro— fue la señal de que regresaban. Nos abalanzamos sobre la ventanuca de la chabola destinada a los oficiales. A pocos metros de nosotros las puertas del campamento se abrieron y la caravana de soldados comenzó a penetrar en su interior. El espectáculo era peor de lo que una mentalidad envenenada de sadismo podía haber imaginado, mas no inferior al que a la misma hora habíamos de ver día tras día. Los prisioneros, un millar de alemanes, doscientos cincuenta españoles y un número no menor de polacos y finlandeses, tropezando aquí, cayendo allá, levantados del suelo a culatazos, a patadas, iban cruzando la línea de alambradas. Los más fuertes llevaban sobre los hombros o arrastraban a los que no podían andar, y una vez dentro, como si una mano invisible les fuese ametrallando, calan sobre el suelo derrengados, dejando la nieve como una guarnición sorprendida por un asalto. La temperatura no subía de 35 grados bajo cero. Se retiraba a los caídos sobre la nieve, pues si permanecían unos minutos allí corrían riesgo de morir congelados. Ayudamos a levantarles. Esto fue al segundo día de nuestra llegada.
Las condiciones de vida y de trabajo, si siempre fueron durísimas, alcanzaron en aquellos primeros años grados absolutamente infrahumanos. No llevaban tres cuartos de hora dormidos cuando, a veces, les despertaban para llevarlos de nuevo, previa una hora de caminata, a descargar o cargar material a la estación de la próxima ciudad, y aun al regreso, cuando empalmaban su segundo sueño, les despertaban otra vez para la larguísima y tristísima operación de darles de comer antes de salir para el trabajo cotidiano. Consistía el «banquete» en una sopa, cuya única virtud era estar caliente, y pan, hecho las más de las veces con cáscaras de patatas. La sopa era agua, harina desleída, sal y, a veces, flotando sobre la olla —como sobre el océano el resto de un naufragio— una vaina (vacía, claro) de guisantes. A quien le tocara, se consideraba feliz y la degustaba como un gourmet.
Cheropoviets es un puerto fluvial, a unos trescientos kilómetros al SE de Leningrado, sobre el río Sezna, afluente del Volga. Tiene minas de carbón, fábrica de motores de aviación, centrales térmicas que abastecen la región de Vologda y según mis noticias, después de nuestra partida se ha construido en ella una gran industria, con 30 000 obreros, para trabajar el aluminio, mineral que, al parecer, está a flor de tierra en aquella cuenca minera. Pertenece Cheropoviets al distrito de Nogorof, antiguo principado de origen de Alejandro Neski, el Cid Campeador ruso.
En nuestra época, el trabajo fundamental de los prisioneros era retirar los troncos del río y cargarlos en camiones con destino a las centrales térmicas y a las industrias del interior. El trabajo, en sí, era durísimo, pues había que romper el hielo con unas barras de hierro que a aquellas temperaturas quemaban la piel; después había que extraer los troncos, transportarlos, aserrarlos y cargarlos. El horario de trabajo durante estos primeros años era siempre superior a las diez horas, llegando muchas veces a doce y trece, descontando las marchas. Un sargento español, sintiéndose morir de agotamiento, se dejó caer sobre el suelo y fue levantado a culatazos. Al regresar al campo se personó en el hospital pidiendo se le diera de baja en el trabajo unos días y fue brutalmente castigado de obra, llamándole simulante, galicismo adaptado al ruso para significar que fingía. A la mañana siguiente, a la hora de levantarse, viendo los rusos que este prisionero no lo hacía, le arrastraron por los pies, sacándole de la cama. Estaba muerto. Su nombre, Ramón Blanco. Su grado, sargento. Era de Badajoz.
Aquél fue el primero de los tres años marcados con el trágico signo del hambre. ¡Ah, el hambre!
Cuando llegaba la hora de comer, cada jefe de barraca destacaba a cuatro hombres para traer el caldero desde las cocinas. Era necesario nombrar además una escuadra de forzudos para protegerles durante el camino, pues de no ser así los transportistas de tan preciada carga eran asaltados y su mercancía robada. Los incidentes entre los guardaespaldas y los atracadores —prisioneros de otras barracas— eran muy frecuentes. Pero en cierta ocasión, la cosa pasó de simple escaramuza y se convirtió en verdadera batalla a vida o muerte, en la que intervinieron los presos todos, compañeros de agredidos y agresores. Hay que decir aquí que los rusos, a una hora convenida de la tarde, se retiraban del campo, con prohibición absoluta de traspasar la línea de alambradas. Lo que ocurriera en su interior no era cosa suya. Se limitaban a disparar sobre los fugitivos que alcanzaran la «zona rastrillai», pero nunca a intervenir —¡buena cuenta les tenía!— en los incidentes que se desarrollaban de puertas adentro.
En aquella ocasión, a los gritos de los guardaespaldas del caldero, acudieron los compañeros de los agredidos. Menudearon los golpes; llegaron refuerzos a los asaltantes, se improvisaron armas con leños y trozos de muebles y la lucha se extendió de tal forma, con tanto ardor, que a los pocos minutos la nieve estaba cubierta de cuerpos. Cuando la contienda hubo terminado, los prisioneros neutrales acudieron a retirar a los heridos y los muertos, si los hubiere. Y su sorpresa fue grande al comprobar que no había muertos, ni heridos, ni siquiera contusos graves. Los contendientes habían luchado con todo el ardor y la rabia de hombres enteros, pero sin más fuerza que la de ancianitos o niños pequeños. Se golpeaban y se desvanecían como muñecos de trapo, sin fuerza para herir, ni para resistir, sin desvanecerse, un tropiezo, un traspié o un empujón. Tal era su debilidad.
Yo no presencié este hecho. Me lo relató el capitán italiano Magnani. Ocurrió en el campo de Oranque, el año 1943, pero me parece tan gráfico para demostrar el estado de hambre y agotamiento en que vivíamos, que no he resistido la tentación de relatarlo.
Un día supimos de un español que estando enfermo, en el hospital del campo, vio morir en el jergón inmediato a un alemán. Lo cubrió con su propia ropa y cuantas veces entraban la parca alimentación, decía que su vecino estaba dormido; que él mismo le daría de comer. Y así, con esta farsa patética, conviviendo con un cadáver tres días con sus noches, el enfermo duplicó su ración de sopa y pan con la alimentación del muerto. Al médico, que era un prisionero no español, le dio tanta pena, que no denunció el hecho, y se limitó a dar de baja al fallecido con tres días de retraso, y de alta al superviviente pasado de vivo. El hambre —un hambre total que aproxima más que nada al hombre con las fieras— hizo presa en el campo, y se abatió sobre nosotros como un castigo bíblico. Cuando la epidemia de disentería comenzó a diezmar el campo, descubrimos que los soldados encargados de vaciar las letrinas pululaban entre los excrementos y seleccionaban entre los detritos de los enfermos, porciones de alimentos no digeridos. Los lavaban con nieve y los ingerían, vendiendo lo que les sobraba. Hubo semanas en Cheropoviets que, sobre una población prisionera de dos mil almas, morían de treinta a cuarenta hombres de hambre diariamente. Y surgió el canibalismo. Es preciso anticipar que entre los españoles este caso no se dio jamás. Antropófagos blancos, salvajes europeos, abrían el vientre a los recién muertos y les extraían el hígado, que cocinaban y devoraban. Era un canibalismo científico. Sólo se realizaba con muertos de hambre nunca con muertos de infección. Estos delitos eran castigados con diez días de cárcel o no eran castigados. Para los jefes del campo representaba una solución. Los cuervos, durante el invierno, invadían los campamentos, alternando con los hombres el devorar los cadáveres.
Las noticias que a través de presos recién llegados teníamos de otros campos no eran más alentadoras. Los rusos no habían previsto el número de prisioneros que iban a hacer, y como por su alianza con las potencias occidentales no querían representar un mal papel pasando por las armas a los prisioneros, utilizaban para exterminarles el más cruel de los martirios: el fomentar la «muerte natural». Era preciso reducir la población penal, y para ello se aliaban con el hambre, el cansancio, los transportes y el trabajo. Con el pretexto de alojar a los prisioneros, organizaban recorridos, que duraban días y días visitando campos en que depositarlos, y como todos estaban repletos, regresaban muchas veces a los puntos de origen, aunque con una trágica diferencia: que al abrir por primera vez los vagones cárceles en que fueron encerrados el día de partida, la población viajera se había reducido a la mitad. De allí transportaban a los muertos a la fosa, y los vivos regresaban al campamento, que veía así aliviada su situación primitiva con la disminución de sus huéspedes. El más terrorífico de estos viajes me fue relatado por el capitán italiano De Silvestre. El transporte constaba de doscientos hombres. Dieciséis días estuvieron hacinados en las cárceles rodantes, sin que sus puertas se abrieran ni para introducir alimentos, ni para vaciar excrementos, ni para extraer a los muertos. Cuando el transporte llegó a su destino, de los doscientos hombres quedaban vivos dos. De Silvestre es conocido en España, donde ha residido muchos años, pues su padre regentaba un hotel en Madrid y otro lujoso en Barcelona.
Cuando llegaba a su destino uno de estos transportes, los rusos preguntaban mecánicamente en cada vagón:
—¿Escolca caput? —que quiere decir: «¿Cuántos muertos hay?».
—Chatiri natsi: Catorce.
—Nie monoga: No son muchos.
A los vivos los echaban abajo y… ¡Davai!
Durante estos viajes, el canibalismo se practicaba sin reparo. Hacinados los vivos entre los muertos, obligados a convivir en los vagones cárceles semanas enteras con los cadáveres de sus compañeros, evitada la descomposición por la bajísima temperatura ambiente, los supervivientes, antes que morir, preferían realizar con los fallecidos la salvaje operación y evitar así que la realizaran con ellos horas después.
Y es triste reconocer que si muchos preferían morir antes que hacerlo, muchos de los que no morían era por haberlo hecho.
Mi amigo el teniente alpino italiano Julio Leone (a quien asistí años después en su última enfermedad y a quien di en aquella tierra sin Dios cristiana sepultura) me contaba cómo un compañero suyo ató a su muslo con una correa a su hermano muerto junto a él durante uno de estos dantescos transportes, para evitar, teniéndolo cerca, que lo devoraran.
Él fue también quien me relató el más hórrido y truculento de los casos que se pueda imaginar. Fue durante una marcha a pie entre Vladimir y Suzdal. Su asistente había tomado parte en uno de estos festines humanos; sabiendo lo que ingería, mas ignorando su exacta procedencia. Antes de reemprender la marcha a pie sobre la nieve pidió y le fue concedido permiso para ver por última vez a un hermano suyo que había muerto en esta etapa. De los tres cadáveres que había, éste era el único mutilado. Comprobó entonces que era una parte de su propio hermano lo que había ingerido, y enloqueció, repitiendo en su demencia, una y otra vez, sin descanso, esta frase terrible: «¡Qué diría mi madre si lo supiera!». El muchacho se negó a comer nunca más y se dejó morir de hambre y de tristeza…
¡Pobre Julio Leone! Él mismo murió también años después. Era un dechado de buenas maneras y cortesía. No sabía qué hacer para agradecernos nuestros cuidados. Sus últimas palabras, tomándome una mano, fueron:
—Signore capitano, io vi prego di scusarmi. Non posso farvi dei cumplimenti!
En el campo había un club. Allí llevaban a los soldados después del trabajo, obligándoles a escuchar unas interminables conferencias de educación política, en las que se exaltaban las virtudes del pueblo ruso y se atacaba con procacidades sin cuento a los regímenes y países de origen de cada prisionero. La táctica de estas conferencias iba dirigida a dos blancos: el primero, debilitar el sentimiento nacional de los pueblos: «El hombre no tiene fronteras». «El hombre es un ciudadano del mundo». El segundo, burdamente contradictorio con el anterior, exaltaba el sentimiento nacionalista del pueblo ruso: «Un hombre sin patria es como un ruiseñor sin canto». Los prisioneros hacían esfuerzos sobrehumanos para no dormirse, agotados como estaban, y demostrar una atención fingida, pues sus sentimientos, si es que los tenían, volaban muy lejos.
Las conferencias, la propaganda y las presiones políticas corrían a cargo de los llamados grupos «antifascistas». Éstos pasaban por una triple selección. Primero los distinguían entre los pusilánimes, entre los vanidosos, entre los que tenían sed de mando, y los remitían a un campo llamado «de observación», cuyas condiciones de vida eran mil veces más halagadoras que las del que provenían. Allí los estudiaban, y a los más capaces los enviaban a la «Escuela de Propaganda». Tras unos cursos de distinta intensidad, según el fin a que los destinaran, los educandos volvían a los campos, ya descaradamente como agentes políticos rusos, ya entremezclados con los prisioneros, como soplones o chivatos. En Cheropoviets, los grupos antifascistas españoles (había uno por cada nacionalidad de prisioneros) redactaron una carta, que debía ser lanzada por medio de cohetes sobre las líneas de la División Azul. En esa carta se decía que el país del comunismo era el verdadero Paraíso, que los prisioneros disponían de habitaciones caldeadas, que los dedicaban a cuidar jardines, que la comida era buena y abundante, que abrieran los ojos y se pasaran al enemigo, ¡que aquello era Jauja! No tardé en informarme de la existencia de este escrito, y con el bochorno consiguiente supe que había sido firmado por ciento sesenta de los nuestros. Muchos de los firmantes vinieron a decírmelo, jurándome que lo habían hecho bajo las más brutales presiones. Y las presiones, en efecto —pues siempre he de distinguir aquí a los débiles de los traidores— eran en aquellas circunstancias, bestiales. Los enfermos en el hospital recibían la carta, para firmarla. Si lo hacían se prolongaba su permanencia en el hospital. Si se negaban, fuera cual fuera el estado de su enfermedad (y no olvidemos la lista de los que murieron en este campo) se les daba de alta y se les mandaba a trabajar. Bien pronto en la alimentación, en el régimen de trabajo, en el vestuario, empezó a notarse la diferencia de trato entre los que firmaban y los que no firmaban. Había un soldado, llamado Ramón López, al que robaron las botas en el mismo sitio en que fue hecho prisionero y llevaba los pies forrados con papeles, trapos, camisas, gomas, cáscaras de patatas y cuantos medios encontró su ingenio para evitar una congelación que, a pesar de todo, en muchos casos, se presentaba irremediablemente. Este soldado se negó a firmar. ¿Podemos imaginar lo que representaba para él ver a su compañero de camastro, firmante de la carta, con unas espléndidas walensky de fieltro que le acababan de entregar como precio de su claudicación?
Sería injusto que yo desperdiciara epítetos dedicados a los firmantes, pues muchos de ellos se comportaron antes y después como hombres enteros, «y el caer no ha de quitar la gloria de haber subido», pero sería mucho más injusto aún si no distinguiera (saludándoles desde estas líneas con el mismo orgullo con que los abracé y alenté en los días difíciles) a estos otros muchachos estupendos que no claudicaron jamás ante el hambre, el frío, los golpes, las cárceles, la adulación o el soborno: sargentos Antonio Moreno, Ángel Salamanca, Sisinio Arroyo, José Quintela, Andrés Alcover; cabo Gumersindo Pestaña; soldados: Emilio Méndez Salas, Félix Alonso Gallardo, José Antonio Ramos, Miguel Moreno, Carlos Juncos, Gerardo González, Desiderio Morlán, José Luis Casado, José María González, Antonio Durán, Manuel Serrano, Miguel Pereda, Manuel Soba, Victoriano Rodríguez y cuantos omita mi memoria, aunque no mi gratitud.
La carta bochornosa, con sus ciento sesenta firmas, no fue cursada jamás. El teniente Rosaleny, el alférez Castillo, el sargento Salamanca y el soldado José Jiménez (que nos sirvió de enlace) se las arreglaron para hacerse con el documento y destruirlo. Más tarde fueron los propios soldados quienes aprendieron el ejemplo, y rompieron los originales de un libro «Yo acuso», que también se les obligaba a firmar respaldando las atrocidades y falsedades que en él se decían. ¿Cómo podría, en efecto, acusar de traidor a un prisionero que hubiera firmado la primera carta, cuando un mes más tarde se atrevía heroicamente a romper el segundo documento que le obligaban a firmar? Esta historia de las firmas y los libros —con sus tres procesos: redacción, recolección de las firmas y destrucción— se repitió mientras duró la guerra en cada campo donde estuvimos. En el número 27 de Moscú ocurrió otro tanto con el libro «Luz», que, como el anterior, «Yo acuso», no llegó a verla.
Por estas incidencias que diariamente surgían en el campo fui llamado al cuartelillo de la M. W. D. Cinco oficiales rodeaban muy solemnemente a un teniente Coronel. Era éste un hombre grueso, fuerte, peinado al cepillo. Llevaba la guerrera militar abierta y bajo ella la clásica rubanska rusa, no negra, como la de los bailarines, sino caqui, cerrada al cuello. Fue el mismo que me dijo despectivamente si queríamos enterrar a los nuestros con «pompas a la federica». Por la actitud y las miradas de sus oficiales, comprendí que se trataba, como tantas veces, de un acto de intimidación. Y ya he dicho también que yo estaba tan agotado, que carecía de fuerzas siquiera para dejarme intimidar. A otros, el hambre y la anemia producían tuberculosis. A mí, por pura reacción fisiológica quizá, me inmunizaba contra esas prácticas tan grotescas de intimidación. No sé cómo explicarlo. Los treinta y cinco grados bajo cero, en Rusia, evitaban los catarros. Pues es algo así. Aquel «clima de terror» a mí me quitaba el miedo.
—Capitán Palacios —me dijo—, nos son perfectamente conocidas sus actividades antisoviéticas…
—Mis actividades —contesté— son pura y simplemente las de un soldado. En cualquier ocasión que se presente, el soldado puede y debe cumplir con su deber.
—Piense —añadió— que la Unión Soviética es lo suficientemente fuerte para destruir al Ejército alemán y a todos sus satélites. De usted… —e hizo un gesto como quitándose una mota despreciable de polvo sobre la guerrera—, nos desharemos como de una mosca.
—Como capitán cumpliré con mi deber mientras pueda mantenerme en pie.
—Retírese. Ya sabe lo que le espera. —El teniente coronel empezó a impacientarse—. ¡Idite! ¡¡Idite!!: Retírese…
—Perfectamente. Me doy por enterado.
Llegué a la barraca y enteré a mis compañeros de lo ocurrido. No habían transcurrido diez minutos cuando nos llegó del mando ruso la prohibición, bajo penas severísimas, de hablar con los soldados. Poco después, a nuestros soldados les fue leída otra orden similar, prohibiéndoles hablar con sus oficiales. Sin embargo, el contacto con ellos lo mantuvimos siempre, a pesar de las amenazas, por medio de enlaces que, a horas convenidas de la noche, entraban en las barracas que habitábamos y recibían, para transmitirlas, nuestras consignas.
Constituye una satisfacción hacer constar que durante nuestra permanencia entre los soldados ni una línea, ni una carta, ni un papel que comprometiera nuestro honor, salió del campo con destino a la División Azul.