Agaché la cabeza en falsa obediencia a Príamo. Nunca abrazaría a Deífobo, pero aquella acción podía elevar los ánimos decaídos de Troya. Príamo se acercó a mí, titubeante.
—Entonces anunciaremos la próxima boda —me dijo, casi sin aliento.
—No hasta que pasen mis cuarenta días de luto por Paris —le recordé.
—Sí, hija mía —accedió él.
Hécuba, a su lado, me miró con tristeza. Ella había perdido a Héctor y a Paris por mi culpa, y ahora iba a casarme con uno de los últimos hijos que le quedaban. Sabía que la dote que llevaba conmigo era la muerte.
Pasaron los cuarenta días con demasiada rapidez, y en paralelo con el año moribundo. El frío se acumulaba entre las piedras de la ciudad y se abría camino hasta nuestros huesos. El color se desvanecía, como en una puesta de sol, desde los campos, mientras esperábamos la quietud del invierno.
Deífobo no se molestó en cortejarme, hacerme regalos o venir a verme. Se contentaba con esperar a que yo cayera en sus manos como un fruto maduro, o eso creía él. Mientras esperaba, seguía llorando a Paris, conjurando su imagen en mi mente todo el día. Pero no intenté seguirle de nuevo al otro mundo.
La boda. ¿Debería dignificar aquello con una palabra tan majestuosa? Deífobo me condujo desde mi palacio hasta el espacio abierto entre el palacio de Héctor y el mío. El viento era intenso y nos levantaba los mantos. Los cuervos se llamaban unos a otros. Eran las únicas aves que quedaban por allí, en aquellos días borrascosos. Sus graznidos roncos y profundos sonaban como mercaderes que discutían en sus puestos de venta.
—¡El periodo de luto ha concluido! —anunció él.
Si hubiese visto su cara en un mercado o en la calle, lo habría encontrado guapo. Incluso se parecía un poco a Paris en el cabello, entreverado de oro. Pero ahí terminaba toda semejanza.
—Mi luto no concluirá nunca —dije, con toda la fuerza que pude.
—Pero ahora te embarcas en una nueva vida. Subirás en un barco que es mi viaje vital.
—¿Ah, sí, príncipe? Pensaba que eras tú quien te trasladabas a mi palacio.
Deífobo, ansioso de escapar del patio de los hijos de Príamo, esperaba trasladarse a mi hogar.
—Es simbólico —murmuró—. No me refería a nuestro actual lugar de morada, sino a nuestra situación en la vida.
—Ya. Entonces, ¿debo interpretar que serás mi huésped y el huésped de tu hermano desaparecido?
—No. Seré tu señor y marido. Dónde ejerza ese privilegio, es algo que no importa. —Su boca era una línea recta, muy fea. No podía responderle.
La ceremonia fue transcurriendo: los votos, las frases rituales, los gestos ceremoniales. Yo cumplía con mi obligación de una forma mecánica. Intercambiamos regalos. Él me puso una corona. No había flores vivas en los campos en aquella época, así que usamos unas secas y muertas. Él me cogió la muñeca como afirmación de matrimonio, una costumbre muy antigua.
En el banquete, sin poder comer, yo observaba a los demás. Mi corazón añoraba a Paris. Nunca, nunca podría celebrar aquel intento de separarnos por parte de los demás.
Nos retiramos a la habitación (la mismísima habitación que yo había compartido con Paris) después de aquel día tedioso. Él estaba ansioso. Se quitó el manto y se acercó a mí, con los brazos tendidos. Le aparté a un lado, disimulando. Era demasiado para mí. Mi modestia femenina se había puesto a prueba. Le rogué que me perdonase. Luego, antes de que él pudiese protestar, me encerré en la habitación interior que ya había preparado.
Que esperase.
A la mañana siguiente, cuando Evadne vino a verme, la puerta cerrada, el manto caído y las sandalias de Deífobo en la habitación exterior le contaron toda la historia. Llevaba un tarro tapado.
—Ya veo, pues, que necesitarás esto. Gelanor había esperado que no fuese necesario.
Cogí el tarro y miré en su interior. Una rama de espino corta yacía enroscada en su interior. La saqué.
—Cuidado…, no te pinches con los espinos.
Sujeté la rama por uno de los extremos.
—¿Veneno? —dije. No era eso lo que quería…, no tenía estómago para asesinar a Deífobo.
—Bueno, algo parecido. Pero selectivo. Sólo mata su… potencia. No su potencia militar, debo añadir. Sólo le discapacitará en aquello que te amenaza.
—Oh. —Gelanor había refinado sus habilidades de una manera impresionante—. ¿Y afecta a las mujeres igual que a los hombres?
—Yo no lo probaría, señora. Por eso te he advertido.
Se sentó en una silla junto a mi lecho.
—Cuando él se acerque —dijo—, debes aplicarle los pinchos en la piel desnuda. El menor arañazo bastará.
—¿Y el daño es duradero o revive la capacidad?
—Creo que es duradero.
Las noches siguientes procuré alejarme de mi habitación. Pero cada noche él se acercaba más, hasta que llegó el momento en que empujó la puerta y se quedó en el umbral, posesivo, mientras se abría lentamente.
La vergüenza que representaba tener el paso prohibido al dormitorio de Helena se leía claramente en el aspecto beligerante de su rostro.
—Esposa —dijo, y levantó los brazos y avanzó hacia mí.
Me volví, retirándome al interior de la habitación, y atrayéndole tras de mí. Ávidamente, él cerró la puerta. Ésta resonó con fuerza al girar sobre sus goznes, y él colocó luego el cerrojo en su sitio.
—Ahora —dijo— empieza nuestra vida en común.
Cuando llegué a la parte más oscura de la habitación, me detuve. Él seguía andando hacia mí, y cuando me alcanzó, me abrazó. Me puse a temblar con su contacto, que enviaba culebrillas de aversión por todo mi cuerpo.
—¿Tienes frío, cariño? —Parecía solícito—. Acerquémonos más al brasero.
En una esquina, en un brasero redondo de piedra, ardían débilmente unos carbones.
—No, no tengo frío —contesté; seguí donde me encontraba y ordené a mi cuerpo que dejase de temblar.
—Ah, Helena… —murmuró él, aturdido, pasando las manos por mis hombros y mi espalda—. Mi esposa, mi bella…
Me erguí, muy tiesa, dejando que se encendiera hasta un punto en el que perdiera la capacidad de fijarse en nada más. Pronto pareció completamente perdido en la telaraña de su deseo y de la anticipación. Fue arrastrando los pies hacia el lecho, su objetivo. Intentando mantener la dignidad, primero se arrodilló en él y luego intentó atraerme hacia allí. No pensaba dejarse caer como un jovenzuelo desenfrenado y apasionado. Yo le seguí.
A salvo (como él suponía) en la cama, me puso las manos encima. Metió los dedos torpes y gruesos en mi pelo, y durante un momento sentí compasión por él y pensé en dejar el espino en la mesa, y arreglarme con las formas corrientes de mantenerlo a raya. Pero empezó a besarme y a morderme el cuello, echando su robusto cuerpo encima de mí y murmurando insultos hacia Paris. Todos aquellos días en Troya, había vivido con el cobarde Paris…, pero ahora todo se había arreglado… Yo tenía que haber estado con él, Deífobo, desde el principio…
—Desde aquella primera noche en el patio de mi padre, lo supe —jadeaba.
Empezó a bajarme el vestido desde los hombros, apretándose contra mí.
—Por favor, quítate la túnica —le rogué.
—Sólo tengo que levantarla —dijo, jadeante.
—Eso es lo que hacen los pastores en los campos —contesté—. No es digno de un príncipe de Troya. ¿Acaso tu cuerpo no es el de un guerrero? Entonces, ¿por qué esconderlo?
—Te lo ofrezco a ti —dijo de buen grado.
Se sentó y se quitó la túnica. Así sus hombros quedaron desnudos.
¡Ahora! Cogí la ramita de espino y la puse ante él.
—Esto viene de Esparta, de mi hogar. Nuestras costumbres difieren de las vuestras. Sin embargo, debo honrarlas, o si no sentiría que nuestra unión no es completa.
—Haz lo que tengas que hacer —murmuró, sin saber lo que decía.
—Muy bien.
Coloqué cuidadosamente la rama en su hombro y la pasé lentamente por su espalda. Los pequeños pinchos se clavaron, diminutos pinchazos dejaron escapar unas gotitas de sangre, finas líneas en su espalda.
—Si esto te hace mía, y a mí tuyo, no es nada —suspiró, encantado.
—Ya está —dije, dejando a un lado la ramita. ¿Cuánto tiempo tardaría en hacer efecto? Debía entretenerle un rato más—. Marido —dije, con gran solemnidad—, hay otro ritual que observamos en Esparta. Debemos entonar el himno a Hera como protectora del matrimonio e invocar sus bendiciones.
—Muy bien.
Un rastro de impaciencia se transparentaba en su voz, pero la noche era larga, y podía posponer su placer durante unos momentos, si al hacerlo su estatura aumentaba a ojos de su esposa.
Yo nunca había llegado a memorizar entera la plegaria de Hera, cosa que me dejaba libre para improvisar y añadir verso tras verso, que esperaba que sonasen auténticos: «Los frutos de la tierra y la gran extensión del océano / y Poseidón con todas sus fuerzas, nos concedan libre paso…».
¿Cuánto tiempo había pasado? No había forma de saberlo. Los carbones del brasero ya se estaban apagando, pero eso no era una buena medida. Dependía de la cantidad y calidad del carbón.
—… y todos los olímpicos…
—Deben retirarse al fin al Olimpo —acabó por mí, con firmeza.
Ya había llegado el momento. Él me quitó el vestido, ya que estaba en su derecho, y tocó mi cuerpo desnudo. Incoherente, se arrojó sobre mí.
Una cascada de sonidos brotaron de su boca como ciervos que saltaban, pero eran una mezcolanza confusa de cumplidos y deseo. Me cogió el vientre, me tocó los muslos, los pechos, sus recios dedos pedían una respuesta. Intenté fingir, pero mis tibios movimientos quedaban perdidos en su deseo de consumar nuestra unión. Él tenía que conseguir a Helena, hacerla suya al fin.
¡Ah, ojalá la droga hubiese ejercido en él su fuerza incapacitadora!
—¡Oh! ¡Oh! —gritaba él, lleno de placer…, pero era un placer que no podía ir más allá de esos límites.
Dejé escapar un grito silencioso de gracias a los dioses y a Gelanor. Estaba a salvo.
El asombro fluyó en él, luego la ira, luego la vergüenza. Se apartó de mí. Empezó a decir algo y luego se calló. Se preguntaba si yo sabría lo que había ocurrido.
Sólo tenía que fingir un poco más. Lo que fuese con tal de mantenerle alejado y apartarle de mi lecho: fingiría ignorancia, y así su decepción sería aún mayor.
—Deífobo —susurré, y acaricié su mejilla. Me esforcé por mirarle con aire soñador con la escasa luz que había—. Gracias.