—¿Por qué has esperado tanto para llamar? —le preguntó Arkady a Zhenia.
—Ella no quería implicar a la policía.
—¿Por qué no? Hace tres días podríamos haber puesto la ciudad patas arriba. Hoy nadie moverá un dedo. ¿Es muda?
—No.
Aunque por toda la atención que Maya le prestaba a Arkady, podría haberlo sido. Las ventanas del coche estaban empañadas con condensación y la chica dibujó una cara sonriente.
Cuanto más esperaban a Víktor, más preguntas tenía Arkady para Zhenia.
¿Quién era la chica?
¿Qué edad tenía?
¿De dónde era?
¿Cómo podía haber perdido un bebé?
¿Zhenia había llegado a ver un bebé?
¿Alguien además de la chica había visto un bebé?
Maya continuaba en silencio. Odiaba al llamado amigo de Zhenia, Arkady. Zhenia podría haberle mentido, pero era el único que había tenido el valor de entrar en un edificio buscándola y la había bajado por la escalera mientras los dos hombres del montacargas estaban ocupados metiendo a Yegor en una bolsa de cadáveres. Tardó un momento en darse cuenta de que el investigador estaba hablándole directamente a ella.
—¿Reconociste la furgoneta amarilla?
—No.
—¿De dónde?
—Te lo he dicho. De ninguna parte.
—¿Reconociste a los dos hombres?
Eran los hombres a los que ella había llamado los Cosechadores.
—No.
—Parece que te conocían. —Le pasó el cartel en el que aparecía ella y que los dos hombres habían estado haciendo circular. Maya apoyó la frente en el frío del asiento de atrás y respondió en un tono de ensoñación que no los había visto nunca antes.
—¿Y al paquistaní?
—Tampoco.
—¿Nunca compraste nada en su quiosco?
—No.
Zhenia dijo que la última vez que vio al vendedor del quiosco, lo estaban metiendo en el Volvo y lo cubrieron con una lona.
—¿Te vieron?
—En la calle —dijo Zhenia—. Así fue como la encontré, siguiendo su coche.
—¿Ellos te vieron bien?
—Sí.
—¿Qué aspecto tenían?
—Medio. Medio en todo.
—¿Nada más?
La palabra que se le ocurrió a Zhenia fue «hermanos».
Víktor se subió al Lada y explicó que la escena de la oficina estaba microscópicamente limpia.
—De todos modos, ¿quién va a informar de que un fugitivo como Yegor ha desaparecido? ¿A quién le importa un bledo un paquistaní? Por no mencionar que la edad legal para tener relaciones sigue siendo de dieciséis años. ¿Crees que los hombres que tienen relaciones sexuales con niños van a denunciar actividades sospechosas?
—Tú no eres tonto —le dijo Arkady a Zhenia—. Deberías haber llamado.
Hasta que llegaron a los escaparates lujosamente adornados de Tverskaya, Maya no se dio cuenta de que el investigador no la había llevado a ella y a Zhenia a la policía.
Arkady recordó que tenía la despensa vacía y envió a Víktor y Zhenia corriendo bajo la lluvia a comprar comida. Además, Arkady quería tener unas palabras en privado con Maya. Al principio, no había apreciado lo cerca del abismo que estaba la chica. No estaba preparado para ella. Las calles de Moscú estaban llenas de mujeres vikingas. Maya era pequeña y grácil y la cabeza afeitada añadía vulnerabilidad. Se dio cuenta de por qué Zhenia perdía el sentido con ella.
—¿Quieres hablar? —dijo Maya.
—Exacto. Sólo tú y yo.
—Vale. A ver qué clase de mentiras se te ocurren.
Pensó que la chica podría ser buena juzgando el carácter. Se preguntó qué clase de autojustificación habían vertido en sus oídos los hombres que pagaban por acostarse con una niña.
—Si tanto quieres a tu hija, ¿por qué no intentas encontrarla?
—¿Que no la busco? Lo único que he hecho durante los últimos tres días es buscar en las estaciones una y otra vez.
—Lo sé. Pero no buscar al bebé en ningún sitio más que en Tres Estaciones es castigarte a ti misma. Moscú es mucho más grande. Me confunde, porque creo que eres una buena madre.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estás sufriendo.
—No sabes nada.
—Entonces deja que lo adivine. Eres fugitiva, eres prostituta y huyes para que no te maten.
—¿Qué más? —preguntó ella.
—Escondiste al bebé en algún sitio donde pudiera respirar, quizás en una canasta, y probablemente viajaste en segunda clase toda la noche. Los carteristas y los embaucadores trabajan en equipo. Uno te empuja mientras el otro te quita el dinero. O uno te amenaza y el otro acude en tu rescate.
—Tía Lena persiguió a un soldado que me estaba molestando.
—Después, ¿Tía Lena te dio algo de beber?
—Sí.
—Tenía somnífero. Una vez que lo bebiste, no tenías ninguna oportunidad.
—Pregunté después a la gente si vieron a una mujer con un bebé bajando del tren.
—Para entonces el soldado ya se habría unido a ella, sólo que no parecería un soldado y ella no se parecería a Tía Lena. Tendrían aspecto de una familia normal de viaje. Apuesto a que ocurrió así.
—Y…
—Y los dos hombres que viste en el ascensor con Yegor te persiguen. No estoy seguro de si los habías visto antes, pero sabes qué son. De vez en cuando, una chica escapa. Entonces uno tiene que ir detrás de ella y no sólo pillarla, sino dar ejemplo con ella para que otras chicas no lo intenten.
—Sacan fotos.
—Las he visto.
Maya tuvo visiones de mujeres colgando de un gancho de carne, quemadas, flotando boca abajo en una piscina.
—Nos dicen que es inútil escapar porque están en todas partes. No sólo en Rusia. Nunca dejan de mirar y antes o después te encuentran. Podría irme al polo Norte y me encontrarían. ¿Es cierto?
—Más o menos.
—Estás contento.
—Lo siento.
—¿Y los…?
—¿Los cadáveres? No me preocupan ellos, me preocupas tú. Ellos están muertos, tú estás viva. Hay dos asesinos profesionales buscándote. Hemos de alejarte lo más posible de esta escena.
—Podría hacerlo si supiera que Katia ha sobrevivido.
—¿Es el nombre del bebé?
—Katia. Tiene una manta azul con un dibujo de patitos y se le ve una marca de nacimiento detrás del cuello si le levantas el pelo. Todavía no le he puesto apellido.
—Mantén abiertas las opciones.
—Mi apellido es Pospélova. Recuérdalo después. —Ella sonrió—. Maya Pospélova estuvo aquí.
Extendieron una gran cantidad de queso, pan, caviar rojo, chocolates y café sobre la mesa de la cocina de Arkady. Él mantuvo su atención en Maya. Confesar su apellido pareció aliviarla, como si hubiera tomado una decisión. Su serenidad preocupaba a Arkady; eso y su uso de la palabra «después». Arkady le vio la muñeca. Sospechaba que pese a que Maya tenía poco del lado de un plan A, ya tenía un plan B fiable en forma de cuchilla afilada.
Entretanto, Víktor entretenía a Maya con sus historias. Según Víktor, el arte de la nota de suicidio se había deteriorado.
—Un tweet suicida no es lo mismo.
—¿No crees que la gente que cree en el amor es más feliz?
—Depende de quién seas. Arkady se enamora con la regularidad de un salmón que va a desovar, mientras que yo tengo el listón muy alto, y sin embargo somos igual de desgraciados. Se ha convertido en una crisis nacional. No hay idilios, ni bebés rusos ni ejército. Por eso Putin hizo de Cupido.
—No recuerdo eso —dijo Maya. No había periódicos en el burdel.
—Organizó una Fiesta del Amor con ramos para todas las mujeres casadas que fueran a la plaza Roja. El clima era un poco frío, un poco nuboso. Putin lo quiere todo perfecto, así que sala las nubes.
»Lo hacemos en todos los desfiles. Los aviones van y vienen sembrando las nubes. Las semillas son bolitas de yoduro de plata y nitrógeno líquido compactado en un bloque de polvo de cemento. Cada bloque, cuando un aviador lo lanza desde el avión, explota en una nube de polvo. Todos menos uno.
—Es una pena que no tengas hijos para poder aterrorizarlos —dijo Arkady.
Víktor continuó sin inmutarse.
—Un bloque no se deshace y cae hacia la ciudad desde diez mil metros como, bueno, como un bloque de cemento. A los pilotos les parecía que el bloque se dirigía directamente al Kremlin. Se consideraron las opciones. Intentar disparar al bloque para desintegrarlo, con el riesgo de acribillar a decenas de madres en la plaza Roja. Embestir contra el bloque con el riesgo de que el avión caiga. No hacer nada y quizá ser testigos del asesinato político más inusual de la historia. Por supuesto, al final no hicieron nada. El bloque cayó en un edificio de apartamentos cercano y rompió un tejado y tres cuartos de baño antes de descansar en una bañera. Me gusta pensar en ello como la Flecha de Putin.
Arkady estaba inquieto. No sabía por qué. Le pareció que había oído el clic de un pasador en el rellano.
—Perdón. —Arkady se levantó y fue al salón. La música sonaba débilmente en el apartamento de Ania. Una samba.
Arkady llamó a la puerta. Al no haber respuesta, llamó al timbre. Llamó otra vez, luego se arrodilló y vio luz por debajo de la rendija de la puerta. La puerta estaba cerrada, pero llevaba una tarjeta de crédito para usar como palanqueta.
Víktor salió del apartamento de Arkady.
—¿Qué pasa?
—Diles a Zhenia y Maya que se queden ahí.
Arkady metió la tarjeta entre la puerta y la jamba. Un método primitivo, pero la puerta se abrió.
La distribución del apartamento de Ania era un espejo de la del piso de Arkady, sólo que éste estaba lleno de flores de seda, sillas pintadas y un desorden optimista. Obras de arte cubrían las paredes del salón. Predominaba el realismo socialista retro pintado con ironía. La cocina estaba dominada por una máquina de espresso de cafetería con mandos de bronce. Había pocos indicios de una cocina además de un horno microondas y una lista de números de teléfono de comida para llevar. Y un vaso vacío en el fregadero.
Arkady gritó el nombre de Ania. No hubo respuesta.
Víktor sacó unos guantes de látex del bolsillo. Arkady se preguntó cuántos hombres iban por ahí con guantes de látex en el bolsillo por si acaso.
El despacho de Ania era un centro de investigación con pilas de libros, archivos, material informático y fotografías de Alexander Vaksberg clavadas en un corcho. La cabeza de Arkady sonaba como si dijera: «Caliente, caliente».
—Aquí —dijo Víktor—. En el dormitorio.
Arkady recibió la impresión de un dormitorio luminoso y desordenado, con obras de arte y fotos. Se centró en Ania. Estaba tumbada boca arriba entre una cómoda y la cama, con el camisón subido hasta la cintura. Tenía el tobillo derecho sobre el izquierdo y los brazos extendidos a la espalda y tocándose suavemente, en una perfecta demostración de la quinta posición. No tenía pulso ni respiración y su piel estaba azul.
En la pared de encima de ella alguien había escrito con aerosol «Dios es mierda». La pintura aún estaba húmeda y olía a acetona. Víktor se volvió en el sitio, como si hubieran caído en una cueva.
Arkady leyó el brazalete de emergencia en la muñeca de Ania: «Leche».
Algunas personas tienen alergias fatales a los cacahuetes o al marisco. Con sólo probarlos, su sistema inmunitario reacciona tan violentamente que sufren un choque anafiláctico: sus corazones se detienen y sus vías respiratorias se cierran. Ania estaba azul por falta de oxígeno. Pero había muerte y muerte, y en medio se extendía un submundo en que el cerebro iba por su cuenta. Arkady se arrodilló junto a Ania para mirarla a los ojos. Sus pupilas todavía mantenían su forma, brillaban, y cuando las iluminó con una linterna se cerraron.
—Sigue viva —dijo.
«Aún», podría haber añadido. Sin oxígeno, las células cerebrales empezaban a morir a los dos minutos. A los cuatro minutos, la mitad del cerebro era materia inerte. Sin duda estaría muerta cuando llegara la ambulancia.
Arkady tuvo su momento de lucidez. Ania no comía, tomaba café.
El kit de emergencia —una bolsa de plástico con una cruz roja— era el único elemento de la nevera. El contenido del kit era una máscara de plástico enganchada a una perilla de goma y una EpiPen precargada con adrenalina.
Arkady destapó la aguja y la clavó en el muslo de Ania. Al instante, ella se convulsionó y su corazón empezó a latir.
Puso la máscara sobre el rostro de Ania. Su corazón correría hasta que cayera muerto como un caballo a menos que empezara a respirar. Cada apretón en la perilla de la máscara de goma introducía aire en la boca de Ania. Tenía los labios amoratados y, aunque era como tratar de animar un muñeco de arcilla, Arkady mantuvo un ritmo de apretar y soltar, apretar y soltar, cada cinco segundos, como si tuviera el corazón de Ania en la mano.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir intentándolo? —preguntó Víktor.
Arkady oyó un grito ahogado y vio a Zhenia y Maya de pie en el umbral. Maya se había tapado la boca.
—Cuanto más tiempo —susurró Víktor—, menos probable es que puedas reanimarla. No puedes resucitar a los muertos.
Arkady pensó que Ania no estaba muerta. No lo permitiría.
—Arkady. —Víktor trató de levantarlo.
—Espera —dijo Maya.
Apretar y soltar. Apretar y soltar.
El primer aliento de Ania fue áspero y desagradable. Arkady continuó bombeando hasta que la respiración de Ania se estabilizó y el tono azulado de su piel dejó pasó a uno más rosado.