Capítulo 7
Al despertar, Fuego experimentó un dolor punzante y la sensación de una mente hostil, una mente desconocida, que recorría el pasillo tras la puerta del dormitorio. Intentó sentarse y ahogó un grito de dolor.
—Debería reposar —le aconsejó una mujer, sentada en una silla apoyada contra la pared; era la sanadora de Roen.
Ella no hizo caso de la advertencia y se incorporó despacio, con precaución.
—¿Y mi caballo?
—Su caballo se encuentra más o menos en el mismo estado que usted —contestó la mujer—. Pero sobrevivirá.
—¿Y los soldados? ¿Murió alguno de ellos?
—Todos los hombres entraron en el túnel, vivos. Y bastantes monstruos fueron abatidos.
Esperando que cesara el martilleo que notaba en la cabeza para levantarse e investigar la mente extraña que estaba en el pasillo, Fuego siguió sentada, sin moverse.
—¿Mis heridas son de consideración?
—Le quedarán cicatrices de por vida en la espalda, los hombros y el cuero cabelludo, pero aquí tenemos todas las medicinas que hay en Burgo del Rey, y se curarán bien, sin infectarse.
—¿Puedo levantarme y caminar?
—No se lo recomendaría, pero si no hay más remedio, hágalo.
—Sólo quiero comprobar una cosa —dijo, falta de aliento por el esfuerzo de incorporarse—. ¿Querría ayudarme a ponerme la bata? —En ese momento se dio cuenta de que llevaba una prenda tan escasa que no podía ni llamarse camisola—. Dígame, ¿lord Arquero me vio las muñecas?
—Lord Arquero no ha estado aquí —respondió a su pregunta la sanadora, que se le acercó llevando una bata blanca de suave tela, y la ayudó a echársela por encima de los hombros, martirizados por un dolor lacerante.
Decidió enfocar la mente en el tormento que suponía meter los brazos en las mangas, en lugar de imaginar lo furioso que debía de estar su amigo para no haber ido ni siquiera a verla.
La mente que percibía estaba cerca, desprotegida y volcada en algún propósito encubierto, todo lo cual era más que suficiente para despertarle el interés; aun así, no sabía muy bien qué esperaba conseguir renqueando pasillo adelante, en pos de quienquiera que fuera, dispuesta a captar cualquier sentimiento que se filtrara de forma accidental de aquella mente, pero reacia a apresarla, controlarla o sondearla para descubrir sus verdaderas intenciones.
Era una mente culpable y furtiva, y Fuego no podía ignorarla.
«La seguiré y veré hacia dónde se dirige», pensó.
Poco después se sorprendió cuando una criada que observaba cómo caminaba por el pasillo, se detuvo y le ofreció el brazo.
—Mi esposo iba en la retaguardia de esa columna, lady Fuego —dijo la sirvienta—. Usted le ha salvado la vida.
Cojeando, continuó pasillo adelante, del brazo de la chica, contenta de haber salvado a alguien si ello significaba que ahora contaba con una persona que evitaría que se fuera de bruces al suelo. Cada paso la acercaba un poco más a su desconocida presa.
—Espera un momento —susurró por fin al tiempo que se recostaba en la pared—. ¿De quién son los aposentos que hay tras este muro?
—Son los del rey, señora.
Entonces tuvo la absoluta convicción de que el hombre que se hallaba en la cámara del monarca no debería encontrarse allí. Apremio, temor a ser descubierta, pánico; todo la asaltó a la vez.
Una confrontación quedaba descartada es su estado actual de debilidad; a todo esto, percibió la presencia de Arquero al final del pasillo, en su habitación, de modo que asió con fuerza el brazo de la criada y le dijo urgiéndola:
—Ve corriendo en busca de la reina y dile que en los aposentos del rey hay un hombre que no debería estar en ellos.
—Sí señora. Gracias, señora. —La chica salió disparada, y Fuego siguió caminando por el pasillo, sola.
Al llegar al cuarto de Arquero se apoyó en el umbral; asomado al patio cubierto, su amigo estaba junto a la ventana de espaldas a ella.
Le rozó la mente y vio que los hombros se le ponían en tensión; a continuación, Arquero se dio la vuelta y se encaminó hacia donde se hallaba ella, sin mirarla para nada. Pasó por su lado y, furioso, echó a andar pasillo adelante; tal reacción la pilló tan de sorpresa que le produjo una sensación de mareo.
Mejor así. No se encontraba en condiciones de enfrentársele si estaba tan enfadado.
Entró en el cuarto y se sentó en una silla para descansar un momento, y esperar a que se le pasara un poco el dolor palpitante de la cabeza.
Tardó siglos en llegar a las caballerizas a pesar de las muchas manos dispuestas a ayudarla, y cuando vio a Corto, rompió a llorar sin poder contenerse.
—Vamos, vamos, lady Fuego, no se aflija —dijo el albéitar de Roen—. Todas las heridas son superficiales, así que dentro de una semana se encontrará bien y estará tan flamante como un arco iris.
Conque tan radiante como un arco iris, sí, sí… El animal tenía todo el lomo cosido y vendado y mantenía la cabeza gacha; se alegró al verla aunque era la culpable de que ambos se encontraran en tan mal estado. El caballo se pegó a la puerta de la cuadra, y cuando ella entró en el cubículo, se le arrimó cuanto pudo.
—Creo que estaba preocupado por usted —comentó el albéitar—. Se ha animado al verla.
Lo siento —se disculpó la joven, dirigiendo el pensamiento al caballo mientras le rodeaba el cuello con los brazos hasta donde le era posible dado su estado—. Lo siento, lo siento.
La muchacha suponía que los cincuenta hombres se quedarían en Gríseos Chicos hasta que la División Tercera llegara y, con su presencia, forzara a las rapaces a ascender a mayor altura; hasta entonces las caballerizas permanecerían tranquilas.
Por lo tanto, se quedó con Corto, recostada en él, acumulando saliva del animal en el cabello y utilizando su poder mental para calmar la sensación de lacerante dolor que sufría el caballo.
Mientras Fuego reposaba hecha un ovillo sobre un montón de heno fresco, en un rincón de la cuadra de Corto, Roen se presentó en las caballerizas.
—Señora… —saludó la reina, de pie junto a la puerta de la cuadra, con una mirada de ternura—. No se mueva —le rogó al ver que intentaba incorporarse—. La sanadora me dijo que debe reposar, e imagino que descansar aquí es cuanto podemos esperar que haga. ¿Necesita que le traiga algo?
—Un poco de comida, por favor.
—Muy bien. ¿Algo más?
—A Arquero.
Roen carraspeó antes de contestar:
—Le diré que venga a verla una vez que tenga la seguridad de que no le dirá algo intolerable.
—Nunca lo había visto tan enfadado conmigo. —Fuego tragó saliva para contener las lágrimas.
Roen agachó la cabeza y se miró las manos, apoyadas en el borde de la puertecilla; un instante después empujaba la hoja, entraba y se acuclillaba junto a Fuego. Alargó la mano para alisarle el cabello y sostuvo un fino mechón entre los dedos mientras lo contemplaba con atención, inmóvil, de rodillas en el heno, como si intentara discernir el significado de alguna cosa.
—Mi preciosa joven —dijo—, hoy ha hecho algo magnífico, piense lo que piense Arquero. Sin embargo, la próxima vez cuénteselo a alguien a tiempo para que estemos mejor preparados.
—Arquero no me lo habría permitido.
—No, él no. Pero yo, sí.
Las miradas de ambas mujeres se cruzaron un instante, y Fuego comprendió que la reina lo decía en serio.
—¿Hay noticias de Refugio Gris? —preguntó Fuego con un nudo en la garganta.
—No, pero la División Tercera ha sido avistada por el vigía, de modo que es posible que tengamos aquí de vuelta a nuestros cincuenta hombres al final del día. —Roen se puso de pie y se sacudió la falda; volvía a ser la reina de porte serio, directo y resuelto de siempre—. A propósito, no encontramos a nadie en la cámara del rey. Por otro lado, si insiste en seguir mimando a su caballo, supongo que lo menos que podemos hacer es traerle almohadas y mantas. Y duerma un poco, ¿de acuerdo? Mejor dicho, duerman los dos. Confío en que algún día me cuente, querida, por qué ha hecho lo que ha hecho.
Roen salió de la cuadra con un revuelo de faldas, y corrió el pestillo con un golpe seco. Mientras consideraba la pregunta planteada por la reina, la joven cerró los ojos.
Lo había hecho porque era su deber, como compensación a los actos reprobables de su padre, que creó un mundo sin leyes ni orden, en el que ciudades como Refugio Gris sufrían ataques de salteadores. Y lo había hecho para demostrar al hijo de Roen —al príncipe— que estaba de su parte, y también para que siguiera vivo.
Esa noche, mientras Fuego dormía en su cuarto, los cincuenta hombres entraron con estrépito en el patio, de regreso de Refugio Gris; el príncipe y el rey no perdieron tiempo y partieron de inmediato hacia el sur, con la División Tercera, y cuando ella se despertó a la mañana siguiente, ya se habían marchado.