Mitch esperaba que Anson le pasara el teléfono, pero el secuestrador sólo habló con él y lo hizo durante más de tres minutos.
De qué trató la primera parte de la conversación era obvio y podía deducirse por lo que decía su hermano. Los últimos dos minutos no fueron fáciles de seguir, en parte porque las respuestas de Anson se fueron haciendo más breves y su tono más sombrío.
Cuando Anson colgó, Mitch dijo.
—¿Qué quieren que hagamos?
En vez de responder, Anson fue a la mesa, tomó la botella de chianti y llenó su copa hasta el borde.
Mitch se sorprendió al ver que su propia copa estaba vacía. Sólo recordaba haber tomado uno o dos sorbos. No quiso que Anson le sirviera.
Pero el hermano mayor le llenó la copa a pesar de sus protestas.
—Si tu corazón marcha al mismo ritmo que el mío, quemarás diez copas de esto en el mismo momento en que las tragues.
Las manos de Mitch temblaban, aunque no por efecto del chianti; de hecho, el vino tal vez las aquietase un poco.
—Bueno, Mickey —dijo Anson, suspirando.
Mickey era el apodo afectuoso con que Anson había llamado a su hermano menor durante un período especialmente difícil de la infancia de ambos.
Cuando Mitch alzó la vista de sus estremecidas manos, Anson volvió a hablar.
—No le ocurrirá nada. Te lo prometo, Mickey. Te juro que a Holly no le pasará nada. Nada.
Durante los años decisivos de la formación de Mitch, su hermano había sido el piloto de confianza, que siempre lo ayudaba a sortear la tormenta, el seguro defensor del flanco de la escuadra, el ancla que fijaba la nave y evitaba los naufragios. Pero ahora, mientras prometía un viaje seguro, parecía estar ofreciendo más de lo que podía dar. No cabía duda de que quienes controlaban esta singladura eran los secuestradores de Holly.
—¿Qué quieren que hagamos? —volvió a preguntar—. ¿Al menos es algo posible o es tan demencial como me pareció a mí cuando le oí pedir dos millones por primera vez?
Anson se sentó. Inclinado hacia delante, con los hombros encorvados y los gruesos brazos apoyados sobre la mesa, la copa de vino casi oculta por sus grandes manos, era una presencia imponente.
Seguía pareciendo un oso, pero ya no daban ganas de abrazarlo. Las mujeres a quienes atraía como la luna rige las mareas pasaban tan lejos de su órbita como les era posible cuando lo veían de ese humor.
La forma en que Anson apretaba las mandíbulas, el palpitar de sus fosas nasales, el color de sus ojos, que cambiaron de un suave verde a un duro esmeralda, dieron ánimos a Mitch. Conocía esa actitud, ese cambio de apariencia. Así era Anson cuando se disponía a enfrentarse a la injusticia, a la que siempre oponía una resistencia tozuda y eficaz.
Aunque Mitch estaba aliviado por contar con la ayuda de su hermano, también se sentía culpable.
—Lo siento, Anson. Nunca imaginé que te meterían a ti también. Me pillaron por sorpresa. Lo lamento.
—No tienes por qué disculparte. En absoluto. Para nada. En, absoluto.
—Quizás si hubiese actuado de otra manera…
—Si hubieras actuado de otra manera, quizás Holly ya estaría muerta. Así que lo que has hecho hasta ahora es lo correcto.
Mitch asintió. Necesitaba creer lo que le decía su hermano. Aun así, se sentía inútil.
—¿Qué quieren que hagamos? —volvió a preguntar.
—Antes que nada, Mitch, quiero que me cuentes todo lo que ocurrió. Lo que el hijo de puta del teléfono me contó no es ni una fracción de ello. Necesito oírlo todo, desde que empezó hasta que sonó mi teléfono.
Mitch paseó la mirada por la habitación, preguntándose dónde podía haber oculto un dispositivo de escucha.
—Tal vez nos estén oyendo, tal vez no —dijo Anson—. No importa, Mickey. Ya saben todo lo que me vas a decir, porque fueron ellos los que te lo hicieron.
Mitch asintió. Reunió fuerzas con un poco de chianti. Luego, le contó a Mitch su infernal jornada.
Por si lo estaban escuchando, sólo dejó fuera del relato lo ocurrido con John Knox en el altillo del garaje.
Anson lo oyó con atención y sólo le interrumpió unas pocas veces para hacer alguna pregunta. Cuando Mitch finalizó, su hermano se quedó con los ojos cerrados, rumiando lo que acababa de escuchar.
Entre los hermanos Rafferty, Megan era quien tenía el coeficiente de inteligencia más alto, pero Anson siempre quedaba segundo, muy cerca de ella. La situación de Holly era tan apurada en ese momento como hacía media hora, pero a Mitch le consolaba el hecho de que su hermano hubiese entrado en liza.
Él mismo se había aproximado mucho a los resultados de Anson en las pruebas. Experimentaba una pequeña alegría, no porque una inteligencia superior se estuviese aplicando al problema, sino porque ya no estaba solo.
Solo nunca había servido para nada.
—Quédate ahí, Mickey. Enseguida regreso —dijo Anson levantándose del asiento, y dejó la cocina.
Mitch se quedó mirando el teléfono. Se preguntó si sabría reconocer un dispositivo de escucha, un micrófono o algo parecido, si desarmaba el aparato.
Le echó una mirada al reloj y vio que eran las 19.48. Le habían dado sesenta horas para reunir el dinero; y ya sólo quedaban cincuenta y dos.
No parecía posible cumplir el plazo. Los sucesos que lo habían llevado allí lo habían hecho sentirse exprimido, aplastado. Sentía como si ya hubieran pasado las sesenta horas y muchas más.
Como lo bebido hasta ese momento no le había producido efecto alguno, se terminó el vino que le quedaba en la copa.
Anson regresó, vistiendo una chaqueta deportiva.
—Tenemos que ir a algunos lugares. Te lo contaré todo en el coche. Preferiría que condujeses tú.
—Dame un segundo para terminar el vino —dijo Mitch, aunque su vaso estaba vacío.
Escribió un mensaje más en la libreta: SIEMPRE SABEN DÓNDE ESTÁ MI COCHE.
Aunque nadie lo siguió hasta la casa de sus padres, los secuestradores supieron que había estado allí. Y más tarde, cuando se detuvo en el aparcamiento de la iglesia para aguardar la llamada de las 18.00, también sabían con exactitud dónde se encontraba.
«¿Es la iglesia a la que ibas con tus padres?».
Si habían puesto dispositivos de rastreo en su camioneta y en el Honda, podían seguirlo a distancia, sin que los viera, controlando su paradero de forma electrónica, en monitores.
Aunque Mitch desconocía los detalles prácticos del funcionamiento de esa tecnología, sí entendía que el hecho de que la emplearan significaba que los captores de Holly eran incluso más sofisticados de lo que había supuesto inicialmente. La magnitud de sus recursos, es decir, de sus conocimientos y su experiencia criminal, dejaba cada vez más claro que sería difícil que cualquier tipo de resistencia tuviese éxito.
El lado positivo del asunto era que el profesionalismo de los secuestradores hacía suponer que cualquier cosa que mandaran hacer a Mitch y Anson estaría bien pensada y tendría probabilidades de éxito, ya se tratara de un robo o de algún otro delito. Si la suerte los acompañaba, podrían reunir el dinero de la recompensa.
En respuesta a la advertencia de la última nota, Anson apagó el fogón que calentaba la olla de sopa y cogió las llaves de su utilitario.
—Vamos en mi coche. Conduce tú.
Mitch atrapó las llaves que le arrojó su hermano y, recogiendo deprisa las notas que había escrito, las tiró a la basura.
Él y su hermano salieron por la puerta de la cocina. Anson no apagó las luces ni echó la llave, tal vez reconociendo que, metido en semejante tempestad, no podía evitar que entraran aquellos a quienes hubiese querido mantener fuera.
Un patio con muros de ladrillo, adornado con helechos y nandinas enanas, separaba las dos mitades del edificio donde vivía Anson. La mitad posterior, más pequeña, se hallaba sobre dos garajes.
El garaje de Anson, con capacidad para dos vehículos, contenía su Expedition y un Buick Super Woody Wagon de 1947, que él mismo había restaurado.
Mitch se sentó al volante del utilitario.
—¿Y si también tus coches tienen dispositivos de rastreo?
Cerrando la puerta del lado del acompañante, Anson respondió.
—No importa. Haré exactamente lo que quieren. Si pueden rastrearnos, se sentirán más tranquilos.
Mitch puso en marcha el vehículo, dio marcha atrás y salió al sendero.
—¿Qué quieren, qué tenemos que hacer? Dímelo.
—Quieren que transfiramos dos millones de dólares a una cuenta en las islas Caimán.
—Sí, bueno, supongo que eso es mejor que tener que dárselo en monedas de un centavo, doscientos millones de condenados centavos, pero ¿a quién tenemos que quitarle ese dinero?
La luz violenta de un rojo ocaso inundó el camino.
—No tenemos que robarle a nadie, Mitch. Es mi dinero. Quieren mi dinero, y, si es para esto, que se lo queden.