Bosch y Edgar subieron en ascensor hasta la quinta planta y entraron en el laboratorio de la División de Investigaciones Científicas, donde tenían una reunión concertada con Antoine Jesper, el criminalista jefe asignado al caso de los huesos. Jesper los recibió en la verja de seguridad y los hizo pasar. Era un joven negro con ojos grises y piel suave. Llevaba una bata blanca de laboratorio que oscilaba y se sacudía con sus largas zancadas y sus brazos en permanente movimiento.
—Por aquí, chicos —dijo—. No tengo mucho, pero lo que tengo es vuestro.
Los condujo al laboratorio principal, donde solamente había un puñado de criminalistas trabajando, y a la sala de secado, un amplio espacio de clima controlado donde la ropa y otro material de los casos se esparcía en las mesas de secado de acero inoxidable y se examinaba. Era el único lugar que podía rivalizar con la planta de autopsias de la oficina del forense en cuanto a fetidez.
Jesper los condujo a dos mesas donde Bosch vio la mochila abierta y varias piezas de ropa oscurecidas por el humus y los hongos. Había también una bolsa de plástico llena de un irreconocible bulto de podredumbre negra.
—El agua y el barro se metieron en la mochila —explicó Jesper—. Supongo que fueron filtrándose al interior con el tiempo.
Jesper sacó un boli del bolsillo de su bata de laboratorio y lo extendió para convertirlo en un puntero. Lo utilizó para ilustrar sus comentarios.
—Tenemos que la mochila contenía tres conjuntos de ropa y lo que probablemente era un sándwich o alguna clase de alimento. Más concretamente eran tres camisetas, tres calzoncillos y tres pares de calcetines. Y la pieza de comida. También había un sobre, o lo que quedaba de un sobre. No lo veis porque se lo hemos pasado a los de Documentos. Pero no os entusiasméis, chicos. Estaba en peor estado que el sándwich, si es que era un sándwich.
Bosch asintió. Hizo una lista del contenido de la mochila en su libreta.
—¿Algún identificador? —preguntó.
Jesper negó con la cabeza.
—Ningún identificador personal en la ropa ni en la bolsa —dijo—. Pero hay dos cosas a señalar. En primer lugar había una marca: Solid Surf. Lo pone en el pecho. Aquí no lo veis, pero lo leí con la luz negra. Podría ayudar, o tal vez no. Si no os resulta conocida la marca, os diré que es una referencia de skaters.
—Entendido —dijo Bosch.
—Lo siguiente es la solapa exterior de la mochila. —Jesper usó el puntero para levantar la solapa—. Lo he limpiado un poco y ha salido esto.
Bosch se inclinó sobre la mesa para mirar. La bolsa era de lona azul. En la solapa había una clara decoloración que formaba una gran letra B en el centro.
—Parece que hubo alguna clase de adhesivo en la mochila —dijo Jesper—. Ya no está y no sé si eso ocurrió antes o después de que la enterraran. Yo apuesto a que fue antes. Parece que lo hubieran arrancado.
Bosch dio un paso atrás y escribió unas líneas en su libreta. Después miró a Jesper.
—De acuerdo, Antoine. Buen trabajo, ¿algo más?
—Nada más de la mochila.
—Entonces, vamos a Documentos.
Jesper los guió de nuevo por el laboratorio central y luego por un laboratorio más pequeño donde tuvo que introducir una contraseña en la puerta para entrar.
El laboratorio de Documentos contenía dos filas de escritorios que estaban todos vacíos. Cada escritorio tenía una mesa de luz con una lupa montada en un pivote. Jesper fue al escritorio central de la segunda fila, que tenía una placa con el nombre de Bernadette Fornier. Bosch la conocía. Habían trabajado juntos en un caso en el que se había falsificado una nota de suicidio. Sabía que trabajaba bien.
Jesper cogió una bolsa de pruebas de plástico que estaba en medio del escritorio. La abrió y sacó dos fundas para observación. Una contenía un sobre desdoblado que era marrón y estaba manchado con hongos negros. La otra contenía una pieza rectangular de papel rota en tres partes a lo largo de los dobleces y que también estaba extremadamente decolorada por la descomposición y los hongos.
—Esto es lo que pasa cuando las cosas se humedecen, tío —dijo Jesper—. Bernie se tiró todo un día sólo para desdoblar el sobre y separar la carta. Como ves, se rompió en los dobleces. Y por lo que respecta a si seremos capaces de determinar lo que ponía en la carta, pinta mal.
Bosch encendió la mesa de luz y puso las fundas en ella. Situó la lupa encima y examinó el sobre y la carta que había contenido. No había nada ni remotamente legible en ninguno de los dos documentos. Una cosa que notó fue que parecía que no había sello en el sobre.
—Mierda —dijo.
Dio la vuelta a las fundas y siguió mirando. Edgar se acercó a él como para confirmar lo obvio.
—Habría estado bien —dijo.
—¿Qué va a hacer ella ahora? —preguntó Bosch a Jesper.
—Bueno, probablemente probará con algunos tintes, luces distintas. Tratará de encontrar algo que reaccione con la tinta y lo muestre. Pero ayer no era muy optimista. Así que como he dicho, no me haría muchas ilusiones.
Bosch asintió y apagó la luz.