La muchacha que me había guiñado el ojo me esperaba en la puerta.
—Sé que pertenecemos a la misma tradición —dijo—. Me llamo Brida.
—No sé de qué me hablas —respondí.
—Claro que lo sabes —se rió.
Me cogió del brazo y salimos juntas, antes de que yo tuviese tiempo de explicarle nada. La noche no era muy fría, y yo no sabía qué hacer hasta la mañana siguiente.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Hasta la estatua de la Diosa —fue su respuesta.
—Necesito un hotel barato para pasar la noche.
—Después te digo dónde.
Prefería sentarme en un café, conversar un poco más, saber todo lo posible sobre él. Pero no quería discutir con ella; dejé que me guiase por el Paseo de la Castellana, pues hacía años que no veía Madrid.
En medio de la avenida se detuvo y señaló el cielo.
—Allí está —dijo.
La luna llena brillaba entre las ramas sin hojas.
—Está bonita comenté.
Pero ella no me escuchaba. Abrió los brazos en forma de cruz, hizo girar las palmas de las manos hacia arriba y se quedó contemplando la luna.
«Dónde me fui a meter —pensé—. Vine a asistir a una conferencia, terminé en el Paseo de la Castellana y mañana viajo a Bilbao.»
—Oh espejo de la Diosa Tierra —dijo la muchacha con los ojos cerrados—. Enséñanos nuestro poder haz que los hombres nos comprendan. Naciendo, brillando, muriendo y resucitando en el cielo, nos mostraste el ciclo de la semilla y del fruto.
La muchacha estiró los brazos hacia el cielo y se quedó un largo rato en esa posición. Las personas que pasaban la miraban y se reían, pero ella no se daba cuenta; quien se moría de vergüenza era yo, por estar a su lado.
—Necesitaba hacer esto —dijo, después de hacerle una larga reverencia a la luna—. Para que la Diosa nos proteja.
—¿De qué hablas?
—De lo mismo que hablaba tu amigo, sólo que con palabras verdaderas.
Me arrepentí de no haber prestado atención a la conferencia. No sabía bien de qué había hablado él.
—Nosotras conocemos el rostro femenino de Dios —dijo la muchacha cuando nos pusimos a caminar de nuevo—. Nosotras, las mujeres, que entendemos y amamos a la Gran Madre. Pagamos nuestra sabiduría con las persecuciones y las hogueras, pero sobrevivimos. Y ahora entendemos sus misterios.
Las hogueras. Las brujas.
Miré con más atención a la mujer que tenía al lado. Era bonita, la melena pelirroja le caía hasta media espalda.
—Mientras los hombres salían a cazar, nosotras nos quedábamos en las cavernas, en el vientre de Madre, cuidando a nuestros hijos —prosiguió ella—. Y fue allí donde la Gran Madre nos lo enseñó todo. El hombre vivía en movimiento, mientras nosotras estábamos en el vientre de la Madre. Eso nos hizo percibir que las semillas se transformaban en plantas, y avisamos a nuestros hombres. Hicimos el primer pan, y los alimentamos. Moldeamos el primer vaso para que bebiesen. Y entendimos el ciclo de la creación, porque nuestro cuerpo repetía el ritmo de la luna.
De repente la muchacha se detuvo:
—Allí está ella.
Miré. En el centro de una plaza rodeada por el tránsito, había una fuente. En el medio de esa fuente, una escultura representaba a una mujer en un carruaje tirado por leones.
—Es la plaza de la Cibeles —dije, queriendo demostrarle que conocía Madrid. Había visto esa escultura en decenas de postales.
Pero ella no me escuchaba. Estaba en mitad de la calle, tratando de esquivar el tránsito.
—¡Vamos allí! —gritaba, llamándome por señas entre los coches.
Decidí alcanzarla, sólo para preguntarle el nombre de un hotel. Aquella locura me estaba cansando, y necesitaba dormir.
Llegamos a la fuente casi al mismo tiempo; yo con el corazón agitado y ella con una sonrisa en los labios.
—¡El agua! —dijo—. ¡El agua es su manifestación!
—Por favor, necesito el nombre de un hotel barato.
Metió las manos en la fuente.
—Haz lo mismo —me dijo—. Toca el agua.
—De ninguna manera. Me voy a buscar un hotel.
—Sólo un momento más.
La muchacha sacó una pequeña flauta del bolso y empezó a tocar. La música parecía tener un efecto hipnótico: el ruido del tránsito empezó a alejarse y mi corazón se tranquilizó. Me senté en el borde de la fuente, escuchando el sonido del agua y el de la flauta, con los ojos clavados en la luna llena encima de nosotras. Algo me decía que —aunque no lo pudiese comprender del todo— allí estaba un poco de mi naturaleza de mujer.
No sé durante cuánto tiempo tocó ella. Al terminar, se volvió hacia la fuente.
—Cibeles —dijo—. Una de las manifestaciones de la Gran Madre. Que gobierna las cosechas, sustenta las ciudades, devuelve a la mujer a su papel de sacerdotisa.
—¿Quién eres? —pregunté—. ¿Por qué me pediste que te acompañase?
Ella se volvió hacia mí:
—Soy lo que supones que soy. Formo parte de la religión de la Tierra.
—¿Y qué quieres de mí?
—Puedo leerte los ojos. Puedo leerte el corazón. Te vas a apasionar. Y vas a sufrir.
—¿Yo?
—Sabes de qué hablo. Vi cómo te miraba. Te ama.
Esa mujer estaba loca.
—Por eso te pedí que salieras conmigo —prosiguió—. Porque él es importante. Aunque diga tonterías, por lo menos reconoce a la Gran Madre. No dejes que se pierda. Ayúdalo.
—No sabes lo que dices. Estás perdida en tus fantasías —dije, mientras volvía a internarme entre los coches, jurando no volver a pensar nunca más en las palabras de aquella mujer.