Jonás había perdido la noción del tiempo. ¿Cuántas horas o días llevaban allí? No le importaba en realidad, cualquier síntoma de cansancio o hambre carecía de importancia. Estaba contemplando ¡con sus propios ojos! la increíble película del pasado de la Humanidad. ¿Qué más podía pedir un arqueobiólogo?
Desde luego Oannes no había resultado ser un dios, pero él, en esos momentos, se sentía en el Paraíso.
La imagen que contemplaba era ahora aún más extraña.
Otra vez el fondo estrellado. Pero había algo nuevo: parecía un hueco en el patrón aleatorio de estrellas. Un hueco de forma irregular.
—¿Una fluctuación aleatoria en el número? No, no creo —pensó Lilith en voz alta.
Fue Jonás quien halló la respuesta. Recordaba vagamente haber leído…
—¡Por Rama, Krishna y Mahoma!
—¿Qué es?
—Una nube de gas —aclaró el paleobiólogo—. Una nube de gas interestelar.
La escena no era tan estática como parecía. Apareció una estrella nueva en el borde de la nube. Luego, otra. Luego, tres más. Evidentemente era una simulación acelerada.
Las estrellas recién aparecidas formaban una reluciente uña cortada en el borde. Pronto fueron tan numerosas que fue imposible distinguirlas.
La uña se había convertido en un semicírculo. Pronto se hizo evidente que la forma de aquello era circular, o esférica, si la escena era tridimensional.
Y fue entonces cuando comprendieron qué era aquello. Algo que tardaron un momento en reconocer…
—Akasa-puspa —fueron las palabras que se elevaron, más o menos al unísono.
Chait Rai se volvió súbitamente interesado hacia el cubo proyector.
Aquello que consideraban su Universo presentaba un aspecto insólito… Tal vez porque lo veían desde fuera. Ya aparecía como una resplandeciente esfera de soles, que se coagulaban en el centro en un sólido bloque de luz naranja que hería a los ojos.
La música se había atenuado, como si los músicos estuvieran aterrorizados por la escena. La voz del narrador continuó.
—Estaba oculto por la nube de gas —dijo la suave voz de Ordenador—, pero ahora se reveló. Un cúmulo globular que atravesaba el disco de la Galaxia. Su movimiento era retrógrado respecto al del Sol en torno al Núcleo galáctico. Poco tiempo después de su descubrimiento estuvo claro que una catástrofe sin precedentes se cernía sobre la Esfera.
Una música amenazadora zumbaba siniestramente. La imagen de Akasa-puspa crecía con inexorable lentitud. Periódicamente, el sonido distante de una campana parecía marcar las horas de un titánico reloj que señalase el fin de un kalpa[143].
A Chait Rai la escena le parecía absurda. Akasa-puspa era su hogar. Trató de formarse la imagen que los antiguos esferitas debieron tener sobre aquel amasijo de soles: un demonio destructor.
—Era difícil predecir qué destino le aguardaba a la Esfera. Había demasiadas variables en juego. El Sol podría ser capturado. Los asteroides que formaban la «cáscara» verían perturbadas sus órbitas y se perderían, como por evaporación. O bien chocaría con una estrella del cúmulo. O bien sería despedido fuera de la Galaxia. Algunos astrónomos incluso empezaron a hacer apuestas, pese a que no vivirían suficientes años como para cobrarlas, o, de vivir lo bastante, difícilmente hubieran podido hacerlo.
Otra imagen, que Lilith reconoció con facilidad. Eran simulaciones por ordenador de todas estas catástrofes, y algunas más improbables.
—Quedaba claro una cosa: aunque el Cúmulo se dirigía hacia la Esfera, no lo hacía directamente. Dada la inmensidad del espacio, incluso este «roce» era un acontecimiento sumamente improbable.
»Corramos un tupido velo sobre lo que pasó en la Tierra. De todos modos, si el remodelado del sistema solar sobrevivía, lo haría como cautivo del Cúmulo. De hecho, ya se observaban capturas similares, junto por pérdidas de soles del Cúmulo, por interacción con el campo gravitatorio galáctico. Hubo dos opciones; o tres, más bien.
De nuevo la escena del hemiciclo. Pero ahora el orador apenas era oído. La atención del público se centraba en una media docena de peleas a puñetazos.
—Dos de ellas implicaban la emigración, pero no podían ser más distintas.
»La primera era la Opción Von Neumann. Consistía en colonizar otros planetas de la Galaxia, o sus cinturones asteroidales. A las preguntas sobre cuánto tiempo se tardaría, o el enorme esfuerzo de construcción necesario, tenían una ingeniosa respuesta: máquinas capaces de autorreplicarse.
—¿Semejantes a las Ciudades? —preguntó Jonás.
—Muy parecidas —fue la respuesta del delfín.
—… de este modo —estaba diciendo Ordenador—, la Humanidad hallaría cómodos hogares aguardándoles en la Galaxia. Pero estaba la segunda opción.
Ahora aparecía una flota de juggernauts. Se movían con majestuosa pereza en la inmensidad, ahora decorada con la imagen de Akasa-puspa.
—Los colonos del Halo, que ahora estaban en proceso de colonizar la «cáscara» de la Esfera, acuñaron el lema «¡Los planetas están obsoletos!», y sugirieron independizarse totalmente de los planetas y los soles. Los halos cometarios de la Galaxia proporcionarían un hábitat adecuado, sin perturbar las ecologías planetarias.
»Los colonos del Halo eran, naturalmente, los que más temían ser afectados. Sus… arrecifes espaciales estaban lejos del Sol, y era fácil que la gravedad del Cúmulo los arrancase del Sistema Solar. Por otro lado, tenían buenas posibilidades de sobrevivir. Mientras contasen con cometas y una brizna de luz, estarían a salvo. Pero, ¿qué sucedería con la Esfera?
La imagen que estas palabras acompañaban seguía siendo la amenazadora esfera de Akasa-puspa. Pero pronto cambió.
De nuevo, un campo estrellado. De una aislada estrella emergía una línea de luz no más gruesa que ella, un tentáculo luminoso y rojo que crecía hasta tocar otra estrella. Se subdividía y seguía creciendo. Y se subdividía de nuevo.
—De una forma u otra, había llegado la hora de emprender la colonización de la Galaxia.
Chait Rai había permanecido observando en silencio. Ahora trató de imaginarse a sí mismo empuñando un arma, desembarcando en un mundo remoto entre extrañas y salvajes criaturas… La Galaxia era grande, incomparablemente grande.
—Partieron las sucesivas oleadas de emigrantes. Fue necesario construir el anillo… el continente circular, como le llamáis vosotros, para albergarlos a todos. La Tierra estaba superpoblada, y vaciarla totalmente fue una gigantesca tarea logística.
El planeta, rodeado por Jambudvida, tal y como todos lo habían visto desde el espacio no hacía mucho. De él partían incontables naves con forma de aguja estableciendo un puente continuo con varias naves semejantes a la Konrad Lorenz que orbitaban al planeta a considerable distancia.
—Ya veo —dijo Jonás—, esas naves eran simples transbordadores. Deben funcionar gracias a los campos magnéticos de las naves estatorreactoras. Por eso no pudimos encontrar los motores.
—Exacto. Fijaos en ese estatorreactor.
La imagen tridimensional efectuó un zoom, al tiempo que las aristas del cubo crecían rápidamente, y fue como si uno de los estatorreactores se hinchara como un globo hasta ocupar todo el hemiciclo.
—¡Es la Konrad Lorenz! ¿Es esta misma nave?
—Exactamente. Poco antes de partir.
—¿Y toda la población de la Esfera emigró?
—Toda la que habitaba los seis planetas troyanos. Pero con algunas interesantes excepciones…
Varios cubos diminutos se dirigieron hacia ellos volando como una escuadrilla de reactores. Uno tras otro empezaron a crecer conforme iban llegando a su altura.
Primer cubo: Mostraba una amplia plaza con una tienda negra en forma de cubo en su centro. Unos pocos cientos de individuos se arrodillaban en torno a este cubo, inclinándose y adorándole entre desgarradas e incomprensibles plegarias.
Segundo cubo: Ahora se veía un largo muro de piedra. Varias figuras vestidas de negro se pegaban contra el muro, y parecían susurrarle cosas.
Tercer cubo: Un gigantesco edificio rematado por una impresionante cúpula, en el centro de una ciudad vacía. Unos pocos hombres se congregaban en torno al edificio.
Cuarto cubo: Un río atravesando una ciudad no menos vacía que la anterior. Unos cuantos hombres se sumergían en él, lavándose y bebiendo sus aguas.
¿Qué unía entre sí a todas estas imágenes?
—Religión —comprendió Jonás.
—Exactamente —corroboró el ordenador—. La creencia en seres sobrenaturales capaces de intervenir y alterar las vidas de los seres humanos.
—Como es lógico —añadió Oannes—, hacia la época en la que la Tierra quedó casi vacía, los más reacios a emigrar eran los que se negaban a alejarse de sus lugares santos.
»Entonces se produjo la captura.
Akasa-puspa llenaba completamente el hemisferio sobre sus cabezas.
Ordenador retomó la narración:
—Los efectos fueron interesantes. El sol quedó gravitatoriamente ligado, y conservó la Esfera prácticamente intacta. Fue después cuando se dieron cuenta de algo curioso…
»El Cúmulo había capturado planetas, en su paso a través de la Galaxia.
»Sabemos que el espacio interestelar no está vacío del todo. Hay gases muy tenues, polvo… y cuerpos del tamaño de planetas no ligados a ningún sol, nunca antes descubiertos debido a su pequeño tamaño comparativo. A medida que el Cúmulo recorría su paso, muchos cuerpos de pequeño tamaño fueron capturados. Así se originaron los sistemas planetarios del Cúmulo…
—¿Qué sucedió después? —preguntó Jonás.
—Eso deberíais respondérmelo vosotros —contestó el delfín—. Vosotros sois los descendientes de esos fanáticos religiosos que se quedaron en la Esfera.
Durante un instante las imágenes se sucedieron en un ballet de locura en la mente de Jonás. Vio a fanáticos religiosos super-tecnológicos saltando de planeta en planeta en Akasa-puspa. Erigiendo babeles. Grabando sus Libros Sagrados en las paredes de éstas. Invadiendo el planeta vecino con el único objetivo de imponerle su fe. La Civilización elevándose y cayendo como consecuencia de las continuas guerras religiosas, unido al apiñamiento de los Sistemas planetarios en Akasa-puspa… Así ¿durante cuánto tiempo? ¿Cientos de años? ¿Miles? ¿Millones…? ¿Cuánto tiempo transcurrió antes de que alguien como Alikasu-dara-Maha proclamara el Imperio, y la unidad de todas las religiones? ¿Cuántos Imperios fueron fundados para luego caer en la oscuridad como consecuencia del influjo de los religiosos?
Se encendieron las luces de la sala. Todos parpadearon para ajustar sus ojos a la nueva circunstancia. Jonás miró alrededor asombrado. Estaban en el centro de un vasto anfiteatro donde cabrían unas cien mil personas sentadas. Por supuesto todas las gradas estaban vacías. Miró hacia arriba; el techo se cerraba en una especie de cúpula, como un tazón puesto boca abajo; en el centro de esta cúpula colgaba un artefacto de aspecto complicado, una especie de hidra con cables como tentáculos y miles de lentes como ojos; ¿Ordenador?
Se volvió hacia sus compañeros que, en un pensativo silencio, consideraron lo que acababan de oír.
—Todo lo que hemos visto… —preguntó Lilith confusa—, ¿cuándo sucedió?
El delfín revoloteó sobre su auditorio.
—Yo nací en el año 10.567 después de Cristo.
—¿Cristo? ¿Se trata de un personaje real? —preguntó Jonás.
—Por supuesto, al igual que Mahoma o Buda. Y todos son casi contemporáneos míos. Sobre todo si tenemos en cuenta la escala de tiempo de la que estamos hablando…
—¿A qué te refieres?
—Relatividad. Para la Konrad Lorenz han pasado sólo seiscientos años, tiempo de a bordo. Para vosotros han transcurrido veinticinco millones de años desde entonces.
¡Veinticinco millones…! Jonás se quedó sin aliento. Lo había sospechado pero… El movimiento de las placas continentales… Se volvió hacia Lilith, y hacia Chait Rai. Parecían tan impresionados como él.
—De esos seiscientos años —siguió hablando Oannes— sólo cien los pasé viajando por el espacio a velocidades relativistas. Hace quinientos años que regresé a la Tierra. Abrí las compuertas de la nave, y mis pasajeros salieron al exterior. Los salvajes que habéis encontrado son sus descendientes… Yo busqué a mis congéneres en los mares de la Tierra, pero sólo encontré intrusos llenando sus nichos ecológicos: Un pingüino de más de cuarenta metros de longitud, con el pico transformado en un tamiz de plancton. Y otro pájaro del tamaño y la forma aproximada de un delfín, pero con un pico largo y aserrado para capturar peces. Ni delfines ni ballenas… sólo pájaros.
—Regresasteis, ¿por qué? ¿Por qué no desembarcasteis en cualquier planeta de la Galaxia?
El delfín pareció sonreír con tristeza.
—La proyección se refería a las máquinas Von Neumann…
Oannes hizo una pausa. Sólo obtuvo miradas de incomprensión.
—El proyecto original era que las Máquinas abriesen camino a la colonización humana. Muchos planetas son adecuados para la vida, pero no existe en ellos vida nativa. Otros son casi habitables. Las Máquinas debían terraformarlos. Pero…
—Pero… ¿qué? —preguntó intrigado Jonás.
—Pero… Nada. No hay huellas de civilización humana en la Galaxia. Si hay humanos vivos, no tienen civilización.
Una sombría premonición se apoderó de todos. Jonás sintió un escalofrío. Sólo Chait Rai parecía impasible.
—Cuando regresé —prosiguió Oannes— traté de comunicarme con quien fuera. No obtuve respuesta. Sólo oí códigos cifrados en binario, que mi ordenador no pudo descifrar. Eran comunicaciones máquina-máquina. No había la menor huella de voces o imágenes humanas.
»No obtuve respuesta a mis mensajes, aunque los radiofaros debían responder a la clave en que emití.
»Pasé mucho tiempo reuniendo información para decidir mi próximo paso. Escuché todas las frecuencias. Obtuve imágenes de la Galaxia en todo el espectro. Medí campos magnéticos, radiaciones, incluso cuenta de neutrinos. Mi ordenador quedó empachado de números…
»La inevitable conclusión es ésta: La Galaxia está infestada de Máquinas de Von Neumann. Millones de ellas. Esparcidas por todos los soles, incluso el Núcleo, que su programación original ordenaba evitar.
»Sólo puedo proponer una explicación: Se han vuelto locas.
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Lilith.
—La programación de las Máquinas —respondió Oannes— estaba codificada en bloques de cristales aperiódicos de… Bueno, no importa. Pero ningún modo de almacenar información está a salvo de pérdidas o cambios aleatorios, debidos a inevitables errores de copia o la acción de radiaciones…
—Mutantes —habló Jonás—. Esas máquinas son mutantes.
—¿Eh? —exclamó Lilith.
Fue Oannes quien respondió.
—Eso es lo único que lo puede explicar. A lo largo de los milenios, sus instrucciones pasaron de «padres» a «hijos». Pero debieron deslizarse algunos pequeños errores. Y al acumularse con el paso del tiempo, dejaron de seguir las intenciones originales de los programadores.
—¡Como los seres vivos! —dijo Lilith—. Creyeron asegurarse unos esclavos fieles, pero esto los independizó.
Increíblemente, Jonás se echó a reír con una risa casi histérica. Sus compañeros le miraron con alarma.
—No, no estoy loco… —Se fue calmando—. Es sólo que… bien, estaba recordando una conversación que tuve con Hari sobre evolución. Aquellas primeras máquinas rebeldes obtuvieron una ventaja selectiva sobre las obedientes.
Ahora fue él quien obtuvo una mirada de incomprensión.
—¿No os dais cuenta? Las máquinas tienen que trabajar para la humanidad y para autorreplicarse. Las rebeldes sólo trabajan para sí mismas. Así que disponen de más recursos para autorreplicarse. Intentad contemplarlo desde mi punto de vista…
»Un ser vivo distribuye los recursos capturados (energía o materia) en estas partidas: crecimiento, células reproductoras, reposición de células no reproductoras perdidas (epidermis, pelos, cutículas, y demás), energía muscular. Hay además una pérdida de calor.
Una fábrica gasta la mayor parte de sus recursos en transformar materias primas, y el resto en mantenimiento. Si gastase una apreciable cantidad de recursos en crecimiento, quedaría poco para el procesado de materias primas. Su rendimiento sería menor.
»Por ejemplo: una placa solar tiene un rendimiento del 18 al 20 por ciento. En cambio, la fotosíntesis tiene un rendimiento (en condiciones óptimas) de apenas el 3 por ciento. Las plantas están hechas para sobrevivir, no para ser explotadas.
»Una factoría capaz de autorreplicarse necesitaría gran cantidad de máquinas y herramientas para ello, que serían poco útiles en el procesado de materias primas. De forma que cada copia mutante de una Máquina, que dedicara una menor parte de su esfuerzo, en la elaboración de estas materias, y más en su propia reproducción, gozaría de una ventaja evolutiva definitiva con respecto a sus hermanas… En sólo unas pocas generaciones acabaría por imponerse totalmente a ellas.
»Una vez lanzada al espacio la primera máquina Von Neumann la secuencia de los acontecimientos sería inevitable… ¿Cómo pudisteis cometer un error tan estúpido?
—No lo sé —dijo Oannes lentamente—. El sistema fue diseñado a prueba de fallos… al menos en teoría.
—Y ahora, ¿qué podemos hacer? —preguntó Chait.
—¿Hacer? —dijo Oannes—. Quizás estemos razonablemente a salvo aquí. Los cúmulos globulares son pobres en metales, y por tanto poco interesantes para las Máquinas… No lo sé. Lo cierto es que, probablemente, en Akasa-puspa se encuentre la última reserva de seres humanos del Universo.
—Pero las Ciudades… —insistió Chait— son Máquinas Von Neumann, ¿no?
El delfín cabeceó asintiendo.
—Sí, y las babeles también. Se coloca un satélite en órbita, y éste se encarga de tender una babel por si mismo… Pero no hay peligro. Las mutaciones se produjeron a lo largo de milenios de autorreplicarse. Pero las Ciudades, mientras los humanos no ocupen sus zonas habitables, no se replicarán.
—Por eso estableciste un tabú sobre la utilización de esos sectores… —dijo Jonás.
—Sí. El jugar a dios no me gusta tanto como podáis haber imaginado. Pero me vi obligado a establecer unas reglas para mi protección personal.
—Reglas tales como el tabú de que tu imagen sea reproducida…
—Sí. Pero me temo que existe algo en las religiones que las obliga a proveerse de iconos. Mi prohibición no resultó demasiado efectiva.
—Pero, ¿por qué? No lo entiendo.
—Piensa en esto: he vivido seiscientos años. Con un poco de suerte podría llegar al milenio. Aquí, en la Esfera, no hay nada que me lo impida… Pero tengo unos vecinos muy ruidosos. Por lo que sé, lleváis veinticinco millones de años de interminables y continuas guerras, y yo estoy más indefenso de lo que parezco. Pensé que el mantenerme oculto era mi única posibilidad de supervivencia.
»Pero me equivoqué. La violencia debe estar más sólidamente implantada en vuestros genes de lo que me figuraba. Me habéis dado una buena prueba de esto destruyendo una babel que había estado firmemente levantada en su lugar durante millones de años, y lo hicisteis nada más llegar.
»Comprendí entonces que debía cambiar la táctica. Debía tomar partido, y esperar que el bando vencedor se mostrara dispuesto a dejarme en paz…
Oannes agitó su cola, y durante un momento su eterna sonrisa pareció convertirse en una máscara de amargura.
—Mirad, ya veis lo que soy —dijo girando sobre sí en el aire—: Ni un dios, ni un héroe, ni siquiera un humano. Sólo un viejo delfín que un día sirvió fielmente a vuestros antepasados… Os he contado todo lo que sé. Ya no lograréis obtener nada más de mí. Ni siquiera matándome…
—Has dicho que piensas tomar partido —dijo fríamente Chait.
—Ya lo he hecho. He salvado vuestra única posibilidad de regresar a Akasa-puspa… a vuestro hogar… He salvado a la Vajra de la destrucción.
Los dos hombres de la Utsarpini y la mujer del Imperio se miraron asombrados.
—¿La Vajra? —preguntaron casi al unísono.