Capítulo 7

Un kilómetro más allá, en la plaza Copley, Irina Spasky (nombre en código: Equipo Cinco) se preocupaba por su veneno. Había cargado los inyectores de sus uñas con la mezcla habitual, pero se temía que no fuese suficiente para ese encuentro.

Años atrás, durante la Guerra Fría, ella y sus colegas del KGB, la policía secreta de la Unión Soviética, habían utilizado paraguas que inyectaban veneno y sprays con toxinas para infectar asientos de inodoros. ¡Aquéllos habían sido buenos tiempos! Ahora Irina trabajaba sola, así que tenía que simplificar sus métodos. Las agujas se extendían cuando doblaba los dedos por la primera articulación. Era casi imposible verlas y causaban sólo una sensación de pinchazo. El veneno dejaba a sus víctimas muy enfermas, en el mejor de los casos, paralizadas durante muchos días, lo que solía ser más que suficiente para que Irina pudiese empezar su búsqueda en condiciones. Lo mejor de todo era que el veneno era completamente imposible de detectar y no tenía antídoto.

Desafortunadamente, actuaba despacio. Sus víctimas podían proceder con normalidad, sin mostrar síntomas durante ocho horas o más. Si tenía que incapacitar a sus enemigos con mayor rapidez, necesitaba utilizar otros medios.

Ian y Natalie Kabra no debían ser infravalorados. Unos años atrás, cuando él tenía diez años y ella siete, Irina tal vez los hubiera dominado sin problemas, pero ahora tenían catorce y once… y las cosas eran muy diferentes.

Ella deambulaba por la plaza Copley en espera de que llegaran. Se habían puesto de acuerdo en emplear tácticas generales de contravigilancia, estableciendo solamente una área general y una hora para sus encuentros. Las nubes de tormenta habían desaparecido y el cielo estaba despejado. Era una preciosa tarde de verano, como las que Irina odiaba. Tanto sol, flores y niños jugando… Ella prefería un invierno gris ceniza en San Petersburgo, un clima mucho más propicio para el espionaje.

Irina compró un café en un quiosco de la calle y después vio a Ian y a Natalie al otro lado de la plaza, caminando por delante de la iglesia de la Trinidad. Sus ojos se cruzaron rápidamente con los de ella y siguieron caminando.

Ahora era el turno de Irina. Ella los siguió manteniendo una distancia, comprobando que no les había salido ninguna «cola», es decir, que nadie los vigilaba ni los seguía, ni había ningún fotógrafo observándolos. Después de quince minutos, comprobó que tenía vía libre. Esperó a que se volviesen y la viesen.

En cuanto lo hicieron, Irina dio la vuelta y empezó a caminar. El juego se había invertido: ella los dirigió a través de la plaza en dirección a la biblioteca, consciente de que ambos estarían comprobando que no le hubiera salido ninguna cola. En caso de que viesen algo raro, Ian y Natalie tendrían que desaparecer y se abortaría el encuentro.

Después de quince minutos, Irina cambió de rumbo y vio que, desde la calle Boylston, los Kabra aún la seguían. Eso quería decir que estaba limpia. Nadie la vigilaba. Los niños giraron en dirección al hotel Copley Plaza e Irina los siguió.

Se encontraron en el bullicioso vestíbulo, donde ninguna de las partes podría tender una emboscada a la otra.

Natalie e Ian parecían mucho más relajados, sentados uno frente al otro en los mullidos sofás. Los dos mocosos se habían cambiado la ropa del funeral. Ian llevaba un polo azul celeste, pantalones de color beige y mocasines con borlas y Natalie lucía un vestido de lino que dejaba ver su piel color café. Los ojos de los dos hermanos brillaban como el ámbar. Eran tan adorables que hacían que la gente se volviese para mirarlos, lo cual no ayudaba demasiado cuando se trataba de reuniones secretas.

—Llamáis mucho la atención —los regañó Irina—, deberíais ser más feos.

—¿Es ese sueño el que te mantiene viva, querida prima? —se rió Natalie.

Irina hubiera querido arañarle la cara de renacuajo insolente con sus uñas venenosas, pero mantuvo la compostura.

—Insúltame cuanto quieras. Pero eso no nos llevará a ninguna parte.

—Cierto —reafirmó Ian—. Tenemos un problema en común. Por favor, toma asiento.

Irina se lo pensó. Tenía que escoger si se sentaba al lado de Ian o de Natalie, y ninguna de las dos opciones era segura. Se decantó por la joven muchacha, tal vez fuese más fácil derrotarla en caso de necesidad. Natalie sonrió y le hizo un hueco en el sillón.

—¿Has considerado nuestra propuesta? —preguntó Ian.

Irina no había pensado en otra cosa desde que había recibido el mensaje de texto enviado a su móvil hacía dos horas. El texto estaba cifrado según un código algorítmico empleado exclusivamente por los Lucian.

Irina asintió.

—Habéis llegado a la misma conclusión que yo. La segunda pista no está en Boston.

—Exacto —respondió Ian—. Les hemos pedido a nuestros padres que nos alquilen un jet privado. Saldremos en una hora.

«Alquilar un jet privado», pensó Irina con resentimiento. Había conocido a los padres de los Kabra en los viejos tiempos. Eran coleccionistas de arte de renombre internacional. Habían sido unas personas peligrosas e importantes en la rama de los Lucian, pero ahora estaban retirados en Londres y se dedicaban a mimar a sus hijos. Dejaban que Ian y Natalie viajasen cuanto quisieran y les rellenaban tantos cheques en blanco como necesitasen.

¿Qué más les daban las 39 pistas a aquellos mocosos? Ésa era una aventura más para ellos. Irina tenía sus propias razones para encontrar el tesoro, razones mucho más personales. Los Kabra eran demasiado ricos, demasiado inteligentes y demasiado orgullosos, pero algún día… Algún día, Irina cambiaría las cosas.

—Entonces, ¿adónde vais a ir? —preguntó ella.

Ian se incorporó en su asiento y extendió los brazos. No aparentaba catorce años. Cuando sonreía, parecía tan malvado como si fuera un adulto.

—Sabes que se trata de Benjamin Franklin, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces ya sabes adónde vamos y qué buscamos.

—También sabes —apuntó Natalie— que no podemos dejar que el secreto caiga en manos ajenas. Como buenos Lucian, deberíamos trabajar juntos. Tú podrías tender la trampa.

El tic del ojo de Irina la delataba, se había puesto nerviosa. Odiaba que le pasase aquello, pero no podía evitarlo.

—Podríais tender la trampa vosotros mismos —contestó ella.

Natalie respondió negando con la cabeza.

—De nosotros sospecharían, pero tú podrías llevarlos a su perdición.

Irina dudó por un instante, tratando de encontrar algún fallo en el plan.

—¿Qué gano yo con todo esto?

—Ellos son una gran amenaza para nosotros —apuntó Ian—; puede que aún no se hayan dado cuenta, pero es sólo cuestión de tiempo. Tenemos que eliminarlos cuanto antes. Nos beneficiará a todos y, además, tú tendrás la fortaleza de los Lucian a tu disposición. Ya habrá tiempo de enfrentarnos entre nosotros más adelante, ahora debemos destruir a la competencia.

—¿Y qué pasa con los Madrigal? —preguntó ella.

Por un segundo, la cara de Ian reflejó su nerviosismo, o eso le pareció a Irina.

—Paso a paso, prima.

Irina odiaba admitirlo, pero el muchacho tenía razón. Se examinó las uñas con indiferencia, asegurándose de que cada una de las agujas estaba preparada.

—¿No os parece extraño —preguntó ella lentamente— que la base de datos de los Lucian tenga tan poca información sobre Franklin?

Sabía perfectamente que ellos habrían entrado en la unidad principal de la rama Lucian, igual que había hecho ella.

Los ojos de Ian parpadearon en señal de enfado.

—No hay demasiado, es cierto. Por lo visto, Franklin escondía algo… incluso a sus propios familiares.

Natalie sonrió a su hermano con frialdad.

—Un Lucian que no se fía de sus familiares, imagínatelo.

Ian rechazó su comentario.

—Tus quejas no cambiarán nada. Tenemos que ocuparnos de Amy y de Dan. Prima Irina, ¿estamos de acuerdo?

Las puertas del hotel se abrieron y un hombre rollizo, de traje marrón, entró velozmente y se dirigió a recepción. Parecía estar fuera de lugar, quizá se tratase de un guardia de seguridad o de un policía de incógnito; tal vez no tuviese nada que ver con ellos, pero aun así Irina no podía fiarse. Habían estado ahí sentados durante demasiado tiempo. Alargar su reunión podía ser peligroso.

—Muy bien —dijo Irina—, prepararé la trampa, entonces.

Natalie e Ian se levantaron. Irina se sintió aliviada y quizá también halagada, pues los Kabra necesitaban su ayuda. Después de todo, ella era mayor que ellos y tenía más experiencia.

—Me alegra que hayamos llegado a un acuerdo. No me habría gustado tener que haceros daño —dijo Irina, sintiéndose generosa.

—Por supuesto, a nosotros también nos alegra —aseguró Ian—; Natalie, creo que ahora ya no corremos ningún riesgo.

Irina hizo un gesto de incomprensión y después miró a Natalie, aquella joven muchacha que parecía tan inofensiva con su vestido blanco, y se dio cuenta de que la endemoniada chiquilla sostenía una diminuta cerbatana de plata escondida en la mano, a menos de cinco centímetros del pecho de la mujer. A Irina se le paralizó el corazón; ella misma había usado ese tipo de armas anteriormente. Esos dardos podían contener venenos bastante peores que los que ella se atrevía a llevar en las uñas.

Natalie le ofreció una de sus mejores sonrisas sin dejar de apuntar el arma.

—Ha sido estupendo volver a verte, Irina.

—De hecho —añadió Ian altivamente—, te daría la mano, prima, pero no me gustaría arruinar tu manicura especial. Avísanos cuando hayas eliminado a Amy y a Dan, ¿de acuerdo?