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Queridísimo hermano Samuel, también llamado Silvano, también llamado lo que te plazca…

Oh, dulce Silvano, ¿te ha contado Noemí lo que pasó cuando volví a Magdala y quise buscarte? Delante de sus ojos, me quitaron a Eliseba. Mi propio padre —¡tu padre!— me llamó réproba y me repudió, y Eli se puso de su lado, y juntos se enfrentaron a Joel y amenazaron con privarle de todos sus bienes si no se unía a ellos.

Yo regresé con la esperanza de reencontrar mi hogar y a mi familia, pensando que me recibirían con los brazos abiertos y que darían gracias a Dios por mi liberación de aquella cruel opresión. En cambio, ellos se enfrentaron al hombre que expulsó de mí los demonios y me acusaron de haber hecho cosas vergonzosas con los demás hombres que le siguen. He sido tan casta como la Artemisa de tus libros griegos, tan fiel como Penélope a su Ulises y, sin embargo, éste es el trato que recibí. ¡Me echaron, Silvano, y me quitaron a mi hija! Tú eras mi única esperanza, pero no estabas cuando corrí a buscarte, y ya nadie podía ayudarme.

¡Ayúdame ahora! Te ruego que leas mis cartas, te ruego que encuentres la manera de entregar a Eliseba las pequeñas cartas que escribiré para ella. No, no se las des, ellos se las quitarán. Léeselas en privado. Sin duda ella puede ir a tu casa para jugar con tus hijos sin despertar sospechas. Mi corazón llora cada día que paso lejos de ella y, a veces, mis brazos me duelen de verdad del deseo de abrazarla.

Ahora, como sé que mi suerte te preocupa aunque el resto de la familia me haya repudiado, te contaré dónde estoy y lo que ha pasado. El hombre que me liberó de los demonios, Jesús, está en Cafarnaún predicando, enseñando y curando. Quizá ya hayas oído hablar de él. Sus obras de caridad le han dado mucha fama, y viene gente de todas partes para buscar su ayuda. Ya no le permiten entrar en la sinagoga, por culpa de las discusiones con las autoridades y las disputas sobre la interpretación de la Ley, por eso predica en los campos. Grandes multitudes vienen a escucharle. ¡Ven tú también, Silvano! Ven a escucharle y a verme. Soy una de sus ayudantes. Cada día gente nueva se une a nosotros, pero cuatro de sus primeros seguidores eran pescadores, tú les conoces, solían vender pescado al almacén. Son los hijos de Jonás y Zebedeo.

Tengo mucho que hacer, mucho más de lo que nadie me había pedido nunca. Estoy ocupada a todas horas y, cuando llega la noche, caigo rendida de cansancio, aunque duermo profundamente, con la satisfacción de haber hecho el bien y de haber ayudado a los demás… personas que están tan desesperadas como lo estuve yo.

¿Quién es Jesús? Nadie lo sabe. Ni siquiera yo. Sé de dónde viene, conocí a su madre, a sus hermanos y hermanas pero, aun así, no sé realmente de dónde viene. Es un gran misterio; no obstante, estar con él no resulta misterioso en absoluto.

Estamos todos apasionados con esta nueva vida, tan diferente a cualquier cosa que pudiésemos esperar. Con fuerzas siempre renovadas, salimos cada día al encuentro de lo que nos aguarda. Jamás había sospechado que es posible vivir así.

Nunca, sin embargo, encontraré el sosiego hasta que vuelva a reunirme con Eliseba y Joel comprenda mi situación. Jesús dice que esto podría ocurrir con el tiempo. Confío en que tenga razón.

¡Oh, ven a escucharle con tus propios oídos! ¡Ven a verme!

Tu hermana que te quiere, María.