A la mañana siguiente revisó su última conversación de trabajo con Mariana, la de la antevíspera. Descubrió que las mentiras sufren también un desgaste de la memoria, y que necesitan, lo mismo que los recuerdos y los sueños, las urgentes reparaciones del amanecer.
¿Dónde dijo que había ocultado su vieja pistola de escuadrista, en el primer cajón de la izquierda de la cómoda…? ¿Con una bala en la recámara, con el seguro puesto o quitado? ¿Aún no había redactado este pasaje?
Estaba desnudo en la vetusta bañera metálica, de pie, flexionando levemente las rodillas para alcanzar el grifo con la mano y abrirlo, cuando presintió en torno suyo un silencioso tumulto de materiales de desecho, escombros de lo que fue otra vida, otro afán. Por encima de su cabeza algo le alertó, una posibilidad que no había previsto le obligó a alzar bruscamente la cara y mirar hacia arriba. La vieja alcachofa de la ducha, aunque oxidada y algo torcida, mal enroscada, presentaba en lo alto su habitual aspecto bobalicón y apacible, pero ya habían empezado a retumbar las antiguas cañerías semiatrancadas, regurgitando el agua y la memoria asmática, y aunque él inició el gesto de apartarse no pudo impedir que la alcachofa, disparada con violencia por la presión del agua, le acertara el ojo derecho con diabólica precisión.
Lanzó un alarido, saltó de la bañera y, gimiendo, tanteó a ciegas la toalla. Luego se miró en el espejo: el ojo a la funerala y un corte en el párpado. La sangre roja manó escandalosa durante un rato. Se puso una tirita.
La urgencia de la sangre le hizo olvidarse momentáneamente de aquella premonición, segundos antes de alzar la cabeza al techo. Y sólo más tarde, en la cocina, orientándose con oblicuas miradas de tuerto —dudando entre despertar a Mariana o hacer el café y las tostadas, decidiéndose por lo último—, recuperó la alarmante conciencia de que aquello ya lo había vivido o presentido en alguna otra parte: esa chapuza del anónimo lampista, ¿no había ya descalabrado otra frente, no había ya salpicado la bañera con otra sangre…?
Parado, mientras humeaban las tostadas que miraba sin ver y silbaba la cafetera, recompuso mentalmente una borrosa figura del Tangram de su prosa más negra. Se fue al teléfono de la sala y llamó a la centralita de L’Arboç, donde le comunicaron con la casa de su cuñado. Antes de poder formular la pregunta, tuvo que soportar una reprimenda: les había olvidado, siglos que no iba a verles, su hermana estaba enfadadísima, etcétera.
—Juan, escucha un momento —consiguió interrumpirle—. Tú que tienes buena memoria… ¿Te acuerdas, por la época en que venías a festejar con Rosa, si yo denuncié a alguien de Comarruga…? Piénsalo bien, ya sabes que por aquí siempre han corrido rumores.
—Hombre, esto tiene gracia, tú. ¡Ahora resultará que la gente ha estado viendo visiones! ¿Rumores dices? ¿Quieres una lista…?
No, sólo estaba interesado en una persona. ¿Podría tratarse de un electricista, bastante chapucero por cierto? ¿Se acordaba?
La respuesta era sí.
—No sólo le enviaste a la cárcel —añadió su cuñado—, además le destrozaste la mano de un tiro porque una noche se orinó en aquel emblema que había en la fachada de tu casa, no lo habrás olvidado, supongo. Estuvo muchos años en la cárcel, pobre diablo, y al salir juró que te mataría… Por cierto, sí que era un desastre como lampista, ¿te acuerdas de la primera ducha que Rosa hizo instalar, poco antes de morir tu padre…?
—No, yo ya estaba casado, no vivía aquí, no sé nada de eso. —Sentía el sudor frío corriéndole por la espalda—. De verdad, Juan, de verdad…
—Está bien, no te pongas así. Estoy intentando recordar… Este tipo, al salir de la Modelo, tuvo que dejar el oficio, tenía la mano casi inútil. Parece que vivió unos años en Barcelona, trabajando de…
—Chófer —dijo Forest con un hilo de voz—. Conducía una camioneta de reparto.
—Una furgoneta —corrigió su cuñado con una euforia injustificada—. Exactamente. Lo que quizá no sabes es que este desgraciado volvió a San Salvador, ya de viejo, y que ahora trabaja de jardinero en casa de un médico jubilado. ¡Si parece una de tus novelas, a que sí! —añadió el insensato—. Hombre, si yo incluso sabía su nombre, espera…
—Pau.
—Eso.
—Pau. Pau.
—Que sí, hombre.