Capítulo 26

Las niñas llevaban durmiendo buena parte de la tarde. Cuando despertaron Angie notó que Kathy estaba colorada, signo casi inequívoco de que volvía a tener fiebre. No debería haberla dejado con el pijama mojado, se dijo, tocando la prenda. Todavía está húmedo. Aun así esperó hasta que Clint se marchó a las cinco de la tarde para cambiar a Kathy y ponerle uno de los conjuntos de peto y polo del que no se había deshecho.

—Yo también quiero quitarme el pijama —protestó Kelly. Sin embargo, en cuanto vio la mirada llena de ira de Angie volvió la vista hacia la tele y siguió viendo el canal Nickelodeon.

A las siete en punto, Clint telefoneó para decirle que había comprado un coche nuevo, un Toyota negro, en Nueva Jersey, queriendo decir que había robado un vehículo y que le había cambiado las matrículas por unas de Nueva Jersey. Antes de colgar le dijo:

—No te preocupes, Angie. Esta noche lo celebraremos.

Ya lo creo, dijo Angie para sus adentros.

A las ocho en punto Angie volvió a meter a las gemelas en la cuna. Kathy respiraba con dificultad y seguía caliente. Angie le dio una aspirina y luego vio cómo se acurrucaba y se metía el pulgar en la boca. Ahora mismo Clint y Lucas estarán en contacto con quienquiera que lleve el dinero, pensó Angie con los nervios a flor de piel.

Kelly estaba incorporada en la cuna, con un brazo echado por encima de su hermana. El pijama con un osito de felpa azul que llevaba puesto desde la noche anterior estaba arrugado y se había desabrochado por el cuello. Kathy iba de azul oscuro, con el polo a cuadros blancos y azules.

Tengo una muñeca vestida de azul —comenzó a cantar Angie—, con su camisita y su canesú.

Kelly alzó la vista, clavando su mirada severa en Angie mientras esta entonaba la segunda estrofa de la canción:

La saqué a paseo, se me constipó, la tengo en la cama con mucho dolor.

Angie apagó la luz, cerró la puerta de la habitación y se encaminó hacia el salón. Esto está más limpio que una patena, pensó con sarcasmo. Como no lo había visto hacía mucho tiempo. De todos modos, no debería haberme deshecho del vaporizador. La culpa ha sido de Lucas.

Angie consultó la hora en su reloj. Eran las ocho y diez. Lo único que sabía Clint sobre el pago del rescate era que él tenía que estar a las ocho en punto en un coche robado aparcado a un par de manzanas de Columbus Circle. A esas horas el Flautista ya habría puesto la maquinaria en marcha.

A Clint no le habían dicho que llevara un arma, pero Angie lo había convencido para que así lo hiciera.

—Míralo de este modo —le había dicho Angie—. Imagínate que huyes con el dinero y te persiguen. A ti se te dan bien las armas. Si te ves acorralado de verdad, apunta a la pierna del poli o a las ruedas del coche.

Clint llevaba ahora una pistola sin registrar en el bolsillo.

Angie preparó una cafetera, se sentó en el sofá y puso el canal de noticias. Con una taza de café solo ardiendo en una mano y un cigarrillo en la otra, Angie miraba la tele con atención mientras el presentador especulaba sobre la posibilidad de que estuviera llevándose a cabo la transacción del pago del rescate entre los secuestradores y la familia Frawley.

—Nuestra página web se ha visto inundada de mensajes de nuestros espectadores que rezan para que las dos niñas vestidas de azul vuelvan a estar muy pronto en brazos de sus padres y acabe así su sufrimiento.

Angie se echó a reír.

—Lo tienes claro, colega —dijo, sonriendo con satisfacción al rostro adusto del presentador.