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Eva Luna

Eva lo supo en cuanto su padre traspasó el umbral del bar y vio el brillo enfermo en sus ojos, aquella mirada lasciva y obscena, la relamida satisfacción en el rictus de sus labios. Eva supo que su padre lo había vuelto a hacer.

Mientras secaba vasos detrás de la barra, Eva observó cómo su padre se sentaba en la mesa ocupada por tres de sus amigos. Respondiendo a un gesto de su padre, Eva sacó unas cervezas heladas de la nevera y las llevó hasta la mesa.

Su padre esperó a que ella se alejase para hablar. De vuelta tras la barra, Eva no pudo escuchar lo que decía, pero vio los rostros de satisfacción de sus amigos, el brillo de lujuria enferma en sus miradas.

No necesitaba escuchar para saber que su padre lo había vuelto a hacer. Había secuestrado a otra chica.

Eva estaba casi segura de que el primer secuestro había sido seis meses atrás. Hasta entonces la pesada puerta de madera del sótano siempre había permanecido abierta. Sin embargo, aquella noche de hace seis meses un grito despertó a Eva en mitad de la noche. Cuando se incorporó y encendió la luz de la mesita, el silencio la envolvió como una mortaja. Por unos instantes dudó de si aquel grito solo había ocurrido en sus pesadillas, y ya estaba a punto de volverse a dormir cuando lo escuchó de nuevo. Lejano, apagado, pero inconfundible: era un grito de mujer. Y provenía de algún lugar de la casa.

Aquella noche de hace seis meses Eva salió de la cama y se cubrió con la bata de paño. Salió al pasillo con los sentidos aguzados. Temblaba de frío. Hacía tanto frío que incluso dentro de la casa el aliento desprendía nubecillas de vaho al respirar. El silencio era tan absoluto que llegó a pensar que aquellos gritos eran solo fruto de su imaginación. No obstante, tenía que asegurarse. Fue hasta el dormitorio de su padre y, con movimientos tan lentos que parecía una estatua, giró el pomo de la puerta y la empujó hasta dejar abierta una rendija desde la que escrutar el interior. La cama estaba vacía.

Aquella noche de hace seis meses Eva volvió a cerrar la puerta y se dirigió a las escaleras. Sus pies cubiertos por gruesos calcetines de lana se deslizaban sobre la gastada moqueta beige sin hacer ruido, su silueta como un fantasma en la oscuridad. A Eva no le asustaba la oscuridad, le gustaba sentirse invisible y silenciosa como una sombra. Fue directamente hasta el recibidor. Para entonces ya estaba segura de que su padre no estaba en el salón ni en ninguna otra estancia de la casa. Su padre era incapaz de permanecer en silencio; aunque lo intentase, siempre se escuchaba su respiración fuerte, el roce del aire al deslizarse por sus fosas nasales. Eva podría sentirlo aunque tuviese los ojos vendados, lo presentía incluso encontrándose en habitaciones diferentes.

En el recibidor había una puerta y tras ella veinticinco escalones que se sumergían en la oscuridad. Al final de estos, una gruesa puerta de madera. Eva dedujo que el grito de mujer que había escuchado provenía del otro lado de aquella puerta.

Con el corazón latiendo como un martillo en su pecho, descendió los veinticinco escalones y se detuvo junto a la puerta. Contuvo la respiración y se apretó con fuerza el pecho, aunque eso no aminoró el ritmo de su corazón acelerado. Escuchó sollozos al otro lado de la madera. Lamentos y súplicas amortiguados. El sonido de alguien que intenta gritar estando amordazado. Y también escuchó voces de hombres. Uno de ellos era su padre. Sus jadeos eran inconfundibles. Y también reconoció las voces de Saúl, el policía municipal, la de Armando, el de la oficina de Correos, y también la de Álvaro Castro, el propietario del asqueroso bar de carretera donde su padre la había puesto a trabajar a ella.

Aquella noche Eva puso la mano en el pomo de la puerta, aunque no tuvo fuerzas para abrir. Pensó entonces en su otra mitad, en la Eva Luna valiente y justiciera, en la Eva Luna sin miedo. Su otra mitad entraría allí y acabaría con aquellos hombres. Pero esa Eva Luna no acudió y ella solo era un espectro sin valor.

Aquella noche de hace seis meses Eva regresó a su habitación, aunque ya no pudo dormir. Pasó la noche con el corazón latiendo a mil por hora, atenta al menor ruido. A la mañana siguiente, cuando su padre ya se hubo marchado a su consulta, volvió a descender aquellos veinticinco escalones hasta el sótano. La puerta estaba cerrada con un pasador de hierro y un grueso candado.

Aquel día de hace seis meses Eva lo pasó como siempre, trabajando en el bar, atendiendo las mesas, sirviendo los menús grasientos a camioneros, limpiando los suelos después de cerrar y limpiando los baños que parecían una pocilga después del paso de decenas de hombres. En todo el día no pudo dejar de pensar ni un segundo en la mujer que había en el sótano y en lo que estaría ocurriendo al otro lado de aquella puerta.

Aquel día, cuando su padre regresó de la consulta y ella se disponía a servirle la cena como cada noche, él descubrió en su mirada que sabía algo. Su padre siempre parecía adivinar sus pensamientos.

Su padre se levantó sin decir palabra y la golpeó con tanta fuerza que no supo cómo había llegado hasta el suelo. Siguió golpeándola cuando estaba tendida sobre las frías baldosas, primero con las manos abiertas en la cara, después con los puños, luego la pateó en el estómago hasta que Eva vomitó sangre.

«Si se te ocurre hablar con alguien de alguna de tus fantasías, te mato, ¿está claro?»

Durante cinco interminables noches Eva escuchó aquellos gritos nocturnos, hasta que por fin cesaron.

Eva sabía que su padre abusaba de niñas en su consulta médica. Las dormía con anestesia durante unos minutos mientras las madres aguardaban en la sala de espera. Las tocaba e incluso a veces las violaba sin que aquellas pobres niñas supieran al despertar el porqué de aquellos dolores en sus partes íntimas. Pero nunca hasta entonces había secuestrado a nadie.

Había ocurrido una vez y Eva rezaba para que no volviese a suceder. Su padre podía ser capaz de adivinar sus pensamientos, mas ella también sabía leer la expresión de su padre. Cuando le vio entrar en el bar supo que lo había vuelto a hacer. Aquella noche la puerta del sótano volvería a estar cerrada.

Eva hubiese querido agarrar uno de los cuchillos de la cocina, saltar por encima de la barra y degollar a su padre y a sus depravados amigos. No se atrevía a pensarlo siquiera. Su padre la mataría si adivinaba lo que estaba pensando.

Así que en lugar de imaginar que era ella quien se ocupaba de su padre y de sus deleznables amigos, imaginaba que era su otra mitad, la Eva Luna justiciera y valiente, la Eva Luna guapa y esbelta, imaginaba que era la Eva Luna fuerte como una heroína de cine de acción quien entraba por la puerta del bar y acababa con todos ellos. Lo imaginaba una y otra vez. Podía ver con nitidez cómo su mejor versión acababa con aquellos hombres para impartir justicia en el mundo.

Pero la Eva Luna valiente no aparecía jamás, por mucho que ella lo desease con todas sus fuerzas.

En su lugar solo estaba ella, la mitad de Eva Luna, la mitad cobarde y miserable.

Su padre se levantó y salió del bar. Saúl, el policía, Armando, el de la oficina de Correos, y Álvaro, el propietario del bar, permanecieron en torno a la mesa, riendo ruidosamente con sus asquerosas barrigas repletas de cerveza. Eva los odiaba con toda su alma. Cerró los ojos con fuerza. Imaginó una vez más que se abría la puerta del bar y que su otra mitad entraba para acabar con aquellos hombres.

Justo en ese momento, como si se cumpliesen sus deseos, se abrió la puerta. Cuando Eva abrió los ojos no encontró en el umbral a la Eva Luna justiciera, tal y como había soñado tantas veces.

En el umbral había un hombre. Era el hombre más guapo que Eva había visto en su vida. Su rostro parecía esculpido en mármol, duro y bello. Tenía las espaldas anchas y los brazos fuertes. La pose de un felino grande y hermoso.

Pero lo que hizo que Eva se estremeciese hasta la última fibra de su ser fue su mirada.

Era la mirada que Eva siempre había imaginado que tendría su otra mitad: la mirada de la Eva Luna valiente, la mirada de la Eva Luna fuerte y adorable.

Aquella era una mirada que no conocía el miedo.