11 de enero

Fuimos a Agua Prieta, al cementerio de Agua Prieta. Primero del rancho La Buena Vida a Trincheras, y después de Trincheras a Pueblo Nuevo, Santa Ana, San Ignacio, Ímuris, Cananea y Agua Prieta, justo en la frontera con Arizona.

Al otro lado está Douglas, un pueblo norteamericano, y en medio la aduana y los policías de frontera. Más allá de Douglas, unos setenta kilómetros al noroeste, se encuentra Tombstone, en donde se reunían los mejores pistoleros norteamericanos. En una cafetería, mientras comíamos, oímos contar dos historias: en una se ilustraba el valor del mexicano y en la otra el valor del norteamericano. En una el protagonista era un natural de Agua Prieta y en la otra uno de Tombstone.

Cuando el que contaba la historia, un tipo con el pelo largo y canoso y que hablaba como si le doliera la cabeza, se marchó de la cafetería, el que la había escuchado se echó a reír sin motivo aparente, o como si sólo transcurridos unos minutos pudiera encontrarle un sentido a la historia que acababa de escuchar. En realidad, sólo eran dos chistes. En el primero, el sheriff y uno de sus ayudantes sacan a un preso de su celda y se lo llevan a un lugar apartado del campo para matarlo. El preso lo sabe y más o menos está resignado a la suerte que le espera. Es un invierno inclemente, está amaneciendo, y tanto el preso como sus verdugos se quejan del frío que se levanta en el desierto. En determinado momento, sin embargo, el preso se pone a reír y el sheriff le pregunta qué demonios le provoca tanta hilaridad, si se ha olvidado que lo van a matar y enterrar en donde nadie pueda encontrarlo, si se ha vuelto definitivamente loco. El preso responde, y a eso se reduce todo el chiste, que lo que le hace gracia es saber que dentro de pocos minutos él ya no pasará más frío mientras que los hombres de la ley tendrán que hacer el camino de vuelta.

La otra historia cuenta el fusilamiento del coronel Guadalupe Sánchez, hijo pródigo de Agua Prieta, que en el momento de enfrentar el paredón de fusilamiento pidió, como última voluntad, fumarse un puro. El oficial que mandaba el pelotón le concedió el deseo. Le dieron su último habano. Guadalupe Sánchez lo encendió con calma y empezó a fumárselo sin prisa, saboreándolo y mirando el amanecer (porque esta historia, como la de Tombstone, también sucede al amanecer e incluso es probable que se desarrollen en el mismo amanecer, un 15 de mayo de 1912), y envuelto en el humo el coronel Sánchez estaba tan tranquilo, tan soñador o tan sereno, que la ceniza se mantuvo pegada al puro, puede que eso fuera precisamente lo que el coronel pretendía, ver con sus propios ojos si el pulso le flaqueaba, si un temblor le desvelaba en el último suspiro su falta de valor, pero se acabó el habano y la ceniza no cayó al suelo. Entonces el coronel Sánchez arrojó la colilla y dijo cuando quieran.

Ésa era la historia.

Cuando el destinatario de la historia dejó de reírse, Belano se hizo algunas preguntas en voz alta: el preso que va a morir en las afueras de Tombstone ¿es un natural de Tombstone?, ¿los naturales de Tombstone son el sheriff y su ayudante?, ¿el coronel Guadalupe Sánchez era natural de Agua Prieta?, ¿el oficial del destacamento de fusilamiento era natural de Agua Prieta?, ¿por qué mataron como a un perro al preso de Tombstone?, ¿por qué mataron como a un perro a mi coronel (sic) Lupe Sánchez? En la cafetería todos lo miraron, pero nadie le contestó. Lima lo cogió del hombro y dijo: vámonos, mano. Belano lo miró con una sonrisa y puso varios billetes sobre el mostrador. Después nos fuimos al cementerio y estuvimos buscando la tumba de Pepe Avellaneda, que murió por una cornada de toro o por ser demasiado bajito y torpe en el uso de la espada, una tumba con un epitafio escrito por Cesárea Tinajero, y por más vueltas que dimos no la encontramos. El cementerio de Agua Prieta era lo más parecido que habíamos visto nunca a un laberinto y el sepulturero más veterano del cementerio, el único que sabía con exactitud dónde estaba enterrado cada muerto, se había ido de vacaciones o estaba enfermo.