LXIX

Thierry pasó la mañana preocupado, se vistió y salió de casa por la tarde, como si fuera a tomar el sol. Era un día de invierno frío, pero muy claro.

Había sacado del cajón de su mesa y los había metido en el chaleco su reloj de oro y una sortija. Pensaba empeñarlos. Esto y un medallón con el retrato de su madre era lo que le quedaba de ella. El medallón no pensaba empeñarlo. Se acercó a casa de doña Paquita la usurera; ofreció el reloj y la alhaja. Le dieron por las dos cosas trescientas pesetas. Inmediatamente fue a la glorieta de Quevedo, tomó el coche del señor Benigno y se fue a la estación del Mediodía.

Estaba decidido a marchar al pueblo donde vivía Concha y a plantearle la alternativa: o con su marido o con él. Nada de términos medios.

Tomó un asiento de primera y se acomodó en un sillón.

Fue en el tren indiferente a todo, a la gente que entraba y salía y a las conversaciones de los viajeros. No le daba aquello más realidad que la impresión del sueño de la noche anterior. Alguien le hizo alguna pregunta, y él contestó con un aire tan absorto y tan lejano «¿Qué?», que le tomaron por un extranjero enfermo, y le dejaron en paz.

Por la mañana, cuando salía el sol, bajó en una estación y preguntó a un mozo por la finca del marqués de Villacarrillo. Se encontraba lejos: el camino era malo, pero no tenía pérdida.

Se enteró en una posada próxima de cómo podía ir allá y le ofrecieron un coche o un caballo.

Como no quería tener testigos y no sentía la menor debilidad prefirió el caballo. Era un buen jinete y estaba acostumbrado en América a las largas marchas.

Montó a caballo, le dejó la rienda suelta y fue embebido en un estado melancólico y crepuscular, sin poder salir de él.

El sol iba dorando el campo y los trigales que empezaban a brotar. Se metió por un camino de arena que bordeaba un olivar de grandes olivos nudosos nacidos en una tierra roja. A trechos, en el lindero, se extendían filas de enormes piteras grises. Al terminar el olivar, en los trigales, ya crecidos y verdes, se veían chozas negras de paja y de chamizo con las puertas blanqueadas con cal.

A pesar del sol dorado y brillante, hacía frío. Thierry no lo notaba.

Llevaba muchas horas sin haber tomado alimento, como sostenido por su excitación nerviosa. Parecía un sonámbulo arrastrado por sus fantasías y sus sueños.

Llegó al pueblo, sin darse cuenta, antes del mediodía. Preguntó a un viejo campesino, de cara curtida, por la finca de Villacarrillo, y el viejo se la mostró. Quiso el campesino enterarse de cuál era el objeto de la visita de Thierry, y se lo preguntó, pero éste no advirtió siquiera la pregunta.

Se acercó a la posesión. Al cortijo lo limitaba una cerca extensísima por varios de sus linderos; por delante de la casa la tapia era alta, de piedra, y en la entrada tenía una gran verja pintada de verde y una puerta barroca de hierro con un letrero con letras doradas. La puerta estaba abierta.

Thierry se asomó a ella y entró por una avenida enarenada.

Enfrente, en una terraza inundada de sol, como en una decoración de teatro, aparecían Concha, su marido, dos niños y una criada. Concha, sentada en un sillón de mimbre, trabajaba con una labor de punto en las manos; su marido, apoyado en el respaldo del sillón, bajaba muchas veces la cabeza hasta acercarla a la de ella. Los dos niños, vestidos de blanco, jugaban vigilados por la muchacha.

Thierry esperaba aquello.

Está bien se dijo, está bien. No hay nada que hacer aquí. Esto se ha acabado.

Pálido y tembloroso, salió al camino y se sentó en un ribazo, con la cabeza entre las manos, mirando al suelo. Sentía en aquel momento una impresión de acabamiento y de calma. El caballo comía la hierba del borde del sendero. Thierry estuvo algún tiempo sentado y pensativo.

Al levantar la cabeza se encontró delante de Villacarrillo. Jaime se irguió y esperó con el aire del hombre que quiere emplear en el peligro su última energía.

—No se alarme usted, Thierry; no quiero hacerle daño —dijo Villacarrillo con una voz temblorosa y conmovida—. ¿Quiere usted vernos?

—No.

—¿Quiere usted hablar con Concha?

—Ya, no.

—¿Necesita usted algo?

—No, no necesito nada.

—Como usted quiera. Le advierto a usted, Thierry, que yo no tengo inconveniente en que nos expliquemos los tres.

—¿Quiénes?

—Concha, usted y yo.

—¿Para qué? Tengo la partida perdida… lo comprendo… Usted, en cambio, la tiene ganada.

—La gano por mis hijos.

—Sí, lo comprendo… lo comprendo.

—Yo he sido un bestia, Jaime; pero lo he comprendido al fin. Concha es muy buena y me ha perdonado por mis hijos. Yo la perdono a ella. No me debe usted tener odio, como yo no se lo tengo a usted. Usted es joven aún y puede rehacer su vida.

Thierry había conservado su aire al mismo tiempo estupefacto, altanero y agresivo durante el comienzo de la conversación; pero al oír a Villacarrillo comenzó a parpadear y a llenársele los ojos de lágrimas. Avergonzado, se acercó al caballo para montar en él y marcharse lo más pronto posible.

—Yo le llevaré en coche —dijo Villacarrillo.

—No, no…; prefiero estar solo.

—No trae usted abrigo. Se va usted a enfriar —y sacándose el que llevaba se lo puso a Thierry.

—Adiós…, es usted un buen muchacho, adiós… y cuídese usted. —Y el marqués estrechó entre las suyas la mano febril de Thierry y luego le acarició pasándole la mano de una manera amistosa por el hombro.

Jaime volvió a montar a caballo haciendo un esfuerzo violento, y en unas horas llegó al pueblo. Esperó paseando en la estación, donde corría un viento helado; entró en el tren febril, con escalofríos, atento a las angustias y a la depresión de su cerebro y de sus nervios. Aquella última manifestación de afecto de Villacarrillo le perturbaba.

¿Es que era un hombre bueno, capaz de perdonar una ofensa que él no hubiera perdonado? ¿Cómo se había podido engañar de esta manera al juzgarle? Ella, en cambio, le abandonaba fríamente; sabiendo, con seguridad, que estaba cerca no había querido verle.

El vagón del tren estaba vacío; Thierry puso el abrigo como almohada, se tendió y fue mirando por la ventanilla los campos, en parte nevados, a la luz de la luna. Luego comenzó a desvariar.

Por la mañana, en un coche y medio moribundo, llegó a su casa.