Nicholas Greco estaba sentado en la recepción de Joined-Hands Fund, una ONG que había sido creada en beneficio de las víctimas de desastres naturales. Jeffrey Hammond era vicepresidente de la organización y, según las investigaciones de Greco, su principal responsabilidad no era repartir dinero, sino reunirlo.
Las oficinas de la fundación estaban en el nuevo Time Warner Center, en Columbus Circle, Manhattan, un lugar carísimo que, sin duda, se sumaba a los gastos generales, pensó Greco. Hammond ganaba ciento cincuenta mil dólares al año, un salario principesco para el estadounidense medio, pero no para alguien que tenía un hijo en una escuela privada que costaba cuarenta mil dólares anuales.
La esposa de Jeffrey, Nancy, tenía un trabajo a tiempo parcial en la oficina de un congresista de Nueva Jersey. Aunque no sabía cuánto cobraba, Greco sabía que sería poco. También sabía que el salario del congresista era demasiado bajo para permitirse ser generoso con su personal. No era de extrañar que, sin una fortuna propia, muchos miembros del Congreso compartieran apartamento en Washington.
Todo esto pasó por la mente de Greco mientras aguardaba allí sentado, hasta que la joven y alegre recepcionista le invitó a entrar en el despacho de Hammond. «El noventa y nueve por ciento de las recepcionistas nacieron alegres», pensó mientras avanzaba por el pasillo.
Ese día, las arrugas en torno a los ojos de Jeffrey Hammond brillaban por su ausencia. Su saludo resultó cálido pero forzado, y su mano estaba sudada cuando se la estrechó y le invitó a sentarse. Luego se aseguró de que la puerta de su despacho estuviera bien cerrada y se acomodó en su butaca giratoria.
—Señor Hammond, le pedí que nos viéramos en su despacho porque creía más oportuno no discutir delante de su esposa el tema que quiero plantearle.
Hammond asintió sin decir nada.
—He hecho los deberes, por decirlo de alguna manera, y he descubierto que Grace Carrington respaldó generosamente su organización benéfica.
—La señora Carrington era muy generosa con muchas organizaciones —dijo Hammond con una voz cuidadosamente neutra.
—Por supuesto. Sin embargo, fue presidenta de su organización durante dos años, y contribuyó a recaudar gran cantidad de dinero, todo lo cual fue muy beneficioso para el cargo que usted ocupa. Para ser francos, su trabajo depende del éxito que tenga en conseguir donativos, ¿no es cierto?
—Me gusta pensar que mi trabajo consiste en recaudar dinero que pueda beneficiar a muchas personas, señor Greco.
«Quizá», pensó Greco.
—Peter Carrington no asistía a las numerosas cenas formales a las que acudía su esposa, ¿verdad? —preguntó.
—Peter las detestaba. No le importaba lo que Grace donase en esos eventos, mientras él no tuviera que estar presente.
—Y, durante varios años, usted la acompañó a muchas de esas reuniones.
—Sí.
—¿Qué pensaba de eso la señora Hammond?
—Pensaba que formaba parte de mi trabajo. Lo entendía.
Greco suspiró.
—Creo que nos estamos yendo por las ramas. Me temo que no sería usted muy buen espía, señor Hammond. La expresión inescrutable no figura en el registro de su rostro. Cuando le visité en su casa y hablamos de la muerte de Grace Carrington, le miré a los ojos y vi en ellos angustia.
Hammond miró por encima del hombro de Greco.
—Es cierto —dijo con voz monótona—. Grace y yo estábamos muy enamorados. En muchos sentidos éramos iguales: buena familia, buenas escuelas y poco dinero. Ella nunca quiso a Peter. Le gustaba bastante, y Dios sabe que disfrutaba de su fortuna. Había aceptado su problema con la bebida y tenía intención de superarlo. De hecho, acudió a Alcohólicos Anónimos. Si se hubiera divorciado de Peter, habría recibido una prima de veinte millones de dólares, una suma impresionante para usted y para mí, pero con esos ingresos Grace no habría podido mantener el estilo de vida que tanto le gustaba: el jet privado, el palazzo en la Toscana, el apartamento en París, todas esas cosas que a Peter Carrington le importan tan poco, exceptuando el jet, que usa para los viajes de negocios.
—Entonces, ¿pretendían tener una aventura duradera?
—No. Yo decidí que debíamos terminar. Sé qué opinión tendrá usted de mi conducta pero, lo crea o no, nunca quise ser un gigoló. Amaba a Grace con todo mi corazón, pero también era consciente de lo injustos que estábamos siendo con Peter y Nancy.
Jeffrey Hammond se mordió el labio, se levantó y se acercó a la ventana, dándole la espalda a Greco. Al cabo de un momento, siguió hablando:
—Llamé a Grace y le dije que lo nuestro tenía que acabar. Me colgó el teléfono, pero me llamó a la mañana siguiente. Me dijo que iba a pedirle el divorcio a Peter, que, al fin y al cabo, no era su dinero lo que ella quería para el resto de su vida. Bromeó que estaba a punto de dejar a un tío que daba dinero para juntarse con otro que lo reunía. En aquel momento Peter estaba en uno de sus largos viajes. Mi hijo estaba terminando la secundaria. Acordamos esperar un mes antes de contarles a Peter y a Nancy lo que habíamos decidido. Antes de que se cumpliera ese tiempo, Grace descubrió que estaba embarazada.
—¿Planeó divorciarse de Peter antes de saber que estaba embarazada? —Preguntó Greco—. Eso sí que es cambiar de opinión.
—Fue decisión de Grace. Había sido desgraciada, y supongo que decidió que aquella vida de lujo no compensaba su soledad y su falta de realización. Pero claro, al enterarse de que estaba embarazada todo cambió. En el pasado había tenido tres abortos, y ya había renunciado a la esperanza de tener un hijo. Pero se dio cuenta de que, cuando diera a luz al hijo de Peter Carrington, no sólo tendría un hijo, como deseaba, sino que además podría divorciarse de Peter y seguir con el estilo de vida al que se había acostumbrado. Así que antes de eso yo estuve a punto de decirle a Nancy que quería divorciarme, y Grace estuvo a punto de decírselo a su marido. Pero entonces decidimos esperar.
—¿Existe alguna posibilidad de que el hijo que esperaba Grace fuera de usted?
—No, ninguna. Tomamos todas las precauciones posibles para evitar que eso sucediera.
—¿Cree que su esposa sospechaba de su relación con Grace?
—Hacia el final sí, creo que sí —admitió Hammond.
—Yo diría que sí. Su mujer parece una persona muy astuta. Sin embargo, ¿nunca le dijo nada al respecto, ni antes ni después de la muerte de Grace Carrington?
—Nunca. Cuando llevábamos casados poco tiempo, Nancy me contó que su padre había tenido un par de aventuras. A ella le parecía que su madre hacía lo correcto cuando fingía no darse cuenta de nada. A eso de los cincuenta años, su padre dejó de tener líos amorosos y él y su mujer disfrutaron de una buena vida juntos. Creo que, después de la muerte de Grace, Nancy esperaba que nuestra relación mejorase.
—¿Grace bebió mucho durante el embarazo?
—Al principio sí, pero estaba intentando dejarlo. Durante el mes antes de morir no bebió una sola copa.
—Y luego, en presencia de otras personas, la noche de la cena, se le fue la cabeza. Señor Hammond, si, tal como ha apuntado, su mujer estaba al corriente de su aventura, ¿es posible que aquella noche añadiera alcohol a la bebida de Grace?
—Es poco probable, pero supongo que es posible. Alguien lo hizo, eso seguro. Grace nunca se habría arriesgado a beber alcohol delante de Elaine y de Vincent Slater. Cualquiera de los dos se lo habría dicho a Peter, y ella lo sabía.
—Me dijo que ustedes se fueron a su casa unos minutos después de que Peter subiese al dormitorio. ¿Estaban abiertas las puertas del camino?
—Sí. Rara vez las cerraban, ni siquiera de noche. Dudo incluso de que Peter y Grace se acordasen de conectar el sistema de alarma la mayoría de los días.
Greco se preguntó si eso era verdad, o si Hammond estaba insinuando, por algún motivo personal, lo fácilmente accesibles que eran la finca y la casa.
—¿Sobre qué hora se fueron ustedes a casa?
—Poco después de las once. Como ha visto, vivimos bastante cerca de los Carrington, aunque no en la zona de las mansiones.
—¿Qué hicieron al llegar a casa?
—Yo subí a acostarme. Nancy no estaba cansada y se quedó leyendo en el piso de abajo.
—¿Recuerda a qué hora se acostó su esposa?
El rostro de Jeffrey Hammond se puso rojo como la grana.
—No tengo ni idea —contestó—. Habíamos tenido una buena pelea, y yo me acosté en el cuarto de mi hijo. Él se había quedado a dormir en casa de un amigo.
—Ha sido usted tremendamente sincero conmigo, señor Hammond —dijo Greco. Francamente, me pregunto por qué.
—Le diré por qué.
De repente la voz de Jeffrey Hammond se revistió de aquella furia controlada que Greco percibió cuando afirmó que la pena de muerte debía mantenerse en Nueva Jersey.
—Yo amaba a Grace. Podríamos haber sido muy felices juntos. Quiero que encuentren a su asesino. Si hay algo que no tengo es un motivo para matarla. Creo que eso usted ya lo sabe, así que no tengo que preocuparme por la posibilidad de que me consideren sospechoso de su muerte. Quizás ella se levantó, salió fuera y perdió el equilibrio en el borde de la piscina. Sé que eso es posible. Pero si alguien la mató, quiero que encuentren a esa persona y que la condenen, incluso si eso supone admitir públicamente mi relación con Grace, con todo lo que eso implica. Quiero a mi hijo, pero no lo bastante para permitir que alguien acabe con la vida de una mujer hermosa y escape de su castigo.
—¿Cree que Peter Carrington mató a Grace?
—Sí y no. No por el tema del dinero, eso jamás le habría importado. En ese sentido Peter no se parece a su padre. Tampoco creo que la matara por orgullo, en un arrebato de marido engañado. No imagino a Peter capaz de eso. Cuando le quitó la copa de la mano estaba más decepcionado que furioso. Por lo que sé ahora, pudo haberla matado estando sonámbulo. Después de ver las imágenes en que aparece agrediendo al policía, creo que es bastante posible.
—¿Cree también que es posible que su esposa regresara a la mansión, despertase a Grace, le propusiera que salieran a tomar el aire y luego la empujara a la piscina?
—Nancy jamás habría hecho algo así —dijo Hammond con vehemencia—. Tiene la mente demasiado clara para perder el control de esa manera. Nunca se arriesgaría a ir a la cárcel, porque eso significaría estar separada de mí y de su hijo para siempre. La ironía es que ahora ella siente por mí lo que yo sentía por Grace. Tiene la esperanza de que, con el tiempo, vuelva a enamorarme de ella.
—¿Lo hará, señor Hammond?
—Ojalá pudiera.