A la mañana siguiente el tiempo apenas había cambiado. La temperatura había subido y ya no granizaba, pero seguía lloviendo, un diluvio constante y triste.
—Parece que nuestros perros tendrán otro día libre —observó Moran cuando entró en el despacho de Krause pocos minutos después de las nueve de la mañana—. No serviría de nada que rastrearan los terrenos de los Carrington con este tiempo.
—Lo sé. Sólo sería malgastar el dinero de los contribuyentes —asintió Krause—. Además, no vamos a encontrar nada. He estado examinando las pocas pruebas que sacaron de la mansión y de la casa de la madrastra. El registro no ha servido de nada. Pero supongo que en realidad no esperábamos encontrar gran cosa después de veintidós años. Si Peter Carrington fue lo bastante listo para deshacerse de su camisa después de matar a Susan, es muy probable que no tuviera allí nada más de lo que preocuparse.
—Supongo que sí hubiera habido algo más, lo habríamos encontrado la primera vez —observó Moran, encogiéndose de hombros.
—Sólo hay una cosa que me intriga. Echa un vistazo a esto —dijo Krause tendiéndole un papel. Era un boceto de un paisaje.
Moran lo observó atentamente.
—¿Qué tiene de especial?
—Estaba en un archivador en un cuarto del piso más alto de la mansión. Al parecer, con el paso de los años la familia ha destinado un par de habitaciones a desván, ese sitio donde almacenas las cosas que no quieres ver todo el tiempo. Los chicos me dijeron que con lo que hay en esos cuartos podría amueblarse un piso: desde sofás y sillas y alfombras y objetos de porcelana y cuberterías de plata y cuadros y un poco de todo, hasta cartas de familiares que se remontan al siglo XIX.
—Supongo que nunca han oído hablar de las subastas o de eBay —comentó Moran—. Un momento, ahora veo qué es esto. Es un dibujo de la zona exterior de la finca de los Carrington, el lugar donde se encontró el cuerpo de la chica, aunque en el boceto hay vegetación.
—Exacto. En realidad, es una copia de un boceto original.
—¿Y?
—Fíjate en el nombre que figura en la esquina.
Moran acercó el papel a la lámpara de la mesa de Barbara Krauser.
—¡Jonathan Lansing! El paisajista, el tipo que se dio un chapuzón en el Hudson poco después de que Susan Althorp desapareciera. El padre de la actual señora Carrington.
—Correcto. Los Carrington lo despidieron pocas semanas después de la desaparición de Susan, y aparentemente se suicidó. Digo «aparentemente» porque nunca encontraron su cuerpo.
Moran miró a su jefa.
—¿No estarás apuntando que existe una relación entre él y Susan Althorp?
—No. Tenemos al tipo que la mató. Lo que veo es que Lansing fue quien propuso que la valla se moviera quince metros hacia el interior de la finca. Viendo este dibujo, no parece que Lansing pretendiera dejar vacía la zona entre la valla y la acera. Este boceto muestra que quería colocar algunas plantas perennes al otro lado de la valla.
—Entonces lo despidieron y la familia se limitó a plantar hierba —dijo Moran.
—Eso parece —asintió Barbara Krause. Metió de nuevo el boceto en el archivo—. No sé… —dijo, más para sí misma que para Moran—. No sé…