Las leyendas que envolvían a los merovingios resultaron ser dignas de la época del rey Arturo y de los romances sobre el Grial. Al mismo tiempo, constituían un tremendo obstáculo que se interponía entre nosotros y la realidad histórica que deseábamos explorar. Cuando por fin conseguimos llegar a dicha realidad —o a los escasos residuos que quedaban de ella— nos encontramos con que era algo distinta de las leyendas. Pero no por ello era menos misteriosa, extraordinaria o evocadora.
Encontramos poca información verificable sobre los verdaderos orígenes de los merovingios. Ellos mismos afirmaban ser descendientes de Noé, al que consideraban, más incluso que a Moisés, como la fuente de toda la sabiduría bíblica, lo cual constituye una postura interesante que volvería a aflorar a la superficie mil años más tarde en la francmasonería europea. Los merovingios también afirmaban ser descendientes directos de la antigua Troya, lo cual, sea cierto o no, serviría para explicar el hecho de que en Francia existan nombres troyanos como Troyes y París. Autores más contemporáneos —incluyendo los que escribieron los documentos Prieuré— se han esforzado por localizar el origen de los merovingios en la antigua Grecia y específicamente en la región conocida por la Arcadia. Según estos documentos, los antepasados de los merovingios estaban relacionados con la casa real de la Arcadia. En alguna fecha no especificada, próximo ya el advenimiento de la era cristiana, se supone que emigraron hacia el Danubio, subieron luego por el Rhin y se instalaron en lo que ahora es la Alemania occidental.
Que los merovingios descendieran o no de Troya o de la Arcadia parece ahora un hecho secundario, y las dos pretensiones no son necesariamente contradictorias. Según Homero, un contingente nutrido de arcadios estuvo presente en el sitio de Troya. Según las primeras historias griegas, Troya fue, de hecho, fundada por colonos procedentes de la Arcadia. De paso, también vale la pena señalar que en la antigua Arcadia el oso era un animal sagrado, un tótem en el que se basaban cultos mistéricos y al que se ofrecían sacrificios rituales.[4] A decir verdad, el nombre mismo de la Arcadia se deriva de «Arkades», que significa Pueblo del Oso. Los antiguos arcadios afirmaban ser descendientes de Arkas, la deidad patrona de la tierra, cuyo nombre también significa oso. Según los mitos griegos, Arkas era el hijo de Kallisto, una ninfa relacionada con Artemisa, la Cazadora. Para la mente moderna Kallisto es más conocida como la constelación Ursa Major, es decir, la Osa Mayor.
Para los francos sicambros, antecesores de los merovingios, el oso gozaba de parecida categoría exaltada. Al igual que los antiguos arcadios, éstos rendían culto al oso bajo la forma de Artemisa o, más específicamente, bajo la forma de su equivalente gálico, Arduina, diosa patrona de las Ardenas. El culto mistérico de Arduina persistió hasta bien entrada la Edad Media, siendo uno de sus centros la ciudad de Lunéville, no muy lejos de otros dos lugares que aparecieron repetidamente en nuestra investigación: Stenay y Orval. En 1304 la Iglesia todavía promulgaba estatutos que prohibían adorar a la diosa pagana.[5]
Dada la condición mágica, mítica y totémica que tenía el oso en la tierra merovingia de las Ardenas, no es extraño que el nombre Ursus —oso en latín— aparezca asociado en los documentos Prieuré con el linaje real merovingio. Un poco más extraño es el hecho de que la palabra gala que significa oso sea arth, de la que se deriva el nombre de «Arthur» (Arturo). Aunque de momento no seguimos investigando este aspecto, la coincidencia nos intrigó: que Arturo fuera, no sólo contemporáneo de los merovingios, sino también, al igual que ellos, que estuviera relacionado con el oso.