El agente Manuel Ortiz entró con sigilo por la puerta lateral de la catedral e instantáneamente se encontró con la mirada de Catherine. Sonrió y asintió con la cabeza. Ella se levantó de un salto y corrió a su encuentro.
—¿Está…?
—El niño está bien. Viene hacia aquí en un helicóptero de la policía. Llegará antes de que la misa haya acabado.
Ortiz, al ver que una de las cámaras de televisión los enfocaba, levantó la mano e hizo un círculo con los dedos pulgar e índice, un gesto que en ese momento y en el más especial de los días, significaba que todo había terminado bien.
Los que estaban sentados cerca se percataron del cambio y empezaron a aplaudir suavemente. Los demás se volvieron, se pusieron de pie, y, poco a poco, un aplauso se extendió por la gigantesca catedral. Pasaron cinco minutos antes de que el diácono pudiera comenzar a leer el Evangelio de Navidad.
—Y sucedió que…
—Voy a llamar a Cally para contarle lo ocurrido —dijo Mort Levy a Bud Folney—. Señor, sé que ella debería habernos llamado antes, pero espero que…
—No te preocupes. Esta noche no pienso causarle más problemas. Ha colaborado con nosotros y creo que se merece un descanso —repuso Folney, tajante—. Además, la señora Dornan ha dicho que no presentará denuncia contra ella. —Se interrumpió por un instante, después prosiguió—: Oye, seguro que debe de haber un montón de juguetes que sobran en las comisarías. Di a los muchachos que se ocupen de ello y recojan algunos para la pequeña de Cally, y que nos los traigan a su edificio dentro de cuarenta y cinco minutos. Mort, tú y yo iremos a llevárselos. Shore, vete a casa.
*****
Era el primer viaje en helicóptero de Brian, y aunque sentía un cansancio increíble, la excitación no le permitía cerrar los ojos. Era una lástima que el agente McNally —Chris, como le había dicho que lo llamara— no hubiera podido acompañarlo. Pero él estaba con Brian cuando habían cogido a Jimmy Siddons, y le había dicho que no se preocupara porque era un sujeto que nunca más saldría de la cárcel. Y después le había cogido la medalla de San Cristóbal de dentro del coche y se la había dado.
Mientras el helicóptero descendía, parecía que iban a aterrizar en el mismo río. Reconoció el puente de la calle Cincuenta y nueve y el tranvía de Roosevelt Island. Papá lo había llevado una vez a dar una vuelta. De repente se preguntó si él sabía lo que le había pasado.
Se volvió hacia uno de los policías.
—Mi papá se encuentra en un hospital cerca de aquí. Tengo que ir a verlo. Quizá esté preocupado.
—Lo verás pronto, hijo —le dijo el policía, que conocía bien el problema de la familia Dornan—. Pero ahora, tu madre te espera. Está en la Misa del Gallo, en la catedral de San Patricio.
Cuando el timbre sonó en el apartamento de Cally en la avenida B, ella fue hacia la puerta con la resignada seguridad de que iban a detenerla. El detective Levy la había llamado por teléfono para decirle que él y otro agente pasarían por allí. Pero cuando abrió se encontró con dos radiantes Papá Noel, cargados de muñecas, juguetes y un cochecito de mimbre, blanco y brillante.
Mientras los miraba, incrédula, ellos dejaron los regalos debajo del árbol de Navidad.
—La información que nos dio sobre su hermano nos ha resultado muy útil —dijo Bud Folney—. El niño Dornan está bien, y viene de camino a la ciudad. Jimmy va de camino a la cárcel. De nuevo se halla bajo nuestra responsabilidad, y le prometo que esta vez no dejaremos que se escape. Espero que, de ahora en adelante, las cosas vayan mejor para usted.
Cally se sintió como si le hubiesen quitado un peso gigantesco de encima.
—Gracias… gracias —apenas alcanzó a susurrar.
—Feliz Navidad, Cally —dijeron a coro Folney y Levy, y se marcharon.
Cuando se hubieron ido, Cally supo que al fin podía irse a la cama, a dormir. La respiración de Gigi era una plegaria atendida. A partir de entonces la escucharía todas las noches, sin temer que le quitaran otra vez a su pequeña. «Todo irá mejor —se dijo—. Ahora lo sé».
Antes de quedarse dormida, lo último que pensó fue que cuando Gigi viera que el enorme paquete con el regalo de Papá Noel no estaba ya debajo del árbol, podría responderle sin mentir que Papá Noel se lo había llevado.
El himno del final de la misa estaba a punto de empezar cuando la puerta lateral se abrió de nuevo y el agente Ortiz entró. Pero en esa ocasión no iba solo. Se inclinó hacia el niño que estaba a su lado y le señaló algo. Antes que Catherine llegara a ponerse de pie, Brian estaba en sus brazos, con la medalla de San Cristóbal que llevaba colgada al cuello apretada contra su corazón.
Nada dijo mientras lo abrazaba con fuerza, pero sintió cómo lágrimas de alivio y felicidad le corrían por las mejillas, y supo que volvía a creer con fe y determinación que Tom se recuperaría.
Barbara tampoco habló, pero se inclinó y puso la mano sobre la cabeza de su nieto.
Fue Michael quien rompió el silencio con unas palabras de bienvenida.
—Hola, bobo —susurró con una sonrisa.