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Tras la llamada de Liam, Maggie se quedó sentada a la mesa de la cocina tomando una taza de té y una galleta que había cogido del armario.

La caja estaba casi llena y parecía recién abierta. Se preguntó si Nuala habría estado sentada allí un par de noches atrás, tomando un té y galletas mientras pensaba el menú de la cena. Había encontrado una lista de la compra junto al teléfono: pierna de cordero, guisantes, zanahorias, manzanas, uvas pasas, patatas nuevas, galletas surtidas. Al final había una nota garabateada para sí misma, propia de Nuala: «Olvidé algo. Mirar en la tienda». Y Nuala, obviamente, había olvidado la lista.

Es curioso, pensó Maggie, pero de una manera rara inexplicable, esta estancia en su casa me está devolviendo a Nuala. Siento como si hubiera vivido aquí con ella todos estos años.

Antes, al hojear un álbum de fotos que había encontrado en la sala, había reparado en que las fotos de Nuala con Timothy Moore empezaban al año siguiente del divorcio de su padre.

También había encontrado un álbum más pequeño con fotos de ella, de los cinco años que Nuala había formado parte de su vida. En las últimas páginas estaban pegadas todas las notas que ella le había escrito a Nuala.

En la contratapa había una fotografía suelta de ella, Nuala y su padre el día de la boda. Maggie estaba radiante de alegría de tener una madre. La expresión de Nuala era igual de feliz. La sonrisa de su padre, sin embargo, era reservada, inquisitiva, como él.

No quería dejar entrar a Nuala en su corazón, pensó Maggie. Siempre me dijeron que había estado loco por mi madre, pero ella había muerto y la maravillosa Nuala estaba allí. Cuando lo abandonó, porque no aguantaba más sus quejas continuas, fue el gran perdedor.

Y yo también, reflexionó mientras ponía la taza y el plato en el lavavajillas. Ese sencillo gesto le recordó otra cosa: la voz de fastidio de su padre. «Nuala, ¿por qué te resulta tan difícil llevar los platos de la mesa directamente al lavavajillas sin apilarlos primero en el fregadero?».

En cierta época Nuala se burlaba diciendo que era genéticamente desordenada, pero más adelante replicaba: «Dios mío, Owen, es la primera vez en tres días que no lo hago».

Y a veces se echaba a llorar y yo corría hacia ella y la abrazaba, pensó Maggie con tristeza.

Eran las cuatro y media. La ventana de encima del fregadero enmarcaba el hermoso roble que se alzaba a un lado de la casa. Había que podarlo, pensó Maggie. Con una tormenta, esas ramas secas podían romperse y caer sobre la casa. Se secó las manos y se apartó. ¿Por qué se preocupaba por eso? No iba a quedarse allí. Ordenaría todo, regalaría la ropa y los muebles a alguna asociación benéfica. Si empezaba ahora, lo acabaría antes de marcharse. Naturalmente que conservaría algunos recuerdos, pero se desharía de la mayoría de cosas. Seguramente, una vez estuviera tramitada la sucesión, vendería la casa tal como estaba, pero prefería dejarla lo más vacía posible. No quería que unos desconocidos revolvieran las pertenencias de Nuala, profiriendo qui zá comentarios sarcásticos.

Empezó por el taller.

Al cabo de tres horas, cubierta de polvo de los armarios y estanterías llenos de pinceles duros, tubos de óleo reseco, trapos y pequeños caballetes, tenía un montón de bolsas de basura alineadas en un rincón de la habitación.

Aunque no había hecho más que empezar, ese poco de orden había mejorado el aspecto de la habitación. Recordó que el comisario Brower le había dicho que el asesino había puesto el taller patas arriba y lo había registrado concienzudamente. Era evidente que el servicio de limpieza se había limitado a meter todos los objetos posibles en los armarios y a desparramar todo lo demás en las estanterías. El resultado era una sensación de caos que a Maggie le resultaba desconcertante.

Pero la habitación en sí era bastante impresionante. Los amplios ventanales, la única obra de importancia de la casa, dejaban entrar la maravillosa luz del norte, pensó Maggie. Cuando Nuala le había dicho que trajera consigo material para esculpir, le aseguró que la mesa larga de refectorio era un sitio ideal para trabajar. Aunque Maggie no la usaría, había traído, para complacer a Nuala, veinte kilos de arcilla húmeda, varios armazones, los moldes sobre los que moldearía las figuras y herramientas.

Se hizo una breve pausa. Podía modelar un busto de Nuala sobre esa mesa. Había un montón de fotos recientes de ella para usar de modelo. Como si las necesitara, pensó Maggie. Estaba segura de que la cara de Nuala se le quedaría grabada para siempre. Además de visitar a Greta y ordenar la casa, no tenía más planes. Si voy a quedarme una semana más a partir del domingo, está bien que tenga un proyecto. ¿Y qué mejor tema que Nuala?

La visita a Latham Manor y el tiempo pasado con Greta Shipley le habían servido para convencerse de que la inquietud que creía haber percibido en Nuala simplemente se debía a su preocupación por los efectos de un cambio radical de vida, o sea, vender la casa y trasladarse a la residencia. No parece que tuviera más motivos de preocupación, por lo menos que yo vea.

Suspiró. Supongo que es imposible saberlo con certeza. Pero si fue un robo normal, ¿no era arriesgado matar a Nuala y después quedarse registrando la casa? Quienquiera que entrara tuvo que reparar en que estaba cocinando y que la mesa estaba puesta para invitados. Lo lógico es que el asesino temiera que llegase alguien mientras revisaba la casa, se dijo. A menos que esa persona supiera que la cena era a las ocho y que yo no llegaría hasta esa hora. Sin duda era una buena oportunidad para una persona que conociera los planes… o que incluso formara parte de ellos.

—A Nuala no la mató un ladrón cualquiera —dijo en voz alta.

Volvió a ver mentalmente a los invitados a la cena. ¿Qué sabía sobre ellos? Nada de nada. El único al que realmente conocía era Liam. Gracias a él se había reencontrado con Nuala, y le estaría siempre agradecida. También me alegra que sienta lo mismo que yo respecto a su primo Earl, pensó. Esa aparición sorpresiva realmente me dio escalofríos.

La próxima vez que hablara con Liam le preguntaría sobre Malcolm y Janice Norton. Esa mañana, aunque sólo había visto un instante a Janice en Latham Manor, había notado algo raro en su expresión, como si estuviera enfadada. ¿Era por la cancelación de la venta? Seguramente en Newport había muchas casas como la de Nuala en venta. No podía ser por eso.

Maggie se acercó a la mesa de caballetes y se sentó. Se miró las manos entrelazadas y tuvo ganas de tocar arcilla. Sabía que cada vez que trataba de pensar algo cuidadosamente, trabajar con arcilla la ayudaba a encontrar una respuesta, o por lo menos a llegar a alguna conclusión.

Aquel día la había preocupado algo que su mente había registrado inconscientemente, pero a lo que no había dado importancia en el momento. ¿Qué era?, se preguntó. Repasó todo el día, minuto a minuto, desde que se había levantado: la somera inspección de la planta baja de Latham Manor, la entrevista con el doctor Lane y la visita a los cementerios con Greta Shipley.

¡Los cementerios! Maggie se incorporó. ¡Eso era! En la última tumba a la que fuimos, la de la señora Rhinelander, la que murió hace dos semanas… noté algo. Pero ¿qué? Por mucho que lo intentó, no logró discernir qué la había impresionado.

Mañana por la mañana volveré a los cementerios a echar un vistazo, decidió. Llevaré la cámara, y, si no veo lo que es, haré fotos. Quizá aparezca lo que me llamó la atención cuando las revele.

Había sido un día largo. Decidió darse un baño, prepararse una tortilla francesa e irse a la cama a leer más libros sobre Newport.

Mientras bajaba por la escalera, oyó sonar el teléfono de la habitación de Nuala. Se dio prisa, pero llegó sólo para oír el clic al otro lado de la línea. En fin, seguramente no ha llegado a oírme, pensó. Pero no importa. No tenía ganas de hablar con nadie.

La puerta del armario del dormitorio estaba abierta, y la luz del pasillo iluminó el traje azul de noche que llevaba Nuala el día de la reunión en el restaurante Four Seasons. Estaba colgado hecho un bollo, como si lo hubieran guardado sin ningún cuidado. Era un traje caro. La sensación de que se estropearía si lo dejaba así, obligó a Maggie a ir al armario a colgarlo bien.

Mientras alisaba la tela, le pareció oír un ruido suave, como si algo se hubiera caído. Miró abajo, a los zapatos y botas del suelo del armario, y decidió que, si había caído algo, tendría que esperar.

Cerró el armario y se dirigió al cuarto de baño. Esa soledad de la que tanto disfrutaba por las noches en su apartamento de Nueva York, en esta casa de cerraduras endebles y rincones oscuros no era nada atractiva, en esta casa donde alguien había cometido un asesinato, alguien que quizá Nuala consideraba un amigo.