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Mi madre se había pasado al asiento del conductor en cuanto mi padre se bajó del coche en el callejón. Echó hacia delante el asiento para que los pies le llegaran a los pedales. Estaba esperando con el motor al ralentí cuando mi padre apareció con la bolsa de lona al fondo del callejón. Se montó directamente en el asiento trasero y se agazapó bajo una manta, y mi madre inició la marcha despacio, de forma que nada de lo que había sucedido en el interior del banco pareciera tener que ver con un Chevrolet Bel Air rojo y blanco con matrícula de Dakota del Norte que avanzaba con indolencia hacia las afueras de la ciudad, en dirección oeste.

Mi madre escribió que cuando llegó hasta la esquina de Main Street, y se disponía a torcer a la izquierda, no vio nada que no esperara ver a lo largo de la manzana del banco. Una mujer entraba en ese momento en él. No sonaba ninguna alarma, no llegaba ningún sheriff ni policía estatal, ni se veía a gente corriendo y gritando: «¡Un atraco!». Iban a salirse con la suya, pensó. Pronto estaría contemplando una nueva vida que no incluiría a mi padre ni Great Falls, Montana.

De acuerdo con su plan, condujo hacia la línea fronteriza de Montana, con mi padre escondido en la trasera del coche, y enfiló el camino rural lleno de baches que surcaba los campos de cebada, hacia los álamos de Virginia y el arroyo donde se habían detenido menos de una hora antes. Mi padre se bajó del asiento trasero del coche, y en medio del polvo y el calor se quitó el mono y las zapatillas de tenis y, en paños menores, metió el dinero (sabía ya que había menos de lo que pretendía conseguir) en el hueco de detrás del asiento trasero. Hizo un ovillo con el mono, las zapatillas, la pistola, la gorra y la manta, y lo metió con las placas verdes y blancas de la matrícula de Dakota del Norte en la bolsa azul, y, después de meter también varias piedras grandes y polvorientas, la tiró al arroyo. La bolsa no se hundió: giró en medio de una especie de penacho de espuma amarillenta, y al final desapareció. Pero mi padre consideró que era prácticamente como si se hubiera hundido, ya que allí no había nadie para verla. Luego se puso los tejanos, la camisa blanca y las botas, y volvió a poner las placas de Montana al Chevrolet. Mi madre condujo hasta la carretera, y torció hacia la izquierda para dirigirse a la frontera, y lo dejaron todo atrás.

En Glendive se detuvieron en el Yellowstone Motel. Nuestro padre entró en la habitación y recogió la ropa que habían dejado desperdigada aquí y allá. Fue a la oficina y habló con el empleado de recepción, que no era el que les había atendido la noche anterior. Al pagar —en metálico— bromeó sobre lo lleno que estaba el cielo de satélites; pronto todo el mundo sabría todo lo que hacía todo el mundo, comentario que, más tarde, el recepcionista consideraría harto extraño. Mi padre volvió a la cabaña, y llevó la pequeña maleta de mi madre al Chevrolet, donde ella le estaba esperando. Montó en el asiento del conductor e inició el viaje de vuelta hacia Great Falls. Todo había salido conforme al plan sencillo de mi madre. Si algún pensamiento consciente hubo en ellos sobre la posibilidad de que los descubrieran y apresaran —y debió de haberlo, sin duda—, es muy posible que tal pensamiento se les hubiera ido de la cabeza al sentirse ya cerca de casa, y empezar a sentirse aliviados y felices al pensar en Berner y en mí, que les estábamos esperando, y en la vida mejor que estaba a punto de comenzar para todos nosotros.