4

Joe Patroni —según había oído Mel Bakersfeld— se dirigía al aeropuerto desde su casa en Glen Ellyn. Mezcla de italiano y norteamericano, enérgico y robusto, el jefe de Mantenimiento de TWA había salido en auto de su casa suburbana, tipo rancho mexicano, unos veinte minutos antes. Avanzaba muy despacio, como Mel había supuesto.

En ese momento, su «Buick Wildcat» estaba detenido en medio del tránsito. Por detrás y delante, hasta donde alcanzaba la vista, otros vehículos también estaban parados. Mientras esperaba encendió un cigarro, iluminado por las luces posteriores del auto que lo precedía.

Alrededor de Joe Patroni se habían formado leyendas: unas profesionales y otras personales.

Su primer trabajo fue de mecánico en un garaje; poco después, en un juego de dados, le ganó el garaje a su patrón, de modo que al terminar el juego habían cambiado de lugar. Para Joe, eso significó heredar varias deudas difíciles de cobrar, entre ellas una que lo hizo dueño de un biplano «Waco», viejo y decrépito. Con su mezcla de ingenio y habilidad mecánica lo reparó y voló en él con todo éxito, sin recibir lecciones de vuelo, cuyo costo no podía pagar.

El aeroplano, su mecánica y su funcionamiento lo absorbieron por completo, tanto, que persuadió a su antiguo patrón a entablar otra partida de dados y le permitió ganar de nuevo el garaje, que él abandonó, empleándose como mecánico de aviones. Estudió de noche, se hizo un excelente mecánico y luego capataz, con firme reputación de resolver problemas. Sus hombres podían cambiar un motor con mayor rapidez que la anunciada por los mismos fabricantes; y con absoluta seguridad. Al poco tiempo, en todas las situaciones de urgencia o reparaciones difíciles, ya se sabía: llamen a Joe Patroni.

Una de las razones de este triunfo era que nunca perdía el tiempo en ser diplomático. En cambio, iba siempre al grano, se tratara de personas o de aeroplanos. Tampoco tenía ningún respeto por las jerarquías, y era franco y directo con todos, incluso con los principales ejecutivos de su compañía.

En una ocasión, nunca olvidada por los interesados, Joe Patroni abandonó su trabajo y, sin decir una palabra a nadie ni consultarlo previamente, voló a Nueva York llevando consigo un paquete. Al llegar, siguió por autobús y metro a las olímpicas oficinas centrales de la compañía, en pleno centro de Manhattan y, sin anuncios ni preámbulos, entró en la oficina del presidente. Abrió el paquete y depositó un carburador, desarmado y grasiento, sobre el inmaculado escritorio presidencial.

El presidente, que nunca había oído hablar de Joe Patroni, y que no veía a nadie sin haberlo citado antes, estuvo a punto de sufrir un ataque de apoplejía hasta que Joe le dijo:

—Si quiere perder aviones en vuelo, écheme de aquí. Si no, siéntese y escuche.

El presidente se sentó —mientras Joe Patroni encendía un cigarro— y escuchó. Después, llamó al vicepresidente de motores y éste, más tarde, dispuso una modificación mecánica en la congelación del carburador durante el vuelo, que Patroni venía pidiendo con insistencia —y sin resultados— hacía meses.

Luego, Patroni recibió las felicitaciones oficiales, y el incidente pasó a formar parte del fondo siempre creciente de leyendas sobre su personalidad. Poco después lo ascendieron a supervisor principal y a los pocos años se le confió el importante puesto de jefe de Mantenimiento en Lincoln Internacional.

En lo personal, se decía que Joe Patroni le hacía el amor a su mujer, Marie, casi todas las noches, como otros toman un trago antes de la comida. Era cierto. En esto estaba cuando recibió del aeropuerto, por teléfono, el mensaje sobre el jet Aéreo-Mexican que TWA había recibido la petición de ayudar a sacar del atolladero.

Patroni hacía el amor —continuaba diciendo el mismo rumor— como hacía todo lo demás: con un cigarro largo y delgado a un costado de la boca. Esto ya no era cierto, por lo menos, en la actualidad. Marie, después de varias almohadas incendiadas en los primeros años de matrimonio —que pudo apagar utilizando su experiencia de azafata de TWA—, había prohibido en absoluto el uso de cigarros en la cama. Joe acató el edicto porque la quería, y con razón. Cuando se casaron era probablemente la azafata más popular y hermosa en todo el sistema de aerolíneas, y, doce años y tres hijos después, todavía podía medirse con casi todas sus sucesoras. Algunos se preguntaban, en voz alta, por qué Marie, perseguida con ardor por capitanes y primeros oficiales, había elegido a Joe Patroni; pero éste, que al conocerla no era más que un joven capataz de Mantenimiento, tenía su encanto, y desde entonces Marie, en todas las cosas importantes, estaba satisfecha.

Otra cualidad de Joe era su modo de no perder la cabeza en las emergencias. Estudiaba en seguida la situación y decidía qué era lo que había que hacer primero, y si antes de ocuparse del asunto podía terminar o no sus otras tareas. En el caso del 707 varado, su instinto le dijo que era una crisis entre moderada y aguda, o sea que tenía tiempo de terminar lo que estaba haciendo, o de comer, pero no las dos cosas: por lo tanto, no comió. Poco después, Marie corrió a la cocina, en bata, y le preparó al galope unos sandwiches para que los comiera durante el viaje de cuarenta kilómetros hasta el aeropuerto. Ahora mordisqueaba uno.

Para él no era nuevo tener que volver al aeropuerto después de trabajar todo el día en él, pero esta noche el tiempo era el peor que podía recordar. Por todas partes se veían los efectos acumulados de tres días de tempestad, que convertían el conducir en algo difícil y peligroso: enormes montones de nieve flanqueaban las calles, y en la oscuridad, seguía nevando. En todas las rutas, principales y secundarias, el tránsito se movía apenas, o no se movía. Hasta para los autos con neumáticos especiales para barro y nieve, como su «Buick Wildcat», era difícil avanzar. Los limpiaparabrisas y la calefacción apenas bastaban para luchar contra la nieve de afuera y el vapor de adentro, y las luces iluminaban poco. Vehículos detenidos, algunos abandonados por sus conductores, convertían los caminos en carreras de obstáculos. Era evidente que para salir en una noche así había que tener una buena razón.

Patroni miró su reloj. Su auto y el que iba delante estaban parados hacía ya varios minutos. Más adelante había otros, también detenidos, y a la derecha otra fila inmóvil. Además, hacía un rato que no veía nada en dirección opuesta, lo que significaba que los cuatro carriles estaban obstruidos. Si en los próximos cinco minutos no ocurría nada nuevo, decidió que saldría del auto para investigar, aunque observando la nieve que continuaba cayendo, el viento y el frío, esperó que no fuese necesario hacerlo. Siempre tendría tiempo de sentir frío e incomodidad en el aeropuerto, y seguramente los sentiría durante la noche. Entretanto, puso la radio más alto, escuchó un rock-and-roll y echó bocanadas.

Pasaron cinco minutos. Vio a otros que salían de sus autos y caminaban hacia delante, y se preparó a hacer lo mismo. Se envolvió bien en su abrigo forrado de lana de oveja y se echó el capuchón sobre la cabeza. Tomó en su mano la poderosa linterna que había traído. Al abrir la puerta, viento y nieve entraron con fuerza. Salió y cerró en seguida la puerta.

Avanzó, mientras otras puertas de autos se cerraban de un golpe y unas voces preguntaban qué había sucedido, a lo que otros contestaban:

—Un accidente. ¡Qué desastre!

A medida que caminaba distinguía luces y sombras que se unían y se separaban hasta formar un grupo de gente. Una voz nueva dijo:

—Te digo que hasta que arreglen esto pasarán horas sin que podamos movernos de aquí.

Una sombra más grande y oscura que las demás, teñida en parte de rojo por las luces, se reveló como un enorme equipo de tractor y remolque, volcado sobre un costado. Un armatoste de dieciséis ruedas que ocupaba todo el ancho del camino, bloqueando todo movimiento. Parte de su carga —al parecer, cajones de artículos enlatados— se había desparramado, y algunos oportunistas no perdían tiempo en desafiar la nieve y se llevaban todo lo que podían a sus autos.

Dos patrulleros de la policía del estado intervenían en la escena. Sus ocupantes interrogaban al chófer del camión, que parecía ileso.

—Lo único que hice fue tocar esos malditos frenos —protestaba a gritos—. Se me fue de las manos y se revolcó como una puta acalorada.

Uno de los policías anotó algo en su libreta y una mujer preguntó a su acompañante:

—¿Estará escribiendo eso último también?

—¡Para qué les servirá eso! —gritó otra mujer; su voz sonaba estridente en el viento—. ¿Por qué no sacan esto de aquí?

—Si nos echa una mano para levantarlo, señora, con mucho gusto —le contestó uno de los policías, acercándose con su chaqueta cubierta de nieve.

—Policías vivos —murmuró ella, entre risitas de algunos.

Un camión remolcador, con la luz del techo encendida, se aproximó con lentitud desde el lado opuesto a la obstrucción. El chófer utilizaba la parte del camino que en otras circunstancias hubiera sido la mano contraria. Paró y descendió, sacudiendo la cabeza con expresión de duda cuando vio el tamaño y posición del otro vehículo.

A empujones, Joe Patroni se presentó, sin dejar de dar chupadas a su cigarro, cuya punta se veía muy roja en medio del viento, y con el índice dio un golpe en el hombro del policía.

—Escuche, muchacho; nunca moverá eso con un solo camión. Como si quisiera que un pajarito arrastrase un ladrillo.

—Yo no quiero nada, señor —le contestó el policía dándose vuelta—, pero aquí se ha volcado gasolina y será mejor que apague ese cigarro.

Patroni no le hizo caso, como no lo hacía de casi ninguna ordenanza que le impidiese fumar. Con el cigarro señaló el tractor volcado.

—Y otra cosa, muchacho; si trata de sacar hoy ese montón de chatarra perderán el tiempo y me lo harán perder a mí y a todos. Para que el tránsito pueda seguir, hay que apartarlo del camino y para eso se necesitan dos camiones más: uno de este lado, para empujar, y dos allá para tirar.

Comenzó a moverse, examinando con su linterna eléctrica desde varios ángulos, el enorme vehículo. Como siempre que estudiaba un problema, estaba completamente absorto. Movió el cigarro una vez más:

—Juntos, dos camiones pueden agarrarse de tres ángulos levantar la cabina rápido. El otro camión…

—Un momento —interrumpió el policía, llamando a un compañero—. Hank, este tipo parece que sabe lo que dice.

Diez minutos después Joe Patroni estaba a cargo de todo, juntamente con los policías. Siguiendo su consejo se habían pedido por radio los dos camiones adicionales. Mientras esperaban que llegaran, el chófer del primer camión remolcador colocaba cadenas, dirigido por Patroni, en los ejes del remolque caído. La situación presentaba un aspecto eficiente y activo, como siempre sucedía cuando estaba presente el enérgico jefe de Mantenimiento.

El mismo Patroni había recordado varias veces la verdadera razón por la cual estaba fuera de casa esa noche, y el hecho de que ya estaba muy retrasado para llegar al aeropuerto. Pero al mismo tiempo pensó que, ayudando a limpiar la ruta bloqueada, llegaría allá más pronto. Con seguridad que ni su auto ni los otros podrían seguir mientras el tractor continuara obstruyendo el centro del camino. Volver atrás y probar en otro camino era imposible por la acumulación de vehículos detrás de él; los policías le aseguraron que la cola se extendía por muchos kilómetros.

Volvió a su auto para servirse del radioteléfono que había hecho instalar por indicación de sus jefes, quienes pagaban la cuenta mensual. Llamó a Mantenimiento de su compañía, en el aeropuerto, para informar sobre su tardanza, y le informaron lo solicitado por Mel Bakersfeld sobre la urgencia de que la pista tres cero quedara libre y apta para ser usada.

Les dio instrucciones telefónicas, pero comprendió que lo más importante era llegar al aeropuerto con toda la rapidez posible.

Cuando salió del auto por segunda vez, la nieve seguía cayendo pesadamente. Evitando los depósitos que se habían formado alrededor de los autos detenidos, volvió al camino obstruido, al trote, y se alegró al ver que el primero de los camiones pedidos ya estaba allí.