La pérdida de Jerusalén

A finales de marzo de 1184, el maestre del Temple Arnaud de Torroja viajó a Europa acompañado por el patriarca Heraclio y por el maestre de los hospitalarios; eran conscientes de que ellos solos no podían detener por mucho tiempo a Saladino y pedían que fuese convocada una nueva cruzada. Trataron de conseguir refuerzos de Europa y llegaron a exigir al rey Enrique II de Inglaterra que les ayudara con doscientos caballeros como modo de contrarrestar su intervención en el asesinato de Tomás Becket, el arzobispo de Canterbury, cometido por personas cercanas al soberano inglés, pero Torroja murió en la ciudad de Verona mientras trataba de recabar esa ayuda.

En marzo de 1185, a los veinticuatro años de edad, murió Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso. Su valor había sido extraordinario y sus victorias sobre los musulmanes se debieron sin duda a su arrojo y a su capacidad para sobreponerse a toda adversidad. Pero la lepra pudo con él. Le sucedió Balduino V, de efímero reinado, quien tras su muerte un año más tarde dejó el reino en una situación muy inestable. Así, mientras en Jerusalén era coronado como nuevo monarca Guido de Lusignan, con el apoyo de los templarios, una asamblea de nobles del reino reunida en la ciudad de Nablús pidió al pueblo de la Ciudad Santa que derrocara a Guido y propuso al noble Hunfredo, esposo de la princesa Isabel, como candidato al trono. Heraclio, el patriarca de Jerusalén, no les hizo caso y en agosto de 1186 coronó a Sibila, que de inmediato se quitó la corona para colocarla con sus propias manos en la cabeza de su esposo Guido de Lusignan.

Por si hubiera pocos problemas, Reinaldo de Chatillon, convertido en un verdadero pirata, volvió a atacar una caravana en septiembre. Guido, que no tenía el trono asegurado, no se atrevió a recriminar la acción de su vasallo, y Saladino, agotada ya su paciencia, dio por concluida la tregua y en 1186 regresó a Siria.

Los templarios, que seguían aliados con Chatillon, presionaron al rey para que actuara. A comienzos de 1187 estaba al frente del Temple el maestre Gérard de Ridefort, hombre irreflexivo, impetuoso y pendenciero, considerado unánimemente como el peor, con diferencia además, de todos los maestres de la Orden. Su ingreso como caballero templario se había producido a causa de un despecho amoroso; no había podido casarse con Lucía, hija del señor de Botrun, por la cual, y según una leyenda, un mercader italiano ofreció a su padre su peso en oro. Hombre sin escrúpulos, había alcanzado el cargo en 1185, elegido en un capítulo al parecer muy tenso, y se había empeñado en que su mandato no pasara desapercibido.

Este maestre amaba la guerra y estaba dispuesto a enfrentarse a Saladino cuanto antes. Tenía además como aliado a Reinaldo de Chatillon, un hombre que había demostrado con creces tener todavía menos escrúpulos que el templario. El rey Guido de Lusignan no disponía de mucha capacidad de maniobra. Si quería mantener su trono no tenía más remedio que aliarse con los templarios y con el sector de la nobleza que apoyaba a Reinaldo, aunque esa decisión significara la guerra con Saladino.

Los templarios, alentados por su maestre, atacaron a los musulmanes el 1 de mayo de 1187 en el paraje conocido como la fuente de Cresson, cerca de Nazaret. Eran apenas doscientos, pero se lanzaron contra unos siete mil musulmanes. La carga de los caballeros templarios, realizada sin la menor estrategia y de manera alocada, fue un suicidio. En la refriega murieron casi todos, y sólo pudo escapar el maestre Ridefort y dos de sus escoltas. Si todavía no lo estaba lo suficiente, la tragedia de Cresson acabó por enloquecer por completo al maestre del Temple, que ha sido calificado de «apóstol de todo acto violento y peligroso» y «genio maligno del Temple».

Saladino decidió acabar con aquella situación y avanzó sobre la ciudad de Tiberiades, cuyo señor, Raimundo, intentaba poner un poco de sensatez entre las filas cristianas. Pero las fuerzas de los cruzados eran entonces un verdadero caos, y a su frente estaban dos insensatos ávidos sólo de sangre y guerra, como el maestre Ridefort y Reinaldo de Chatillon, y un rey con menguada autoridad y muy cuestionado.

El 26 de junio de 1187 Saladino se puso en marcha con sus sesenta mil hombres, treinta mil de ellos jinetes, hacia Tiberiades. El 1 de julio cruzó el Jordán y esperó allí a que llegara el ejército cristiano. Los musulmanes se habían asentado en la meseta de Kafgs Sabt, entre Tiberiades, cuya ciudad habían conquistado aunque no su castillo, y Saffouriyah. Los cristianos, que se habían reunido en Samaria, a unos veinte kilómetros, eran dieciocho mil, seis mil caballeros y doce mil infantes.

La situación táctica era muy favorable a los musulmanes, por lo que Raimundo de Tiberiades intentó convencer al rey Guido para que esperara. El maestre del Temple estaba ansioso por entrar en combate, pues pesaba sobre él el baldón de que por cobardía no se había atrevido a enfrentarse con Saladino cuatro años antes y quería vengarse de la derrota de Cresson. Además, Guido le dijo que Raimundo sólo pretendía humillarlo.

Guido dio la orden de atacar. Bajo un sol abrasador, el ejército avanzó por un terreno árido, con Raimundo encabezando la vanguardia, el rey en el centro con la Vera Cruz y los templarios y los hospitalarios en la retaguardia. Saladino había preparado una celada, pues para llegar hasta el agua tenían que caminar durante unas cuatro horas a través de un terreno asolado y fragoso. Esa zona estaba dominada por dos cerros entre los cuales se abría una vaguada perfecta para una encerrona; la llamaban «los Cuernos de Hattin».

El 3 de julio los cristianos avanzaron hacia el lago, pero se encontraron con la barrera del ejército de Saladino. Hacía un calor extremo, no tenían agua y el terreno era pedregoso, casi imposible para el despliegue de la caballería. El rey Guido ordenó atacar, pero los templarios alegaron que era imposible y los infantes huyeron hacia las colinas pese a las consignas de su rey. Ante las dificultades, los templarios realizaron varias cargas de caballería, pero no lograron romper el cerco. Cayó la noche y se interrumpió la batalla, pero no el hostigamiento de los musulmanes, que arrojaron flechas y quemaron las hierbas en la dirección del viento para que el humo sofocara más todavía a los sedientos cristianos.

La noche fue muy calurosa y al amanecer del 4 de julio, sedientos hasta la desesperación y casi extenuados por la falta de sueño, los cristianos se lanzaron ladera abajo en busca del agua. Raimundo de Tiberiades logró atravesar las filas de Saladino, que tal vez se abrieran para facilitar su huida, y el noble se alejó del lugar de la batalla y ya no paró hasta Trípoli. Los templarios, la hueste de Reinaldo de Chatillon y las tropas del rey Guido quedaron encerrados en una trampa mortal. Los templarios, pese a su estado casi agónico, lanzaron vanas cargas de caballería, pero todas fracasaron. Poco a poco el cerco se fue cerrando, hasta que se vio caer la tienda roja en la que el rey Guido tenía alzado su estandarte de mando. La batalla de los Cuernos de Hattin había terminado. De los doscientos cincuenta templarios que participaron en ella, una parte sustancial de los caballeros templarios destinados en Tierra Santa, murieron doscientos treinta; sólo se salvaron el maestre Ridefort y unos veinte templarios.

Saladino hizo traer a su presencia al maestre del Temple, a Reinaldo de Chatillon y al rey Guido. Con Reinaldo no hubo piedad; fue el propio Saladino quien lo degolló, su cabeza fue cortada y su cuerpo arrastrado. Al rey Guido y al maestre templario Gérard de Ridefort se les perdonó la vida pero fueron llevados presos a Damasco. Los templarios que habían sobrevivido a la batalla fueron decapitados por ulemas, musulmanes religiosos, a la vista del maestre, y sus doscientas treinta cabezas colocadas en lo alto de picas.

La Vera Cruz, la reliquia más preciada del reino cristiano de Jerusalén, que portaba en la batalla el obispo de Acre, cayó en manos de Saladino. Más tarde se dijo que fue enterrada bajo el umbral de la gran mezquita de los omeyas en Damasco, para que todo musulmán pisara sobre ella al entrar a rezar; un templario declaró que había logrado enterrarla antes de que fuera capturada por los musulmanes; y en una tercera versión se relata que fue a parar a Egipto, donde desapareció porque no despertaba el menor interés entre los musulmanes.

La victoria de los Cuernos de Hattin abría a Saladino las puertas de Jerusalén; en realidad, toda Tierra Santa parecía perdida. El reino estaba sin rey, las órdenes militares descabezadas, los mejores soldados muertos…; en el verano de 1187 parecía cuestión de meses el final de los dominios de los cruzados.

En las semanas siguientes a Hattin, Saladino ocupó Acre, Nazaret, Nablús, Sidón, Beirut, Gaza, Ascalón… Una a una las ciudades y fortalezas conquistadas en la Primera Cruzada estaban cayendo sin que nadie pudiera evitarlo. A Jerusalén le tocó en septiembre. El día 20 comenzó el sitio de la Ciudad Santa, defendida por Balian de Ibelin, señor de Ram-leh, quien amenazó a Saladino con morir matando y destruir las mezquitas de la explanada del Templo. Tras varias escaramuzas y conversaciones, Jerusalén capituló el 30 de septiembre de 1187. Según el acuerdo de rendición, se perdonaría la vida de los pobladores, pero deberían pagar diez dinares cada hombre, cinco cada mujer y uno cada niño, y abandonar la ciudad. Los pactos se cumplieron escrupulosamente y hasta el patriarca pudo salir de Jerusalén con todos sus tesoros tras pagar sus correspondientes diez dinares. Los templarios abandonaron la ciudad dando escolta a una de las tres columnas en las que se dividieron los cristianos para la marcha.

El viernes 2 de octubre de 1187, 27 de rayab del año 583 de la Hégira, Saladino entraba en la ciudad santa para las tres religiones del Libro; ese mismo día se conmemoraba el aniversario de la ascensión de Mahoma al cielo precisamente desde la Roca. Sus primeras órdenes fueron derruir los edificios construidos por los templarios en al-Aqsa, «la mezquita lejana», y derribar la gran cruz que habían colocado sobre la cúpula de la mezquita de la Roca, que fue arrastrada por las calles y pisoteada. Todo el complejo religioso del Templo fue purificado y lavado cuidadosamente con agua de rosas traída desde Damasco; al-Aqsa fue consagrada de nuevo como mezquita el 9 de octubre. El odio que Saladino profesaba hacia los templarios aumentó más si cabe por haber profanado aquel lugar sagrado del Islam.