El viaje de regreso fue un infierno, a pesar de la ayuda de los muchachos. Tuve que cargar con Perila la mayor parte del trayecto hasta llegar al sitio donde habíamos dejado la litera, lo cual causó bastante revuelo. Luego, aun estando en una casa conocida —la residencia de los Fabios era la más cercana—, necesitó dos copas de vino puro y muchas palabras tranquilizadoras para reponerse un poco.
Yo no quería repetir semejante experiencia. Nunca.
Había vuelto a envararse, y se sentaba muy erguida y hablaba racionalmente; pero sus ojos aún estaban raros y supe que pasaría largo tiempo antes de que perdieran ese aire de extravío.
—Marco, ¿quién querría matar a Davo? —dijo—. Era sólo un esclavo inofensivo.
Sorbí mi vino, sosteniendo la copa con ambas manos para no derramarlo. Encontrar al viejo también me había conmocionado, más de lo que estaba dispuesto a confesar.
—Davo no era inofensivo, Perila. Al menos, lo que sabía no era inofensivo. Y lo mataron para prevenirme. Eso está bastante claro.
—¿Por qué lo dices?
—No lo hicieron en el almacén. No había sangre. Alguien lo llevó allí deliberadamente y lo dejó para que lo encontráramos.
Perila tembló.
—Desistamos de esto —dijo—. No merece la pena.
Sacudí la cabeza.
—No puedo. Y menos ahora. Aunque Davo no fuera cliente mío, yo era responsable de él. Confió en mí y lo decepcioné. Lo menos que puedo hacer es hallar al asesino.
De pronto ella ensanchó los ojos.
—¿Cómo se lo diremos a Harpala? —susurró—. Le di mi palabra de que a él no le pasaría nada.
Sí, yo me había preguntado lo mismo, y no esperaba el momento con ansiedad, aunque la anciana quizá ya lo supiera gracias a los rumores de los esclavos. No los detalles, sólo que Davo había muerto.
—Manda a buscarla ahora. ¡Por favor, Marco!
Le hice una señal al esclavo que servía el vino, que aguardaba nerviosamente cerca de la puerta. Se marchó deprisa.
—No fue culpa tuya —dije—. En todo caso, el responsable fui yo. Sabía que me vigilaban. Si alguien me espiaba, no le habrá resultado difícil seguir a Harpala cuando llevó el mensaje.
—Entonces pudieron haberte matado a ti también. Pudieron estar esperando allí.
—¿Y vérselas con los galos? No, como te dije, esto fue sólo una advertencia. El importante era Davo. Nuestro único testigo, y se lo entregué. —Brillante, pensé con amargura. Muy listo, Corvino. Un punto para el equipo local.
El esclavo regresó con Harpala. Ya lo sabía, se le notaba en los ojos. Su mirada acusadora me recordó a la de Davo.
—Lo siento, Harpala —dijo Perila.
—Ya estaba muerto cuando llegamos nosotros. —Yo no podía afrontar los ojos de la anciana. Me levanté de donde estaba, de rodillas junto a Perila, y me dirigí a mi silla.
Harpala no me prestó atención.
—¿Qué sucedió, ama? —preguntó en voz baja.
—Lo degollaron. Lo dejaron allí para que lo encontráramos.
La anciana asintió, como si lo hubiera esperado. Quizá lo esperaba.
Luego se volvió hacia mí.
—Lo prometiste, señor. Lo prometiste. —No había acusación en su voz. Sólo describía un hecho—. Me prometiste que no correría peligro.
Mierda.
—Sé que lo prometí —dije—. Pero no pude hacer nada.
De pronto, sin aviso, la anciana se plegó como si alguien le hubiera sacado los huesos. Perila la cogió mientras caía y la guió hacia una silla. La observamos con culpabilidad (ninguno de nosotros la tocaba) hasta que se recobró.
—Lo lamento, ama —dijo. Su voz era lánguida como la de un fantasma.
—Está bien. Sólo…
—Verás, Davo era mi hermano.
Perila me miró con sobresalto. Llamé al esclavo que aguardaba en el trasfondo. Perila cogió la copa que él le entregó y la acercó a los labios de Harpala. Ella sacudió la cabeza.
—Estoy bien, ama. Sólo dame un momento. Por favor. —Aguardamos a que recobrara la respiración—. Él siempre supo que lo encontrarían. Después de escaparse, consiguió trabajo en los muelles, donde no hacen muchas preguntas. Yo era la única que sabía dónde vivía. —Me miró a los ojos—. Fue culpa mía, ¿verdad señor? Yo los guié hacia él.
—No —respondí—. Tú eras sólo la mensajera, Harpala. La culpa no fue tuya.
Pero la anciana no escuchaba. Había empezado a mecerse suavemente, como hacen las campesinas ante una muerte.
—Él sabía que no tendría que haber visto la cara de ese caballero. Él me lo dijo. Me dijo que lo conocía. Eso fue todo, pero no quiso darme el nombre. Cuando arrestaron al amo, ese mismo día, hizo su petate y se fue de la casa. Dijo que corría peligro. Mi Davo siempre fue listo. Demasiado listo, para ser esclavo.
El amo. Ése era Paulo. Davo había huido el día en que arrestaron a Paulo por traición. Así que sabía que la información era importante. Y que podía perjudicarlo. Un esclavo demasiado listo, sin duda.
—¿Ellos lo buscaron? —pregunté—. Los hombres del emperador.
Ella asintió.
—Pero no le había dicho a nadie que se iba, señor. Ni siquiera a mí. Tardé meses en saber dónde estaba, cuando nos cruzamos en el mercado de verduras. Y me hizo jurar que no diría nada sobre él, ni siquiera a los demás esclavos. —Rompió a llorar, sin taparse la cara con las manos, sino abiertamente, y las lágrimas le surcaban las mejillas como la savia que gotea en el tronco de un árbol—. Luego desterraron a mi ama, y fui a casa de Marcia. No nos veíamos con frecuencia porque él decía que era arriesgado. Sólo en ocasiones, en el mercado del Velabro, o en un festival, cuando ambos estábamos libres. Él ya trabajaba para Paquio, descargando grano y operando el molino. Yo quería encontrarle un empleo mejor, pero él no quería. Prefería estar a salvo, aunque el trabajo fuera más duro. Y cuando pillaron al amo, supe que tenía razón.
Algo me sonaba mal. Miré a Perila, pero ella acariciaba el pelo de la anciana.
—¿Por qué dices que pillaron al amo, Harpala? —pregunté—. Claro que capturaron a Paulo. Nos dijiste que lo arrestaron el día en que Davo huyó.
Quizá se le habían confundido los tiempos, pensé. Quizá fuera el lapsus de memoria de una anciana fatigada.
Sus siguientes palabras me dejaron sin aliento.
—No, señor —dijo, y sus ojos, a pesar de las lágrimas, eran brillantes y sinceros—. No me refería al amo Paulo. Me refería a mi nuevo dueño, el esposo de Marcia. Fabio.
El tiempo pareció pararse. Perila detuvo la mano sobre la frente de la anciana, y me miró azorada. Se me erizó el vello de la nuca.
Cuando pillaron al amo… Cuando pillaron al amo…
Mierda. ¿Otro cadáver más? Ya teníamos de sobra sin que aparecieran más cuerpos.
—Pero Fabio no fue arrestado. —Traté de mantener la calma—. No lo acusaron de ningún delito, y mucho menos lo ejecutaron. Fabio era viejo, y murió de muerte natural.
Harpala puso los ojos en blanco.
—Sí, señor. Tienes razón. Claro que sí. Me equivoqué. Me refería a Paulo.
Sí, seguro, pensé. Pero Perila se me adelantó.
—Harpala —dijo con voz acerada—, ¿cómo murió mi tío Fabio? Dime la verdad, por favor.
La anciana la miró largo tiempo.
—El amo se mató, ama —dijo al fin, con un hilo de voz.
—¿Qué?
—Se mató. Se cortó las venas.
—¿Por qué?
—No lo sé. Tendrás que preguntárselo a Marcia.
—¿Quieres decir que mi tía lo sabe?
—Sí, ama. Claro que lo sabe.
—¿Y nunca me lo contó?
La anciana tensó los labios y guardó silencio.
—Dijiste que lo pillaron, Harpala. —Mi cabeza no había dejado de girar—. ¿Quiénes? ¿Los hombres del emperador? —Me refería a Tiberio: Fabio había muerto un mes después de Augusto, poco después del ascenso de Verruga—. ¿Por qué el emperador querría la muerte de un viejo inofensivo como Fabio?
Viejo inofensivo. Ya. Pensé en Davo. Él también era un viejo inofensivo.
Harpala cerraba los labios con firmeza. Se negaba a mirarme. Clavaba los ojos en Perila.
—Lo lamento, ama. No tendría que haber dicho nada. Sólo soy una tonta esclava. No escuches nada de lo que digo.
—¡Harpala, por favor! —Perila se había repuesto de la conmoción. Ahora estaba arrodillada junto a la silla de la anciana—. Quieres que encontremos al que mató a tu hermano, ¿verdad?
Los labios de Harpala temblaron.
—Pues esto es importante. Estamos atascados. Si la muerte de mi tío es importante, tenemos que saberlo. Y no lo sabremos si no nos lo cuentas.
La vieja esclava calló largo rato.
—Tú no estuviste en el funeral del amo, ¿verdad? —le preguntó.
Perila frunció el ceño.
—No, era demasiado pequeña. ¿Qué tiene que ver eso con…?
—Por favor, ama, déjame hablar. Yo estaba allí con el ama. Marcia. Se hallaba en pésimo estado. No comía ni dormía. Ni siquiera hablaba.
—Pero es natural, Harpala. Estaban casados desde hacía…
—¡Por favor, ama! —Los dedos nudosos de la anciana aferraron el brazo de Perila. Estaba temblando—. ¡Escucha, te lo ruego! El ama y yo fuimos al funeral. Cuando encendieron la pira, Marcia se acercó como dispuesta a arrojarse, gritando que ella lo había matado. Que había matado a tu tío.
Mierda. Esto no tenía sentido.
—Dijiste que Fabio se suicidó —intervine—. ¿Por qué Marcia pensaría que lo había matado?
Harpala vaciló.
—Él se mató, señor. No sé a qué se refería Marcia.
Perila me fulminó con la mirada.
—Silencio, Marco. Por favor.
—Gracias, ama. —Harpala hizo una pausa—. Lo cierto es que varios deudos la echaron hacia atrás, y yo la llevé al carruaje. Ella habló conmigo durante el regreso. En realidad, más que hablar, desvariaba. Como si yo no estuviera allí. ¿Entiendes, ama?
Perila asintió.
—Sí, Harpala. Entiendo. ¿Qué decía?
—Hablaba de un viaje que el amo había hecho con el viejo emperador. El divino Augusto, al parecer. Un viaje sobre el que nadie tenía que enterarse, a una u otra isla.
—¿Trímero? —No pude contenerme. Sentía un cosquilleo en el cuero cabelludo. La anciana frunció el ceño.
—No, no era Trímero, señor. Allí es donde está Julia. Éste era otro lugar. Plan-algo.
¡Oh, Júpiter! ¡Magno Júpiter! Yo conocía una sola isla Plan-algo. Y allí era donde Augusto había exiliado a su nieto, el hermano de Julia, por flagrante inmoralidad.
—¿Planasia?
—Eso mismo, señor. «Para ver al desterrado», dijo mi ama.
—¿Augusto fue a ver a Póstumo?
—No sé, señor. «A ver al desterrado en Planasia», fue lo que ella dijo. Y había propagado el secreto. Por eso estaba contrariada.
Me recliné en la silla, esperando que el mundo se enderezara y me dejara pensar. Póstumo era el hermano menor de Julia, exiliado el año antes de la deshonra de Julia. Lo habían ejecutado, presuntamente por orden de Augusto, poco después de la muerte del emperador. Pero si Augusto había ido a ver a Póstumo unos meses antes, y en secreto…
—¿A quién se lo dijo? —susurré. La anciana me clavó los ojos—. ¡Por amor de Júpiter, Harpala, tienes que saberlo! ¿A quién se lo dijo Marcia?
Los delgados labios se entreabrieron.
—Claro que lo sé, señor —murmuró sin énfasis—. Se lo dijo a su amiga la emperatriz.
¡Marcia se lo había dicho a la madre de Tiberio!
Varo a sí mismo
Hablaré (¡sí, al fin!) de Arminio: temible caudillo de la tribu querusca, llameante punta de lanza de la resistencia germana, archienemigo de Roma y, desde luego, mi patrón actual.
Le conocí hace tres años en Roma, en uno de los banquetes de mi sobrino Lucio. Todos los presentes eran varones con experiencia militar: yo, Lucio, Marco Vinicio, el exgobernador de Germania, Fabio Máximo. Amén de Arminio, desde luego.
Yo sabía que Lucio lo había invitado, y esperaba… ¿qué? Un bárbaro, ciertamente; alguien con un venero de civilización, un oso amaestrado con túnica, mostrenco, vacilante al hablar; un terrón de suelo germano con los modales de un esclavo y la arrogancia de un salvaje. Me equivocaba por completo. El padre de Arminio lo había enviado a Roma en la infancia, y Augusto lo había criado como un caballero romano.
Lucio nos presentó. El joven (no tendría más de veinte años) se levantó cortésmente del diván. Era delgado, con el cabello rubio corto, a la manera romana, y llevaba su túnica de caballero con más gracia que yo.
Nos dimos la mano, y le dije en germano (yo estaba con Tiberio cuando sometió a los sugambros):
—Encantado de conocerte, príncipe Hermann.
—Tu acento es mejor que el mío. —El joven sonrió. Su latín era impecable—. Quizá puedas darme lecciones.
Estallaron risas.
—No alardees, Publio —gruñó Fabio—. El muchacho es tan romano como tú. Más que tú.
No me costaba creerlo. Si no hubiera sido por el color del cabello, cualquiera lo habría tomado por un joven noble romano.
Nos reclinamos, y los esclavos trajeron el primer plato. Noté que Arminio comía con moderación, y ordenaba al esclavo que añadiera más agua a la copa de vino. Luego alguien (creo que fue Lucio) mencionó Iliria.
Era un tema natural en aquella época, máxime en esa compañía: toda la región se había sublevado, Roma estaba arrinconada y se cuestionaba la sensatez de nuestra política de fronteras. Por no mencionar la sensatez del emperador.
—Es una cuestión de seguridad —dijo Fabio, señalándonos con un huevo de codorniz—. Augusto no puede abandonar Iliria. Es vital para la seguridad del imperio.
—Nadie lo discute, amigo. —Recuerdo que Vinicio tenía el desagradable sonido nasal de un arpista chapucero—. El problema es que avanzó demasiado con demasiada rapidez. Ha fallado y ahora sufrimos las consecuencias.
Vinicio tenía toda la razón. Y también Fabio. Necesitábamos Iliria. Necesitábamos la ruta terrestre hacia Macedonia y Grecia, y el control de los pasos orientales de los Alpes. Sin Iliria, Italia era vulnerable y el imperio quedaba partido por la mitad. Y las etapas iniciales de la conquista se habían ejecutado con torpeza.
Fabio se sentía incómodo. Era hombre del emperador y uno de sus consejeros de mayor confianza. No le agradaba que criticaran a Augusto.
—Quizá tengas razón —concedió—. No contamos con hombres suficientes para una ocupación armada. Pero necesitamos una frontera firme en el norte. Es una cuestión de equilibrio, el uso óptimo de las fuerzas disponibles. La revuelta iliria nos ha demostrado cuán difícil es lograr ese equilibrio.
—Sería más fácil si avanzáramos al norte, hacia el Elba —dijo Lucio—. Así acortaríamos las líneas de comunicación y tendríamos una frontera casi natural.
Fabio asintió.
—Coincido totalmente. Y también Augusto. No obstante, existe un problema más que obvio.
Vinicio sonrió pícaramente.
—Los germanos —dijo—. Esos cabrones (disculpa, Arminio) no tienen la menor gana de formar parte del imperio romano. ¿Y quién puede culparlos?
—Yo, ante todo. —Arminio dejó la copa—. Las tribus que viven entre el Rin y el Elba son una chusma indisciplinada.
—Y ojalá lo sean por largo tiempo —terció Vinicio—. Mientras se machaquen la crisma entre ellos y dejen la nuestra en paz.
—En efecto. —Cogí una aceituna—. «Divide y reinarás»: es la política más acertada para las tribus germanas.
—Disiento. —Arminio frunció el ceño—. ¿Qué hemos conseguido hasta ahora? No el dominio romano, sin duda. Un empate, a lo sumo. Concedo que los germanos siempre causarán problemas si no los mantenemos bajo un control firme pero, como dice Fabio, no tenemos fuerzas para una ocupación armada.
—¿Y cuál es tu solución para esta paradoja? —dijo Fabio, sonriendo con tolerancia.
—Quizá sea hora de cambiar de política. Quizá la solución no consista en fragmentar a las tribus, sino en unirlas.
—¿Como Maroboduo?
El tranquilo comentario de Vinicio provocó una carcajada. Maroboduo era un caudillo germano que, tras establecer su base de poder en Bohemia, había extendido su influencia sobre las vecinas Sajonia y Silesia. La situación aún no estaba resuelta.
Arminio aguardó impasiblemente a que las risas se apagaran.
—Sí, en cierto modo —dijo entonces—. Como Maroboduo, en efecto.
Noté que Fabio lo miraba con interés.
—Continúa, joven —dijo.
—Es muy sencillo. Teóricamente, al menos. En la actualidad, la mayoría de los caudillos sólo ven sus minúsculos problemas locales. Odian a Roma porque no la entienden, y prefieren la muerte a formar parte del imperio. Pero si se los pudiera unir bajo un jefe de su propio pueblo, un líder fuerte que simpatizara con Roma, entonces…
—Un momento —intervino Vinicio—. Esa probabilidad es sumamente remota, muchacho. Conozco a los germanos. Un simpatizante de Roma, como tú, por ejemplo —dijo estas palabras con sedosa neutralidad—, no tendría la menor esperanza de conseguir el respaldo que necesitaría. Y si tratáramos de imponerlo desde fuera, no duraría un mes.
Arminio se volvió hacia él.
—Tienes razón, desde luego. Como dije, sólo exponía una teoría. Pero si fuera posible, resolvería los problemas de Roma de un plumazo, ¿verdad?
—Claro que sí. Siempre que pudiéramos fiarnos de ese líder teórico.
Los ojos del joven centellearon. Se incorporó en el diván, y pensé que se derramaría sangre, al menos metafóricamente. Pero entonces llegaron los esclavos con el plato principal y se restauró la concordia.
Miré a Fabio que, como decía, era uno de los consejeros de mayor confianza de Augusto. Parecía sumamente pensativo, y más de una vez durante el resto de la velada vi que posaba los ojos en el joven germano con expresión especulativa. Pero no volvió a tocar el tema, al menos en mi presencia.
Volví a ver a Arminio con frecuencia, casi siempre en casa de Lucio, pues el joven, con su pasión por los asuntos militares, había adoptado a mi sobrino casi como mentor. Aún me impresionaba. Tenía criterio, inteligencia, buena crianza y, sobre todo, una manifiesta devoción por Roma y los valores romanos. Junto con su idealismo esto lo hacía, como había dicho Fabio, más romano que yo, especialmente en lo concerniente a las dos últimas cualidades. Cuando volvió a vivir con su gente, perdimos el contacto casi por un año; hasta que me entregaron Germania y él fue a verme a Vetera con los representantes de otras tribus, para presentar sus respetos. Llevaba atuendo germano, y el pelo largo al estilo germano. Aunque fue totalmente cortés, me saludó con seriedad, y confieso que me sentí bastante ofendido.
Un desatino por mi parte. Como descubriría antes del final del día, la patente hostilidad de Arminio tenía un propósito.
Me estaba relajando en mis aposentos después del baño cuando entró un germano alto. La capa lo cubría hasta las cejas, pero lo reconocí: Arminio, sin duda. Se destapó la cara y nos dimos la mano por segunda vez ese día; por su parte, cálidamente.
—Varo, lo lamento —dijo—. Mi comportamiento de hoy fue espantoso.
—Al contrario, muchacho. —Yo empezaba a deshelarme. A pesar de su apariencia, éste era el Arminio que conocía—. Tus modales germanos son impecables.
Se rió y se sentó en el taburete del escritorio. Aunque fueran los aposentos del gobernador de Germania y comandante de los ejércitos del Rin, eran totalmente espartanos, y lo serían hasta que el resto de mi mobiliario llegara de Roma.
—¿Qué te parece el disfraz? —preguntó—. ¿Y el corte de pelo?
Él sonreía; yo no.
—Curiosamente, te sientan bien —le dije. Y así era. En Roma parecía un romano. Aquí parecía más germano que los germanos—. Pero no sabía que estaba de moda entre los germanos cubrirse la cabeza con la capa. Y menos bajo techo.
—Era necesario —dijo con gravedad—. Preferiría que nadie se enterase de esta conversación. Ni romano ni germano.
—¿Es delito que viejos amigos hablen en privado?
—Posiblemente. Dadas las circunstancias.
No me gustaba el olor del asunto. Decidí ser cauto, y me volví hacia la bandeja de vino para que mi cautela no se notara.
—Explícate —dije.
—¿Recuerdas el plan que hablamos? ¿Cuando nos conocimos?
—¿Tu grandiosa idea de transformar Germania en un reino títere occidental? Sí, claro que lo recuerdo.
—Deberíamos hablar de él nuevamente. Más en serio, esta vez.
Por naturaleza, soy más diplomático que soldado. Mientras servía el vino y se lo entregaba, mantuve una expresión neutra.
—Continúa.
Arminio bebió un sorbo y dejó la copa.
—Dentro de poco, general —me dijo—, romperé con Roma. Comenzaré a ganar respaldo entre los jóvenes de mi tribu, luego entre otras tribus. Les diré que los germanos sólo podemos resistir contra los romanos si nos juntamos y vivimos fuera de vuestros límites, como hemos vivido siempre.
Yo le clavaba los ojos, demasiado azorado para interrumpir.
—Cuando griten los pacificadores, yo gritaré más. Seguiré gritando hasta que los fanáticos crean que me opongo a Roma más que ellos, y me brinden su confianza y su lealtad. Y tú, general, me ayudarás.
Me levanté; no sé qué me proponía hacer, porque en ese momento no podía pensar con claridad. Llamar a los guardias, quizá. En todo caso, él me contuvo.
—Escúchame hasta el final —dijo—. Por favor.
Me senté, al igual que él. Cuando habló de nuevo, lo hizo con la misma voz serena que había usado para condenarse.
—Créeme, no soy traidor a Roma. El hecho de que te haya dicho esto lo demuestra. Dame carta blanca entre este lugar y el Elba, y uniré a las tribus en una federación que yo controlaré. ¡Yo la controlaré!
Mi cabeza daba vueltas.
—Arminio, ¿me estás diciendo, a mí, el gobernador romano, que planeas una rebelión? —Esperaba que lo negara, pero no dijo nada—. ¡Estás loco!
Meneó enfáticamente la cabeza.
—No, general, no estoy loco. Y rebelión no es la palabra adecuada.
—¿Cuál es, entonces? ¿Traición?
—Tampoco —insistió—. No habrá problemas. No habrá problemas reales. Te lo prometo.
Yo no sabía qué decir. Sólo me quedé mirándolo.
—¡Piensa, Varo! —Se inclinó hacia mí, con ojos relucientes—. Roma quiere la Alta Germania y una frontera firme en el norte. Los germanos quieren que los dejen en paz. Hoy día, ambos objetivos son incompatibles. Los germanos constituyen una amenaza constante, y los romanos no tenemos las fuerzas necesarias para ocupar y defender el territorio que necesitamos. Empate. Le ofrezco a Roma una solución. Le ofrezco una salida.
—¿Uniendo las tribus y acrecentando la amenaza?
—¡No! —Golpeó el escritorio con tal fuerza que pensé que había partido la madera—. ¡Te lo he dicho! ¡Para romper el empate a favor de Roma! A largo plazo, Roma se beneficiará.
—¿Y a corto plazo? Serías un rebelde. Cualquier romano que te ayudara sería un traidor.
Para ser franco, yo discutía para salvar las apariencias. La mitad de mí ya estaba convencida, y la otra mitad (así soy yo, será mejor que lo confiese ahora, e interpretadlo como queráis) olía oro, que es el olor más excitante del mundo…
¡Cielos! ¡Lo que es ser venal! ¡Mas bendito el hombre que confiesa sus flaquezas y las satisface con buena conciencia mientras puede! A fin de cuentas, lo que Arminio proponía era para el bien de Roma, ¿verdad? ¿Quién era yo para disuadirlo de esa loable ambición? Y menos si además me ganaba unos cobres.
—A corto plazo, Varo —dijo Arminio, respondiendo a mi pregunta—, sólo tendrás que confiar en mí.
Recordé las palabras de Vinicio en el banquete, y la reacción del joven.
—Conque es una cuestión de confianza.
—Sí, general —dijo cuidadosamente Arminio, mirándome a los ojos—. Es una cuestión de confianza.
Lo miré largo rato, sopesándolo. No sólo sus palabras de ese momento, sino lo que recordaba de nuestras conversaciones del pasado. Luego sopesé sus modales, su convicción, y también su aura indefinible. Seré codicioso, pero no soy tonto; la traición tiene sus recompensas, pero también sus peligros.
Al fin asentí.
—Muy bien, príncipe Arminio —le dije—. Ya tienes a tu traidor.
Ninguno de los dos había mencionado la paga, desde luego. Eso llegaría después, cuando comentáramos las condiciones de mi traición de modo civilizado, como si no tuvieran importancia. Y para él no las tenían, estoy seguro. Como he dicho, el muchacho tiene buena crianza, y en esto, al menos, Arminio el germano es mejor romano que yo.