—Ahora este trasto sí funciona.
Ya en la habitación del hotel, Jake, sentado a la mesa, jugueteaba con la brújula. Cada vez que la movía, la aguja oscilaba y volvía a dirigir la punta hacia el norte magnético.
Zoe miraba por la ventana, como en trance.
—Se está despejando. Un poco.
—No me lo explico. ¿Cómo es que ahora funciona?
Zoe deseó que se olvidase ya de la brújula. A su juicio, para seguir el rumbo fijado incluso por una brújula precisa, era necesario ver por dónde pisaba uno.
—Es como si hubiera una conspiración para obligarnos a quedarnos aquí —prosiguió Jake—. Fíjate: este trasto funciona perfectamente.
Zoe se levantó de un salto.
—¡Hay que ver qué caos de habitación! ¿Dónde está la camarera cuando la necesitas? Venga, ayúdame a limpiar un poco.
—¿Para qué? No vamos a quedarnos.
—Es posible que no tengamos más remedio, aunque sea solo una noche más.
Él echó una ojeada por la ventana.
—Tú misma has dicho que se está despejando. E incluso si tenemos que quedarnos, podríamos usar otra habitación.
—Tú haz lo que quieras. Yo voy a limpiar.
Zoe empezó a apilar los platos sucios, todavía en las bandejas que habían subido de la cocina. Echó las sobras a la papelera y, con toda intención, puso las fuentes y los platos vacíos en una de las bandejas en medio de la mesa, donde la brújula de Jake apuntaba claramente hacia su polo magnético. Jake guardó el instrumento.
Zoe empezó a quitar el edredón y las sábanas de la cama.
—Ayúdame a hacer la cama.
—No sé por qué tenemos que hacer la cama si…
No acabó la frase porque se produjo un leve movimiento en el aire, y a continuación un temblor empezó a sacudir el hotel. Las puertas del armario y del mueble del televisor vibraron en sus bisagras de latón. Zoe se quedó inmóvil y miró a Jake.
Siguió un gemido colosal y hueco que no auguraba nada bueno, procedente de algún lugar por encima de ellos, en lo alto de la montaña. Se estremecieron los cimientos del hotel, y les llegó un ruido atronador, y la sacudida de un impacto, como si alguien aporreara no ya el muro del hotel sino el mismísimo cielo, o acaso el muro de la vida.
—¡Ven! —exclamó Jake—. ¡Ven!
Zoe saltó como pudo por encima de la cama. Él la rodeó con los brazos y la obligó a echarse cuerpo a tierra, lo más cerca posible de la cama. Todo el hotel tembló por efecto de aquel estruendo ensordecedor, hasta que de pronto cesó.
Respiraban agitadamente el uno en brazos del otro.
—¿Ya ha pasado? —preguntó ella en susurros.
—Creo que sí.
—¿Podemos levantarnos?
—Es posible.
—¿Qué ha sido eso? —dijo ella sin hacer ademán de moverse.
—Un alud. Uno enorme. Levantémonos.
Vacilantes, se pusieron en pie y se dieron otro largo abrazo.
—Bueno, ahora sabemos por qué lo han evacuado todo —comentó Jake.
—Eso ya lo sabíamos, ¿no?
—Sí, ya lo sabíamos. Sencillamente hemos confirmado lo que ya sabíamos.
—Creo que el día se ha despejado lo suficiente para volver a intentarlo —anunció Zoe.
Jake miró por la ventana.
—No sé qué decirte.
—No vamos a quedarnos de brazos cruzados hasta que la nieve se lleve el pueblo. Eso ni hablar. Tú espera aquí.
—¿Adónde vas? —preguntó Jake.
—Enseguida vuelvo. Relájate.
—Ya estoy relajado —contestó Jake—. Si estuviera más relajado, me dormiría. Joder, no sabes lo relajado que estoy. —Cogió de nuevo la brújula.
Zoe salió de la habitación y se metió en el ascensor. Llevándose la mano al bolsillo, jugueteó con las llaves del coche patrulla. Sabía que debía ir a recuperar el vehículo ella sola y sin decírselo a Jake; él jamás le permitiría correr semejante riesgo.
Era cierto que la niebla se había disipado y no nevaba tanto. La visibilidad ya permitía conducir —al menos relativamente—, y en todo caso era poco probable que encontraran tráfico de camino al pueblo más cercano. Solo quedaba un pequeño problema: recuperar el vehículo de la cuneta.
Aligeró el paso. Recordaba el lugar exacto donde el coche se había salido de la carretera porque había pasado por allí dos veces esa misma mañana: una en su fallido intento de abandonar el pueblo, otra a la vuelta. En menos de veinte minutos avistó, cuesta arriba, los contornos del vehículo cubierto de nieve.
Pero ahora había algo más aparte del coche, algo que al principio no reconoció. Sobre el techo se recortaban dos siluetas negras cilíndricas, de un negro azabache en marcado contraste con la blancura de la nieve. Zoe se detuvo por un instante, escrutando con los ojos entrecerrados aquellas formas irreconocibles. Incapaz de identificarlas, avivó el paso hacia el coche.
Cuando se acercó, una de las siluetas se movió mínimamente, o al menos pareció moverse. Fue un leve cambio de posición a la derecha. Zoe aminoró la marcha al aproximarse y de repente, para su asombro, cayó en la cuenta de que tenía ante sus ojos dos enormes cuervos negros y lustrosos, posados en el techo del coche.
Quizá debería haberle complacido ver esas aves. Eran los primeros seres vivos que veía, aparte de Jake y ella misma, desde que los había sorprendido el alud. Pero aquellas dos criaturas parecían indiferentes a ella y a la vez vagamente amenazadoras. Zoe sabía que si iba derecho hacia esas aves oscuras, alzarían el vuelo de inmediato. Pero se le antojaron anormalmente grandes.
Experimentó una sensación de repugnancia y al mismo tiempo un amago de miedo.
Dio una palmada para espantar a los cuervos. Los guantes de esquí amortiguaron el sonido. Se los quitó y probó de nuevo, batiendo las palmas sonoramente a la vez que daba un paso vacilante hacia el automóvil. Observó un ligero estremecimiento en las plumas oscuras de una de las aves negras encapuchadas, y la criatura pareció picotear algo que se movía bajo sus plumas. Los cuervos no dieron la menor señal de temor.
Zoe no estaba a más de cuatro o cinco metros del coche, pero se había detenido. La verdad era que aquellas aves la aterrorizaban. Los cuervos la miraban atentamente desde su posición en el techo del coche patrulla. Uno de ellos se había vuelto hacia Zoe y abría el pico amarillo, como si esperase que le diesen de comer. La imagen de la criatura con el pico abierto presentaba la nitidez de una alucinación. El buche a la vista semejaba una pequeña caverna, y dentro de la caverna discurría un río de plata, serpenteando en la oscuridad. El ave dejó escapar una extraña tos.
Zoe dio una patada en el suelo y echó a correr hacia los cuervos agitando los brazos. Renunciando a su posición casi a regañadientes, las aves abandonaron el techo del coche y emprendieron un vuelo torpe y circular. Planearon valle abajo y no tardaron en perderse de vista entre la niebla.
Zoe los observó alejarse. Tuvo que sacudir la cabeza, casi como para salir de un trance.
Recordó que había visto una pala en el maletero del coche. Cogió las llaves y abrió el maletero, encontró la pala y la usó para retirar la nieve del parabrisas, el capó y la ventana trasera. Después volvió a echar la pala al maletero y lo cerró. Rodeó el coche para acercarse a la parte delantera y apoyó su peso en el lado del conductor, sobre la rueda suspendida en el aire. El vehículo se balanceó un poco pero no demasiado. Repitió la maniobra, esta vez cargando más peso. Decidió que podía entrar en el coche y arrancarlo sin peligro. Se dijo que todo iría bien si no cometía ningún error estúpido con las marchas.
Deslizándose de medio lado, ocupó el asiento del conductor y aguardó un momento. El coche se mantenía estable. El freno de mano estaba echado, la palanca del cambio permanecía en punto muerto. Introdujo la llave en el contacto y la giró.
El motor diésel petardeó y se ahogó. Después de varios intentos, por fin arrancó. Zoe lo revolucionó un poco y vio por el espejo retrovisor gases de escape grises y sucios, grandes nubes que contaminaban la neblina blanca y pura. Esperó a que las revoluciones se ralentizaran. La luz verde de la tracción a las cuatro ruedas iluminó el salpicadero. Zoe respiró hondo, pisó el embrague y puso la marcha atrás.
Las ruedas posteriores giraron pero no encontraron tracción. Zoe redujo las revoluciones y volvió a intentarlo. Esta vez el coche rodó fácilmente hacia atrás por la roca cubierta de nieve y pasó por encima del bordillo. Detuvo el coche en medio de la carretera y dejó escapar un profundo suspiro. Procurando moderar su euforia, maniobró y enfiló la carretera de regreso al hotel.
Frente al hotel, dejó el motor al ralentí y la puerta abierta y subió en busca de Jake. En lugar de explicarle lo que había hecho, esperó a que él bajara y lo viera con sus propios ojos.
Jake se quedó allí cruzado de brazos, sonriendo con cara de tonto.
—¡No me lo puedo creer!
Zoe le aseguró que no había sido muy difícil.
Omitió el episodio de los cuervos.
—No sé si matarte o besarte. ¿Hay visibilidad suficiente para conducir?
—Más o menos.
—¿Quieres que conduzca yo?
—Hasta ahora me las he arreglado razonablemente bien. ¿No te parece?
—Sí. Te las has arreglado bien, eso sin duda.
Subieron al coche y salieron otra vez a la carretera.
Se quedaron inmóviles, sumidos en un silencio de estupefacción e incredulidad.
El coche patrulla se había parado justo allí donde esa mañana se habían dado media vuelta en plena ventisca. Veían el cruce en la carretera. Era el mismo lugar.
Zoe intentó ponerlo de nuevo en marcha. El estárter respondió, pero el motor se negó obstinadamente a encenderse.
—Déjame intentarlo.
Zoe parpadeó.
—¿Qué vas a hacer? ¿Girar la llave de otra manera?
—Déjame intentarlo, ¿quieres?
Zoe soltó un suspiro, pero se apeó del asiento del conductor para que Jake probase.
En tales situaciones Jake seguía una especie de ritual. Removía el trasero en el asiento, flexionaba los dedos como un concertista de piano, giraba un poco el volante, pisaba a fondo el pedal del embrague y accionaba la llave de contacto. Nada. Dio una sacudida para balancear un poco el coche y repitió el ritual. Nada.
—¿Será la gasolina?
—¡Cómo va a ser la gasolina! —exclamó Zoe—. Queda medio depósito.
—No te crispes. ¿Qué has hecho justo antes de que se parara?
—¿Qué he hecho? ¡Nada! Conducir con toda normalidad, conducir de una manera normal y corriente, sin ninguna de esas florituras típicamente femeninas, ¿vale?
—Cálmate.
—No he cantado, ni he escupido en el volante ni he respirado demasiado hondo al cambiar de marcha… ¡Deja ya de insinuar que ha sido culpa mía!
—Bueno, siempre estás cargándote el DVD y el Mac y el…
—¡Capullo!
—Vale, ¿has cambiado de marcha mientras subíamos la cuesta?
—¡No!
—Solo intento determinar…
—Pues no determines nada.
Jake probó el contacto una vez más. Falló de nuevo. Casi sentía agotarse la batería un poco más cada vez que giraba la llave.
—Estamos en una cuesta, y eso es bueno. Arrancaremos marcha atrás. Yo quitaré el freno de mano y tú le darás un pequeño empujón.
Zoe se situó delante del coche. Jake pisó el embrague y puso la marcha atrás. Dirigió una señal con la cabeza a Zoe. Ella no reaccionó. Él asomó la cabeza por la ventanilla.
—Eh, que es para hoy, como dicen en la MTV.
Zoe le lanzó una mirada iracunda pero no dijo nada. Apretó los labios y empujó el coche desde delante. Cuando el vehículo rodó hacia atrás, ella resbaló y cayó de rodillas. Jake dejó que el coche retrocediera varios metros antes de quitar el embrague. Los engranajes de la caja de cambios chirriaron y el coche se detuvo con una sacudida. El motor no emitió siquiera un ronroneo.
Jake puso el freno de mano, salió del coche y se encaminó hacia Zoe. Esta permanecía en medio de la carretera, ya de pie, frotándose las rodillas despellejadas, con los copos arremolinándose alrededor, posándose en su gorro, en su bufanda.
—¿Y ahora qué?
De espaldas a la carretera que subía desde el pueblo, Jake se plantó en el cruce y miró al este y al oeste. Esta vez al menos distinguían la carretera. Tenían muchas posibilidades de recorrerla sin despeñarse. Todo se reducía a decidir en qué dirección ir. Sacó la brújula, se acuclilló y la puso en el suelo. Al cabo de un momento se la guardó cuidadosamente en el bolsillo.
—¡Vaya mierda! —musitó, enrojecido.
Zoe sintió que se le encogía el corazón de pena por Jake: el pobre allí con su brújula inútil.
—Tú decides.
—No —contestó él—. Tú tienes mejor sentido de la orientación. Siempre lo has tenido.
—Vale. Pero nada de reproches si me equivoco, eh. Yo digo que… por ahí.
Entrelazaron los brazos y enfilaron la carretera. Ni siquiera se molestaron en volver la vista atrás para echar una última ojeada al vehículo de la policía abandonado. Este se quedó medio atravesado en la carretera, con la puerta del conductor abierta, como la secuela de un secuestro.
Transcurrida poco más de una hora, estaban de vuelta en Saint-Bernard. El familiar campanario de la iglesia lo confirmó mucho antes de que llegaran al centro.
—Lo siento —dijo Zoe, aún en la carretera.
—No —respondió él—, no lo sientas. Yo también habría elegido esa dirección.
Poco después a Zoe se le ocurrió otra idea.
—Sígueme.
—Tengo la impresión de que cada vez que te sigo acabamos en apuros.
Sin hacerle el menor caso, Zoe lo llevó de regreso al hotel y entraron en el cuarto guardaesquís: un vestuario revestido de madera de pino en una de cuyas paredes colgaba un enorme mapa de pistas protegido por una lámina de plexiglás. Mostraba que Saint-Bernard se hallaba enclavado en un valle con pistas de esquí a ambos lados del pueblo, tanto al norte como al sur del valle. El lado sur era el menos frecuentado porque el sol fundía la nieve a primera hora, pero después de la reciente nevada, las pistas estarían en buenas condiciones en todas partes. El plan de Zoe consistía en apropiarse de unos esquís, ascender por la pendiente sur del valle y bajar esquiando por el otro lado hasta la estación más cercana.
Señaló el recorrido en el mapa.
—El telesilla llega hasta arriba. Sabemos que aún hay suministro eléctrico, así que podemos subir en telesilla. Al otro lado existe al menos una pista marcada, con un gran telearrastre para volver a subir. Aquí estamos a mil novecientos metros de altura, ¿no es así? Hay otra estación al otro lado a mil seiscientos metros, y solo a unos kilómetros de aquí cruzando la montaña. Más allá de esa zona no se ve ninguna pista trazada, pero podemos atravesar en diagonal. La nieve está bien.
Jake soltó un resoplido.
—Eso podría no estar al alcance de nuestras aptitudes como esquiadores. No conoces el terreno. No sabes si hay rocas, árboles, nieve profunda. No conoces la inclinación. No sabes nada, de hecho.
—Tú eres buen esquiador. Yo soy buena esquiadora.
—¿Y por qué no lo intentamos otra vez a pie? ¿Por qué no seguimos la carretera de la montaña? —propuso Jake—. Es mucho más sencillo.
—Sí, es una posibilidad. Pero… y se trata de un pero muy grande… como tú mismo has dicho, es una caminata de cuatro o cinco horas. Se ha hecho ya demasiado tarde con todo lo que ha pasado. Otra vez se nos echaría la noche encima. Si vamos a marcharnos de aquí a pie, tenemos que pasar otra noche en el hotel y salir mañana a primera hora. O la otra posibilidad es coger unos esquís, subir por la montaña y desde lo alto descender hasta ese pueblo a mil seiscientos metros de altitud, en… ¿cuánto tiempo? ¿Veinte minutos?
—¿Veinte minutos? Imposible.
—Media hora como mucho para recorrer esa distancia en bajada con unos esquís. No más. Media hora, Jake.
—No sé. No me entusiasma la idea. ¿Crees que nos queda luz de día suficiente?
—Nos quedará si nos dejamos de charla y nos ponemos en marcha de inmediato. ¿De verdad quieres pasar aquí otra noche?
—No.
—Vamos allá, pues.
—Mírate. ¿En serio te crees que es tan fácil?
Zoe se frotó las manos, como para mostrarle lo fácil que sería.