Sótanos de la comandancia militar del Bidasoa
Irún
18 de julio de 1937
II |
Andrés Urgazi estaba amarrado a una silla y con dos hombres a su lado empeñados en conseguir su confesión. Uno de ellos era Troncoso y el otro un matón con los puños de acero. Lo sabían bien sus mejillas y sus dos cejas reventadas, como también la boca de su estómago después de haber recibido una incontable cantidad de golpes. Llevaban tres horas de intenso interrogatorio y todavía no habían conseguido que de sus labios saliera una sola palabra que lo encausara.
—No tenemos ninguna prisa y tú tienes mucha sangre todavía que perder. Piénsalo.
Troncoso tomó asiento a su lado, se lavó las manos para eliminar los restos de sangre y bebió un poco de agua. Le ofreció el vaso, pero cuando iba a beber le tiró el contenido por la cara y lo abofeteó a continuación con todas sus ganas. Andrés se repasó la dentadura con la lengua y notó el agujero de una muela que acababa de saltar por los aires.
—No tengo nada que decir —contestó una vez más.
El segundo tipo masculló dos palabrotas y abrió una funda de cuero para elegir qué instrumental iba a utilizar a continuación. Andrés lo miró de reojo resignado. Ya había pasado por el suplicio de tener su cabeza dentro de una cuba de agua hasta perder el conocimiento, le habían levantado una a una las uñas de los pies, provocándole un insoportable dolor, y todavía sentía la carne de la espalda retorcida y ulcerada bajo el efecto de unos alicates.
—Por enésima vez. ¿Por qué huiste del equipo de seguimiento que te pusimos durante tu viaje a Burgos? ¿A qué fuiste y qué nos querías ocultar? ¿Con quién te viste? —preguntó Troncoso.
Andrés trató de hablar, pero al notar cómo la afilada lanceta que había elegido el verdugo para empeorar su martirio empezaba a atravesar la carne de su dedo solo pudo gritar.
—Propuse tu seguimiento después de que la gendarmería francesa desmontase una buena parte de nuestras actividades en Francia por culpa del testimonio de un traidor, lo que significó la detención de cinco de nuestros agentes. Y resulta que solo un día después de aquella redada abandonaste tus tareas apareciendo en Burgos con no sé qué objetivo, pero en todo caso fuera de mi control. Y encima, al repasar tu historial militar, ha aparecido un hecho que solo empeora tu situación; y me refiero a tu relación con el coronel Molina.
—Fui a Burgos… por motivos personales. Y claro que escapé… de los que me seguían… —Tragó saliva y apretó los puños en un intento de combatir los latigazos de dolor que le subían por la pierna—. Porque pensé que eran… agentes republi… canos —consiguió terminar la frase.
Troncoso sacó la pistola, cargó la recámara con una bala, y se la plantó en la entrepierna.
—¡O confiesas o te reviento los huevos!
Andrés leyó en su mirada una decidida intención de llevar a cabo la amenaza, cerró los ojos, y una oleada de sudores fríos recorrió su espalda antes de escuchar la detonación. Imaginándose lo peor, bajó la cabeza. Suspiró al ver el agujero en la silla, a cinco centímetros de sus partes íntimas.
En ese momento entraron dos agentes para sustituir a los anteriores, pero Troncoso decidió dar por terminado el interrogatorio hasta la mañana siguiente.
—Hoy no te has ganado la comida… Dadle solo agua.
Lo desataron y se lo llevaron a rastras hasta tirarlo dentro de una apestosa celda donde no había ni medio natural donde evacuar las necesidades y mucho menos ventilación. Los propios guardianes sintieron náuseas.
Andrés, una vez a solas repasó una a una sus heridas. Las limpió con su propia saliva y una tira de camisa, y trató de no rozarse con la porquería que había a su alrededor para evitar una segura infección. En su primera noche apenas pudo dormir mientras pensaba una y otra vez cómo podía convencerlos y salir vivo de aquello, pero al final no le sirvió de nada, porque al día siguiente todos los argumentos que se le habían ocurrido fueron vanos. Desde primera hora había tenido al equipo de Troncoso dedicado a ensayar con él los más sofisticados suplicios, pero tampoco le habían hecho hablar. Hasta que a media tarde entró otro de sus hombres con una urgente noticia.
—¿Estás completamente seguro?
—Del todo, señor. Lo hemos pillado hace solo una hora pasando información a través de un transportista. Nuestro traidor se llama Lucca Spertinni, el italiano enviado por sus servicios secretos para supuestamente ayudarnos. Acaba de confesarme su afiliación anarquista.
Troncoso se cagó en todos sus muertos y tiró al suelo el largo palo de caucho con el que acababa de golpear a Andrés. Él mismo le soltó las correas y mandó que avisaran a un médico para curar sus heridas.
—No sé qué puedo decir.
Andrés lo miró a los ojos, los suyos inyectados de rabia, y contestó con toda la firmeza que pudo.
—No vuelvas a dudar de mí…
* * *
A doscientos treinta kilómetros al sur, Oskar Stulz esperaba una llamada en su despacho. A la hora convenida, con absoluta precisión, sonó el teléfono. Al cuarto tono descolgó el auricular y una voz surgió al otro lado de la línea.
—¿Hablo con herr Stulz?
—El mismo al aparato.
—Solo dispongo de tres minutos para facilitarle la información que me pidió.
—Le escucho atentamente.
—La señora Welczeck está residiendo en París dentro de nuestra legación diplomática, tal y como usted imaginó, pero no hemos sido capaces de localizar a la segunda mujer con la que huyó y tampoco a ese veterinario. Perdimos a tres hombres mientras los seguíamos, y al final se nos escaparon.
Al escuchar las primeras protestas de Oskar por la insuficiencia de sus resultados, el hombre trató de calmarlo con una detallada explicación de los recientes movimientos de su esposa, a lo que sumó el mérito de haber conseguido instalar un micrófono en su residencia privada.
—Mire, como sus órdenes fueron avaladas por las más altas instancias del partido, desde la Abwehr nos pusimos en marcha de inmediato. Pero a pesar de todo nuestro empeño, ha de entender lo difícil que está siendo enfrentarse a la Gestapo, que es la encargada de la seguridad del embajador. Imagine el riesgo que hemos corrido al infiltrarnos en su propia casa.
A pesar de sus argumentos, Oskar no se dio por convencido.
—¡Me dan igual los riesgos! La realidad es que no tiene nada que ofrecerme.
El hombre prometió mantenerlo informado y le anunció la creación de un equipo especial con sus mejores agentes, con la única finalidad de localizar a Luther Krugg.
—Imagino que más tarde o más temprano la señora Urgazi se pondrá en contacto con mi esposa. Quizá a través de ella consigamos dar con él.
—¿Sabe si esa mujer tiene algún familiar que pudiera ayudarnos a localizarla?
—Ahora que lo recuerdo, sí. Zoe tenía un hermano destinado en el protectorado español, un comandante de la Legión. Andrés… Andrés Urgazi.
—Tomo nota. Lo investigaremos a través de nuestros servicios en Tánger y lo que descubramos lo sabrá de inmediato.
Aún no había colgado el teléfono cuando uno de sus hombres le anunció la llegada de Von Sievers. Oskar lo esperaba y sabía que aquella visita sería desagradable.
Se incorporó de golpe, comprobó en un espejo su perfecto estado de revista, y al verlo entrar adoptó un gesto tranquilo, muy diferente del que mostraba el jefe nazi. Sin tener siquiera tiempo de ofrecerle asiento, recibió su primer comentario.
—Muchacho…, usted no sabe lo que ha hecho.
Oskar hubiera preferido una protesta más concreta.
—Quizá sí lo sepa —contestó de forma lacónica.
—Le aseguro que no… Su nombre no solo está en boca de Himmler, Göring o Heydrich, ha llegado hasta el mismísimo Führer.
Oskar sintió que se le encogían las tripas.
—Créame que soy el primero en desear la captura de Krugg para devolverlo a Alemania… ¡Ya me gustaría dar buenas noticias en ese sentido! Acabo de hablar por teléfono con el máximo responsable de nuestros servicios secretos en Francia y me ha jurado que están haciendo todo lo posible por encontrar al veterinario.
Oskar no sabía qué hacer con las manos para evitar su temblor. Las apretó contra sus piernas para que Von Sievers no lo notase.
—Usted sabrá qué debe hacer, pero le adelanto que, si pasado un mes no lo ha conseguido, querrán su cabeza, y no piense que su amigo Göring lo protegerá, porque la orden vendrá firmada por él mismo. Está furioso… como nunca lo había visto. No se puede imaginar cuánto. El frenazo en el proyecto bullenbeisser ha sido una noticia mortífera para su ánimo, y no descansará hasta que Krugg vuelva con nosotros. —Se quitó la gorra de plato, dejó los guantes sobre ella, cruzó una pierna sobre la otra y miró a su alrededor—. ¿Qué diantres piensa hacer para resolver la situación?
Oskar se armó con una seguridad que no tenía y contestó:
—Luther Krugg no es invisible. Aparecerá. Y cuando lo haga, allí estaré yo.