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El barco entró en el puerto de Sanction con la marea de la mañana, sus velas ondeando con el cálido aliento del día de verano que comenzaba. Era un buque mercante de tres mástiles, con un casco ancho y diseñado para aguas poco profundas, que ostentaba la bandera de Palanthas. A cierta distancia, no se advertía nada extraño.

El práctico, en su puesto a la entrada del puerto, hizo señas al barco para que arriara las velas y esperara a que se acercara, pero la embarcación siguió adelante, haciendo caso omiso de su orden. El piloto masculló una maldición y cogió su catalejo. Obtendría el nombre del barco e informaría de ello al capitán de puerto para que se castigara semejante insubordinación. Pero cuando dirigió su catalejo hacia la cubierta del extraño barco, su boca se abrió de golpe y su curtida piel palideció.

—¡Cabel! —gritó a su asistente—, avisa al capitán de puerto. ¡Tenemos un buque a la deriva!

El joven llamado Cabel se apresuró a subir por la escalera de una alta torre de madera que dominaba el atestado puerto. De una caja de madera que contenía varias banderas de señales, sacó una de tela roja y amarilla, una que se usaba en tan contadas ocasiones que todavía estaba doblada y conservaba el brillo de los colores. Rápidamente la izó en el asta de señales.

Su jefe subió jadeando la escalera para reunirse con él, y juntos dirigieron la vista a través del agua, hacia la distante torre que estaba al lado de los malecones donde los aprendices del capitán de puerto recibían y confirmaban los mensajes. Casi de inmediato una bandera igual a la roja y amarilla ondeó en la lejana torre y un toque de corneta advirtió a todos los barcos que estaban en el puerto.

—¿Qué le pasa a ese barco, señor? —preguntó Cabel sin aliento—, nunca había tenido que izar esa bandera.

El práctico hizo una mueca. Era un viejo y experimentado marinero, pero tampoco él había visto con demasiada frecuencia la bandera de «buque a la deriva» o «fugitivo».

—No pude ver a nadie en cubierta —dijo bruscamente—, a nadie en absoluto.

Cabel enarcó las cejas.

—¿Un barco fantasma?

Un escalofrío recorrió la espalda del práctico ante la mera mención de un fantasma. Al igual que muchos marineros, era supersticioso y creía a pies juntillas en presagios y señales.

—No sabría decir quién lo pilota, pero es bastante real —respondió—. Tal vez el barco perdió el ancla o se le escapó el cable. Tal vez están todos bajo cubierta durmiendo la mona.

—¿Con las velas desplegadas? —repuso Cabel, con tono de incredulidad.

El práctico gruñó una respuesta evasiva. Volvió a llevarse el catalejo al ojo para observar cómo el extraño barco navegaba a ciegas hacia el atestado puerto.

—Un barco fantasma es un mal augurio, chico —murmuró—, un mal presagio, así que no vuelvas a hablar de ello.

Todos podían ver la bandera roja y amarilla que ondeaba en la torre del capitán de puerto, pero no todos conocían su significado. La señal de corneta, sin embargo, resonó de un lado a otro de los ajetreados muelles, y aquéllos que oyeron la llamada de advertencia de los cuernos interrumpieron lo que estaban haciendo y dirigieron miradas llenas de ansiedad hacia el cielo o hacia la entrada del puerto.

Sanction era una ciudad siempre alerta ante el peligro, y sus habitantes rara vez respondían a los avisos con indiferencia. Sin embargo, esta vez no había dragones en el cielo dispuestos a atacar, ni una flota de barcos negros a la entrada del puerto alineados para disparar una cortina de fuego. Sólo había una embarcación navegando en silencio hacia los muelles. Sólo los que reconocieron la bandera de peligro estiraron el cuello para divisar el buque a la deriva y, en lo posible, apartarse de su camino.

Empujado por el viento matutino, el barco cruzó entre un grupo de pequeños botes de pesca, dos embarcaciones de recreo y un enorme galeón de guerra que había sido preparado para la defensa del puerto de la ciudad. Un buque de carga de mineral, que ya se había puesto en marcha, se apartó fácilmente de su camino. La tripulación de una galera que estaba anclada se las arregló para recoger la cadena del ancla y alejar la popa del peligro. Se quedaron mirando boquiabiertos al ver que el barco sin vida pasaba a escasos centímetros del suyo.

Cuando el barco palanthiano estaba ya cerca de los muelles, la brisa que impulsaba sus velas desapareció y las sábanas de lona cayeron para golpear contra sus mástiles como si fuera una cortina descolgada. La velocidad del barco mercante se redujo, pero pasó a ser irregular a medida que se acercaba a los muelles atestados de gente.

Por todas partes, las cabezas se volvieron para observar el barco, y los que estaban cerca de él contuvieron la respiración. El primer impacto se produjo junto con un estridente golpe sordo y un chirrido seguido de un ruido de madera astillada al rozar con el lateral de otro gran barco mercante. Cuando empezaba a reducir la velocidad, una ráfaga de viento hinchó las velas y lo lanzó despedido hacia el gran muelle sur y contra una embarcación comercial abanasiana que estaba allí amarrada para descargar su carga de vacas y ovejas.

Los tripulantes de la embarcación comercial, el Whydah, miraron boquiabiertos el barco que se acercaba amenazador hacia ellos y corrieron desesperados de un lado a otro justo cuando el buque a la deriva chocó contra la robusta sección media de su barco, con un chasquido de madera astillada. La campana del barco se agitó frenéticamente. El impacto sacudió a ambas embarcaciones y provocó una cacofonía de balidos en el aterrorizado cargamento.

—¡Cuidado! —gritó alguien justo cuando el bauprés y el trinquete del buque a la deriva se estrellaron contra la cubierta, derribando metros de velamen y una maraña de cuerdas y vergas hechas pedazos.

—¡Grandes dragones marinos galopantes! —rugió el capitán abanasiano—. ¡En el nombre del Caos! ¿Qué están haciendo? Vamos, vosotros, id y enseñadles buenos modales.

Su tripulación se puso rápidamente de pie, echó mano de la primera porra o chafarote que encontró, y trepó en tropel por los escombros de los mástiles y las velas al barco mercante agresor. Una vez en cubierta permaneció quieta observando con sorpresa que estaba desierta. Era muy difícil descargar la ira sobre una tripulación que no se veía por ninguna parte. Lentamente se separaron para investigar.

El segundo de a bordo se dirigió con cautela hacia el puente y el timón del barco. Una cosa grande estaba tendida entre sombras en la base del timón, algo que no tenía buen aspecto. Un fardo de ropa sucia o de velas tal vez.

—¡Señor! —gritó uno de los marineros desde las proximidades de una gran escotilla que conducía a los aposentos de la tripulación—. ¡Aquí!

El segundo de a bordo vaciló unos instantes y después se dio la vuelta para ver qué era lo que había encontrado el hombre. No había avanzado más que unos cuantos pasos cuando el hedor lo golpeó. Se tapó la boca y la nariz con la mano y luchó contra las náuseas. Su marinero estaba verde. Pálidos como las velas, los dos hombres abrieron la escotilla y echaron un vistazo abajo.

El segundo de a bordo vislumbró una fila de cuerpos inertes, todos muertos horriblemente, antes de apartar la mano del marino bruscamente y cerrar la escotilla de un golpe. El ruido de las arcadas a su espalda le indicó que su hombre había sucumbido al hedor de podredumbre y muerte, y tuvo que tragar con fuerza para sofocar la náusea en su garganta. Se limpió la frente empapada de sudor. Por los dioses, hacía calor.

—¿Qué hay del resto? —gritó.

—Aquí hay cadáveres —respondió otro marinero desde la puerta que conducía a la cocina y los aposentos del capitán—. ¡Los oficiales y el grumete!

—¡Y aquí!

—Aquí también —respondieron otras voces desde distintos puntos del barco.

—¡Rolfe! —gritó el capitán a su segundo de a bordo—. ¿Qué está pasando ahí? ¿Dónde está la tripulación?

Rolfe se rascó la parte posterior de la cabeza con incipiente calvicie al tiempo que miraba la cubierta del barco mercante a la deriva.

—Parece que están todos muertos, capitán.

Hubo una pausa de sorpresa a continuación.

—¿Todos?

—Por lo que hemos podido comprobar, señor.

—Creo que aquí hay uno que todavía está vivo —gritó uno de los marineros. Agitó la mano desde el puente y se inclinó sobre el montón de ropa en el que Rolfe se había fijado momentos antes al lado del timón. El segundo de a bordo subió rápidamente la escalera para verlo por sí mismo.

Un hombre estaba tendido junto al timón donde había caído, quizá después de un último y desesperado esfuerzo por dirigir su barco a un lugar seguro. Su piel tenía un color amarillento cadavérico, como si le hubieran colocado un antiguo pergamino muy estirado sobre los huesos del enorme esqueleto. Manchas lívidas rojas y moradas, como cardenales, le cubrían la cara, el cuello y los brazos. Tenía sangre seca en la nariz y los oídos, y más sangre rezumaba de su boca y de los bordes de sus ojos hundidos. Sus ropas estaban manchadas de un vómito sanguinolento.

Parecía imposible que esa ruina de hombre estuviese viva todavía, pero Rolfe y su compañero se inclinaron sobre él y vieron el débil movimiento del pecho del hombre. Sus ojos se encontraron con una mirada mutua de terror.

—¿Será algún tipo de peste? —preguntó el marinero con ansiedad.

El segundo de a bordo meneó la cabeza.

—Ninguna que yo conozca, pero sólo los dioses ausentes saben lo que se ha engendrado desde su partida. Necesitamos un sanador —se levantó, impulsado por una decisión súbita—. ¡Todos vosotros —gritó a su tripulación— fuera del barco, ahora!

Aliviados por alejarse del barco plagado de muerte, los miembros de la tripulación volvieron rápidamente a su embarcación e informaron al capitán. Rolfe dudó, debatiéndose entre el deseo de salir de ese pavoroso barco de muerte y su compasión por el hombre enfermo. Después de un momento de indecisión, dejó al enfermo donde estaba y se fue en busca de agua y de algo para aliviarlo. Para su sorpresa, los barriles de agua que había en cubierta estaban secos. Ni siquiera su compasión lo obligaría a ir bajo cubierta para buscar agua, así que volvió a su barco para buscar una botella.

El capitán se reunió con él en la cubierta del Whydah.

—El capitán de puerto está en camino. ¿Es tan grave?

La expresión en la cara de su segundo de a bordo era toda la respuesta que necesitaba.

Mientras tanto, una multitud se había reunido sobre el malecón para ver el accidente y echar una mano si era necesario. Humanos, enanos, minotauros, unos cuantos gnomos y elfos, y una muchedumbre de kenders de grandes ojos esperaban en grupos hablando en voz alta, pendientes de lo que pasaba. Sus estridentes comentarios y su parloteo se mezclaban con los mugidos del nervioso ganado y el jaleo general de los muelles formando un constante estruendo.

Un movimiento ondulante de la multitud llamó la atención del capitán y su segundo de a bordo. Vieron la figura alta y elegante del capitán de puerto que se aproximaba por la extensa superficie del malecón, seguido por un contingente de la guardia de la ciudad con sus uniformes color escarlata. Los mirones se apartaban a su paso.

El segundo de a bordo esperó pacientemente mientras el capitán de puerto saludaba al capitán del Whydah y echaba un rápido vistazo para valorar los daños. Llevando un matraz de agua, Rolfe condujo al capitán de puerto sorteando los restos del mástil y las velas hasta la cubierta del barco mercante palanthiano. Los guardias se quedaron en el muelle para mantener a la multitud apartada del barco.

Meneando la cabeza con consternación, el capitán de puerto trepó por la escalerilla al puente de mando y se arrodilló junto al enfermo.

—¿Así es como lo encontraron? —preguntó al marinero expectante.

Rolfe asintió sin responder.

Los penetrantes ojos del capitán de puerto se llenaron de tristeza cuando levantó la cabeza del hombre moribundo lo suficiente para reconocer su rostro.

—Conozco a este hombre. El capitán Southack. Uno de los mejores.

Rolfe no se sorprendió. Sabía, como todo el mundo, que el capitán de puerto de Sanction procuraba familiarizarse con todos los barcos y capitanes que surcaban las aguas de la bahía de Sanction. Era un semielfo que, hacía muchos años, antes de la Guerra de Caos, había trabajado como esclavo con los Caballeros Negros de Takhisis. Ahora era miembro del gobierno de Hogan Bight, era libre y líder indiscutido en sus dominios.

Entre los dos hombres le dieron la vuelta al capitán con suavidad hasta dejarlo boca arriba, le levantaron la cabeza y le dieron a beber unas gotas de agua. El efecto fue instantáneo y sorprendente. Un violento temblor sacudió el cuerpo del capitán e hizo que abriera violentamente los ojos inyectados en sangre. No quedaba nada de conciencia inteligente en su oscura mirada, sólo el terror febril de la locura.

Un grito ahogado, áspero, le rasgó la garganta.

—¡Marchaos! —sangre fresca manó de su boca—. ¡No me toquéis! —chilló, apartándose a trompicones de ellos.

Rolfe dejó caer el frasco y se apartó con dificultad como si lo hubieran golpeado, con el rostro crispado por el terror.

El capitán de puerto le puso las manos en los hombros al capitán e intentó tranquilizarlo.

El hombre enfermo no quiso saber nada de él.

—No. No, no, no. No me toquéis —gritó otra vez. Le manaba sangre de todos los orificios, convirtiendo su rostro enrojecido en una horrible máscara de muerte—. Veneno… muerte… por todas partes —jadeó, con una expresión de terror en los ojos—. ¡No os acerquéis!

—He ahí algo con sentido —murmuró Rolfe entre dientes. Quería salir disparado de vuelta al Whydah, alejarse de esta terrorífica aparición, pero su orgullo no le permitía dejar al capitán de puerto solo.

De súbito la voz del capitán se apagó. Un segundo temblor sacudió su cuerpo destrozado y lo dejó fláccido y mortalmente quieto, con la boca abierta, el rostro inerte.

El segundo de a bordo miró al capitán de puerto mientras comprobaba el pulso del capitán.

—¿Se ha ido?

Un asentimiento de cabeza respondió a su pregunta. Lleno de temor, se limpió la sangre del capitán de las manos.

—Por los dioses del más allá. ¿Habrán muerto todos como éste? ¿Qué les pasa a estos hombres?

El semielfo se levantó, con una expresión ceñuda.

—No toques nada en este barco. Mandaré a un sanador para que investigue esta extraña enfermedad.

Rolfe se levantó, aliviado de pasarle el trágico asunto a otra persona.

—¿Qué pasa con nuestro barco? —preguntó con expresión preocupada—. Tenemos que sacar al ganado de ahí, y sólo Gilean sabe el daño que se ha producido bajo cubierta.

El capitán de puerto asintió comprensivo.

—Adelante, descargad la mercancía y haced todas las reparaciones necesarias. El dique seco está libre en este momento si lo necesitáis. Comprobaremos este barco y lo moveremos lo antes posible.

Cubrió al cadáver con una vela, avanzó a grandes zancadas hacia la barandilla dañada y le dio sus instrucciones al capitán del Whydah. Después llamó al jefe de los guardias de la ciudad.

—Sargento, que alguien informe de este accidente a lord Bight. Es posible que quiera investigar esto él mismo.

El líder de la patrulla saludó con elegancia. Tras dar una orden a su patrulla, una mujer atractiva y delgada con el cabello rojo muy corto salió de la fila.

—Lynn, tienes un caballo en una cuadra cercana. Lleva el mensaje del capitán de puerto a lord Bight. Está en las fortificaciones orientales, inspeccionando el dique de lava. Encuéntralo. A continuación, preséntame tu informe.

La mujer disimuló el regocijo que le produjo la inesperada tarea tras un saludo rígido y una expresión neutra en el rostro. Lynn de Gateway, mercenaria, rufiana y recientemente entrenada como miembro de la guardia de la ciudad de Sanction, no quería demostrar demasiado entusiasmo por montar su caballo y conducirlo por toda Sanction para encontrar al gobernador, lord Hogan Bight, después de una larga, calurosa noche de patrulla a pie por los callejones llenos de tabernas de la zona portuaria de Sanction y los muelles. Pero tan pronto como le dio la espalda al sargento y se dirigió muelle arriba hacia la ciudad, Lynn relajó su rígida expresión facial y se permitió sonreír. Conocer a lord Bight era un deseo acariciado desde hacía mucho tiempo. Llena de esperanzas echó a correr hacia los establos donde guardaba su caballo.