«Por Dios, ¿pero qué estoy haciendo?», pensó Elsa, que todavía no podía creer que estuviera montada en ese avión con Javier, volando hacia el aeropuerto internacional de Tulsa. Junto a ellos una sonriente Aída viajaba con sus niños. Cuando llegaran a su destino debían esperar a Rocío, que volaba desde Nueva York. Mientras Elsa miraba por la ventanilla del avión, Javier la observaba tocándole con suavidad la mano. En ese momento, Elsa le miró y se quedó casi sin respiración al encontrarse con sus maravillosos ojos negros.
—¿Pasa algo? —preguntó con una sonrisa.
Javier suspiró y tras sonreír, la besó y le susurró al oído haciéndola vibrar:
—Sólo admiraba lo guapa que eres, cielo.
Elsa se puso roja como un tomate al oír aquello y ver que sus sobrinas no dejaban de mirarles y cuchichear. Llevaba cuatro meses y medio con él, pero no se acostumbraba a la dulzura de aquel hombre. Él, al ver la cara de ella, dijo con una sonrisa:
—Ven aquí. —Y tomándola con delicadeza de la barbilla, le susurró—: Este viaje es muy especial para mí. Todo va a salir bien.
Elsa asintió e intentando sonreír respondió:
—¿Le dijiste a tu bisabuela que llevarías compañía?
—Por supuesto. Y como dijo ella, estará encantada de que su casa durante unos días se llene de luz, juventud y alegría —dijo él sonriente.
—Sanuye es muy especial para ti, ¿verdad?
Javier asintió y la besó. En ese momento se oyó a la azafata pedir que se abrocharan los cinturones. Iban a aterrizar. Las niñas, junto a Aída, al escuchar aquello, comenzaron a aplaudir. Con puntualidad llegaron a Tulsa.
Tras tomarse algo en la cafetería, sonrieron al ver llegar a Rocío corriendo hacia las niñas.
—¡Tía Rocío! —gritó Julia al verla correr hacia ellas.
—¡Tía Rocío! —chilló Susan yendo a su encuentro—. Mamá, mamá, la tía ya está aquí.
Cuando las niñas llegaron a la altura de Rocío, ésta se detuvo y antes de que se abalanzaran sobre su cuello gritó:
—Un momento, siquillas. ¿Seguro que vosotras sois mis sobrinas? —Las niñas asintieron encantadas—. Entonces, si sois mis sobrinas ¿a qué esperáis para besarme locamente?
Y dicho aquello, las niñas se abalanzaron sobre ella, mientras ésta las besaba y les mordisqueaba el cuello con amor, al tiempo que Javier, Aída con el pequeño Mick y Elsa les miraban. Media hora después, tras repartir abrazos a diestro y siniestro, Javier fue con sus sobrinas a alquilar un monovolumen. Así podrían ir todos juntos. Rocío, tras guiñar el ojo a Aída, dijo:
—Te veo estupenda, Elsa.
—Será porque mi hermano la trata muy bien.
Elsa sonrió mientras sus amigas seguían cotilleando.
—Ozú, siquilla, una cosa es verle en foto y otra en persona. —Y con gesto pícaro susurró—: Elsa, miarma. ¡Qué bien te lo tienes que estar pasando! Uff… Virgencita… ¡Qué cuerpo tiene!
—Tenemos buenos genes, ¿acaso lo dudas?
—No, yo no dudo nada, Pocahontas. Con un hermano así, qué iba yo a dudar.
—¡Vaya dos arpías! —apostilló Elsa.
—Miarma, ¿no tendrás otro hermano para que me apañe el cuerpo, de arriba abajo? ¡Di que sí! ¡Di que sí!
Elsa y Aída rieron a carcajadas al escucharla, mientras Rocío continuaba:
—¡Virgencita! Qué pedazo de tiarrón. —Y mirándolas dijo—: Ya veréis la cara que pone Celine cuando venga para la comunión de las niñas. Sacará todas sus armas de mujer fatal, se encenderá un cigarro y… —Al ver las caras de sus amigas tosió y dijo—: Pero qué hago yo hablando de la loba de Celine. ¡Yo quiero un tío así para mí!
—Vale, te buscaré un novio —dijo Aída.
—Disculpa, chata —aclaró haciendo reír a Elsa—. Yo no quiero novio. Me conformo con que me apañe el cuerpo un apache durante el fin de semana.
Aída soltó un resoplido.
—¡Ni se te ocurra decir eso delante de Sanuye! —remachó.
—¿Por qué? ¿Los indios no se apañan el cuerpo?
Elsa, incapaz de seguir riendo de pie, se sentó. Rocío era graciosa como ella sola.
—No me refiero a eso —señaló Aída intentando no reírse.
—Pues o te explicas, Pocahontas, o no entiendo nada —dijo Rocío.
—No vuelvas a hablar de ¡apaches! Mi bisabuela era una hopi. Aunque cuando se casó con mi bisabuelo Awi Ni’ta, pasó a ser una cherokee. No lo olvides. ¡No hables de apaches!
Sorprendida por aquello, Rocío asintió y preguntó:
—Pero vamos a ver, siquilla. ¿No son indios los cherokee y los apaches?
Elsa, que se había cultivado leyendo sobre tribus los últimos días, contestó:
—Indios son. Pero Sanuye, Pocahontas y Javier son de la tribu cherokee, y aquí cada tribu lleva su linaje y su historia con gran honor.
—Por cierto, chicas, ¡ni se os ocurra llamarme Pocahontas! —Sus amigas sonrieron—. Aquí mi nombre es Amitola y el de Javier, Amadahy. Y en lo que se refiere a los apaches, al padre de mi bisabuela le mató un apache. Por lo tanto, date un puntito en la boca, ¿vale?
—¡Virgencita! —exclamó Rocío impresionada.
Tras beber un poco de Coca-Cola, Rocío se fijó en que Aída estaba ojerosa y preguntó antes de que Javier regresara:
—¿Y con Mick qué pasa?
—Pues pasan muchas cosas —suspiró ella con gesto serio—, pero tranquilas, por mi parte está todo superado.
En ese momento, llegó un grupo de ejecutivos a la cafetería. Al ver a las tres mujeres solas, empezaron a piropearlas. Elsa y Rocío, acostumbradas a aquel acoso, hicieron como si no oyeran nada, pero Aída, que acostumbrada a su papel de madre de familia no estaba acostumbrada a eso, se puso contenta, lo que desató las risas de sus amigas. Aída necesitaba sentirse guapa y mujer.