Ilión y Olimpo
Por algún motivo, huyo con los troyanos hacia los portales más pequeños de las Puertas Esceas, entrada principal a Ilión, dejando atrás la colina de Espinos. El viento sigue aullando y todos estamos casi sordos por la explosión nuclear. Una última mirada al hongo antes de entrar en la ciudad con la turba de soldados troyanos me muestra que la columna de humo y ceniza empieza a ser empujada hacia el sureste por el viento. Todavía hay un atisbo del rostro de Zeus en la cima de la retorcida nube, pero el viento y el propio movimiento interno de la nube están borrando también ese rostro.
Docenas son aplastados en la puerta, así que Héctor ordena que abran de par en par la Puerta Escea central, algo que hace más de nueve años que no sucede. Miles de personas entran.
Los argivos han huido hacia sus naves. Igual que Héctor intenta conducir a sus aterrorizadas tropas hacia aquí, veo a Aquiles intentando retener a los griegos en fuga. En la Ilíada, en la cólera de Aquiles tras la muerte de Patroclo, Homero cuenta que el hombre-dios combatió un río desbordado y lo venció haciendo una represa con los cadáveres de sus enemigos troyanos, pero ahora Aquiles no puede detener este tsunami de aqueos que huyen sin matar a centenares, y no está dispuesto a hacer eso.
Me empujan hacia la ciudad, mientras lamento ya haber corrido. Me doy cuenta de que debería haberme abierto paso entre la multitud hasta la colina donde vi al pequeño robot, Mahnmut, resguardarse tras los peñascos del túmulo de la amazona Mirina. ¿Sabe el robot…? ¿De qué tipo dijo que era? ¿Moravec? ¿Sabe el moravec que el arma de Zeus era nuclear, posiblemente termonuclear? De repente surge un recuerdo de mi otra vida, como tantas veces en la última semana: Susan intentando llevarme a la fuerza a una conferencia en el salón de ciencias de la Universidad de Illinois durante una semana multidisciplinar en la facultad. Un científico llamado Moravec iba a hablar de sus teorías sobre inteligencia artificial autónoma. ¿Fritz? ¿Hans? Yo no asistí, naturalmente. ¿Cómo podían interesarle unas teorías científicas a un experto en clásicas?
Bueno, eso ahora no importa.
Como para remachar este convencimiento, cinco carros aparecen por el norte (conozco el punto TC por el que han pasado) y empiezan a trazar círculos sobre la ciudad a una altura de noventa o cien metros. Ni siquiera con la amplificación óptica distingo las pequeñas figuras que van dentro de las brillantes máquinas, pero parece que hay dioses y diosas allá arriba.
Entonces empieza el bombardeo.
Los rayos caen sobre la ciudad como misiles balísticos esbeltos y plateados, y allá donde alcanzan se produce una explosión, se levantan polvo y humo, gritos. Ilión es una ciudad grande para los baremos antiguos, pero las flechas llegan rápidas (del arco de Apolo, advierto, aunque me parece distinguir a Ares disparando cuando el carro desciende para comprobar los daños), y las explosiones y los gritos no tardan en escucharse en todos los barrios de la metrópoli amurallada.
Me doy cuenta de que no sólo he perdido el control de todo, sino de que he perdido de vista a todo el mundo con quien tendría que estar hablando, conferenciando, a quien tendría que estar ayudando. Aquiles está probablemente a cinco kilómetros colina abajo ya, de vuelta con sus hombres, intentando impedir que zarpen llevados por el pánico. Al oír más explosiones (convencionales, no nucleares) que llegan del campamento aqueo, no veo cómo Aquiles podrá conseguir reagrupar a sus hombres. También he perdido de vista a Héctor, y veo que la gran Puerta Escea ha vuelto a cerrarse… como si eso pudiera mantener a raya a los dioses. El pobre Mahnmut y su silencioso amigo, Orphu, probablemente habrán sido ya destruidos en la colina. No veo cómo nadie puede sobrevivir a este bombardeo.
Más explosiones en el mercado central. Soldados troyanos de cresta roja corren para reforzar las murallas, pero el peligro no está fuera. El carro dorado revolotea de nuevo, fuera del alcance de los arqueros, y cinco flechas de plata caen como misiles Scud y explotan cerca de la muralla sur, cerca de la muralla central y aparentemente justo en el palacio de Príamo. Esto está empezando a recordarme las imágenes de la CNN de la segunda guerra con Irak, poco antes de que Susan enfermara de cáncer.
Héctor. El héroe está probablemente arengando a sus hombres, pero como no hay nada que decirles excepto que se agachen y se pongan a cubierto, es posible que haya ido a su casa a ver cómo está Andrómaca. Pienso en esa habitación del niño, vacía y manchada de sangre, y hago una mueca incluso en medio del humo y el ruido de la calle bombardeada. La pareja real no ha tenido tiempo de enterrar todavía a su bebé.
Jesús, Dios, ¿todo esto es culpa mía?
Un carro volador se acerca. Una explosión destruye las almenas de la muralla principal y lanza al aire a una docena de figuras con capas rojas. Miembros humanos caen a las calles y salpican los tejados como un granizo de carne. De repente regresa otro recuerdo, un horror similar, tres mil doscientos años en el futuro de este mundo, dos mil un años después del nacimiento de Cristo. En el ojo de mi mente veo cuerpos cayendo a la calle y una muralla de humo y piedras siguiendo a los miles que huyen, igual que veo la calle principal de Ilión en este momento. Sólo los edificios y la moda en el vestir son diferentes.
Nunca aprenderemos. Las cosas no cambiarán nunca.
Corro hacia la casa de Héctor. Caen más misiles, arrasando la plaza tras la puerta por la que he entrado. Veo a un crío pequeño tambaleándose entre los escombros de lo que unos minutos antes era una casa de dos pisos. No distingo si es niño o niña, pero tiene la cara ensangrentada, el pelo rizado cubierto de polvo de escayola. Dejo de correr y me arrodillo para recogerlo (¿adonde puedo llevarlo?, ¡no hay ningún hospital en Ilión!), pero una mujer con un pañuelo rojo en la cabeza recoge al niño y se lo lleva. Me seco el sudor de los ojos y avanzo hacia la casa de Héctor.
No está. Todo el palacio de Héctor ha desaparecido: no es más que escombros y boquetes en el suelo. Tengo que seguir quitándome el polvo de los ojos para ver, y ni siquiera cuando lo veo logro creerlo. Toda la manzana ha sido arrasada por los misiles. Los soldados troyanos están excavando ya en las ruinas con sus lanzas y con palas improvisadas, sus orgullosas crestas rojas convertidas en grises penachos por el polvo que hay en el aire. Crean una cadena humana para ir pasando cuerpos y partes de cuerpos a la multitud que espera en la calle.
—Hock-en-beee-rry —dice una voz. Me doy cuenta de que alguien ha estado repitiendo mi nombre una y otra vez, pero ahora ha empezado a tirarme del brazo—. ¡Hock-en-beee-rry!
Me doy la vuelta estúpidamente, parpadeo para apartar de nuevo el sudor, y contemplo a Helena. Está sucia, lleva el peplo ensangrentado, el pelo despeinado. Nunca he visto nada ni a nadie más hermoso. Me abraza y la sostengo con ambos brazos.
Ella se aparta.
—¿Estás malherido, Hock-en-beee-rry?
—¿Qué?
—¿Son graves tus heridas?
—No estoy herido —digo. Ella me toca la mano y la aparta roja de sangre. Me llevo la mano a la sien: tengo un corte profundo allí, otro en el nacimiento del pelo. Me veo los dedos de ambas manos ensangrentados y advierto que me he estado secando sangre, no sudor—. Estoy bien —digo. Señalo los restos humeantes—. ¿Héctor? ¿Andrómaca?
—No estaban aquí, Hock-en-beee-rry —grita Helena por encima de los gritos y la confusión—. Héctor envió a su familia al templo de Atenea. El sótano es seguro.
Miro a través del humo y veo el alto tejado del templo, todavía en pie. Naturalmente, pienso. Los dioses no van a bombardear sus propios templos. Demasiado jodido ego.
—Teano ha muerto —dice Helena—. Y Laódice.
Repito estúpidamente los nombres. Las sacerdotisas de Atenea, la mujer que me puso la fría hoja en las pelotas hace sólo unas horas. Y la hija de Príamo. Dos de mis cinco mujeres troyanas han muerto ya. Y el bombardeo acaba de empezar.
De repente me doy la vuelta, lleno de pánico. El ruido es distinto. Los estallidos han cesado.
Los hombres y mujeres de la calle señalan al cielo y gritan. Cuatro de los cinco carros han desaparecido y el quinto, el carro bombardero de Ares, creo, vuela hacia el norte y desaparece de la existencia, obviamente TCeándose de vuelta al Olimpo. Todo este daño (contemplo los edificios destruidos, los cráteres humeantes, los cuerpos ensangrentados en las calles) producido por el ataque de un solo dios con un arco y unas cuantas flechas de Apolo. ¿Qué vendrá a continuación? ¿Un ataque biológico? El Arquero Brillante (que posiblemente se estará recuperando en los tanques de curación ahora mismo) es famoso por lanzar plagas contra la gente.
Agarro el medallón que llevo al cuello.
—¿Dónde está Héctor? —le pregunto a Helena—. Tengo que encontrarlo.
—Salió por las Puertas Esceas con Paris, Eneas y su hermano Deífobo —dice Helena—. Dijo que tiene que encontrar a Aquiles antes de que todos los corazones se acobarden.
—Tengo que encontrarlo —repito. Me vuelvo hacía la puerta principal, pero Helena me agarra y hace que me gire.
—Hock-en-beee-rry —dice, y tira de mi cara hacia la suya y me besa en medio de la calle llena de destrucción y de gritos. Cuando sus labios dejan los míos, sólo puedo parpadear estúpidamente, todavía inclinado para besarla—. Hock-en-beee-rry —repite—. Si has de morir, muere bien.
Luego se da media vuelta y se marcha calle abajo sin mirar atrás.