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La caligrafía de Christian cabalga a galope tendido. De repente se endereza, camina muy derecha. Acá, se inclina, ladea, está a punto de caerse de bruces. Los palos oscilan como péndulos pasando de un extremo a otro. Varias sílabas, algunas palabras, frases enteras han sido tachadas, cruelmente rayadas. El margen está trenzado con pequeños polígonos generosamente sombreados. La letra de Christian parece una tempestad. Se nota que ha empollado, que ha necesitado estrujarse el cerebro hasta la última gota para llenar la página. Es la primera vez que me escribe. Le he enviado no sé ya cuántas cartas durante los tres últimos años. No respondió a ninguna. Cuando estaba de vuelta del exilio y se lo reprochaba, respondía que no había recibido nada, que sin duda Einberg había interceptado el correo. Aliso la carta por las esquinas, luego por los bordes. Coloco la carta sobre mi palma, tal que un plato. Dejo caer la carta sobre el parqué, la recojo. Para dar la puntilla, cuelgo la carta en la pared con clavos de ataúd imaginarios[16]. ¡Es toda una victoria! Deberé contemplar largo tiempo esta primera carta de Christian, mi terrible amigo, antes de haber gastado todo su sabor, antes de haber apresado del todo su goce. Deberé palparla aún durante mucho tiempo antes de haber agotado todas sus formas, de haber sacado al descubierto todas sus facetas. Está dividida en cuatro párrafos y, al igual que una sinfonía, ha sido señalado un movimiento para cada uno. Al final, ha olvidado firmarla, lo cual no tiene nada de sorprendente.

«Andante. He recibido tu carta a las dos. Son las dos y media. Me apresuro a tranquilizarte. Sé que mi conducta de este verano te ha decepcionado, te ha causado mucha pena. Pero me perdonas y, tanto por ti como por mí, el mal rato ya ha pasado. Se acabaron las locuras. Vuelta al orden, compruebo que Mamá Brückner, Papá Einberg y tú ocupáis siempre de lleno el espacio que hay en mi vida, que ocupáis incluso más espacio del que en realidad hay. Allegro non troppo. Mauriac II, tras veinte intentos fallidos, ha podido alcanzar por fin la cima del pedestal en forma de atril de director de orquesta. Allí, dándole patadas y cabezazos, tras aplicarle unos contundentes empujones con el hombro, ha conseguido hacer echar por tierra el acuario de gouramis, acuario que, como tú ya sabes, tiene la forma del célebre busto de Louis XIV de Puget. Al derribarlo, Mauriac II se ha merendado la pareja de gouramis de un bocado. Complacido en su gloria por la acrobática caza y relamiéndose los dedos, ha venido a rozarse en mamá para que ella le acaricie. La intensa y amenazadora arenga que Mamá, turbada entre sollozos, ha servido al asesino, el cual, con la cola en alto seguía rozándola, era una prosopopeya tan divertida, una bufonada tan intempestiva, que los invitados acabaron desternillándose de risa. Furioso. Tu actitud hacia Mamá es incomprensible. Me preocupa tanto y sufro tanto con ello como la propia Mamá. Cuando le he dicho que había recibido una carta tuya, me ha preguntado si me hablabas de ella. Tu actitud hacia Papá no es mucho más regocijante. Si te aísla es porque teme por ti. Si teme por ti es porque te quiere. Si te quiere, sus intenciones son puras y tú no tienes derecho a juzgarle. Te prepara para tomar posesión de una maravillosa herencia. Papá solo te marca estrechos senderos para guiarte con mayor seguridad a un palacio cuyos cimientos son las mismas raíces de la tierra. Pronto, dentro de poco, lo sabrás, si te dejas guiar de manera tan sensata, conocerás los corredores de oro y plata. Créeme cuando te digo que te envidio por poder tomar en tu mano el testigo que Noé y Lamec habían recibido de Matusalén y Hénoc, quienes lo habían obtenido de Malaleel y Jared, que lo habían tenido por Cainán y Enós, a quienes se lo habían confiado Set y Adán. Maestoso. Nuestra madre y nuestro padre se quieren más de lo que tú te piensas. Sus disputas pasajeras se originan solo para permitir que la grandeza y el poderío de su relación se reafirme. Yo sigo siendo tu amigo como antes, como siempre, para siempre.»