Los he contado, cuestión de satisfacer mi curiosidad, cuestión de ver si era buena en cálculo. Tengo más primos que dedos. He computado no menos de quince. ¡Increíble! ¿Y quién sabe qué nos depara el futuro? Aún falta la delegación americana, que establecerá el equilibrio entre Güelfos y Gibelinos. En este momento, las filas católicas gozan de una escandalosa ventaja numérica, una ventaja digito-pornográfica. Einberg me lleva aparte y, jugando como siempre el papel más ingrato, me incita a prestar una atención únicamente circunspecta al avance de rubios entre mis primos. Me dice que, porque soy judía, los polacos me guardan rencor. No serían tan malos si, como a todos los gentiles, la historia, la propaganda y la envidia no los condujese de manera irresistible a desear el mal a mi raza y a mi persona. Bérénice, hija mía, no te fíes, guarda las distancias. Si quieren hacerte creer que es vergonzoso ser judío, no te dejes influenciar. Bien, papá, ni los oiré, ni los veré. ¡Enviaré a esos brutos incircuncisos a que los escuchen y los miren en otra parte! Gato Muerto también me echa un sermoncete. Me cuenta que mi corazón es de todos, que tengo que dividirlo en partes iguales y darle un trozo a cada uno. Habla de mi corazón como de una tarta que se hiciera agua en la boca de todos mis primos. Tengo unos primos muy raros; les gusta la tarta de pus al vinagre. Me dice que algunos de ellos no hablan una palabra de francés y que debería de aprovechar para aprender su idioma. El conocimiento de varias lenguas contribuye al enriquecimiento de la personalidad. Bien, mamá, aprenderé ruso, inglés y polaco. Y cuando sea mayor, habré aprendido tantas lenguas, tendré una personalidad tan hermosa, que los que me vean pasar me tomarán por la Venus de Milo. ¡Tendré unas piernas!, ¡unos ojos!, ¡un talle!
Gato Muerto se toma muy a pecho la invasión de los primos. Desde primeros de año no escatima esfuerzos en acumular acuerdos y desacuerdos, sirviéndose por igual de martillo y escala como de pico y pluma. Ayudada por el único jardinero, muchas veces trabajando a bajo cero, ha restaurado el ala oeste de la abadía y la ha acondicionado, amueblado y decorado con suficientes dormitorios como para recibir digna y confortablemente a todo el mundo. No hay nada que ella no haga con tal de plantar delante de las narices de Einberg lo mucho que ama a su prójimo, con tal de demostrarle toda la bondad y belleza que encierra su corazón. Yo no me llamo Christian. No será a mí a quien engañe con sus aires de no valerse de malas intenciones.
Pasamos un par de semanas parcheando, calafateando y aparejando el viejo balandro que fuimos a buscar en el cementerio de barcos. Gato Muerto dirige el astillero con mano maestra, secundada por el jardinero, pescador jubilado y diestro obrero pese a ser un hombre extraño. Los primos trabajan como condenados, con ganas, más que un tonto, como unos benditos. Encantados, con tener tanto y tan bueno por hacer, se han puesto manos a la obra con entusiasmo y tesón, se han entregado en cuerpo y alma. Chicas y chicos, pequeños y grandes, blancos y negros, rojos y verdes, Güelfos y Gibelinos, todos sudan de lleno por la cara, todos ríen de oreja a oreja, todos van procurando no chocarse como las nubes. Considero apetecible ser la excepción. Me hago la remolona. Dejo caer adrede los maderos al suelo. Esta noche, según lo previsto, se bota el balandro. Ladea un poco, pero flota. Esperamos en silencio por ver si hace agua. Ya entrada la noche, el barco fondea en la rada, alza alta su veleta en la oscuridad, despliega el azur evanescente de su vela con los destellos de la llama que engalana la orilla. Está listo para partir, tiembla de impaciencia, tiende su vientre para que embarquemos. Estamos despachurrados en torno a la alegre hoguera, extenuados. Caímos como barridos por una ráfaga de ametralladora. Guardamos silencio. Nos entusiasmamos, mientras se nos saltan las lágrimas de los ojos. Mis mejillas se extienden para prender el fuego, para arder. Mi nariz se alarga para pescar el humo, el humo que huele a corteza, el humo que huele a ramas, el humo que huele a bosque. Medio duermo. De repente hay una rusa que, con una voz tan clara como el aire, se pone a cantar. Mingrélie sin duda. ¿Qué más da?
Me hice de rogar, pero sin convencimiento. Intenté odiarles, pero el odio ha fracasado. Con la luz blanca del alba, en su espesa luz como de leche, zarpamos. Unos cubiertos con pétaso, otros con morrión. Todos vamos armados hasta los dientes. No hay dos escudos iguales, pero todos llevamos uno. Los que no tienen tizona de madera, tienen cimitarra de madera o yatagán de madera. Mingrélie también se ha prestado graciosamente a estas tontas exigencias de la uniformidad; Christian cubrió su sable de arena para que ella no se pinche mientras juega con fuego. El mango de mi hacha es peor que un puercoespín, pero a Christian le importa un bledo. Esperan a Gato Muerto, la capitana de la flota, mientras unos practican la esgrima, otros golpean el casco con sus hierros. Han madrugado: hay quienes incluso no han tenido tiempo de limpiarse las legañas. Me mantengo al margen, a la defensiva, casi indiferente. No estoy ni lo bastante triste para odiar, ni lo bastante alegre para amar. Pero, aunque solo sea por aprovechar el volumen de pasajeros para sentirme aun más sola, haré este viaje. Por fin, notablemente cansada pero decididamente sonriente, Gato Muerto aparece. Lleva un casco galo, con dos cuernos, del tipo tuerca de mariposa. Va armada, como quien no quiere la cosa, con una gran pistola de rueda en cobre cincelado que constituye la pieza más hermosa de la panoplia a la que tanto celo pone Einberg, la tiene soberbiamente fijada bajo un ancho cinturón de orfebrería. El pobre Einberg jamás ha descolgado esta obra de arte de la campana de la chimenea, salvo para lustrarla.
Solo es un juego, pero todo se desarrolla según las mejores tradiciones navales, Gato Muerto distribuye las funciones señalando con el cañón de su pistola a las personas que elige.
—¡Tú serás mi lugarteniente!… ¡Tú llevarás el timón!… ¡Te nombro gaviero!… ¡A tí, el amarre! ¡Todos vosotros, marineros!… ¡Te confío la vela!… ¡Vosotros tres, a los fogones!…
Izamos nuestro escudo de armas, «tronchado de púrpura y sable con un esqueleto en plata desprovisto de cabeza». Bogamos en alta mar. Aquí, el río se abre tan espacioso que las riberas solo marcan un alfaque desdibujado entre los límites del azur y las aguas. Somos raptados por el viento. Nuestra nave desciende por la corriente como si rodara por un acantilado. La embarcación se debate entre las corrientes, como si la nave quisiera echar a volar. El gaviero ha desplegado su telescopio. Un buque bastante extraño, se dirige a nuestro encuentro, poco a poco ha ido subiendo desde el fondo del horizonte. Se agranda a simple vista. Se diría que se infla a medida que se acerca. Intentamos identificarle.
—¡Eh! ¡el del castillo!
—Es un petrolero, un petrolero negro.
—¿Qué escudo ondea?
—Defiende los peores colores, colores holandeses.
—¡Timón a estribor! ¡Tensad la vela! ¡Aguantad!
Estamos decididos; lo abordaremos y lo hundiremos. Cargamos. Valor no nos falta. Acosamos al gigantesco petrolero tan de cerca que, al tomar sus olas de costado, estamos a punto de irnos a pique con cada una. Por desgracia, no damos la talla. Después de haber encajado, a bocajarro, cuatro cargas de noventa y siete cañones de más de un palmo de calibre, debemos replegar a nuestros infantes, desenganchar las escalas y batirnos en retirada. Gato Muerto resplandece. Es alta, guapa, rubia, parecida a la «Virgen» de Baldovinetti. Como si fuese de oro, los primos la idolatran y se lanzan a sus pies para adorarla. Se apelotonan alrededor de ella, zumban a su alrededor. Echan para atrás la cabeza hacia el sol, para ver mejor su rostro y para que ella vea mejor el de ellos. Les acaricia el pelo con su hermosa mano. Los apretuja de dos en dos contra sus costados, con cariño. Hay para todos. Basta con esperar el turno. ¡Sin preferencias! Guarde cola tranquilamente. No empuje. Sentada encima de la guía, con la espalda en la vela, me dejo carcomer por la luz, me dejo sacudir por las cortinas de viento. Me importa un bledo. De pie en los obenques, Christian la mira hacer, mordiéndose los labios, clavando su mirada triste, su mirada condenatoria. Parece estar celoso. No parece que le guste ver como su madre se entrega a la prostitución. Christian se preocupa por nada. A Gato Muerto le trae sin cuidado esta maliciosa ficción romántica. Lo único que cuenta para ella es demostrar lo que tiene que demostrar a quien tiene que demostrárselo. Lo único que le importa es ganar la guerra que libra con Einberg. Lo demás no cuenta en absoluto, no le importa para nada. No necesita nada ni de Christian, ni de mí ni de esos mocosos. Debe de ser enternecedor verse tan maternal con los mocosos de los demás. Debe de sentirse buena, de gustarse.