La lectura no es un sucedáneo de la vida, no trata de sustituirla, porque ella es vida. Siempre leemos en un tiempo de existencia. Tal vez la confusión que en ocasiones se produce obedece a la impresión de que mientras leemos todo se detiene a nuestro alrededor, se provoca un aislamiento de nuestras circunstancias y problemas y podemos encontrar refugio en una suerte de ensoñamiento que nos aleja de «la realidad». Si algo de eso ocurre es porque tal modo de proceder forma parte de la vida misma. De lo contrario, estaríamos proponiendo que por leer, en algún modo, dejamos de vivir la vida. Ciertamente se trata de otra forma de vivirla pero no menos intensa ni menos «verdadera». No faltan quienes consideran que cuanto no sean penalidades y problemas es una evasión. Es más, su criterio para verificar que algo es real es que sea molesto. Lo otro lo consideran momentos aislados, espejismos, y, en cierta medida, lo que denominan distracciones.
Quizás, en última instancia olvidamos que un texto puede ser un texto de ficción, incluso que en alguna medida la ficción es esencial a todo texto, y que la acción de leer es un acto de ficción. Para ello convendría distinguir entre ficción y fingimiento. La ficción es un modo de ser de la verdad, el fingimiento, un desplazamiento de ella, interesado en eludirla. Pero la ficción es otro modo de aproximación. No solo a una mayor cercanía, sino también a ámbitos inalcanzables por una mera descripción, supuestamente «realista». Y esos ámbitos no son por ello menos reales. En efecto, se produce un desvío, pero no necesariamente una desviación. En definitiva, lo que está en cuestión es si nuestra noción estrecha de «realidad» no excluye aspectos decisivos de la vida y, más aún, si únicamente es real lo que tenemos ya por existente. No podemos dejar de aludir una vez más a lo que es memoria de la mano de Platón, cuando Teeteto señala: «¿Sabes que hay gente por ahí que cree que solo es real lo que se puede ver con los ojos y atrapar con las manos?». A la sorpresa de Teeteto le corresponde la de Sócrates: «¿De verdad que hay gente tan obstinada y repelente?».
Así pues, el texto nos convoca a ampliar el limitado horizonte de nuestras consideraciones. La acción de leer es una experiencia que afronta precisamente los límites, pero convocando una y otra vez a la materialidad que implica la escritura. Y es aquí donde el asunto cobra singular interés. Leer no es un mero acto de ensoñación. Para ello no necesitaríamos un texto. Este no es sin más una excusa para entretenernos «en nuestras cosas». Leer es la ocasión, el momento propicio, el modo privilegiado de confrontación con lo real. Por eso, la materialidad de un texto ha de entenderse como la imposibilidad de su absoluta apropiación. Incluso el ilimitado cauce de lecturas de un texto son efecto de él y solo con él pueden abrirnos lo real. En este sentido, la acción de leer es una liberación, la apertura de espacios para nuestra libertad. En todo caso, no es necesario explicitar en cada situación que lo sea. En ocasiones se muestra en la sencilla y extraordinaria sensación de bienestar que la lectura nos produce.
Necesitamos ficciones verdaderas, discursos verdaderos, palabras que no nos enclaustren, en nombre de un supuesto realismo, en la resignación. Lejos de las ensoñaciones, soñar e imaginar pueden ser otros modos de construcción, de configuración, de conformación, cuando se corresponden con nuestro deseo, nuestra voluntad de decir, nuestra en ocasiones débil pasión por la verdad. A su vez, el conocimiento crece, se ensancha, se amplía a través de conexiones, de relaciones, de proyecciones que no se agotan en lo ya dado. En cada explicación se alumbra, siquiera incipiente, alguna forma de comprensión.
Lo que les ocurre a los textos, su modo de tejerse, habita la lectura. Solo procediendo como ellos, como la misma escritura, en esta correspondencia, según señalamos, hay acción de leer. Y tal es la cuestión, no es que haya libros de ficción, es que cualquier escrito en alguna medida lo es. Y, sobre todo, también es ficción lo que llamamos vida, aquello que Ricoeur denomina «un relato en búsqueda de narrador», «una acción y una pasión en busca de relato», lo que confirma que, a nuestro modo, somos seres de ficción, como la vida es en sí misma una ficción. Ello no le resta ni realidad, ni verdad. Simplemente ratifica que ni una ni otra están clausuradas, cerradas, dadas, para que nos rindamos ante lo que ya son. Ellas también tienen una historia, y una nueva narración puede modificar la comprensión, un nuevo entramado, una nueva trama, es capaz de ofrecernos otros aspectos inauditos de lo real.
Por eso, el lector también puede y ha de ser un creador, un atento y considerado perseguidor de las instancias de un texto, hasta desbordar no solo la intención del autor o las propias dinámicas del texto, sino incluso las de sí mismo y de su vida. Y lo que es más atractivo y sugerente, hacerlo concibiendo de verdad, concibiendo verdad.