Capítulo VII:
La cantante enmascarada

Un numeroso y heterogéneo público llenaba la amplia sala central de la posada. El tiempo transcurrido desde la ocupación de Los Ángeles había bastado para que los habitantes de la ciudad se habituaran a la presencia de los norteamericanos y, sobre todo los hombres, menos rencorosos que las mujeres, admitían ya sin disgusto la vecindad de los invasores. Por ello la posada estaba llena de soldados y de paisanos sin que ocurriera ningún choque entre ellos.

—Buenas noches, don César —saludó Julio Marenas, el propietario del local, acudiendo al encuentro de Echagüe y de su amigo—. ¡Cuánto tiempo sin verle, señor Salinas! Viene en buena noche. Parece como si toda la ciudad supiera la noticia.

—¿Qué noticia? —preguntó César.

—¡Es un secreto! —replicó Marenas—. No se lo he descubierto a nadie; aunque se diría que todos lo conocen. Se trata de una nueva atracción; pero no puedo adelantar nada, pues temo que a última hora ella se arrepienta.

—¿Quién es ella? —inquirió César.

—Secreto —replicó el dueño de la posada—. No puedo decir ni una palabra. Lo juré ante un crucifijo y no puedo descubrirla; pero cuando la vean quedarán verdaderamente prendados. No hay otra como ella.

—¿Cómo quién? —casi gritó Salinas, cuyos nervios no podían resistir aquel continuo decir y no decir.

—Como ella. Ya les digo que no puedo aclarar nada.

—Pues entonces cállese y no hable, Marenas —gruñó Salinas.

—Es que no puedo callar, señor Salinas. Es que si usted la viese como yo la he visto…

—¿Es que la ha visto al natural? —preguntó César.

—¡No, señor Echagüe! —protestó Marenas—. No sea mal pensado. Es una mujer decentísima. Tan decente que… Pero no se lo puedo decir, porque…

—Porque lo ha jurado delante de un crucifijo y porque ella podría arrepentirse y porque está usted tratando de excitar nuestra curiosidad, ¿no es así, querido Marenas? —rió César.

—Don César, usted interpreta mal… mis sentimientos.

—Sin duda alguna. Soy un mal interpretador de sentimientos. ¿De veras no puede decirnos de qué se trata?

Marenas pareció vacilar. Al fin, y después de mirar a derecha e izquierda y convencerse de que nadie le podía oír, bajó la voz y susurró casi imperceptiblemente:

—Es una muchacha divina, jovencísima, que baila como un ángel y canta como un ruiseñor.

—Eso ya es algo —dijo César—. ¿Y qué edad tiene?

—Dieciocho años, que son como dieciocho soles, un cuerpo que es una escultura griega y una gracia que se la debió de dar Dios. ¡Lástima que tenga que salir con la cara cubierta por un antifaz!

—¡Eh! —exclamaron a la vez César y Salinas.

—Sí —prosiguió Marenas—. Tiene que salir con un antifaz, porque como es una muchacha decente no puede dejarse reconocer.

—¿Y qué viene a hacer en esta casa una muchacha decente? —preguntó Salinas.

—Caballero, en mi casa una mujer decente está tan segura como en un convento —protestó Marenas.

—Claro, claro —dijo César, conciliador—. La honradez del señor Marenas está grabada en su cara. No he visto jamás un físico más honrado que el suyo.

—No se burle, don César —pidió el posadero—. Éste es un caso muy grave. Se trata de una joven de buena familia. Con la guerra ha perdido toda su fortuna y por algún sitio de California… Fíjese bien que digo por algún sitio y que no me refiero a Los Ángeles, ni a San Diego, ni a Monterrey…

—Ni a Sacramento, ni a San Francisco, ni a San Luis Obispo, ni a Santa Clara, ¿verdad? —rió César.

—Bueno; quiero decir que no digo de dónde es esa señorita; pero sí digo que es de buena familia, que ha venido a menos porque invirtió toda su fortuna en la causa sagrada de nuestra independencia…

—A la que don Julio Marenas contribuyó con un barril de ron regalado a nuestros soldados en vísperas de la acción de Domínguez —interrumpió, sonriente, César.

—¿Qué más podía ofrecer? —preguntó, algo enfadado, el posadero.

—Claro. Un barril de su sangre hubiera sido acogido con mucho menos agrado —dijo César, palmeando las anchas espaldas del hombre y pidiendo—: Continúe con su historia, incomparable tabernero. Decía que el papá de esa señorita dio todo su dinero por la causa, solución que a usted no se le ocurrió nunca.

—Mi dinero lo he ganado con el sudor de mi frente —protestó Marenas—. Pero usted se está burlando de mí, don César.

—Claro, hombre, claro. Siga diciéndonos secretos de esa hermosa joven que canta como los ángeles y baila como ruiseñores, o viceversa.

—Pues su padre quedó arruinado y el pobre no tiene nada que comer. Pero es orgulloso. Ya sabe usted lo orgullo que somos los californianos.

—Sobre todo usted —refunfuñó Salinas.

—Por favor, Anselmo, no critiques al pobre Marenas. ¡Si supieras cómo se le derrama la bilis cada vez que tiene que servir una botella de ginebra o de eso que llaman whisky a un soldado de Unión! El dinero con que le pagan le abrasa la mano, y yo le he visto más una vez tirarlo al… al cajón donde guarda su oro.

—Creo que no voy a decirle nada más —dijo, enfadado, Marenas—. Se están burlando cruelmente de mí. Al fin y al cabo yo no hago más que tratar de ayudar a la hija de un patriota. Y lo hago exponiéndome a la venganza de los norteamericanos. Pero no me importa.

—Eso quiere decir que ese ángel que baila como un ruiseñor y canta como un sol es algo muy serio, Salinas, pues, de lo contrario, Marenas no se expondría a la santa ira de los hombres de Fremont, de Stockton o de Kearny, si es que los tres se han puesto ya de acuerdo acerca, quién debe mandar en California. Seguid, mi buen Marenas, seguid. ¿Decíais?

—¡Ya no sé lo que decía! Usted, don César, está siempre de muy buen humor y disfruta mucho confundiendo a los que no podemos ser tan felices.

—Perdóneme, querido Marenas. Hable de ese ruiseñor que baila como el sol y canta como los ángeles.

—Pues… —Marenas se secó el sudor que perlaba su frente—. Es una joven honrada que sabe cantar y bailar y a quien yo he ofrecido un importante sueldo para que, de cuando en cuando, venga a bailar y a cantar para mis clientes.

—¡Oh! ¡Qué esplendidez, Marenas! Jamás lo hubiera creído.

—Mi deseo era ofrecerle una suma de dinero sin pedirle nada; pero ella insistió en que no quería admitir regalos. Es demasiado orgullosa. Quiso trabajar y ganarse lo que yo le ofrecía. Me dijo que podía cantar y bailar, y que sólo así admitiría mi ayuda. Accedí y entonces ella me preguntó si podría presentarse con el rostro cubierto por un antifaz, a fin de que no fuera reconocida y su padre no llegara a enterarse de lo que ella tenía que hacer para ayudarle.

—Entonces se presentará enmascarada y nadie sabrá quién es —comentó César—. Muy interesante. Desde luego que me quedaré para tratar de descubrir su identidad.

—Eso no será posible —dijo Marenas—. Ningún caballero ofenderá a una dama que trata de ganar honradamente el sustento de su familia.

—Seguro, Marenas. No la molestaremos. Ni la ofenderemos. Nos quedaremos a admirarla, que es lo que desea usted, ¿no? ¿Qué mesa tiene disponible?

—Tengo una muy buena junto al tablado donde cantará y bailará la señorita; pero encima de ella hay una botella de viejo jerez que vale veinte pesos. No puedo ceder la mesa sin la botella.

—Toma los veinte pesos —dijo Salinas, tendiendo una moneda de oro al posadero—. Resérvanos la mesa.

—¿A qué hora aparecerá ese portento? —inquirió César.

—A las once, señores. Aún faltan dos horas. Si quieren probar fortuna a los dados o a los naipes…

—Los naipes son más simpáticos —dijo César—. Los dados me hacen el efecto de huesos de muerto.

Los dos amigos acercáronse a una mesa donde se jugaba a un juego que si no tenía nada de complicado, en cambio tenía mucho de emocionante. El banquero barajaba los naipes y los demás hacían las apuestas. Se podía apostar la cantidad que se quisiera. Para ello bastaba colocar las monedas frente al banquero. Cuando el juego estaba hecho, el banquero descubría una carta para su contrario y otra para él. Si la primera era mayor, el banquero pagaba tanto dinero como se había apostado; si la carta suya era mayor que la otra, recogía el dinero. En el caso de que la carta fuera igual, también ganaba el banquero.

En aquellos momentos tenía la banca el capitán Allen Potts, del ejército norteamericano. Junto a él se apilaba el oro ganado en anteriores jugadas.

—Buenas noches, don César —saludó Potts—. No le aconsejo que apueste. Esta noche tengo la suerte de cara. ¿No es cierto, señores?

Allen Potts hablaba el español perfectamente, a pesar de lo cual no podía vanagloriarse de poseer muchas simpatías. Los que estaban frente a él asintieron a su pregunta, como lamentando en el alma aquella buena suerte.

—Veremos si todavía le dura la buena suerte —dijo en aquel momento Salinas.

—Apueste su dinero y vea los resultados —rió el capitán.

Salinas sacó un puñado de monedas de oro y lo depositó sobre la mesa, frente a Potts.

—¿Doscientos pesos? —preguntó Potts, contando el dinero, en tanto que un murmullo de asombro corría por la sala.

—Eso creo. ¿Tiene miedo?

—Yo no he vuelto nunca la espalda, señor Salinas —replicó Potts.

—Tal vez porque no estuvo en Domínguez ni en San Pascual —replicó Salinas—. Allí vimos muchas espaldas norteamericanas.

Potts cerró fuertemente los puños, hasta que blanquearon los nudillos, y por unos segundos pareció incapaz de encontrar una respuesta. Al fin, respirando hondo, preguntó:

—Supongo que nadie más querrá intervenir en este juego, ¿verdad?

Todos habían comprendido que iba a reñirse una batalla entre el belicoso Salinas y el oficial norteamericano. Una batalla que no por ser reñida sin armas iba a ser menos emocionante y dramática. Los que estaban más cerca movieron negativamente la cabeza y los de más atrás contestaron con un prolongado: «NO».

—Voy por sus doscientos dólares —dijo Potts.

Barajó las cartas y las ofreció al corte a Salinas, diciendo:

—Puede usted coger la que guste. La mía será la siguiente. La más alta es el as.

Salinas cortó los naipes y descubrió un tres de oros.

Un murmullo de decepción corrió por la sala. Todos habían deseado el triunfo del californiano.

—Lo siento por usted, Salinas —dijo Potts, cuya expresión desmentía su afirmación—. Un tres es muy poco…

Al decir esto tomó la siguiente carta y la descubrió a la vez que alargaba la mano hacia el oro de Salinas, pero antes de que sus dedos rozaran las monedas, la mano se inmovilizó y un murmullo de asombro y de alegría sonó en torno a la mesa.

—Tiene usted razón, capitán —dijo Salinas—. Un tres de oros es muy poco; pero siempre es más que un dos de copas. Ha perdido.

Es muy desagradable perder doscientos pesos oro; pero es mil veces más desagradable perderlos cuando ya se han tenido por ganados. Sólo a costa de un gran esfuerzo consiguió Potts dominarse y empujar hacia Salinas doscientos dólares oro.

—Déjelos junto a los otros —dijo Salinas—. Van cuatrocientos.

—Exageras un poco, Anselmo —dijo César, que se había sentado junto a él—. Si quieres repetir la apuesta, limítate a los doscientos que has ganado.

Salinas ni le oyó. Su mirada estaba fija en las manos de Potts, que barajaba rápidamente las cartas. Cuando hubo terminado colocó los naipes delante de Salinas, quien, sin molestarse en cortar, tomó el primer naipe de encima y lo descubrió.

Una exclamación de asombro resonó de nuevo en la sala. El joven acababa de descubrir el as de bastos. A su pesar Potts no pudo contener el temblor de su mano cuando descubrió la siguiente carta, que resultó ser el caballo de oros.

—Ha vuelto a ganar —dijo.

—Eso veo —contestó Salinas.

Cuando contó los cuatrocientos dólares, Potts tenía tal temblor en las manos que varias veces las monedas se le cayeron de entre los dedos. Al fin tendió cuatrocientos dólares a Salinas, que los dejó encima de los otros, diciendo:

—Creo que tiene bastante para pagar.

—Son… ochocientos dólares —advirtió Potts.

—Ya lo sé.

El capitán, ya muy nervioso, barajó los naipes, los ofreció al corte y en tanto que Salinas dejaba su carta boca abajo como sin prisa por descubrirla, Potts destapó la suya, lanzando un grito de alegría.

—¡El rey de espadas!

Salinas, como si estuviera seguro de lo que iba a descubrir, volvió la carta sin apartar la mirada de los ojos del capitán. En ellos leyó cuál era el naipe que le había correspondido. Luego todos cuantos le rodeaban le dijeron cuál era la carta descubierta:

—¡El as de oros!

Potts estaba como si hubiera estallado junto a él un barril de pólvora. Cuando terminó de contar los ochocientos dólares que debía pagar a Salinas, el montón de oro habíase reducido a su más mínima expresión.

—Me parece que ya basta por esta noche, Anselmo —dijo César.

—Quiero el desquite —pidió Potts—. ¡Tengo derecho!

—Puede usted perder todo lo que quiera, capitán —dijo, fríamente, Salinas—. ¿Tiene mil seiscientos dólares ahí?

Potts contó afanosamente. Luego movió la cabeza.

—Sólo tengo… mil cien.

Salinas retiró quinientos dólares del montón de oro y, guardándolos en el bolsillo, dijo, poniéndose en pie:

—Eche las cartas. Es la última partida.

Potts barajó repetidamente los naipes, sirvió uno a Salinas y otro a él, pero no se atrevió a levantarlo. Salinas dijo, irónicamente, sin tocar su carta:

—Puesto que no ha descubierto su juego, aún puede retirarse. Si pierde, lo pierde todo. Si gana, recupera una parte.

Alien Potts batalló visiblemente con sus deseos de ganar y de conservar aunque sólo fuera una parte de sus beneficios de aquella noche. Al fin gritó, tirando la carta:

—Está bien, no juego.

—Era un cuatro de bastos —dijo alguien.

El rostro de Potts se iluminó. Un infinito alivio pintóse en él.

—Me regala usted mil cien dólares —dijo a Salinas.

Este se encogió de hombros y, pausadamente, descubrió su carta. Al verla, Alien Potts lanzó una imprecación.

—¡Maldita! ¡La ganaba!

Sobre la mesa, junto al dinero, brillaban los dos discos del dos de oros.

—Le faltó valor, capitán —sonrió Salinas, levantándose y guardando el oro en el bolsillo—. Ya le dije que era, también, de los que volvían la espalda.

La mano de Potts descendió, en busca del revólver que pendía de su cinturón.

—Puede usted disparar y matarme, capitán —dijo Salinas—. Pero le advierto que yo no llevo armas.

Potts le dirigió una mirada llena de odio y tartamudeó:

—Eso le salva; pero algún día…

El rasgueo de unas guitarras ahogó la voz del capitán. Todas las miradas se volvieron hacia el tablado y luego todos corrieron a sus puestos. Salinas y César se vieron empujados del capitán Potts.

Cuando llegaron a su mesa, Salinas y César vieron aparecer en el centro del tablado una mujer vestida con un rico traje de amplia falda. En las partes en que el traje se ceñía, acariciador, al cuerpo, dejaba adivinar una escultural silueta.

Pero lo que todas las miradas trataban de atravesar era el negro antifaz que cubría el rostro de la mujer, impidiendo comprobar si la belleza del resto de sus facciones estaba de acuerdo con la hermosura de lo poco que podía verse.