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La Rocket House se había engalanado para el fallo del Premio Cerebros de Plata. Gaspard desplegó una pancarta en la oficina grande, Joe el Guardián trajo sillas plegables y colgó algunas cintas plateadas, Engstrand atendía a una gran mesa muy bien surtida y el ascensor funcionaba de nuevo.

La cerradura electrónica de la puerta de la oficina había sido arreglada una vez más, pero ahora, con gran sobresalto por parte de Flaxman, solía abrirse a intervalos imprevisibles sin que nadie rozara siquiera los botones de mando. Pero un par de golpes aplicados a la cerradura con un martillo por Joe el Guardián parecían haber suprimido aquella tendencia.

Los dos socios habían decidido leer personalmente todos los originales: quince por barba, elegidos al azar y presentados anónimamente. Los dos habían tomado «Píldoras Prestísimo», que multiplicaban por diez sus velocidades de lectura. Los interminables rollos de las grabadoras giraban en las máquinas de lectura con nerviosas sacudidas y entre paradas frecuentes.

Cullingham, lejos de mostrarse agotado tras pasar cuarenta y ocho horas con una insaciable mujer de carne y hueso, adelantaba poco a poco a Flaxman; mediada la lectura le llevaba medio manuscrito de ventaja…, según observó con disgusto Gaspard, que había hecho una pequeña apuesta con Zane. Por lo que sabía, ninguno de los dos socios se había saltado párrafos.

Todos los fieles de la Rocket House estaban allí. Ninguno de ellos quería perderse el espectáculo de los dos socios desarrollando un verdadero trabajo. Gaspard estaba con la enfermera Bishop, Zane con la señorita Rubores, y los hermanos Zangwell se sentaron el uno al lado del otro. El barbudo Zangwell estaba recién bañado, muy pálido y, aunque no se movía mucho, de vez en cuando descansaba la barba sobre el antebrazo derecho y contemplaba ansiosamente las bebidas de la mesa, que era territorio prohibido para él.

Se había temido, especialmente por parte de Gaspard, que Eloísa Ibsen viniera a poner una nota discordante en aquella bien avenida reunión. Pero, tal como convenía a la dama de un director de editorial, ella se presentó elegantemente vestida, con un escote muy bajo, mostrándose muy simpática con todo el mundo. Ahora estaba sentada, muy modosa, sonriéndole a Cullingham cada vez que el rubio editor levantaba los ojos de su tarea.

Incluso estaba presente la señorita Sauce. Resultó que Cullingham la había alquilado a plazo fijo y aún sobraban tres días. Sin embargo, Flaxman consideró que constituía un elemento de distracción y la robotriz fue cubierta en el último momento con una sábana blanca, aunque resultaba más bien dudoso que ello la hiciera menos «turbadora» para el editor.

Por tácita deferencia a la debilidad de Flaxman, se decidió que los huevos no estuvieran físicamente presentes. De forma que instalaron un doble circuito de televisión entre la guardería y la oficina. Aunque, por desgracia, la precipitada instalación era defectuosa y la enorme pantalla perdía imagen con excesiva frecuencia. En aquel momento mostraba a la señorita Jackson rodeada por una batería de pequeños ojos-cámara. A pesar de su pretendido desinterés y de su ínfulas intelectuales, todos los huevos seguían apasionadamente las incidencias del concurso que había de juzgar sus obras maestras, ninguna de las cuales dejó de ser presentada dentro del plazo fijado por Flaxman. Media Pinta, en realidad, había estado escribiendo ininterrumpidamente a toda velocidad desde que fue devuelto a la guardería.

Los dos socios disfrutaban en secreto al verse contemplados por tantos espectadores. De hecho, esto era lo único que podía inducirles a realizar algún trabajo. No hacían ningún comentario y ocultaban todas sus reacciones, favorables o desfavorables, incluso mientras cambiaban los rollos. Esto creaba una atmósfera de emoción. Las conversaciones en voz baja eran una especie de alivio para la tensión acumulada.

—Anoche leí algunas páginas más de El caso Maurizius —observó Gaspard, meneando la cabeza—. Si eso es una muestra de los relatos de misterio de los antiguos, Bishop, me pregunto cómo serían sus obras importantes.

—Date prisa en terminarlo —dijo ella—. Los cerebros han escogido otro volumen para ti: Los hermanos Karamazov, Es de un antiguo maestro del suspense, un ruso. Luego te permitirán relajarte un poco con algo divertido acerca de un entierro irlandés, El despertar de Finnegan, así como unas memorias: Recuerdo de cosas pasadas, un melodrama de capa y espada: El rey Lear, un cuento de hadas: La montaña mágica, y un drama sentimental sobre los altibajos de unas familias dolientes: Guerra y paz. Me han dicho que tienen un montón de obras de fácil lectura preparadas para ti, para cuando termines éstas.

Gaspard se encogió de hombros.

—Con tal de que no me obliguen a leer los monumentos literarios del pasado, creo que podré resistirlo. Pero hay un misterio que me intriga de veras: el proyecto de Zane.

—¿No te ha hablado de él? Tú eres su amigo.

—Ni una palabra. ¿Sabes algo tú? Creo que Media Pinta está en el secreto.

La enfermera Bishop meneó la cabeza, y luego sonrió.

—Nosotros también tenemos nuestro secreto —susurró, apretando la mano de Gaspard.

Él correspondió al apretón.

—¿Quién creen ellos que va a ganar?

—No dicen una sola palabra. Nunca les había visto tan reservados. Me preocupa.

—Tal vez todos los originales sean el no va más —sugirió Gaspard con hinchado optimismo—. ¡Treinta bestsellers de una sola vez!

Casi todos los rollos habían sido leídos y la tensión iba en aumento —como demostraba el que Joe el Guardián tuviera que sujetar a su hermano para impedir que se lanzara al asalto de las bebidas— cuando Gaspard, visitando la mesa de las viandas, se sintió ligeramente tocado por el codo de acero de Zane Gort quien, con previsora diplomacia, llenaba una bandeja para Eloísa Ibsen.

—Gaspard, tengo que hablarte —susurró el robot.

—¿De tu proyecto? —inquirió Gaspard rápidamente.

—No, de algo mucho más importante que eso…, al menos para mí. Es algo que nunca le diría a otro robot. Gaspard, la señorita Rubores y yo hemos pasado las dos últimas noches juntos… íntimamente.

—¿Lo has pasado bien, Zane?

—¡Mejor de lo que habría sido capaz de soñar! Pero lo que no podía prever, Gaspard, lo que realmente me desconcertó y hasta cierto punto me preocupa, es que la señorita Rubores fuese tan «entusiasta».

—¿Quieres decir que estás molesto porque crees que ella ha tenido anteriores…?

—No, no, no. Era completamente virgen, hay modos de saberlo, pero casi en seguida demostró un entusiasmo feroz. Quería que nos enchufáramos el uno al otro continuamente… ¡Y durante largos períodos!

—¿Es malo eso?

—No es mala, Gaspard, pero ocupa demasiado tiempo, especialmente cuando no se piensa en otra cosa sino un continuo enchufe. Verás, el momento de la unión robot-robix es el único instante en que un robot no piensa: su mente se sume en una especie de estático trance electrónico. Y yo estoy acostumbrado a pensar las veinticuatro horas del día, un año si y otro también. La perspectiva de tener que renunciar a muchas horas de pensar me resulta profundamente inquietante. Sé que no vas a creerlo, pero en nuestra última conexión, la señorita Rubores y yo permanecimos enchufados durante cuatro horas,

—¡Vaya, vaya, vieja tuerca! —exclamó Gaspard—. Tienes el mismo problema que yo tenía con la Ibsen.

—Pero ¿cuál podría ser la solución a mi problema? ¿Cuándo podré escribir?

—¿Es posible que estés cambiando de opinión acerca de la monogamia como mejor solución para el creador del Doctor Tungsteno? En todo caso, creo que lo indicado es un viaje, o incluso una fuga. Mira, ya han terminado las lecturas. ¡Ha ganado Cullingham por un rollo! Luego te pagaré la apuesta… he de volver al lado de la Bishop.

Cullingham se echó atrás, parpadeó repetidamente y apretó los labios. Esta vez no devolvió la sonrisa de su amada, sino que se limitó a bajar la cabeza. Luego dijo con mucha precipitación:

—¿Qué-opinas-de-una-reunión-Flaxy-antes-de-empezar-a-leer-ese-último?

Su mente aún estaba acelerada por la droga que había tomado para leer. Tocó un botón y apagó la pantalla de televisión.

—Creerán-que-se-ha-producido-otra-avería —explicó.

Flaxman terminó de insertar el último rollo en su máquina y miró a su socio. Por fin Cullingham logró controlar su voz, dominando el efecto de las «Píldoras Prestísimo». De hecho, las palabras brotaron con penosa lentitud cuando inquirió:

—¿Cuál es tu impresión hasta ahora?

El gesto de impasibilidad de Flaxman se transformó en otro de profunda tristeza. Con dolorida solemnidad, como alguien que recibiera la noticia de un trágico incendio en una guardería infantil, susurró:

—Son una mierda. Todas son una mierda.

Cullingham asintió.

—Lo mismo que las mías.