21Cómo intenté enseñar la teoría de las tres dimensiones a mi nieto y con qué éxito

DESPERTÉ MUY CONTENTO y me puse a reflexionar sobre la gloriosa carrera que tenía ante mí. Saldría inmediatamente, pensé, a evangelizar a toda Planilandia. Hasta a las mujeres y a los soldados se debía transmitir el evangelio de las tres dimensiones. Empezaría por mi esposa.

Precisamente cuando había decidido ese plan de operaciones, oí el rumor de muchas voces en la calle ordenando silencio. Luego siguió una voz sonora. Era una proclama del pregonero. Escuché atentamente y reconocí las palabras de la resolución del consejo, anunciando la detención, encarcelamiento o ejecución de cualquiera que corrompiese mentalmente a las gentes con engaños y diciendo haber tenido revelaciones de otro mundo.

Reflexioné. No era un peligro que se pudiese desdeñar. Sería mejor evitarlo omitiendo toda mención de mi revelación y siguiendo el camino de la demostración (que parecía, en realidad, tan simple y tan concluyente que nada se perdería desechando los medios anteriores). «Hacia arriba, no hacia el norte», eso era la clave de toda la prueba. Me había parecido bastante claro antes de quedarme dormido; y cuando desperté, recién salido del sueño, había parecido tan evidente como la aritmética; pero, no sé por qué, no parecía tan obvio ya. Aunque mi esposa entró en la habitación oportunamente en aquel momento preciso, decidí, después de que hubiésemos cruzado unas cuantas palabras de conversación intrascendente, no empezar con ella.

Mis hijos pentagonales eran hombres de carácter y de posición, y médicos de no pequeña fama, pero eran poca cosa en matemáticas y, debido a ello, inadecuados para mi propósito. Pero se me ocurrió que un joven y dócil hexágono, con afición a las matemáticas, sería el alumno más adecuado. ¿Por qué no hacer, pues, mi primer experimento con mi precoz nietecito, cuyos comentarios casuales sobre el significado de 93 habían contado con la aprobación de la esfera? Analizando el asunto con él, un simple muchacho, no correría peligro alguno; ya que él no sabía nada de la proclamación del consejo; mientras que no podía estar seguro de que mis hijos (tanto predominaban en ellos el patriotismo y el respeto a los círculos sobre el mero afecto ciego) pudieran sentirse impulsados a entregarme al prefecto, si veían que sostenía en serio la herejía sediciosa de la tercera dimensión.

Pero lo primero que tenía que hacer era satisfacer de algún modo la curiosidad de mi esposa, que pretendía, como es natural, saber algo de las razones por las que el círculo había deseado aquella entrevista misteriosa y sobre los medios por los que había penetrado en la casa. Debo contentarme con decir, sin entrar en los detalles de la compleja explicación que le di (una explicación tan fiel a la verdad, me temo, como podrían desear mis lectores de Espaciolandia), que conseguí finalmente convencerla para que volviese tranquilamente a sus deberes domésticos sin extraer de mí ninguna alusión al mundo de las tres dimensiones. Hecho esto, envié inmediatamente a por mi nieto; pues, a decir verdad, pensaba que todo lo que había visto y oído estaba escurriéndose de mí de un modo extraño, como la imagen de un sueño torturante captado a medias, y anhelaba poner a prueba mi habilidad para hacer un primer discípulo.

Cuando mi nieto entró en la habitación cerré la puerta cuidadosamente. Luego me senté a su lado, cogí nuestros cuadernos matemáticos (o líneas, como les llamaríais vosotros) y le dije que reanudaríamos la lección del día anterior. Le enseñé una vez más cómo un punto moviéndose en una dimensión produce una línea, y cómo una línea recta moviéndose en dos dimensiones produce un cuadrado. Después de esto, forzando una risa, dije:

—Y luego tú, granujilla, querías hacerme creer que un cuadrado moviéndose «hacia arriba, no hacia el norte» produce otra figura, una especie de extracuadrado en tres dimensiones. Di eso otra vez, bribonzuelo.

En ese momento oímos una vez más el «¡Oh, sí! ¡Oh, sí!» del heraldo que pregonaba fuera en la calle la resolución del consejo. Aunque era joven, mi nieto (excepcionalmente inteligente para su edad y educado en la reverencia absoluta hacia la autoridad de los círculos) captó la situación con una agudeza para la que yo no estaba en absoluto preparado. Permaneció callado hasta que se desvanecieron las últimas palabras de la proclama y luego rompió a llorar:

—Abuelo querido —dijo—, lo hice sólo jugando y por supuesto no quería decir nada en absoluto con ello; y no sabíamos nada entonces sobre la nueva ley, y no creo que dijese nada sobre la tercera dimensión; y estoy seguro de que no dije una palabra sobre «arriba, no al norte», pues eso habría sido un disparate, ¿comprendes? ¿Cómo iba a poder moverse una cosa hacia arriba y no hacia el norte? ¡Hacia arriba y no hacia el norte! Aunque fuese un niño pequeño no podría decir un disparate como ese. ¡Qué tontería! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

—No es ninguna tontería —dije yo, perdiendo el control—; aquí tengo, por ejemplo, este cuadrado…

Y cogí un cuadrado movible, allí a mano.

—… y lo muevo, mira, no hacia el norte sino… sí, lo muevo hacia arriba… es decir, no hacia el norte, sino que lo muevo hacia algún sitio… no exactamente así, pero de algún modo…

Puse fin aquí a mi frase estúpidamente, moviendo el cuadrado de un modo que no tenía sentido, para gran diversión de mi nieto, que rompió a reír más sonoramente que nunca y proclamó que yo no estaba enseñándole sino bromeando con él; y tras decir eso, abrió la puerta y salió corriendo de la habitación. Así terminó mi primera tentativa de convertir a un discípulo al evangelio de las tres dimensiones.