El otoño estaba muy avanzado, incluso en la costa septentrional próxima a Vuinlod. Lady Eskaia se reunió con Gildas Aurinius en la sala de los tapetes, donde capas de lana, lino y seda de colores no sólo iluminaban las largas noches, sino que se interponían entre el frío de las paredes y el aire que ella intentaba mantener caliente.
Escuchó el relato de Aurinius sobre Pirvan, Haimya y todos los que estaban con ellos en Belkuthas y lo vio acabar enseguida con una jarra llena de vino. Pero parecía aguantarlo bien.
—Confío en que nadie de Istar os tenga en cuenta que me hayáis contado tantas cosas sobre la deshonra de la Ciudad Poderosa —dijo la mujer al final.
—Quizá sí, si lo desean. Pero no me hará daño. Ya no estoy al servicio de Istar. De hecho, mi renuncia fue una condición que impusieron por no vetar el ascenso de sir Pirvan a Caballero de la Rosa.
—No sabía que los caballeros estuvieran dispuestos a permitir que otros les dijeran a quién honrar y a quién no.
—Esta vez creo que Istar lo habría intentado. Por eso, cuando se trataba de elegir entre dejar un servicio del que ya no disfrutaba o que a sir Pirvan se le negara el honor que se había ganado más de tres veces, seguí el camino más honorable.
Eskaia sorbió su vino. Era dulce, más fuerte que el que había servido a Aurinius, pero su copa aún estaba casi llena.
—¿Ya no exige la Orden de la Rosa que sus caballeros sean de sangre real?
—Lo dudo, viendo que sir Marod luce la Rosa. Pero tal como yo lo veo, el rango que los silvanestis concedieron a sir Pirvan en su aristocracia suele estar reservado a los elfos con parentesco de sangre con reyes. Así, Pirvan es una especie de aristócrata elfo honorario. Lo cual convierte a toda su familia y sus amigos en miembros de su casa y silvanestis honorarios.
Eskaia estaba mirando la luz que bailaba en su vino.
—Eso podría resultar más una carga que una bendición.
—Sin duda lo será, si los caballeros quieren usarlos para tratar todos los problemas que surjan con los silvanestis. —Aurinius se encogió de hombros.
—¿Y cómo están los demás?
—Sirbones decidió volver a su templo y se llevó a Tarothin consigo. Después de todo, el sanador sólo lleva veintisiete años de viaje. Tarothin estaba hecho unos zorros después de despejar el paso de Riomis, por lo que necesitará un prolongado descanso en el templo antes de poder utilizar de nuevo su magia. Hermano Halcón ingresará en los Caballeros de Solamnia. Esto retrasará su boda con Eskaia dos años. Pirvan y Haimya intentan no parecer demasiado satisfechos por eso. Mientras tanto, arman mucho escándalo por Serafina, que se quedará en Tirabot hasta que nazca el bebé. No es que ella necesite mucha ayuda para eso. La medicina enana parece irle bien a Alatorva. Dice que el pulmón malo que le curó el enano está mejor que el otro que no estaba lesionado.
Aurinius miró su copa vacía.
—¿Puedo cambiar de bebida?
—¿No habéis tenido suficiente, mi señor?
—¿Suponéis que hablo como una comadre con todos vuestros invitados masculinos? Iba a pedir algo con lo que sólo podía soñar en el desierto: agua fría de manantial, con unas gotas de limón.
—Eso podéis tomarlo con mi bendición.
Belkuthas estaba más limpia que en los últimos tiempos, pero la oscuridad no ocultaba las cicatrices del asedio.
Rynthala corrió las cortinas y regresó a la cama, donde su marido se sentaba con las piernas cruzadas, en actitud reflexiva.
Se sentó dándole la espalda y él le sujetó el pelo y empezó a cepillárselo. Ahora ella no llevaba camisa de dormir ni ninguna otra prenda, ni siquiera el arco que se llevó a la cama en su noche de bodas. (Había oído hablar de la apuesta y quería ver lo que haría Darin en realidad. Se había echado a reír de un modo que por poco no lo incapacita… durante un par de minutos).
El caballero se sentía más libre ahora con su fuerza, pero nunca arrogante. Waydol, Pirvan, los Caballeros de Solamnia… todos los que habían participado en su formación no pretendían crear al marido ideal para una mujer que aún no había nacido cuando Waydol adoptó al huérfano de un naufragio… pero en opinión de Rynthala, lo habían hecho así para ella.
Arqueó la espalda hasta que su cabello colgaba recto y luego la arqueó más aún, hasta que sus labios rozaron la parte inferior del mentón de Darin.
Él se hecho a reír, con un ruido grave y satisfecho.
Ella pensó que no debía de haberse reído mucho en los primeros veinte años de su vida y no lo suficiente en los diez siguientes. Si conseguía hacerlo reír, era el mejor regalo que podía darle a cambio de mantener alejados de ella los malos recuerdos.
Lo besó de nuevo, ahora en el cuello, restregándose suavemente contra su firme carne. Él cambió de posición y sus labios se posaron sobre los de ella, mientras sus brazos la arrastraban hacia él.