7

Judd estaba parado frente al ascensor, y la ola de oscuridad lo embestía como una fuerza física.

Pudo sentir su corazón disminuyendo el ritmo para comenzar luego a latir con más fuerza. Un súbito miedo atávico inundó su cuerpo y buscó una caja de fósforos en los bolsillos. La había dejado en el consultorio. Quizás las luces funcionaran en los pisos más bajos. Moviéndose con cautela y lentamente, tanteó su camino hacia la puerta que daba a las escaleras. Abrió la puerta empujándola. El pozo de escaleras estaba a oscuras. Asegurándose con cuidado en la barandilla, empezó a bajar en la oscuridad. Abajo, a distancia, vio el vacilante rayo luz de una linterna que ascendía. Se sintió inmediatamente aliviado. Bigelow, el sereno. «¡Bigelow!», gritó ¡Bigelow! Es el doctor Stevens. Su voz rebotó contra las paredes de piedra, con un eco misterioso a través del pozo. La figura que sostenía la linterna seguía trepando silenciosamente, inexorablemente, hacia arriba. «¿Quién anda ahí?», preguntó Judd. La única respuesta fue el eco de sus palabras.

Y Judd súbitamente supo quiénes estaban ahí. Sus asesinos. Tenía que haber por lo menos dos. Uno había cortado la corriente en el subsuelo mientras el otro bloqueaba las escaleras para impedir su huida.

El rayo de la linterna se acercaba, a sólo dos pisos o tres más abajo. Su corazón empezó a golpetear como un martillo de fragua y sintió debilitársele las piernas. Dió la vuelta rápidamente y trepó por las escaleras hasta su piso. Abrió la puerta y se quedó escuchando. ¿Y si alguien estuviera allí arriba, en el corredor oscuro, esperándolo?

El sonido de los pasos que avanzaban por las escaleras era más fuerte ahora. Con la boca seca, Judd giró y camino por el corredor oscuro como tinta. Cuando alcanzó los ascensores comenzó a contar las puertas de las oficinas. Al alcanzar su consultorio oyó abrirse la puerta del pozo de escaleras. Las llaves resbalaron de sus dedos nerviosos y cayeron al suelo. Tanteó buscándolas frenéticamente, las encontró, abrió la puerta de la recepción, y entró, echando doble llave a la puerta. Nadie podría abrirla ahora sin una llave especial.

Oía, desde el corredor externo, venir el ruido de pasos que se acercaban. Entró a su despacho privado y oprimió el botón de la luz. No pasó nada. No había corriente en todo el edificio. Tanteó buscando el disco del teléfono, y marcó el número de la operadora. Hubo tres llamadas largas y entonces la operadora contestó, único lazo de Judd con el mundo exterior.

Habló en voz muy baja.

—Operadora: éste es un caso de emergencia. Soy el doctor Judd Stevens. Quiero hablar con el detective Frank Angeli, del Distrito Diecinueve. ¡Pronto, por favor!

—Su número, por favor.

Se lo dio.

—Un momento, por favor.

Oyó que alguien probaba la entrada del corredor a su consultorio. Por ese lado no podían entrar porque no había pestillo exterior en la puerta.

—¡Rápido, operadora!

—Un momento, por favor —replicó la voz imperturbable, fría.

Se oyó un zumbido en la línea y la voz del operador de la centralita policial:

—Distrito Diecinueve.

El corazón de Judd dio un salto.

—El detective Angeli, por favor —dijo—. ¡Es urgente!

—El detective Angeli… un momento, por favor.

Afuera, en el corredor, algo estaba pasando. Alcanzaba a oír voces amortiguadas. Alguien se había reunido con el primer hombre. ¿Qué estarían preparando?

Una voz conocida se oyó en el teléfono.

—El detective Angeli no está. Habla su compañero, el teniente McGreavy. Puedo…

—Soy Judd Stevens. Estoy en el consultorio. ¡Hay un apagón total y alguien está tratando de introducirse aquí y matarme!

Hubo un silencio pesado del otro lado de la línea.

—Mire, doctor —dijo McGreavy—. ¿Por qué no viene por aquí y hablamos un…

—No puedo ir —casi gritó Judd—. ¡Alguien está tratando de matarme!

Hubo otro silencio en la línea. McGreavy no le creía y no iba a auxiliarlo. Afuera, Judd oyó abrirse una puerta y después un sonido de voces en la sala de espera. ¡Ya estaban adentro! Era imposible que se hubieran introducido sin llave. Alcanzaba a oír que se movían, acercándose a la puerta de su consultorio privado.

La voz de McGreavy llegaba por el teléfono, pero Judd ni siquiera escuchaba. Era demasiado tarde. Colgó el receptor. No habría tenido importancia aunque McGreavy hubiera consentido en venir. ¡Los asesinos ya estaban allí! La vida es un hilo muy fino, y sólo basta un segundo para cortarlo. El miedo que lo atenaceaba se convirtió en una rabia enceguecedora. Rehusó ser matado como Hanson y Carol. Iba a pelear. Tanteó en la oscuridad para encontrar un arma posible. Un cenicero…, un cortapapeles… inservibles. Los asesinos tendrían armas. Era como una pesadilla de Kafka. Estaba condenado, sin ninguna razón; por verdugos sin rostro. Los oyó acercarse a la puerta interior y supo que sólo tenía un minuto o dos para seguir viviendo. Con una calma extraña y desapasionada, examinó sus pensamientos finales, como si él mismo fuese uno de sus propios pacientes. Pensó en Anne, y una dolorosa sensación de pérdida lo invadió. Pensó en sus pacientes y en lo mucho que necesitaban de él. Harríson Burke. Con pena recordó que todavía no había comunicado al superior de Burke que éste debía ser internado. Tenía que poner las cintas grabadas en donde pudieran ser encontradas… Su corazón se contrajo. ¡Quizás tenía un arma con la cual luchar!

Oyó girar el pestillo. La puerta estaba trancada, pero la tranca era frágil. Sería simple para ellos violarla. Se escurrió en la oscuridad hacia la mesa donde había guardado las cintas de Burke. Oyó un crujido debido a la presión que se hacía sobre la puerta de la recepción. Entonces oyó a alguien maniobrando con la cerradura. ¿Por qué no la rompen de una vez?, pensó. En el fondo de su mente, en algún remoto lugar, sintió que había una respuesta importante, pero no tenía tiempo de pensar en ello ahora. Con dedos temblorosos abrió el cajón que contenía la cinta, se acercó al grabador y empezó a cargarlo. Era una posibilidad casi ilógica, pero era la única que tenía.

Se quedó allí, concentrándose, tratando de recordar los términos exactos de su conversación con Burke. La presión sobre la puerta aumentó. Judd emitió una plegaria breve, silenciosa.

—Siento que no haya corriente —dijo en voz alta. Pero estoy seguro de que la van a arreglar en menos de tres minutos, Harrison. ¿Por qué no se recuesta y se distiende?

El ruido cesó súbitamente en la puerta. Judd había terminado de enhebrar la cinta en el reproductor. Apretó el botón de «marcha». No pasó nada. ¡Naturalmente! No había corriente en el edificio entero. Los oyó tratar de forzar de nuevo la cerradura. Se apoderó de él un sentimiento de desesperación.

—Así está mejor —dijo en voz alta—. Póngase cómodo, no más.

Tanteó buscando la caja de fósforos sobre la mesa. La encontró, arrancó un fósforo y lo encendió. Sostuvo la llama cerca del reproductor. Había un botón que decía «batería». Dio vuelta la llave. En ese momento se oyó un «clic» al abrirse la puerta. ¡Su última defensa se había desvanecido!

Entonces la voz de Burke resonó en todo el cuarto.

—¿Eso es todo lo que tiene que decir? Ni siquiera quiere escuchar mis pruebas. ¿Cómo sé, que usted no es uno de ellos?

Judd se quedó helado, no atreviéndose siquiera a moverse, con el corazón rugiendo como el trueno.

—Usted sabe que no soy uno de ellos —dijo la voz de Judd desde la cinta—. Soy su amigo. Trato de ayudarlo…, dígame qué pruebas tiene.

—Entraron en mi casa anoche —dijo la voz de Burke—. Venían a matarme, pero soy más vivo que ellos. Duermo en mi despacho ahora, y tengo cerraduras dobles en todas las puertas para que no puedan alcanzarme.

Los ruidos en la oficina exterior habían cesado.

De nuevo la voz de Judd.

—¿Informó a la policía sobre esa violación?

—¡Claro que no! La policía es cómplice de ellos. Tiene órdenes de balearme. Pero no se atreverán a hacerlo habiendo gente alrededor, y por eso ando entre la muchedumbre.

—Me alegra que me haya dado esos informes.

—¿Qué va a hacer con ellos? —Preguntó Burke con avidez.

—Escucho muy cuidadosamente todo lo que usted dice —dijo la voz de Judd—. Lo grabo todo…

En ese momento una advertencia gritó dentro del cerebro de Judd; las palabras siguientes eran «en cinta magnetofónica».

Se abalanzó sobre la llave y la hizo girar.

—En mi mente —dijo Judd con voz fuerte—. Y pensaremos en la mejor manera de llevar esto adelante.

Se detuvo. No podía seguir reproduciendo la grabación porque no había modo de saber dónde recomenzar. Su única esperanza era que los hombres que estaban del lado de afuera se hubieran convencido de que Judd estaba con alguien, un paciente, en su consultorio. Pero aunque lo creyesen ¿podría eso detenerlos?

—Los casos como éste —dijo Judd levantando la voz— son realmente más comunes de lo que usted cree, Harrison —emitió una exclamación de impaciencia—. Ojalá que terminen de arreglar estas luces pronto. Sé que su chofer lo está esperando ahí enfrente. A lo mejor cree que pasa algo y sube.

Judd se detuvo y escuchó. Seguía oyendo susurrar del otro lado de la puerta. ¿Qué estarían resolviendo? Desde la calle de abajo, tan distante, oyó venir súbitamente el insistente lamento de una sirena que se acercaba. Los susurros cesaron. Prestó oídos para ver si la puerta exterior era cerrada, pero no pudo oír nada. ¿Estarían todavía allí esperando? El ulular de la sirena se hizo más fuerte. Se detuvo frente al edificio.

Y de pronto, todas las luces se encendieron.