He abandonado durante algunos días este diario, a fin de poder pensar las cosas con más tranquilidad. Exteriormente, las relaciones con mi tía han reasumido su curso normal, que nunca fue particularmente cordial. Esta mujer siempre me ha producido un efecto exasperante, con su modo tan masculino de ver la vida y esa absoluta despreocupación por su apariencia personal; pero he realizado un gran esfuerzo para evitar que todo esto me afecte demasiado. He dedicado la mayor parte de mi tiempo a So-So, mi pekinés. Su cara oriental me proporciona una sensación de calma filosófica. «¿Qué importa todo esto?», parece decir. «Tú eres, creo, el único amigo que tengo en este mundo, y con gusto te sacrificaría si ello fuera útil a mi comodidad». ¡Oh, admirable franqueza y sincero cinismo!
Pese a todo, creo que tiene razón. Un verdadero espíritu de acero, aunque esté encerrado dentro de una «pequeña figura obesa de grasientos cabellos rubios» —y aquí permítaseme que añada que mi tónico capilar no es grasiento— debe estar siempre preparado para hacer frente a la realidad.
Muy bien; afrontemos, pues, la realidad. Cuando dije que el inconveniente era que mi tía viviese en Llwll, hablaba muy en serio. Sería mucho más feliz si se muriese, y a tal extremo ha llegado mi desesperación, que si conociese alguna manera de hacerla desaparecer… sin peligro, trataría por todos los medios de lograrlo, claro está que sin hacerla sufrir. Pero, lamentablemente, no veo el camino.
Por más bajo que sea mi concepto de las autoridades legales de Cwm, es evidente que si la señorita Mildred Powell llegara a un prematuro fin por causas indudablemente violentas, las sospechas recaerían de inmediato en su único pariente, única persona que se beneficiaría pecuniariamente con su muerte y con la cual se sabía que ella había tenido recientes disputas. Y si además dicha persona fuese la causante de su partida de este mundo, se colocaría automáticamente e inevitablemente en una situación en extremo delicada. Por otra parte, no estoy muy convencido de que, por más ingeniosamente que arreglara las cosas y por más seguridad que tuviese de ser puesto, al fin, en libertad, sería capaz de soportar la interminable angustia de sospechas, interrogatorios, pesquisas y quizás hasta un juicio.
Los hechos no dan lugar a dudas. Evidentemente yo soy la única persona a quien se podría considerar responsable en el caso de una muerte repentina de mi tía, por más ajeno que aparentara estar del asunto y por perfecta que fuese la coartada que pudiese preparar. El problema, pues, no podrá plantearse y no pensaré más en él.
Al llegar a este punto de mis notas, fui interrumpido por un curioso incidente. Hace tiempo qué existe una seria desavenencia entre So-So y las palomas blancas de mi tía. So-So no ve con buenos ojos (cosa que a mí me parece lógica) la presencia de las palomas en la casa, y nunca puede oírlas en el jardín sin perseguirlas ruidosamente, aunque en vano, por ser sus patas demasiado cortas. Mi tía, con todo, las hace comer de su mano y les permite entrar por la gran ventana de la sala, que abre de par en par en los días más crudos del invierno, insensible a la ráfaga de aire helado que penetra en la casa. Hace unos instantes So-So dormía apaciblemente al sol, tendido sobre la alfombra amarilla de mi cuarto, cuando una de las palomas, sin reparar en él, ha entrado por la ventana y se ha ido a estrellar contra su nariz.
Como es de suponer, So-So le ha lanzado una dentellada. Cualquier perro hubiese hecho lo mismo. No tengo ninguna especial predilección por las palomas, pero hubiera preferido que So-So no la hubiese matado en mi cuarto, en ese preciso momento. En primer lugar, ha quedado una pequeña, pero muy evidente mancha en la alfombra. Y luego, ha sido un accidente demasiado cercano a mis pensamientos. ¡Si al menos mi tía se arrojara de una manera similar a las fauces del destino para encontrar un fin parecido! Supongo que tendré que encargar a Evans que entierre la paloma. Si no, temo que So-So haga algo que no debe. Y será mejor llevarla lejos, para que no la pueda desenterrar. Todo esto me resulta extremadamente fastidioso.